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Una niña quiere matar a su bebé

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Un 20% de las mujeres embarazadas en Guatemala son menores de edad. Esta es una crónica de una de estas niñas que, un día, en una casa a la ladera de una montaña, al borde de un camino, supo que iba a ser madre. Ella no sabía cómo una mujer se queda embarazada, tampoco quería estarlo.

Foto FACTUM/Sandra Sebastián


El suelo es de cemento y está recién barrido. De vez en cuando entra una gallina de color marrón, se da un paseo en círculo, moviendo la cabeza hacia adelante y hacia atrás, y vuelve a salir por la puerta por la que entró. Hay una mujer sentada en una silla, vestida con una camisa negra de tiras y una falda de pliegues maya, que mira atenta cómo una mujer examina la tripa de una muchacha, recostada en un catre en un rincón de la habitación.

Estamos casi en la cima de una montaña, en Tamahú, Alta Verapaz. Hemos iniciado el camino acompañados de Thelma, una comadrona de este municipio. A medio camino, hemos recogido a Cristina, también comadrona, una mujer de 69 años, sonrisa achinada y protectora, que ha dejado a su marido sentado en una banca, mirando a las montañas, y ha comenzado a guiarnos por una cuesta que nos lleva al cantón Onquiljá.

Hace ya rato que hemos superado las nubes. Las vemos abajo, flotando por el valle, cubierto de maíz y café, y rodeado de montañas de bosque alto. Nos hemos cruzado dos niñas en pijama, cargando unos cántaros de agua de plástico, hemos saludado a un grupo de hombres, sentados el suelo de tierra, con una construcción a medias a sus espaldas. Hemos llegado a una casa, en la ladera de la montaña, al borde del camino. No tiene ventanas, pero la luz entra entre las rendijas que se forman en las juntas del block que conforma las paredes y las láminas que cubren el techo.

Cristina le afloja la faja a la muchacha y se descubre su tripa, con el ombligo ya salido. Una raya marrón oscura que desciende hacia su bajo vientre. La tripa es todavía pequeña, como su embarazo. Ella nos mira. Se llama Florinda y tiene 16 años.

En un país donde la media de escolaridad es de 4.7 años, en el que 800,000 niños entre 7 y 14 años ya trabajan, y un 20 por ciento de los partos es de menores de edad, es difícil establecer la edad en la que se pasa de la niñez a la edad adulta. En todo caso, si la mirada fuera un parámetro de medida, Florinda es una niña.

Cuando la termina de revisar, mientras ella se incorpora y comienza a atarse de nuevo la falda, la mujer sentada en la silla empieza a hablar en maya pocomchi’. No sabemos qué dice, pero su plática se prolonga durante uno largo rato. Al terminar, Thelma se dirige a Florinda y le comienza a sermonear, también en maya, mientras la niña mira hacia arriba con cara de angustia. A lo largo de su discurso, Thelma menciona varias veces la palabra sagrado y la palabra Dios.

—¿Qué pasa?, le preguntamos al terminar.

—Dice que la muchacha se golpea al estómago, no deja de golpearlo. Que ya le ha sorprendido varias veces haciéndolo. Se pega fuerte. No quiere al niño. Pero yo le digo que lo va a tener. Que ya no puede hacer nada. Que es un hijo de Dios y lo tiene que amar.

—¿La mujer que habla es su madre?

—No. Es su cuñada.

Entre preguntas, respuestas prolongadas, y traducciones de Thelma, más bien escuetas, la cuñada me cuenta que ellos son huérfanos. Su hermano es el padre del futuro niño. Él tiene 19 años. Trajo a Florinda hace unos meses. Fue a pedirla, su madre la dio, y la trajo. Ellas no se podían oponer, y permitieron que la niña llegara. Ahora se golpea el estómago. Y eso, dice ella, no está bien.

Miro a la niña y le pregunto a Thelma si le puede preguntar si ella sabía cómo podía quedarse embarazada.

—¿Cómo no va a saber? –dice Thelma–. Esas cosas, ahora, las enseñan en la escuela.

—¿Va a la escuela?

—No, ya no. Me responde la adolescente.

—¿Hasta cuándo estudiaste?

—Hasta cuarto de primaria.

—Y tú, ¿sabías cómo se queda una mujer embarazada?

Florinda se queda mirando, fijamente, con su cara inocente, su boca abierta, su labio inferior salido, su mirada de niña.

—No.

—¿Nadie te había dicho cuál es la forma en que una mujer se queda embaraza?

La niña sigue mirando, aleatoriamente, al grupo de mujeres, convertidas de repente en un tribunal. Sigue con la boca abierta, su mirada empieza a retraerse.

—No.

Le pido Thelma que pregunte a Cristina, la comadrona de 69 años y cara risueña, quien habitualmente controla el embarazo de Florinda, qué piensa ella.

—Dice que piensa que quiere matar al bebé.

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