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Un dragón, un lobo y muchas emociones

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“The Dragon and The Wolf”, el último episodio de la séptima temporada de Game of Thrones, es intenso. En su mayor parte no solo resulta satisfactorio, sino impecable, ya que establece —sin piedad— el campo de juego para el desenlace de esta historia. ¿Podremos hacerle justicia con una reseña? La noche es oscura y llena de terrores, pero no perdemos nada intentándolo.

[SPOILER ALERT: esta reseña detalla información específica del último episodio de la séptima temporada de Juego de Tronos]


Abrimos nuestro episodio con el Concilio Invernal I, donde luego de algunos intercambios tensos, la prueba irrefutable del peligro es presentada: un peón del ejército d elos muertos, listo para atacar. Jon demuestra —como en un ‘TV Offer medieval’ los métodos infalibles para asesinarlos. Es refrescante ver el miedo correr libre por el rostro de una mujer cuya soberanía descansa sobre emociones intensas pero dirigidas. Es el caso de Cersei Lannister.

Aún cuando Euron Greyjoy huye, Cersei sólo ofrece tregua a cambio de un Norte alejado de la guerra. Jon Snow se niega, alegando que sólo sirve a una reina, que obviamente no es ella. La opinión colectiva establece que Jon Snow es tonto por ser noble, y Tyrion corre a arreglar el desastre, a costa de su propia seguridad.

Cersei y Tyrion se enfrentan en una pelea amarga, de una autenticidad muy humana. Tyrion ofrece a Cersei la decisión de ser ella quien le asesine, pero Cersei no lo hace. No es hasta que Tyrion adivina que su hermana está embarazada que hacemos corte a una Cersei súbitamente preocupada por alguien que no sea ella, ofreciendo tropas y tregua. Uno tiene derecho a desconfiar, de Cersei, de Tyrion, o de ambos.

Esta desconfianza se confirma luego, cuando Cersei confía a Jamie —para sorpresa de aproximadamente nadie— que la tregua es una farsa y Euron Greyjoy viajó para traer mercenarios de Essos.

Como cualquier persona sensata, Jamie la confronta, y luego de sendas acusaciones de traición, acaba por ofrecerle también el derecho a asesinarlo. Aunque su fiel Mountain se mueve, Jaime sigue vivo y elige marcharse. Esta es la ruptura final. Mientras cabalga hacia el Norte, un copo de nieve cae en su guante.

Sansa es una de las sorpresas más agradables del episodio. Arya es llevada ante su presencia, y con una pregunta, Lady Winterfell desmonta sorpresivamente a Lord Baelish, el mismo que contemplaba absorto desde una esquina, y quien se ve incriminado por quien no veía como más que su marioneta. La rivalidad pasada entre hermanas es una farsa: el encantador es atrapado en su ilusión.

Los pecados de Petyr Baelish son enumerados: sus planes expuestos, sus víctimas recordadas. Al tratar de negar su traición a la casa Stark, Bran finalmente hace algo de valor: lo enfrenta contra sus propias palabras. Sansa hace lo mismo, repitiendo el razonamiento con el que ‘Meñique’ la tratara de manipularla horas antes. ‘Littlefinger‘ razona, pide, ordena, y finalmente suplica una piedad para la cual no hay lugar. Arya termina, de una herida mortal en el cuello, con uno de los antagonistas más agradables de odiar desde Joffrey Baratheon. 

Sansa ha aprendido a jugar el juego de los tronos. Y puede hacerlo con el movimiento de un meñique.

Daenerys y Jon están más unidos que nunca. No los separa ni el último intento de Ser Jorah de la casa Friendzone para convencerla de montar en su dragón, y evitar que monten a su dragonesa. Daenerys elije navegar con John Snow al norte, como gobernante y no como conquistadora.

En el barco, Jon busca a su nueva reina para fines carnales obvios, mientras la verdad de su origen es revelada en paralelo a Samwell Tarly por Bran: Snow no es un bastardo, es Aegon Targaryen, hijo legítimo de Lyanna Stark y Rhaegar Targaryen.

Rhaegar Targaryen es hermano de Daenerys Targaryen. Si A más B es igual a C, una vez más el incesto gana: nuestro héroe está haciéndolo con su tía.

En compensación, el espectador recibe una vista anatómica trasera de Aegon Targaryen, por la cual nos tomamos la atribución de felicitar al equipo de VFX, ya que ese nivel de perfección no existe. Tyrion, afuera de la alcoba, se retira lentamente, con un gesto que linda entre cólera y sombría preocupación.

¿Hacia quién se inclina su lealtad ahora? Esta mirada empaña el momento más emocional del episodio.

Hay momentos luminosos. Por ejemplo, cuando las hermanas Stark comparten una charla cargada de mutuo respeto y aceptación, cobijadas por el recuerdo de su padre y dispuestas a mantener su legado. Theon Greyjoy, luego de un momento de absolución con Jon Snow, renuncia a una vida como Reek, y a puño cerrado recupera el honor que se merece, dirigiéndose a salvar a Yara. Sus acciones y reacciones cuando se encuentre con las Iron Islands vacías son otras preguntas por resolver.

Bran recibe una visión de sus cuervos: el ejército de los muertos avanzando, impasible, en una sola oleada. El Muro, antes impenetrable, se derrite como mantequilla ante un Viserion corrupto que escupe fuego azul, comandado por el Rey de la Noche. Tormund y Beric, junto a los demás, huyen, pero es incierto si escapan o no ante el poderío de la muerte, que ahora marcha hacia el sur.

Esta escena abrumadora concluye la séptima temporada de Game of Thrones.

En este torbellino de sorpresas y traiciones, y con la marcha inexorable del ejército de White Walkers hacia Winterfell, la noche larga inicia para nosotros. Por un año y medio pasaremos el tiempo elaborando teorías sobre el destino nuestros personajes, cuestionando sus pasiones, disponiéndonos a esperar el momento en que volvamos a ser testigos de una lucha más allá de casas y territorios: la lucha contra los spoliers y la lucha de la vida contra la muerte.


Lee además:

– ¿Comenzamos? La nueva guerra se desatará desde Dragonstone (Capítulo I, escrito por María Cidón Kiernan)

“Stormborn” coloca la espada en la mano que mece la cuna (Capítulo II, escrito por Orus Villacorta)

– La justicia de las reinas (Capítulo III, escrito por Héctor Silva Ávalos)

– Olor a tierra quemada (Capítulo IV, escrito por Loyda Salazar)

“Eastwatch”: yo te encuentro; tú me encuentras; ellos se reúnen… (Capítulo V, escrito por Claudia Meyer)

– El tiempo es el enemigo (Capítulo VI, escrito por Amílcar Chávez)

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