2152 Vistas |  2

El secreto del éxito de Stranger Things

Compartir...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestBuffer this pageShare on StumbleUponPrint this pageDigg thisShare on TumblrEmail this to someoneFlattr the authorShare on LinkedInShare on Reddit
 [La primera parte de este artículo no tiene spoilers sobre el fenómeno televisivo Stranger Things (original de Netflix), pero al avanzar en la lectura sí se llega a un apartado que revela información más detallada sobre esta serie]

Algo tiene Stranger Things que nos ha hechizado a todos (o casi todos). Y sin embargo, a la hora de explicarlo, cuando lo pensamos bien, nos cuesta identificar bien qué es. La respuesta simple sería: la nostalgia, así, en general. Pero, vamos, seamos sinceros. Esta no es la primera serie de televisión que intenta llevarnos de vuelta, generaciones atrás, a los tiempos de la fogosidad puberta o la adolescencia extraviada en las memorias del público actual, el mismo que ha asumido una edad en la que su mejor inversión del tiempo radica en aplastarse en un sillón y rendirse a la seducción de la pantalla.

¿Ya olvidamos a “That 70’s show”? O incluso, vámonos más atrás todavía, ya que andamos impactados por la sensación de recapturar la infancia perdida. Recordemos. Cuando éramos niños, ¿acaso la televisión no nos proponía —con mucho éxito— una serie en la que nuestros padres añoraban los tiempos en los que ellos fueron felices siendo niños, mientras nosotros solo lo imaginábamos porque nunca lo vivimos? ¿Ya olvidamos aquella serie llamada “Los años maravillosos”? 

El asunto pareciera ser cíclico. La televisión de los ochenta miraba hacia los sesenta (¿recuerdan “Misión Vietnam”?). Ahora, en los últimos años, la televisión ha estado observando de manera obsesiva al pasado, independientemente de qué década: “Mad Men”, “Vinyl”, “Masters of sex”, “The Goldbergs”. Ahora incluso vemos a Netflix compitiendo contra sí mismo a través del flashback de Stranger Things con el de otra serie que viaja todavía más al pasado: “The Get Down”.

Apelar al Déjà vu no es fórmula novedosa. No deberíamos ponderar a Stranger Things sobre las demás propuestas televisivas por haber sabido dar en la diana y recapturar impulsos de nuestra infancia. La serie es algo más que nostalgia. Lo explica también la buena recepción que ha tenido en el público más joven, millenials que ni siquiera habían nacido en aquella época y que ven aquello con la curiosidad y la extrañeza que produce haber escuchado tantas veces nuestras pataletas acerca de como…

“Cualquier tiempo pasado… fue mejor”

Lo que estremece de Strager Things no es que al verla nos reconozcamos vueltos unos rucos decadentes. Lo que realmente más debería castigarnos es notar como ciertos rasgos de pureza del mundo se han ido evaporando. El mundo de aventuras en bicicletas con pandillas de amigos (¿recuerdan cuando la palabra «pandilla» estaba cargada de inocencia?); el mundo de jornadas maratónicas jugando Calabozos y Dragones (o Monopolio, No Te Enojes, etc); el mundo de respuestas fantásticas e imaginarias para problemas que nos buscábamos en la calle y no encerrados en el presidio del hogar… Ese mundo ya no existe para la infancia actual. Al menos no para la nuestra, la infancia actual del mundo marginal. Los millenials estarán aburridos de que los rucos les hablemos de ello. Pero créanme, millenials, hubo un tiempo en que la infancia, la pubertad, la adolescencia (independientemente de estratos sociales), se disfrutaba ahí afuera, en la calle. A las llantas de las bicicletas les poníamos botecitos de Frutsi (¡averiguën que era eso!) para que sonaran como motocicletas. La mayoría de los padres nos daban libertad absoluta para vagabundear, para descubrir al mundo, para hacer cuadrillas nuevas de amigos y fortalecer los lazos de los que, pensábamos, estarían entonces y para siempre.

Pueda que ese sea el secreto del éxito de Stranger Things: añorar una vida que todos nos hemos encargado de estropear… con la violencia imparable disfrazada de resignación y cotidianidad; con la tecnología apabullante que aplaca las molestias de los infantes con tablets; con la sed comunicativa en espacios virtuales, donde todos pensamos que es imperante compartir nuestra opinión sobre todo tema; con el asesinato de la creatividad a través de la excesiva vigilancia. En fin, con tantas cosas perniciosas que no existían para el 6 de noviembre de 1983, cuando Joyce Byers confió que su hijo, Will, manejaría su bicicleta por calles oscuras y solitarias… y que llegaría sano y salvo, como siempre lo había hecho.

Hasta que…

¿De qué va la serie?

Los hechos (evidentemente ficticios) que narra Stranger Things ocurren en noviembre del 83, en un pueblo llamado Hawkins, Indiana, un poblado pequeño que nunca interrumpe su apacible rutina. La serie gira en torno a la misteriosa desaparición de Will Byers (Noah Schnapp), un niño marcado por su inocencia, quien se ve atrapado por un suceso paranormal que lo coloca en claro peligro. Su madre (Winona Ryder en el papel de Joyce Byers), un jefe de policía (David Harbour en el papel de Jim Hopper) y su fiel cuadrilla de amigos deben, a partir de entonces, enfrentarse a fuerzas aterradoras con el fin de recuperarlo.

Ahora tomen esa sinopsis, véndanla como un proyecto de tributo al cine de ficción de los años ochenta (“The Goonies”, “E.T.-El Extraterrestre”, “Encuentros cercanos del tercer tipo”, “Poltergeist”, “Starman” y un larguísimo etcétera) y les pasaría como le ocurrió a los gemelos Matt y Ross Duffer (creadores y directores de la serie), quienes han informado que el proyecto fue rechazado entre 15 y 20 veces por varias cadenas televisivas que no confiaron en su idea. Netflix sí lo hizo y ahora Stranger Things es la tercera serie más vista en sus primeros 16 días de exhibición en la historia del gigante del streaming mundial.

Stranger cuadro

[Advertencia: a partir de aquí se publica información spoiler acerca de los ocho episodios de Stranger Things]

Lo bueno y lo malo de la serie

Es probable que Stranger Things sea la serie más importante (mediáticamente) del año 2016, pero hasta un producto tan bueno como este tiene, además de notables virtudes, incómodas flaquezas:

Bueno: el casting del reparto principal.
Este es un mundo de niños y son ellos los que más deben brillar. ¡Y vaya que lo hacen! No es solo la contagiosa gracia y simpatía que despierta la cuadrilla protagónica. Es que algunos de ellos poseen características físicas muy peculiares. Por ejemplo: el rostro de cachorro mimado de Dustin Henderson (Gaten Matarazzo), cuya dentadura irrisoria termina resultando entrañable; las facciones casi alienígenas del rostro de Mike Wheeler (Finn Wolfhard); la rabia natural de Caleb McLaughlin en su papel de Lucas Sinclair, quien llena la necesaria mezcla racial de la historia y lo hace con su interpretación de un personaje siempre conflictivo, siempre falto de paciencia, siempre al borde de la explosión. Y hay más que destacar al respecto. Nancy Wheeler, la niña bonita posee pestañas de manga y pareciera estar a un resbalón de caer en la anorexia; Will Byers, el niño extraviado, tiene cara de muñeco de ventrílocuo y luce un peinado con el clásico estilo “huacalito” con el que muchos de nuestros padres nos cortaban el cabello en aquella época.

Estos detalles podrían pasar desapercibidos, pero lo cierto es que es obra y gracia del tremendo casting de la serie.

Malo: la terrible actuación de Winona Ryder.
No soy quien para contradecir a Stephen King (influencia más que obligada de Stranger Things), pero lo cierto es que me animo a hacerlo. El flamante escritor de novelas de terror (y cuya obra se ve reflejada en muchos aspectos de la serie) es un fan rendido al placer de ver Stranger Things. En lo que no coincidimos es en que él piensa que Winona Ryder sí brilla en sus apariciones.

Y yo no.

A mi juicio, Winona Ryder es una de las pocas flaquezas de la serie. Su actuación (¿o debo decir su sobre-actuación?) es tan lamentable que pareciera digna de la escuela de talentos de Televisa. Ella es una de las pocas estrellas reconocidas del reparto de esta serie. Y sin embargo, jamás dejó que le comprara el papel de una madre que sufre graves ataques de ansiedad. En pantalla fue siempre Winona exagerando, Winona (nunca Joyce Byers) descargando en el teléfono sus poco creíbles frustraciones; siempre dramatizando más allá de lo necesario. Supongo que debido al estrellato que le precede, los hermanos Duffer nunca le pusieron un alto a estos excesos. 

Por el contrario, pienso que la actuación de Millie Bobby Brown (la niña que encarna a Eleven) le da clases a Winona. A ratos veía sus gesticulaciones y, sin necesidad de grandilocuencia, Millie entrega justo lo que se necesitaba de cada escena.

Bueno: la serie mantiene los discursos narrativos del cine gringo ochentero.
Lo que para muchos podría ser considerado una flaqueza, en mi opinión es una fortaleza. ¿Cuántas veces hemos visto películas de los ochenta que presentan el mismo esquema? Con los amigos forjados en la inocencia y los fortachones populares de turno, estrellas del deporte, acusones y engreídos, que siempre se aprovechan del más débil. ¿Muchas veces, no? Pues es que se trata del sello de aquel tiempo. Obviarlo hubiera derivado en un tributo bizarro, una finta innecesaria.

Stranger Things usa muchos de aquellos estereotipos, pero a la vez le agrega rasgos distintivos. Por ejemplo, Steve Harrington (Joe Keery), el guapetón popular de turno, realmente no es tan guapetón. La chica codiciada tampoco es una belleza despampanante. Los años nos han acostumbrado a ver a las Megan Fox de turno acaparando estos personajes, pero cuando vemos que Stranger Things propone algo diferente (y nos recuerda lo que hemos dejado empolvarse por tantos años en las cajas viejas del garaje), nos damos cuenta de cómo hemos dejado filtrar la irrealidad de la belleza en nuestros patrones de medición.

Y hablando sobre irrealidades: Stranger Things es una historia de ciencia ficción, de terror y de fantasía. Eso queda muy claro. A la vez, muchas de las ideas que se les ocurren a los niños para solucionar los problemas son realmente cosas que se nos ocurrían a muchos cuando éramos niños (al menos a los que estábamos dotados de una buena dosis de imaginación). Los guionistas han hecho un gran trabajo para lograr esa empatía y sostenerla en una historia de ficción y actividades paranormales. Han aprovechado también para colar el desarrollo de romance infantil y tierno entre Mike y Eleven. Pero a la vez, cuando pensamos que hay mucha ternura, van y nos muestran muerte explícita. La primera escena de toda la serie muestra muerte. Además, al final, uno de los personajes más importantes (Eleven) se sacrifica por sus amigos. Y hay escenas que no son tan propias para niños, como cuando Barbara Holland (Shannon Purser), aparece muerta en la piscina del anverso de la realidad, sometida por el ente que encarna al mal que el gobierno nunca supo controlar en sus obsesiones de la Guerra Fría.

Malo: faltó desarrollar mejor al villano.
¿Quién es el villano en Stranger Things? ¿Es el ente monstruoso con aires de Fauno que devora todo lo que se le atraviesa (y más si es atraído por la sangre, cual tiburón hambriento)? ¿O son los agentes del gobierno que asesinan gente o fabrican cadáveres con tal de mantener su secreto? Lo cierto es que poco sabemos al respecto.

A Stranger Things le hizo falta desarrollar un poco mejor a los villanos de su historia. Poco sabemos del mundo paralelo en el que habita este Fauno del Averno y poco sabemos acerca de los remanentes de su muerte, los remanentes que (al parecer) persisten ocultos en Will Byers, motivo por el cual la serie permanece viva para presentarnos más temporadas. Quizás ahí los guionistas logren desarrollar mejor a los villanos de la historia.


La música

Por último, y como un bonus track de lo bueno que propone Stranger Things, es necesario destacar el papel que juega la música en cada uno de los ocho episodios. El crédito le corresponde a Kyle Dixon y Michael Stein, que poseen una banda llamada S U R V I V E. Ellos se encargaron de incorporarse al proceso creativo con sus sintetizadores y su atinada selección de canciones emblemáticas de la época. Por ejemplo, la canción “Should I stay or should I go”, original de la banda The Clash, no es solo un artificio decorativo. Es un instrumento de comunicación paranormal en la historia.

En Netflix supieron de inmediato que el soundtrack de Stranger Things sería muy buscado, así que publicaron un playlist en Spotify con algunas de las canciones más importantes. Sin embargo, ya fue liberado el primero de dos discos que conforman la banda sonora oficial de la primera temporada de la serie.

A continuación comparto el player de Spotify, aunque el disco también ya está disponible en Apple Music y en otras plataformas. Si acaso la curiosidad no se despierta con todo lo que he escrito en este artículo y todos los comentarios que la serie ha despertado en las redes sociales (y en las tertulias de la vida real), quizás la música sea el gancho necesario para entrarle:



Compartir...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestBuffer this pageShare on StumbleUponPrint this pageDigg thisShare on TumblrEmail this to someoneFlattr the authorShare on LinkedInShare on Reddit