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Todas somos sobrevivientes

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Esta fecha donde se busca dar fuerza a la lucha contra la violencia de género, leo artículos de opinión, me pasan en redes sociales datos y estadísticas de cada país y su propia lucha, me entero de una nueva denuncia de celebrities  contra otro famoso… y no puedo evitar recordar las situaciones a las que he sobrevivido. Situaciones cotidianas, laborales, casuales, en diferentes edades, que no las asumí como violencia, pero que sí lo fueron.

Desde que surgió el movimiento #MeToo y #MiPrimerAcoso en Twitter hace unos meses, recordé la primera vez que alguien me gritó algo en la calle. Vivía en un pasaje muy tranquilo, con muchos vecinos que fueron mis compañeros de adolescencia y con uno de ellos siempre bajábamos caminando a la esquina a comprar el pan donde unas señoras que ponían sus canastos gigantes cerca de una parada de buses. Un día, cuando veníamos de regreso con este amigo, aprovechando el tiempo para contarnos la vida, un desconocido gritó: “présteme a su hermanita para cuidársela”. Yo tenía 12 años.

Un niño que me gustaba mucho y asistía a otro colegio. Nos encontramos siendo invitados a una fiesta de quince años de una amiga en común. Esa fue la época en que descubrí que me encantaba bailar, pero no con medias y tacones como exige la dictadura rosada de esas fiestas. Ambos fuimos emparejados por esta amiga celestina como su cortejo de la fiesta y tuvimos que asistir a mil ensayos de vals y peinados con flores. Luego de la misa nos fuimos todos juntos al salón donde sería la fiesta. La mamá nos enfiló a todos para entrar bailando y hacer un círculo a la cumpleañera que estaba lista para entrar del brazo de su padre. Como mi chambelán y yo éramos los más altos naturalmente fuimos los últimos en entrar. En un segundo de espera a nuestro turno, se acercó para darme un beso, cuando me hice para atrás para evitarlo no volvió a hablarme nunca más y le dijo a los demás chicos del círculo de amistades que yo era ‘rara’. Iba a cumplir 15 años.

Este recuerdo ni siquiera sigue vivo por él o porque haya sido un jovencito mal educado que no supo manejar un no como respuesta, sino porque ‘ser rara’, a esa edad donde estás encaminando tu identidad y formando discernimiento, fue una clasificación que me costó asumir. Ahora suelto una sonrisa del orgullo que me causa; pero a los quince fue difícil manejar la etiqueta.

En una experiencia laboral formal (la primera vez que aparecí en una planilla), mi jefa me dijo en una reunión que debía aprender a ser más coqueta, al menos maquillarme ‘más bonita’ porque trabajábamos en un país y un rubro muy competitivo donde nos disputamos cartera de clientes con otros lugares similares y yo me veía ‘muy simple’ y que reservara jueves o viernes para ir al karaoke (que siempre he detestado) para asegurarme que la gente a quienes manejábamos las marcas, me vieran más divertida. Yo iba a cumplir 21 años.

El primer trabajo en radio que tuve, un compañero de otra radio, durante una pausa comercial, llegaba a mi cabina para platicar. Un día comenzó a contarme situaciones íntimas de su novia. Cada minuto se fue poniendo más explícito sobre lo que hacían en la cama y -según él- a darme ‘clases’ de lo que había descubierto que le gustaba a las mujeres durante el sexo. Cuando le puse límite al respecto, no sólo porque era una plática sumamente inapropiada, incómoda, que yo no pedí ni me interesaba, también porque estaba divulgando detalles de su pareja y eso era una terrible deslealtad hacia ella y su relación, me insultó. Yo tenía 22 años.

Cuando intenté cambiarme a otra radio y otro horario, el director dijo que aceptaba que yo tenía temas para hablar al aire pero que él estaba formando un equipo de locutoras que también fueran bonitas con experiencia en modelaje y a mí no me veía talento en eso.

Un tipo me invitó a salir. La primera vez fue un verdadero encanto. Fuimos a cenar y platicamos muertos de risa, sobre nuestros padres, los trabajos, nuestras madres con más pantalones que una sastrería, ser hijos únicos y lo que nos cuesta negarnos a un postre de chocolate. Era un hombre risueño, con mil historias de viajes, caballeroso sin exagerar, abierto a cambios de planes. Cuando me llamó al día siguiente para salir, quiso presentarme a sus amigos cercanos, me pareció que era el jefe de una pandilla que lo adoraba como el gato rey del callejón, pero platicamos tanto que no le di más interés a esa sensación. Por supuesto que quise salir una tercera vez cuando llamó al final de la semana. Llegó muy elegante y fuimos a cenar a un lugar precioso. Antes de pedir los platos, sacó un pequeño teléfono móvil de su saco y lo deslizó sobre la mesa diciendo: “Esto es para ti, yo lo voy a pagar y quiero que siempre contestés. Solo yo tengo este número, así que no me vayas a decir que te quedaste sin saldo o batería o que no sabías que era yo”. Le expliqué que era un puto psicópata, que eso era violencia aquí y en la China y que nunca más volviera a buscarme o lo denunciaba. Yo tenía 28 años.

En otra radio, un jefe y compañero de trabajo, muy temprano en la mañana comenzaba con las frases: “hoy amaneciste más gorda que ayer”, “maquillate para no asustar a la gente, al menos echate un polvo…jajaja, aunque sea polvito de maquillaje”, “y si ya cortaste con tu novio, ¿quién te está haciendo el favor?”, “si te dejaron por otra, por algo será”, “estás hablando como macho, tratá de ser más femenina, con razón no tenés novio”, “tenés que conseguirte hombre para que no te vayan a decir que sos del otro lado”…

Fue un poco menos de tres años que soporté ese acoso constante, sobre mi cuerpo, mis emociones, mis decisiones, mis ideas, mi risa, toda yo. Tenía menos de un año cuando comencé a buscar otro trabajo donde cambiarme y eso tardó año y medio en concretarse. Nunca en mi vida me sentí tan aliviada de irme de un lugar. Me tomé dos días de vacación para llorar y comencé de inmediato en el otro empleo y ahora que lo pienso también me siento agredida (por mí misma) al no darme más tiempo entre un empleo y otro. Dos días fue una maratón de emociones -innecesaria- que no me ayudó a procesar lo que estaba viviendo. Terminar un ciclo de una década y comenzar otro nuevo en 48 horas fue bastante agresivo. Y no tiene que ver con que sea mujer y necesite tiempo para manejar mis emociones, de verdad estoy convencida de que TODOS los seres humanos merecemos tiempo y espacio como mínimo, para todo. Yo iba a cumplir 33 años.

De mis últimos trabajos me despidieron el día de mi cumpleaños porque me consideraron muy cara. Durante dos años y ocho meses escuché a mi jefe directo decirme que lo estaba dejando pobre, que tengo buenas ideas pero qué barbaridad lo que me pagan, que él cuando comenzó a trabajar no ganaba eso, que entendía que lo valía, pero ojalá el jefe de otra área no se enterara de mi sueldo para que no se molestara con él, etc. Cuando me llamó  a su oficina para pedirme que bajara a limpiar mi escritorio y salir de ahí rápido porque mi sustituto estaba esperando ocupar mis gavetas, mientras firmaba mi liquidación, me entregó una carta de recomendación donde había escrito tres párrafos de alabanzas a mi gestión, pero que por recorte de personal debía dejarme ir. Le dije que eso no era cierto, que al menos fuera honesto y me pidió no hacer más grande el asunto, que mi cheque ya estaba impreso y que era imposible que yo ganara lo mismo que el jefe de otra área que tenía mucho más tiempo de estar ahí y era amigo personal del dueño. Ese día cumplí 35 años.

***

Quise comenzar este escrito para mí. Como una línea de tiempo para hacer el ejercicio de limpieza mental de lo que cuesta ser mujer, en medios de comunicación y con el agravante de ser libre pensadora. Esto comenzó siendo un abrazo de felicitación a mi amor propio, pero creo que a más de alguien le podrá ser de utilidad. Por eso lo comparto. Para darnos cuenta de que hay que insistir en este tema una y otra vez, que no es necesario llegar a golpes y asesinatos para aceptar que la violencia está enfrente todos los días y en todas las formas posibles, que es necesario conocernos a nosotras mismas para saber cuándo transgreden nuestros límites y que ese autoconocimiento inicia en la infancia.

Todas somos sobrevivientes de algo y debemos partir de ahí para allanar camino a las que vienen detrás, para que les toque una realidad menos confusa, menos violenta, menos dura que la nuestra. Para que no repitan ni se acomoden a patrones sexistas y les toque sobrevivir menos y vivir más.

#DíaContraLaViolenciaDeGénero

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