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Se partió en Nicaragua…

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Nicaragua sale a las calles para protestar contra el régimen de Daniel Ortega, que hace una semana intentó reducir las pensiones. El gobierno responde con represión y ya va una treintena de muertos. Ortega ha intentado justificar la represión diciendo que la policía y el ejército han respondido con fuerza a saqueos que atribuye a los protestantes. Nadie le cree.

Foto FACTUM/cortesía La Prensa


Tenía yo menos de 10 años cuando escuché por primera vez a Silvio Rodríguez. Fue en el anfiteatro de la Laguna de Tiscapa, en el corazón de la Managua sandinista de los primeros 80. Ahí vivía con mi familia, en el exilo, arrebatado de El Salvador de la infancia. Recuerdo, vago, el fervor de las gargantas:

“Se partió en Nicaragua/ Otro hierro caliente/ Con que el águila daba/ Su señal a la gente”, se coreaba con efervescencia la Canción urgente para Nicaragua del cantautor cubano Silvio Rodríguez, bardo mayor de las revoluciones latinoamericanas del siglo pasado.

Eran, aquellos, años de optimismo. Los comandantes sandinistas, con el aval de muchos, se habían tomado desde pueblos y montañas las calles de las ciudades para derrocar al dictador Anastasio Somoza -el hijueputa que lo era pero era el de Washington. La revolución era, para casi todos los que no eran somocistas y habían huido despavoridos a Miami, una promesa. Los rostros visibles eran nueve comandantes del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Dos de ellos, Tomás Borge Martínez y Daniel Ortega Saavedra, eran los líderes.

Para 1983, cuando salté con mi familia a otro exilio, en el Distrito Federal mexicano, la revolución empezaba a sangrar, debido en gran medida a la política exterior del reaganismo estadounidense que empujaba, apoyado por narcotraficantes y mercenarios, la guerra ilegal de la contra desde Honduras y el aeropuerto de Ilopango en San Salvador.

A esa guerra el sandinismo respondió con reclutamientos forzados de miles de jóvenes nicaragüenses a los que mandaba al matadero en las montañas de Jinotega, Matagalpa y Nueva Segovia, la tierra donde había peleado Sandino. La propaganda del sandinismo hizo suyo el discurso del antiimperialismo para arropar la defensa del territorio, pero también, lo sabríamos luego, para mantener el poder de los comandantes.

La guerra, la desilusión y las primeras noticias de la piñata -uno de los primeros esquemas de corrupción conocidos al sandinismo- habían carcomido fervores como el de la Laguna de Tiscapa.

En 1990, el sandinismo sufrió su primera gran derrota. No en las calles ni en las montañas. En las urnas. Violeta Barrios de Chamorro, esposa del periodista Pedro Joaquín Chamorro, otro de los mártires del somocismo, ganó la presidencia con todas las de la ley. El candidato perdedor fue Daniel Ortega. Él y los comandantes para sorpresa de propios y extraños entregó el poder sin demasiados aspavientos. El sandinismo mantuvo, eso sí, el control del ejército.

Al terminar el mandato de Barrios de Chamorro asumió el liberal Arnoldo Alemán. Con él se terminó de enquistar en Nicaragua el cáncer de la corrupción. Alemán terminó preso, pero siguió gozando de salud política gracias a un pacto espurio con el sandinismo, que seguía bajo el control de Ortega y había ganado amplios espacios en el Congreso.

Después, en gran medida aupado por el chavismo venezolano, Ortega volvió a ganar la presidencia en 2007. Desde entonces Nicaragua no ha conocido más poder que el del comandante y su esposa, Rosario Murillo. La pareja se mantuvo en el poder gracias al dinero venezolano y al control total del Estado, de sus cortes, de su congreso, de su autoridad electoral, de su ejército y Policía. Y también, no en menor medida, se afianzó el orteguismo gracias a pactos explícitos con las añejas élites económicas que habían vuelto hacía rato del exilio e incluso en algunos tramos al beneplácito de Washington, que encontró en la fuerza pública sandinista un importante aliado en la política regional de seguridad.

El orteguismo se alejó, sin demasiados traumas, del sandinismo para convertirse en esperpento. A los herederos de aquel viejo frente guerillero los abandonaron los nombres más decentes que alguna vez se arroparon en él. Incluso sus más notables trovadores, como los hermanos Mejía Godoy, prohibieron a Daniel y Rosario usar la música que había dado decenas de himnos a la revolución.

Nicaragua pasó a ser otro gobierno autoritario de un presidente de izquierdas -de esa versión esperpéntica de la izquierda latinoamericana aferrada al poder- que intentó utilizar los recuerdos perdidos de fervores como el de Tiscapa para disfrazar de reivindicación su corrupción y su espíritu antidemocrático.

Nicaragua se convirtió en otro paraíso centroamericano del autoritarismo, como la vecina Honduras, y de la corrupción, como los tres vecinos del Triángulo Norte. El albergue para corruptos, o sospechosos de serlo, ha alcanzado incluso para arropar a Mauricio Funes, el expresidente salvadoreño procesado por enriquecimiento ilícito.

Pero mientras los pactos engordados con el fondo público y concesiones desde el Estado alimentaron con fluidez la permanencia de Ortega en el poder, los desmanes del orteguismo goteaban sobre un país, Nicaragua, que sigue siendo uno de los más pobres del continente.

Parecía que la fórmula de Ortega sería exitosa durante años. Parecía. Hasta la semana pasada, cuando estudiantes, profesionales, trabajadores, empleados públicos se volcaron a las calles para protestar por una reforma a la seguridad social. Fabián Medina, editor del opositor diario La Prensa, lo explicó así: “No era resignación, eran gotas llenando el vaso de la paciencia. Ni Daniel Ortega ni Rosario Murillo pudieron ver eso y creyeron, como muchos de nosotros, que este pueblo aguantaba todo.”

Pero el hierro del que hablaba Silvio Rodríguez se volvió a partir. El hierro del orteguismo que daba su señal a la gente tiene hoy más fisuras que nunca. Y acaso la imagen más simbólica es la destrucción, a manos de los protestantes, de árboles metálicos que Rosario Murillo había mandado a poner por toda Managua en una de sus tantas alucinaciones autoritarias.

El hierro, sí. La policía y el ejército del orteguismo ha respondido a las protestas con represión pura y dura, como respondía el somocismo. Hay ya casi tres decenas de muertos en las calles, incluido un periodista a quienes agentes del régimen mataron de un balazo en la cabeza mientras transmitía en vivo las protestas.

Ortega ha intentado justificar la represión diciendo que la policía y el ejército han respondido con fuerza a saqueos que atribuye a los protestantes. Nadie le cree. Las protestas han logrado que Ortega dé marcha atrás a la reforma que pretendía reducir en un 5% las pensiones. No está claro, sin embargo, si esta derrota será suficiente para apaciguar los ánimos de los nicaragüenses.

Esta nueva revolución nicaragüense no llega sola. Llega en el mismo año en que las plazas de Centroamérica, las de su mitad norte, vuelven a las calles como en los 70 y 80 para intentar partir los hierros de la corrupción y el autoritarismo. Llegan justo cuando en Guatemala centenares han vuelto a las calles para exigir la renuncia del presidente Jimmy Morales, quien arrinconado por acusaciones de corrupción, se parapeta tras el ejército. Y a pocos meses de que en Honduras el régimen del derechista Juan Orlando Hernández, con el beneplácito de la administración Trump en Washington, ahoga con sus hombres armados las protestas por su cuestionada reelección.

Los hierros se parten de nuevo en Centroamérica. Y los dictadorzuelos responden de la única forma que conocen: apelando a la fuerza bruta de los Estados que controlan.

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