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“The Dirt”: la mugre de un puñado de ‘rockstars’ sin legado

«I have managed the Scorpions, Bon Jovi, Skid Row, KISS.
I had been dragged through the deepest shit
with all kinds of mentally ill people.
But I have never been through what Mötley Crüe put me through».
–Doc McGhee (manager), The Dirt

¿Cómo salió una película tan plástica de una banda tan interesante como Mötley Crüe, una de las bandas más importantes del glam de los ochenta? «The Dirt» decepciona como pocas, pero es la película que los músicos quisieron hacer sobre ellos mismos.


Ya mencionaba en este mismo espacio, en otra oportunidad, lo maravilloso de esta época que nos toca vivir, tan llena de diversidad, tan amplia en tantos sentidos, tan variada de perspectivas y oportunidades. Sin embargo, como todo principio de equilibrio universal, esta época tan agitada implica también algunos momentos profundamente obscuros, obstáculos que habríamos de sortear para convertirnos en una sociedad más civilizada. 

Habiendo tantas posibilidades moviéndose permanentemente, no es de extrañarse el nivel de ruido en el que vivimos en la actualidad. Responsabilizo directamente al Cuarto Poder y específicamente a las redes sociales, de este ruido constante que dificulta el pensamiento claro y el juicio crítico. Fenómenos muy específicos –pero rutinarios– alcanzan volúmenes de voz muy altos en un momento difícilmente predecible: nunca sabemos cuando cierto contenido puede hacerse viral o no. 

Por ejemplo, el efecto de “Bohemian Rhapsody”, la película de Freddie Mercury y Queen, se hizo tan amplio, que la banda se colocó nuevamente en los primeros lugares de popularidad tanto de radios como de plataformas digitales, comprobando nuevamente el significado de “música trascendente”, esa que se escuchará generación tras generación, atemporalmente, hasta el fin de los días.

Si bien fue una delicia escuchar a Freddie Mercury hasta en la tiendita de la esquina, los seres humanos no podemos conservar nada bonito y cayó en el exceso de poner de moda el subgénero cinematográfico del “rock biopic”, como si repitiendo descaradamente la misma fórmula se lograra recolocar esa música exitosa en algún momento en los primeros sitios. ¿Para qué? Pues para ganar dinero. 

Después de “Bohemian Rhapsody”, se estrenó el biopic de otra banda legendaria, aunque en otro momento y en otro contexto: “The Dirt” es la película de Netflix sobre Mötley Crüe, una de las agrupaciones más representativas del “glam metal” de los años ochenta. Se trata de una adaptación basada en la obra literaria escrita por los mismos miembros de la agrupación.

Para los nacidos después del 2000, el glam es un género musical caracterizado por coquetear con armonías pop y coros, entre muchas otras cosas, que también implica una experiencia audiovisual, subiéndole el volumen a la estética punk en maquillaje y vestuario, así como el fuego y la pirotecnia en el escenario y la exageración interpretativa. Bandas greñudas como Kiss, Skid Row, Poison, Ratt, Dokken, Scorpions, Whitesnake, hasta el mismísimo Bon Jovi y, por supuesto, Mötley Crüe, no sólo hicieron del glam un sonido específico sino una experiencia de vida. 

Son los glameros quienes definieron todos los estereotipos de las celebridades del rock hasta nuestros días: alcohólicos, drogadictos, destructores, promiscuos, inestables, nocivos, etc. A un nivel contracultural, el glam dejaría en desventaja a muchos otros rockeros que no, no llevan la vida a ese extremo de la televisión. De cierta manera, el glam sí dificultó que el rock se tomara con la seriedad merecida. 

«The dirt» cuenta la historia de Mötley Crüe y pertenece al catálogo de producciones de Netflix.

La película de Mötley podía haber sido muy buena o muy mala. El tráiler presentaba a los actores, la línea de tiempo y algunos momentos “emocionantes” de la historia, sin embargo, había algo sospechoso desde ese momento, algo que olía demasiado a plástico. Y así fue.

La ‘peli’ habla de toda la historia del grupo desde los orígenes de cada uno de los integrantes, cómo se conocieron, cómo inicia la banda, hasta llegar a nuestros días en una línea cronológica lineal. Encontramos a un Nikki Sixx desde un origen desafortunado y cómo se cambia el nombre a esta identidad con la cual lo conocemos hoy; Tommy Lee venido de una familia completamente opuesta, donde parece funcionar todo con bastante armonía; Mick Mars, conocido como el “ruco” de la banda porque no tenía veinte sino veintitantos y cargaba con la enfermedad ósea degenerativa que lo acompañaría toda su vida; y, finalmente, un Vince Neil dedicado a la música única y exclusivamente por el número de morritas que se puede tirar. Estas cuatro personalidades –tan distintas entre sí– hacen honor al nombre de la banda, algo así como “equipo variopinto”, en español, y crean este fenómeno que rápidamente asciende y se coloca en la cima del éxito discográfico.

Abre la película con una secuencia al interior de un departamento que compartían, una pocilga dedicada a los excesos, a la parranda, donde se congregara lo peorcito de la época y donde Tommy Lee le hiciera un falsísimo squirt a una fulana random en un plano abierto sin ningún chiste.

Por elementos positivos, se destacan la fotografía de época –principios de los ochenta– con un esquema de iluminación muy atractivo y una dirección de cámara con suficiente movimiento para acompañar al rock. También tiene recursos narrativos interesantes como que el narrador va cambiando de acuerdo al momento de la historia: algunas veces la cuenta Nikki Sixx, otras veces Vince Neil, luego Mick Mars; y así, aleatoriamente. Por el mismo lado, rompen la cuarta pared varias veces para involucrar al público con lo que está viendo. 

Sin embargo, nada de esto alcanza cuando los cimientos de la historia, la base conceptual de la película, es débil. Aparentemente, el concepto es “barbie rockera” y no por las características de estilo del glam sino por la vanidad con la que se desarrolla toda la narrativa. Parece una película adolescente con señores falsamente empelucados, sobreactuados, como si fuera una mala caricatura de Mötley Crüe. Series adolescentes de moda como “Riverdale” tienen mucha más onda que “The Dirt”. 

Hay una exagerada necesidad de incluir “escenas de escándalo”, como esa en la que, girando con Ozzy Osbourne, este inhala unas hormigas a la orilla de la piscina del hotel para luego orinar, lamer su propia orina y luego lamer la de Nikki Sixx, que más parece refresco de piña de lo falso que es. La cantidad de tetas al aire en la película es impresionante –todas muy chulas, eso sí– y todos los clichés de las fiestas en los hoteles, en las giras, en los camerinos, se enumeran uno a uno sin compasión alguna. 

Machine Gun Kelly, Douglas Booth y Iwan Rheon actúan en «The Dirt (2019)». Foto Netflix.

Todo es tan artificial, tan por “pop”, tan maniqueo, que cuando se trata de hablar de momentos serios y relevantes resulta imposible engancharse y hasta una risa involuntaria provocan. Esto ocurre con la escena del accidente automovilístico donde muere Razzle, baterista de Hanoi Rocks, y que lleva a Vince Neil a prisión; o con la sobredosis de heroína de Nikki Sixx; o con los problemas emocionales de Tommy Lee.

Por otro lado, aunque es evidente el esfuerzo, la mayoría de los actores están en miss-cast y ni siquiera se discuten sus habilidades histriónicas. Están, simplemente, por la superficie. El más claro ejemplo de ello es el de Iwan Rheon, a quien odiamos de lo bueno que fue en su papel como Ramsay Snow (o Bolton) en Game of Thrones, y quien, en este caso, es simplemente plano, simplemente gris. Tommy Lee –encarnado por Machine Gun Kelly– es un absoluto bobalicón, con una profundidad igual a cero. Tal vez Douglas Booth en su interpretación de Nikki Sixx sea lo más rescatable del trabajo actoral. 

Hacia la mitad de la película, uno está simplemente aburrido. ¿Cómo salió esta película de una banda tan interesante como Mötley Crüe? Más, cuando los mismos bandmates son productores de la misma. La respuesta es simple: fue dirigida por Jeff Tremaine, responsable directo de todas las películas de “Jackass”; y escrita por Rich Wilkes, autor de todas las obras maestras de “xXx”, las de Vin Diesel. Siendo así, una intervención de Johnny Knoxville no hubiera estado de más. 

«The Dirt» se siente como esas recreaciones para televisión documental, tipo 911, que consiguen reforzar, como decíamos, el estereotipo del rockero desastroso. Sin embargo, contiene lecciones importantes y bien intencionadas para bandas emergentes: como poner atención al show, pensar bien las acciones a tomar, diseñar su imagen tanto como diseñan su música y su repertorio, y, sobre todo, perseverar. Por eso es tan chocante que se fastidie al mundo de la música con su perspectiva “cagadita” de las cosas. Porque seguro Mötley fue mucho más que eso y no nos lo mostraron. Por estas cosas –y otras– es que legiones de bandas emergentes en todo el mundo le “hacen a la música” por un brevísimo periodo de tiempo, pensando que el destino es el rockstarismo y no el trabajo. 

Sin embargo, al final, esta es la película que la banda quiso hacer sobre ellos mismos y, sobre eso, no hay nada que discutir. «¿Qué seriedad se puede tener en una película sobre Mötley Crüe?», leí a alguien decir, y pues la seriedad de una banda que se hizo grande sin disquera y que actualmente posee los derechos íntegros sobre su obra, porque pelearon para ello. Me parece que eso no es nada despreciable.

El legado de cada quien es muy relativo y, si bien la música puede ser trascendente a muchos niveles, hay diferentes formas de hablar sobre el universo que la rodea. Con “The Dirt” aprendemos el riesgo de replicar una fórmula sólo porque está de moda: no se trata nomás de hacer biopics de rockeros, sino de cómo se hacen estas películas y cuál es el legado que se pretende dejar. El fenómeno mediático del “rockstar” se va a perpetuar por siempre mientras no se comprenda lo complicado que es llegar a la cima y mantenerse ahí. No hay más que regresar a donde sí está la verdadera influencia: por lo menos los discos y la música que siempre hemos amado nunca nos van a decepcionar.

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