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La reivindicación de Steve Harrington, el galán domado

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Steve Harrington se nos presenta, desde la primera temporada de Stranger Things, como el hombre a vencer: con toda su pinta que combina al niño bonito de Tom Cruise en ‘Risky Business’ con el chico malo de Keifer Sutherland en ‘Stand by me’. Él es el guapo de la secundaria, el popular, el buen deportista. Él debería de ser el gran ganador de acuerdo con todos los cánones narrativos del cine al que Stranger Things hace homenaje. Pero no: Steve Harrington termina siendo un antihéroe, un personaje con tintes trágicos; un tipo que solo puede encontrar su valía después de que la chica lo deja y de que otro galán, más bruto, le da la tastaseada de su vida.

[¡Alerta de spoilers!]


Es mi escena favorita de toda la segunda temporada de Stranger Things. Steve Harrington, el adolescente pelo-de-casco-a-puro-espray, camina junto a Dustin Henderson, el niño colocho-que-ya-tiene-dientes-delanteros sobre los rieles del tren en medio de un bosque abandonado. Hablan, antes de enfrentar a una raza de perros diabólicos, de ese tema del que con tanta ansiedad y drama hablamos todos en nuestra etapa imberbe: las mujeres (“It’s always about a girl”, que decía el Onceler de Dr. Seuss).

No es solo que la escena sea un homenaje visual a Stand by me, el clásico cinematográfico de 1986 basado en una novela corta de Stephen King y dirigida por Rob Reiner (When Harry met Sally, The Wolf of Wall Street), una de cuyas secuencias emblemáticas es, también, la plática íntima sobre los rieles del tren en un bosque solitario; es que en esa escena Stranger Things 2 nos brinda lo mejor de sí misma, la narrativa creada a partir de las metáforas menos ingenuas del cine pop de los 80.

Una de las mejores cosas de Stranger Things 2 es el toque de sarcasmo que los hermanos Duffer, creadores de la serie, imprimen a la narración: la mejor burla cáustica aparece, casi siempre en forma sutil, en líneas del diálogo que nos recuerdan a las buenas comedias gringas de los 80 y 90, o en los personajes que, gracias a ese humor -negro a veces-, pueden convertirse en finas parodias de los arquetipos desde los que están escritos. Steve Harrington es uno de los mejores ejemplos: llamado según nos engaña en principio el guion a ser el galán, termina convertido en uno de los grandes ¿perdedores? de la serie.

Steve, que ha solido refugiar sus inseguridades detrás de su cabello enlacado y su buena pinta, termina descubriendo por las malas que todo el control que se supone viene con aquello de ser el macho alfa es demasiado frágil, y que la vida es tan puta que como te da te quita, y la más de las veces te deja con varios moretones y huesos rotos, tirado en el suelo. ¿Qué queda? Pararse y volver a ponerse laca en la greña, así sea solo para buscar redención en un bosque abandonado haciendo alarde de una sabiduría cuya utilidad es muy cuestionable.

El personaje es uno de los cuatro con los que la serie retoma una de las líneas temáticas recurrentes en varios de los clásicos de cine de los 80 y 90, la de los adolescentes rebeldes.

Ahí está Nancy Wheeler, que es un poco las chicas de The breakfast club y un poco la protagonista más dark que interpreta la mismísima Wynona Ryder en Heathers; ella es la princesa que debe entenderse menos realeza para sobrevivir en un mundo poblado de monstruos y hombres inseguros.

O Jonathan Byers, el emo, el rechazado por los galanes que pueblan los lugares privilegiados en la cadena alimenticia adolescente. Jonathan me recuerda un tanto al novio-con-instintos asesinos que Christian Slater interpretó en Heathers, la comedia negra que en 1989 ya adelantaba con precisión macabra cómo el torcido sistema de valores de la sociedad estadounidense termina produciendo asesinos en series. JD, el personaje de Slater, es un rebelde que se niega a vivir bajo los cánones impuestos por el estatus quo y opta por aniquilarlo, por matarlo a balazos. Jonathan Byers es menos que eso, pero el suyo es también un personaje que coquetea con el caos; lo único que termina manteniéndolo en cordura es la proyección de la luz interna hacia su hermano Will, el niño zombi secuestrado por los monstruos.

Y también está, en la lista de la fauna adolescente, Billy Hargrove, el hermano mayor de una familia recién mudada a Hawkins, el pueblo de Indiana donde se desarrolla la acción. Billy es un bully, como las decenas que pueblan la mitología de la literatura y la cinematografía popular estadounidense de los últimos cuarenta años. Pero resulta también un personaje complejo: en uno de los últimos episodios nos cuentan que el maltratador ha sido casi siempre un maltratado que busca en las lágrimas ajenas un pañuelo para las propias.

Steve Harrington es, de los cuatro, el que me parece mejor logrado, mejor escrito. Se nota que en él tejieron los Duffer una madeja más fina. Nancy y Billy resultan más obvios, más arquetípicos. Jonathan Byers tiene más tela narrativa, pero la dualidad héroe-trágico está en él explotada sin demasiadas concesiones al sarcasmo. Steve es, por el contrario, una burla constante a lo que manda el manual de los adolescentes-guapos-y-populares, y por eso es más entrañable.

Al final del cuento Steve Harrington es una metáfora muy buena de la vulnerabilidad emocional que nos ronda a todos en los años terribles de la adolescencia y que en algunos queda, por circunstancias propias y ajenas, rondando por siempre. Eso: la vida es muy puta y a veces la pose de malo es la única forma de intentar hacerle frente. Bueno es que podamos hacernos guiños a nosotros mismos al final del cuento, como Steve cuando hace muecas que a nadie seducen.

Stranger Things, sobre todo esta segunda temporada, no es solo, como se ha hablado ya suficiente, muchos homenajes a la estética audiovisual del cine ochentero. La serie ha sido también una vuelta inteligente a los productos de la literatura popular estadounidense -novelas, cuentos, guiones- que hablan más allá de las letras con que fueron escritas.

Escribí antes sobre la celebración de la estética de Stand by me, la película que cuenta la historia de cuatro amigos preadolescentes que descubren las crueldades del mundo adulto cuando ven un cadáver, que es ya una metáfora universal de la pérdida de la inocencia por culpa de la violencia, catalizador por excelencia de la condición humana. Como en Stranger Things.

De alguna manera, la serie es también un homenaje a It -no a la película ni a su remake, sino al libro que les dio vida-, una de las novelas mejor estructuradas de Stephen King. Como en Stand by me, en It y en Stranger Things 2, las luchas internas de los personajes condenados a enfrentar el mal circundante terminan siendo, más que el mal mismo, los motores de la acción. Y como en It, donde el payaso Pennywise aparece como representación de la maldad terrenal que impera en Derry, Maine, como el racismo o el maltrato doméstico, en Stranger Things los demogorgons y los demo-dogs son metáforas del mal parido en la sique maltratada de los Estados Unidos.

A diferencia de la literatura panfletaria de los 50 y 60, que engendró héroes de metal como el inefable Capitán América, la narrativa cinematográfica de la llamada Generación X -de la que Winona Ryder fue musa predilecta- terminó creando a varios antihéroes entrañables, como Billy “tartamudo” Denbrough, el vengador improbable de It. Hoy, 30 años después, Steve Harrington, el galán domado y redimido de Stranger Things, es uno de los mejores homenajes a aquellos antihéroes.

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