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“Russian Doll”: si algo duele, volvé atrás

«Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando un resultado diferente», reza la frase popular. Entonces, ¿cuántas veces hay que intentar algo nuevo para volver a estar cuerdo? Uno de los estrenos más recientes en Netflix, “Russian Doll”, responde alto y claro: cuantas veces sea necesario. Con humor e ingenio, esta serie explora los límites de la desesperación para recordarnos que no importa tener el mejor escondite: si no se enfrenta, el dolor vuelve.

[Alerta spoiler: la siguiente reseña presenta algunos detalles acerca de la serie “Russian Doll”, que se transmite en Netflix]


Atrapar a una persona en el tiempo como vehículo de cambio personal no es una fórmula nueva. Películas como “Groundhog Day (1993)” ya la han ocupado para volver buenas personas a los tipos más cínicos. Lo que no han conseguido es retratar lo difícil que resulta cambiar, más allá de demostrarle al mundo que se ha cambiado. Creada por Natasha Lyonne, Amy Poehler y Leslye Headland, “Russian Doll” se compromete de lleno y pone los puntos sobre las íes.

Cambiar no es solo un sacrifico, es un proceso lleno de vueltas.

La sinopsis es la siguiente: Nadia Vulvokov (Lyonne), una cínica y bohemia chica neoyorquina, muere atropellada la noche de su cumpleaños 36. Pero revive. Luego muere y revive de nuevo. Sin ninguna razón aparente, Nadia parece estar condenada a morir de las maneras más absurdas y volver a empezar en el mismo día. Mientras corre por Nueva York tratando de entender lo que sucede, se topa con Alan (Charlie Barnett), un hombre completamente opuesto a ella. Donde ella es cínica y desordenada, Alan es todo control y moral. ¿Qué tienen ambos en común? Pues que Alan también está atrapado en su propio bucle.

La serie toma su nombre de las «matryoshkas» o muñecas rusas, célebres por estar anidadas en versiones más grandes de sí mismas.

“Russian Doll” utiliza al bucle como una fábula sobre el dolor y el proceso que implica sanarlo.

Los protagonistas se ven obligados a confrontar los rincones más oscuros de sus historias personales por la única fuerza inescapable para todos por igual: el tiempo. 

Con su actuación, Natasha Lyonne equilibra con éxito la complejidad de su personaje. Nadia es lo suficientemente agresiva para tomarse en serio, pero tan vulnerable que no se le puede odiar. El laberinto que debe sortear para reclamar su vida de vuelta no es más que un castigo autoimpuesto. Como se puede ser duro con ella, se puede empatizar con sus razones, y, sobre todo, con su desesperación. Si el bucle es el resultado de años de evasión, confrontar lo pasado no es más que el camino inevitable de regreso a uno mismo.

Greta Lee protagoniza el personaje de Maxine en “Russian Doll”. Foto de Netflix.

Nadia es brillante, pero se disipa entre las drogas, hombres y experiencias con una indiferencia agresiva. Convierte a la tragedia en un tema trivial más. Se torna sedienta de emociones y esconde con discursos intelectuales lo que en realidad está cercano a su corazón. Esta actitud no es más que un escudo detrás del cual esconde una infancia marcada por el trauma. Su bucle la obliga a escarbar más profundo, a desarmar a las múltiples Nadias que ha creado para proteger a su versión más herida. 

“Morir es fácil. Vivir es lo difícil” reza el afiche oficial con el que se promocionó el lanzamiento de “Russian Doll”, una serie que se estrenó en Netflix el pasado 1 de febrero.

La serie ilustra cada paso de este proceso con simbología cruda: el trauma como el vidrio que lastima por dentro, la fruta podrida como el deterioro relativo que esconde la posibilidad de redención, la desaparición de las personas como una réplica del aislamiento que traen consigo las condiciones mentales. Todo esto cobijado por Nueva York, la ciudad cosmopolita por excelencia, donde coinciden muchas soledades sin tocarse y todo tiene una historia. 

Repetir patrones nocivos no es dejarse llevar por la inercia del momento; es elegir una y otra vez la autodestrucción.

Con cada pequeño cambio en su rutina enloquecedora, Nadia y Alan beben a cuentagotas del antídoto: dejar de ser indiferentes. Nadie cambia sin abrirse a los demás. Ambos deberán abrir los ojos a los que les rodean y admitir sus responsabilidades sobre los efectos que tienen sus acciones para empatizar con su propio dolor. 

¿Es el gran retorno de Nadia y Alan uno aburrido? En absoluto. En su viaje se mezcla lo científico y lo místico, aderezado con una buena dosis de saber no tomarse las cosas demasiado en serio. Es impresionante cómo esa historia cambia géneros en un instante, cómo viaja del llanto a la risa en un segundo, pasando de la noche al día con naturalidad.

La existencia está llena de matices, inconsistencias y giros. La serie abraza este absurdo y le concede un asiento de primera fila en el drama de la vida.

En una década donde la salud mental ha pasado del estigma a la cultura pop, un producto audiovisual que aborde temas como el trauma, la depresión o la adicción sin glorificarlo, más sí como rutinas silenciosas, es interesante. Mejor aún es que lo haga con mujeres como protagonistas. Lejos están los años donde la histeria femenina era un diagnóstico válido, pero no deja de pervertir el tono que domina a muchas historias similares en relación con la salud mental. 

Los seres humanos amamos las historias. Son importantes. Y tanto lo son, que colocamos experiencias a lo largo de grandes narrativas. Ya que lo que vivimos son historias que escribimos minuto a minuto, los eventos que nos lastimaron ayer quedan registrados en el ahora como capítulos intocables y, desgraciadamente, cruciales. 

“Russian Doll” es un viaje que retorna a sí mismo las veces que sean necesarias para confrontar al pasado con el valor que otorga la determinación de estar mejor. No es fácil salir del bucle. Pero afuera de él espera la vida, en todo su complejo esplendor.

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