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 “Monseñor hoy sería crítico de este modelo de economía que privilegia la ganancia sobre las necesidades humanas”

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Hace 22 años, en 1996, la periodista y escritora cubano-nicaragüense María López Vigil, la autora de uno de los libros más representativos sobre la vida de Monseñor Romero, habló sobre la trascendencia del arzobispo que se atrevió a denunciar las injusticias. Una entrevista que, por la realidad de El Salvador, sigue sin perder vigencia. 

Foto/Jorge Uzón


María López Vigil es autora del libro de testimonios sobre Monseñor Romero Piezas para un retrato. Comenzó a escribir sobre El Salvador a mediados de los años 70, cuando vivía en España. “Me enamoré a distancia de El Salvador”, nos dice. Vino acá en 1981 para trabajar como periodista; a los tres meses fue capturada y deportada. Desde entonces vive en Nicaragua, pero sigue de cerca la realidad de El Salvador, “nación por la que tengo una gran debilidad. Tengo un gran tesoro en El Salvador, por eso ahí está mi corazón”.

(Esta entrevista se publicó originalmente el 15 de marzo de 1996 en el desaparecido periódico Sentir con la Iglesia, y se reproduce con permiso del autor).

Usted ha dicho que Monseñor Romero quebró dos leyes de la historia: una, los viejos no cambian, y dos, las autoridades se alejan de la gente en cuanto tienen más poder. ¿Cómo fue eso posible?

Creo que le ayudó poderosamente la realidad que El Salvador vivía en esos momentos. Era una situación límite, extrema, de compromiso, de represión, de sangre y de esperanza. Otro factor fundamental fue la vitalidad que la iglesia de El Salvador tuvo con aquellos momentos. Él es un fruto de la Iglesia, no una raíz de donde ella surge. La Iglesia ya era un árbol crecido con raíces profundas, con muchas hojas, muchas ramas, y él es el fruto más maduro de esa Iglesia.

Pero contestar exactamente a esta pregunta nos lleva al terreno de la gracia. Haciendo el libro, muchas veces me quedaba en el umbral del misterio, de lo que no tiene una simple explicación racional.

Algunas personas insisten en que Monseñor Romero fue lo que fue a pesar de la Iglesia institucional. Otros discrepan, ¿qué piensa usted?

A lo largo de la búsqueda que me llevó a escribir este libro, siempre encontré en Monseñor Romero a un hombre tremendamente fiel a la Iglesia institucional  y a la Iglesia de la base, a ambas. Él no es, como han sido otros otros magníficos agentes de pastoral, incluso obispos, un hombre “confesado” de la Iglesia institucional. Monseñor Romero nace, crece, madura y muere con esa inmensa fidelidad a la iglesia institucional. Entonces, no me gustaría clasificarlo como “a pesar de”, sino “dentro de la Iglesia”.

¿Realizando la investigación para el libro encontró cosas que no esperaba que le tomaron por sorpresa?

Sí. Una de ellas fue su relación con los sacerdotes de la arquidiócesis de San Salvador. Hay muchas anécdotas de gran valor sobre su cercanía a ellos y su confianza en ellos. Eso fue cautivando, porque creo que a veces se tiene una imagen de Monseñor Romero fabricada por cables internacionales, como el teólogo de la liberación y el político. Creo que él es el gran párroco, el cura, con todo lo que esa palabra significa. Es un cura entre los curas, un hermano mayor de los curas del clero sacerdotal.

Él tenía tantos enemigos-militares, gobernantes, obispos, nuncios-. Tiene que haber sido muy difícil para él. ¿De dónde cree que sacó él las fuerzas para seguir adelante?

Creo que eso tiene que ver con su proceso de conversión, en el que la compasión le fue ganando espacio a la ideología. Creo que esta fuerza la sacó fundamentalmente de una “compasión”, o sea, “padecer con” la gente a la que veía sufrir. Eso le daba una inmensa fuerza.

Las fotos originales de María López Vigil tomadas por Jorge Uzón.

Mucha personas dicen que el asesinato del padre Rutilio Grande fue lo que “convirtió” a Monseñor Romero. Sin embargo, unas anécdotas en su libro sugieren que el proceso de cambio comenzó en los anos anteriores, ¿Qué cree usted?

Yo creo que se ha publicitado en exceso el relacionar casi de una manera mecánica su conversión con el asesinato de Rutilio Grande y el conjunto de hechos que lo rodea. Traté de conocer a Monseñor a través de los que le conocieran en etapas previas, y es evidente que hubo momentos anteriores en que ya se está gestando esa conversión. Varias anécdotas indican que había en él una capacidad de cambio en el contacto con la realidad.

A Monseñor Romero no le cambian las ideas, le camba la realidad. Eso es lo básico. Cuando él fue obispo auxiliar de San Salvador (1970-1974) su contactó con la realidad estaba muy mediado por el oficio que tenía y por la oficina en la que estaba. En cambio, en Santiago de María, él se acercó, en momentos de represión, al campesino en sufrimiento, su trabajo y su compromiso como delegado de la palabra, y estos hechos lo fueron cambiando. Creo que es importante rescatar eso para no simplificar el proceso de su conversión. Lo sucedido con Rutilio es el final de un camino que él venia haciendo, tal vez sin que él se diera cuenta.

En los años 77-80, en medio de tanta desesperación, Monseñor Romero le dio esperanza a la gente. ¿Cómo logró esto, y cómo cree que trataría de hacerlo hoy, cuando de nuevo hay tanta desesperación?

Si uno lee sus homilías y se basa en sus palabras y sus hechos, verá que todo lo que hacía y decía se alimentaba de la realidad concreta de aquel tiempo, con los problemas, los personajes y los dilemas concretos. Creo que ahora, como buen pastor, no hablaría generalidades, sino que haría, a través de sus actuaciones y de sus homilías, un permanente énfasis en los problemas concretos de El Salvador. En la medida en que la gente percibe que una autoridad vive pendiente de sus problemas reales, mantiene la esperanza. Ve que está acompañado en su dolor, su preocupación y sus inquietudes por parte de alguien que, si bien no puede resolver sus problemas totalmente, al menos da esperanza al interesarse en ellos e iluminar la realidad con su palabra y su preocupación.

Yo me imagino que Monseñor estaría hoy pendiente de estos problemas de la tierra, de los desmovilizados, de los desempleados por los ajustes económicos, y que sería crítico de este modelo de economía que privilegia la ganancia, el capital y la competencia sobre las necesidades humanas. Él estaría, creo yo, permamente sobre esto, interesándose, preocupándose y orientando, y eso daría esperanza.

¿Conocía usted a Monseñor Romero personalmente?

Sí, el día de junio de 1979 en que lo conocí marca mi vida con un antes y un después. ¿En qué sentido? Mi vínculo con Jesús de Nazaret y con la fe cristiana ha sido indestructible a lo largo de mi vida, pero el vínculo con las estructuras de la Iglesia institucional ha sufrido de grandes crisis y algunos escándalos. Es Monseñor Romero quien me vincula y creo que tal vez me vinculará hasta el final de mi vida con la Iglesia institucional.

¿A cuáles escándalos se refiere?

Por ejemplo, la reacción inexplicamente crítica que recibió Un tal Jesús (una serie de 144 programas de radio sobre la vida de Jesús) de las altas jerarquías de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM). A mi hermano y a mí, los autores, no nos llevaron a la hoguera porque no era ya la constumbre en los años 70. Pero se nos llegó a acusar de ir más allá que Hitler y que Musolini en sus campañas antireligiosas. El episcopado de Colombia amenazo con excolmulgar a los cristianos que oyeran Un tal Jesús y la productora de los programas quebró económicamente. Fueron muchos meses de sufrimiento después de haber hecho un trabajo pastoral que consideramos fue serio.

Por ese tiempo conocí a Monseñor Romero, y me alegró profundamente el ver cómo una persona dentro de la Iglesia institucional podría conservar tal frescura de ideas y tal compromiso aún siendo ya viejo.

Era un momento muy difícil para él también. Venía de su primer encuentro con el Papa Juan Pablo II. Monseñor me pareció muy humano, muy cercano, muy amigo. Lo vi cómo él encajaba el golpe que le dieron en el Vaticano. Eso me hizo ver que nos toca encajar golpes y nos toca no darlos, o darlos pero en el sentido de la justicia, de la paz y de la vida, y solo cuando sea necesario.

Esto me hizo ver cuan complejo es el panorma de la Iglesa institucional, en la que coexisten personas como Monseñor Romero y personas como Alfonso López Trujillo, jefe de la campaña contra Un tal Jesús en aquel momento, y que hoy en día tiene un alto cargo en el Vaticano. Es decir, en su campo de la Iglesia crecen trigo y cizaña, y quien hace la cosecha no somos nosotros. Todo eso fue una reflexión que maduró en mí a partir del conocimiento personal de Monseñor Romero, y que yo vinculo a él desde entonces.

Una vez publicado Piezas para un retrato, ¿cómo se ha sentido?

Para mí, todo libro es un hijo, un hijo de papel. El parto de este libro fue extremandamente difícil. Pensé que no iba a salir. Estaba en su fase final en  un momento de mi vida especialmente doloroso, cuando murió mi padre y cuando estuvo a punto de morir mi madre. Fue el último libro que mi madre oyó, ya no podía leer porque estaba ciega.

Cuando terminé el libro, sentí la alegría de haber cumplido. Yo siempre pensé que tenía una deuda con los salvadoreños y quería pagarla. Siento una alegría profunda por haber dado al pueblo salvadoreño algo que es de ellos, de todos ellos. Devolvérselo, compartirlo, y sobre todo ponerlo en manos de nuevas generaciones que no conocieron personalmente a Monseñor es para mí una alegría. Yo diría que después del libro me siento más feliz.

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