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El teatro inquietante de César Brie

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Un creador de teatros compulsivo encuentra el pasaporte sellado con tinta que la ruta de las tablas le ha impregnado. El argentino César Brie es uno de ellos. Y esa ruta lo ha traído a El Salvador, donde no solo se ha detenido para compartir lo aprendido, sino también para dirigir “Dioniso”, una obra que desarrolla parte del talento nacional y que se presentará a partir de hoy y hasta el próximo domingo.

Fotos FACTUM/Salvador Meléndez


César Brie lucha sin descanso desde las tablas. El reconocido dramaturgo de origen argentino ha dedicado su vida a tocar las injusticias que observa a su alrededor desde el teatro independiente. Con obras como “La voluntad”, “¿Te duele?” o “Árbol sin sombra”, analiza estos temas desde una perpectiva, en sus palabras, íntimamente colectiva.

Revista Factum compartió con César en los días previos al estreno de “Dioniso”, obra que el argentino ha desarrollado en nuestro país, invitado por y junto al colectivo teatral del mismo nombre.

Al mismo tiempo que nos invita a dialogar como espectadores asistiendo a la obra, César cuenta su historia, las motivaciones de su quehacer teatral, y externa sus visiones objetivamente optimistas sobre nuestro país. Dioniso estrena en el Teatro Luis Poma este jueves 6 de septiembre, y estará en cartelera hasta el domingo 9 de septiembre.


Desde la Comuna Baires, pasando por el exilio en Europa hasta el Teatro de los Andes, ¿de qué forma te ha moldeado tu trayectoria como actor y dramaturgo?

César: Bueno, yo me formé en el teatro independiente de Argentina. O sea, artistas que no concedían nada a las condiciones, porque querían hacen algo propio. La Comuna Baires se autoexilió antes del golpe de Estado. Uno de mis compañeros había sido raptado y torturado; y había nueve personas –entre las que yo estaba– aparentemente condenadas a muerte. Entonces el grupo se iba a ir. Yo me quedé en Argentina, pero al cabo de un par de meses me llamaron ellos desde Italia y me fui, justo antes de cumplir los 20 años. Cuando después tengo que hacer el servicio militar, pedí la prórroga porque tenía permiso de trabajo en Italia y yo ni repatriado me hubiera llevado la dictadura. Entonces pedí el refugio político, que Italia me negó y las Naciones Unidas me concedieron. 

Con ese refugio político viví en Italia hasta que en los ochenta me fui a Dinamarca. Trabajé con Iben Nagen Rasmussen, que fue mi maestra, siendo actriz del Odin Theatre. Yo entré al Odin Theatre solo en el momento que había decidido ya irme. Necesitaba ahorrar dinero para hacer un proyecto, que después fue el Teatro de los Andes, en Bolivia. Entonces ahí sí termino en el último espectáculo que el Odin produjo mientras yo estuve ahí. Trabajé en él dos años y medio o tres años, y después me fui a Bolivia, donde trabajé veinte años. Me fui de Bolivia definitivamente en 2010, pero me separé del Teatro de los Andes en 2009. Me fui de nuevo a Italia, y ahora estoy entre Italia y Argentina, que es mi país. 

Siempre he creado teatros. Cuando estuve en Italia creé el Teatro Presente, que ahora sigue su camino. Hoy día, si tuviera que definir el teatro que hago, lo llamaría teatro ausente, porque siempre trabajo con personas en lugares donde no estoy, donde después me voy a ir. Ayudar a jóvenes a crear algo y después seguir mi camino, mis ideas, mis obsesiones, que es lo que trato de hacer. Digamos que yo busco dinero para hacer lo que deseo y nunca hago cosas porque hay dinero para hacerlas, sino que es al revés. Es un teatro bastante pobre, que recurre a la imaginación y trata de resolver con ella la falta de recursos. Un teatro que busca la metáfora y la metonimia a la par de poner todo con recursos estéticos.

¿Cómo te involucras con Dioniso, la obra que estás dirigiendo en nuestro país?

César: De algún modo, el trabajo que he hecho con los chicos de El Salvador ha sido eso. Me propusieron primero hacer esta obra. Alejandro Córdova me lo propuso. Yo dije que sí. Luego encontró los fondos a través de Fundarte, quienes nos están produciendo, y la inmensa ayuda que ha dado también Roberto Salomón, que me ha dejado su casa y nos ha dado el Teatro Luis Poma para estrenar y ensayar estos últimos días. 

Con ellos hemos hecho una búsqueda. Inicialmente, iba a ser sobre el narcotráfico, pero me di cuenta de que la droga no le interesaba a todos de igual modo, y que iba a limitar el trabajo a solo un aspecto de los que eran importantes para ellos. Como estoy trabajando con un grupo de jóvenes, lo que he tratado de hacer es hacerles preguntas, indagar. ¿De qué huyen? ¿Qué es El Salvador? [¿Cuál es] su relación con las drogas? ¿Su relación con el presente de este país? Luego busqué –y en esto me ayudó Roberto Salomón– entre la poesía salvadoreña, en poetas del pasado próximo y el presente salvadoreño. Encontré algunos textos poéticos que sirvieron. Pero los mismos chicos fueron creando los textos; yo los fui ordenando. Algunos nexos le pedí a Alejandro que los escribiera. Es un escritor extraordinario, y de eso surgió el trabajo colectivo en el que yo he sido el dramaturgo, en el sentido antiguo de ordenar los elementos. Pero han sido palabras de ellos, sobre cada uno de los argumentos que hemos enfrentado: la paz hoy; ¿cuál es esta democracia que han heredado?; la corrupción; la violencia; la relación con la muerte; el acoso hacia las mujeres; la relación con este país.

Encontramos tres textos que fueron guía: uno es de “Patria exacta”, de Oswaldo Escobar Velado, del que adaptamos toda la primera parte, donde hace una especie de diálisis de qué es ser de este país. Luego, dos textos que me impresionaron mucho de Alfonso Kijadurías. Una especie de poesía sobre “Aquí llega El Salvador, el nuevo Salvador…”; y otro que es un texto muy amargo que escribió cuando decidió ya no volver aquí y quedarse en Canadá, que es un texto sobre el regreso. La amargura del regreso, esta especie de «Todo ha cambiado. Excepto la maldad, todo ha cambiado».  En ese texto, la obra está en la boca de la Virgen María, y El Salvador es un santo al que se le coloca una corona de razor y dos banderitas de El Salvador en las manos.

Los personajes de nuestra obra son emblemas, como paradigmas de lo que es este país: un empresario candidato a presidente, una reina de belleza, una primera dama, una mucama, un estudiante que lleva signos de violencia en su cuerpo. La misma reina de belleza lleva signos de trompadas en su rostro. Un marero, un policía y una Virgen María en El Salvador. Sobre esa pregunta –“¿de qué huyen?”– termina el texto al final.

“Hoy día, si tuviera que definir el teatro que hago, lo llamaría teatro ausente, porque siempre trabajo con personas en lugares donde no estoy, donde después me voy a ir”, dice el argentino César Brie, en entrevista con Revista Factum.
Foto FACTUM/ Salvador Meléndez

Tiene bastante el dedo en el pulso sobre las inquietudes de las personas jóvenes en este país. En ese sentido, ¿cómo apreciás la realidad salvadoreña en contraste con lo que has observado en el resto de Latinoamérica?

César: No lo veo tan diferente. Aquí lo que es impresionante es el nivel de inseguridad. Es como si una vez que se realizaron los Acuerdos de Paz, la violencia haya quedado en manos de las maras y la Policía que reprime a las maras. La nueva clase dirigente se divide –como dice Kijadurías– las migas del pastel, ¿no? Habría preguntas muy severas que hacer a los corruptos que antes eran del Frente de Liberación y que hoy son una manga de corruptos. No puedo intervenir en eso porque no soy salvadoreño, pero habría preguntas que hacer. 

Como esto ya lo viví en Bolivia, donde los más corruptos fueron los movimientos de izquierda, creo que todos nuestros países latinoamericanos han reflejado que los ideales que hubo en los años setenta, en lugar de transformarse en ideales social democráticos para mejorar y cambiar la situación de los pueblos, se han vuelto parte de esa casta que menciona Kijadurías. Eso me parece horrible.

Pienso en El Salvador, que es un país tan chico, y podría tener una capacidad de justicia social, mucho más fácil de realizar que en países mucho más grandes. Tendrías todas las condiciones para hacerlo, pero habría que renunciar a privilegios. Creo que hoy todos los privilegios se defienden con razor, por eso está presente en nuestra obra, porque es lo que más me ha impactado a mí. Me hace recordar a Venezuela en los años anteriores a Chávez. Una sociedad como la venezolana, que había dado la espalda a su pueblo. Hoy América Latina está viviendo un poco eso. 

Yo ya no pienso si soy o no soy de izquierda. Creo que una democracia, para llamarse tal, debería contemplar varios elementos: garantizar el derecho a la alimentación, educación, a la salud, a la vivienda, a la libertad de cultos, libertad de movimiento, libertad de asociación política, libertad de expresión. Son las ocho patas que las sostienen. Pareciera que la derecha se acuerda solo de cuatro patas y se olvida de las demás. Y la izquierda se acuerda solo de las patas contrarias. No se puede decir que solo unas cuentan y otras no. Hay que encontrar un nuevo paradigma para poder trabajar y creer que es posible, porque lo es.

Como dice el poeta Velasco:«Porque otro pueblo ya se habría muerto». Nuestros pueblos son fuertes, llenos de imaginación, pero hay que luchar. ¿Por qué no soñar que un país tan pequeño como este puede ser absolutamente digno, autónomo y no hambrear a su gente, obligando la a que se vaya?

Precisamente, en estas sociedades tan convulsas, eternamente en crisis, ¿cuál es el rol del arte y del teatro en la realidad?

César: El teatro y el arte tienen una doble función: deben entretener y deben inquietar. Nosotros nos debemos a la verdad a través de la belleza. Si decimos la verdad, pero en lo que hacemos no hay belleza, no sirve. Si decimos cosas bellas, pero mentimos, tampoco sirve. Como artistas de teatro, debemos por un lado reflejar lo que se hace en el mundo y traerlo; y al mismo tiempo, investigar, crear nuevas experiencias, nuevas relaciones, nuevos paradigmas culturales.

Nosotros no vamos a cambiar el mundo. Vamos a cambiar el arte, eso seguramente. Cambiando el arte nos cambiamos a nosotros mismos. Esa necesidad de hacer, crear, decir, es fundamental. Los artistas nos debemos mantener, ayudar a los más jóvenes a hacerlo y seguir trabajando en nosotros mismos sin callarnos la boca. Sin ceder a la crónica falta de recursos.

¿Combatir?

César: Sí, pero fíjate vos que, en Italia, ningún joven es capaz de hacer lo que muchos jóvenes salvadoreños hacen. Aquí cada uno toma su destino en las manos y, sin un centavo, trata de hacer lo que puede. Allá esperan a que haya alguna platita, y si no, no hacen. En ese sentido, el tercer mundo enseña muchas cosas al primer mundo. Los jóvenes del tercer mundo hoy toman el destino en sus manos de un modo mucho más pujante y mucho más consciente.

Esa es la ventaja: nuestros pueblos son jóvenes. Europa es algo vieja y a veces se olvida de que debe volver a ser joven. Tenemos una fuerza que allá nos envidian y allá tienen el dinero que nosotros acá les envidiamos. (Ríe).

“El país es un santo al que se le coloca una corona de razor y dos banderitas de El Salvador en las manos”, comentó César Brie al explicar parte de los textos que han inspirado a “Dionisio”.
Foto FACTUM/ Salvador Meléndez.

En tus obras tratás historias sencillas con mucha exploración de personaje, sin dejar de lado la vena social. Para vos, ¿qué papel juegan las personas? Tanto tus personajes en el escenario como los actores reales en estas realidades que representás…

César: Son fundamentales. Creo que el procedimiento poético es siempre «decir yo para decir nosotros». No hay que hablar de las personas porque sufren una condición social, sino que hay que entrar a la esencia de esas personas y expresarla; de ahí va a surgir también su condición social. Por decírtelo de otro modo: yo creo que el coro proviene de lo íntimo. Si vos decís «me siento sola», vos pertenecés a una multitud que se siente sola; entonces la soledad es un problema social, aunque se resuelve después individualmente. Lo mismo con cualquier problema que te pongás. Es algo en lo que siempre está incluido el nosotros, los demás.

Aquello que parece privado no es privado, pertenece a lo social. Ese coro hay que hacerlo vibrar a través de esa intimidad colectiva, de todos. Es ahí donde yo veo que el teatro es profundamente político. En ese doble viaje está uno de los secretos de todo trabajo dramatúrgico contemporáneo. 

¿Cuáles son tus impresiones sobre el teatro salvadoreño?

César: He visto poco. De lo que he visto, hay una enorme necesidad de crecer. Hay muchos actores que trabajan con una gran seriedad y honestidad. Creo que Roberto Salomón es uno de los próceres del teatro salvadoreño, por todo lo que ha creado y ha formado. Eso debe seguir. Lo antiguo, lo clásico… es todavía necesario; y lo nuevo son estas pulsiones tratando de encontrar una forma. Tradición y vanguardia que deben coexistir siempre, darse la mano para poder expresarse. 

Hemos trabajado en el Centro Nacional de Artes (CENAR). Es una especie de mina creativa. Desde el joven que toca la trompeta y va desafinando la nota, hasta el que está en el último año y ya toca un concierto de Bach en violoncelo, mientras nosotros estamos ensayando. Fue muy bello trabajar ahí, difícil para ensayar como sonido de fondo, pero bello; y estamos, pero muy agradecidos con su hospitalidad.

El actor joven salvadoreño está lleno de entusiasmo. Debo decir: la cualidad más grande es la necesidad por hacer lo que hacen. Se necesitaría una mayor capacidad de formación, pero para eso se necesitan escuelas, academias donde los jóvenes puedan estar años trabajando y dedicándose a lo propio; y eso hay que construirlo. Eso es lo que cuesta siempre, aquí y en cualquier otro de país.


  • “Dioniso” se presentará del 6 al 9 de septiembre en el Teatro Luis Poma (Metrocentro, 2210-3828). Los horarios son los siguientes: jueves, viernes y sábado a las 8:00PM. Sábado (doble función) y domingo 5:00PM. Los precios son: $7 (general) y $5 (estudiantes).
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