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Romero, ícono

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Incómodo para unos, bandera de victoria para otros, y guía para algunos más, Monseñor Romero sigue y seguirá presente. Indudablemente, no solo por ser un importante referente cultural de su época, sino por representar un símbolo universal.

Foto FACTUM/Salvador Meléndez


¿Cuándo fue la última vez que vio a Monseñor Romero? No debería ser difícil de recordar: su figura es ineludible. Tampoco es que haya sido raro encontrarse su silueta o alguna frase de sus homilía por ahí antes de su canonización: Monseñor es ya tan simbólico de El Salvador como lo son otras cosas más terrenales, como las pupusas o el Mágico González.

Lo que distingue a Monseñor de estos referentes es el profundo impacto cultural que tiene su memoria, y el alto perfil internacional del que goza. En este sentido, su figura se ha transformado de un mártir religioso nacional a un ícono mundial, rompiendo las barreras de lo religioso, político y social. ¿Pero cómo se logra dar un salto monumental como ese? ¿Qué elementos fundamentales posee la figura Monseñor Romero que le permiten perpetuarse de una manera contundente?

Un hombre camina sobre la Avenida Óscar Arnulfo Romero, frente a la Plaza Morazán, en San Salvador, El Salvador. San Romero de América, como le han llamado a Óscar Arnulfo Romero, está pocos días de convertirse en el primer santo de El Salvador.
Foto FACTUM/ Salvador MELENDEZ

Dentro de la Iglesia Católica, el estado de santidad constituye el reconocimiento de una vida ejemplar, memorable y digna de admiración pública. ¿Pero qué son los íconos culturales sino santos del inconsciente colectivo? Aunque esta definición está determinada desde un punto de vista religioso, podemos remover a Dios de la ecuación y, como un ejercicio de pensamiento, desglosar el proceso que enfrenta la figura de Monseñor en tres preguntas básicas:

¿Qué vuelve a Monseñor ejemplar?

Monseñor Romero fue en su momento la apuesta segura que, coloquialmente hablando, volteó la tortilla. Un hombre profundamente conservador respetuoso de la doctrina católica, estudioso e introvertido, que se vio enfrentado a la crudeza de la guerra al mismo tiempo que recibió la responsabilidad de ostentar el cargo de Arzobispo de San Salvador, la posición eclesial de mayor poderío en el país. Lejos de dibujar dentro de la raya, su visión de servicio pastoral se radicalizó:  en un tiempo donde una sola declaración constituía un riesgo, usó su plataforma nacional para denunciar las atrocidades de uno otro y bando. Y en este cambio de actitud se revela coherencia.

Para Amparo Marroquín Parducci, catedrática e investigadora en cultura y comunicaciones, es precisamente esta coherencia la que inyecta fuerza a su personaje y lo coloca junto a figuras como la de Martin Luther King: la capacidad de mantener una postura firme frente a lo inmoral, sin importar el riesgo; una apuesta de vida distinta frente a los prejuicios de una nación violenta. “Uno puede admirarlos sin necesidad de profesar su fe, ¡Es gente que se la ha jugado! Eso no lo hace cualquiera”, opina.

El también catedrático e investigador cultural Willian Carballo, quien ha estudiado tanto la omnipresencia como el mito de Romero, considera que también existe un factor de revolución dentro de su historia que lo vuelve atractivo desde la posición de líder. Después de todo, es cuando menos una figura transgresora de su propio orden personal, volcando su transformación hacia una defensa y difusión de la indignación popular.

¿Por qué se vuelve Monseñor memorable?

Monseñor fue contundente para denunciar, reprender y abogar por el cese de la violencia. Basta para comprobarlo su última homilía, poderosa y urgente. De la importancia de su labor comunicadora nos habla el extenso archivo que distintas instituciones guardan de sus homilías, cartas y reflexiones, mensajes que para Marroquín mantienen viva su memoria por ser aplicables a los problemas sociales que aún enfrenta el país. En ese sentido, Monseñor se volvió un héroe que acota y corrige con acierto los pecados de un país que se mantiene, en esencia, igual.

Por supuesto, no es solo la integridad de su mensaje lo que resuena hasta nuestros días. Su asesinato, un auténtico martirio, marca para Carballo un punto de no retorno en el contexto de la guerra, dando paso a un recrudecimiento de las condiciones políticas y los eventos de violencia. Marroquín también señala su muerte como un “parteaguas” en la historia del país, ya que marca la ocurrencia de un ser humano extraordinario al mismo tiempo que estimula la necesidad humana de recordar dichos sucesos extraordinarios, lo que contribuye a que su figura simbólica se construya día a día.

No se puede ignorar tampoco el carácter polarizante que una figura surgida de un contexto tan político posee. Héroe para unos, villano para otros, Monseñor constituye un punto fijo de la historia salvadoreña cuyo carácter de figura pública lo vuelve un referente de su tiempo evaluado desde la visión y realidad particular de cada persona.

¿Cómo trasciende públicamente Monseñor?

Aquí Marroquín y Carballo coinciden en un punto evidente: la Guerra Fría colocó a la realidad salvadoreña en un escaparate internacional. La vida y muerte de Monseñor generó interés mundial en el marco de un conflicto que superaba fronteras. Periodistas, académicos y artistas viajaron al país siguiendo a un mito, a un símbolo de resistencia. Pero ciertamente esto no es suficiente para explicar el nivel y la diversidad de resonancias que genera el mismo.

Para Carballo, mucho de esto tiene que ver con la complejidad del símbolo de Romero. Ya que su accionar atravesó de manera transversal ámbitos políticos, socioeconómicos y religiosos, el mito tiene fuerza desde distintos contextos y perspectivas; su carácter de referente es válido en una cantidad amplia de temas. También de especial influencia resulta la difusión que la diáspora salvadoreña hace de su memoria al esparcirse por el mundo debido al conflicto armado, así como la entrada a una era globalizada, donde la información se distribuye de forma masiva.

En los alrededores de la Catedral Metropolitana de San Salvador se encuentran los puestos que venden camisas con el rostro de Romero junto con otro personajes como el Che Guevara o el cantante Enrique Bunbury. Foto FACTUM/Salvador Meléndez

A Romero le llegó el reconocimiento nacional antes, gracias al ámbito religioso de su figura. En el contexto popular, la gente lo apropió como santo y lo integró a su vida diaria sin necesidad de un reconocimiento formal. Aunque parte de esta admiración no pudo ser expresada abiertamente tiempo después del conflicto, eso no impidió su progresiva entrada al ámbito más popular, mediante objetos como estampas, camisetas o afiches. Marroquín sostiene que este proceso no obedeció tanto a un interés comercial, como a la antes señalada necesidad de mantener viva la memoria.

Junior Guardado parece pensar así. En el contexto de la beatificación, creó junto a otros amigos la fan page Viva Romero, a través de la cual no solo comercializaba camisetas alusivas a Monseñor, sino que también compartía frases y fragmentos de la vida de Romero. Diseñador gráfico de profesión, su objetivo era llegar a los jóvenes salvadoreños que conocían poco o nada de la vida de Monseñor, sin tintes políticos o partidarios. Para él, Monseñor es importante como un ser humano normal, con dudas y temores, pero al mismo tiempo es un símbolo de unión con los pobres. “Muchas veces los salvadoreños somos malagradecidos con nuestra propia gente, con la que lucha”, dice.

Romero es santo, ¿y ahora qué?

Ahora que la figura religiosa alcanza el reconocimiento máximo de la Iglesia Católica, ¿cómo se encamina la memoria de Romero hacia el futuro? Aunque Carballo observa que puede ser de mucha influencia el manejo que se haga de la misma desde la institucionalidad del gobierno de turno, para Marroquín está lo suficientemente fortalecida como para sostener la influencia que ya posee. La legitimización podría incluso cimentar su calidad de referente salvadoreño, y popularizar el culto popular del que ha gozado hasta ahora sin la necesidad de un reconocimiento oficial.

Monseñor es, hoy por hoy, un tema ineludible. Esto se ha vuelto evidente en la presente campaña electoral, donde tanto la izquierda como la derecha se han apropiado en mayor o menor medida del ícono, ya sea limpiándolo de toda memoria política o radicalizándolo para bautizar con su figura cada obra institucional. Todos los actores comprenden que el recuerdo de Romero tiene peso y vida propia.

Incómodo para unos, bandera de victoria para otros, y guía para algunos más, Monseñor sigue y seguirá presente. Indudablemente, no solo por ser un importante referente cultural de su época, sino por representar un símbolo universal de persistencia y consecuencia, así como un trágico recordatorio de la eterna lucha por reconciliar realidades injustas con la dignidad humana.

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