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Ricardo Lindo en el alba de los milenios

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El legado del escritor y multifacético artista Ricardo Lindo aún es incalculable. Fue inspiración y pilar de apoyo de múltiples generaciones de escritores y creadores. Élmer L. Menjívar lo retrata en este recorrido por su vida y su amplia obra literaria. 

Fotos: José Carlos Reyes/FACTUM

Ricardo Lindo fue el humanista salvadoreño ejemplar de los siglos en que vivió, de actitud y espíritu, y también de obras sin omisiones. Poeta, cuentista, novelista, dramaturgo, ensayista, crítico de arte, pintor, investigador antropológico, aficionado de la arqueología estelar, erudito en botánica, historia antigua, historia de todo, teologías diversas, inquieto observador de las ciencias, lector de todo, de todos, y declamador de memoria, fue el conversador inagotable, la palabra siempre dispuesta, el optimismo compartido, el maestro vestido de discípulo, el estoico, el creyente, el que salió del closet enfurecido con las injurias, el hijo del canon literario salvadoreño, el sobreviviente del manicomio, el pródigo, el repatriado, el solidario, el solitario que siempre nos acompañó, el embriagado vitalista, el amigo, el sonriente empedernido.

Ricardo Lindo murió la mañana del pasado domingo 23 de octubre, a los 69 años. Su salud se había deteriorado por varios padecimientos simultáneos desde inicios de 2015, pero así, con la vida a cuestas, acudió puntual y contento a las citas con el oficio y asistió con la buena disposición de siempre, con ánimo honesto y dispuesto para tocar a su público, a provocar risas y sonrisas, a detonar profundas reflexiones, a demostrar entereza, a plantarse humilde y cosechar respeto. Así se presentó en el evento Escritores 4×4, convocado por el Colectivo Normal y la Alianza Francesa el 16 de junio de este año para conversar con cuatro escritores homosexuales de cuatro generaciones distintas que han desarrollado su obra “fuera de closet”. Ahí fue breve pero contundente al recordar y responder preguntas sobre cómo fue su juventud siento un hombre homosexual dedicado a la literatura. “Crecí en colegios católicos, me autocastigaba a mí mismo después de masturbarme”, dijo y habló también de la tensa relación con su padre y su entorno, del manicomio en Costa Rica donde lo internaron por un mes, de su decisión de manifestarse indignado contra la homofobia cuando publicó su libro Injurias en 2004.

También habló del perdón, de su fe en un Dios que creó una sexualidad más diversa de lo que las iglesias dicen, y remató con la mirada apuntando hacia adelante: “he bloqueado ya cosas de mis recuerdos porque han perdido relevancia” y remató con la Piaf, “Non, rien de rien, non, je ne regrette rien. Ni le bien qu’on m’a fait, ni le mal. Tout ca m’est bien egal”. Un mes después, en julio, la Secretaría de Cultura de la Presidencia lo nombró Artista del Mes, y en agosto la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) publicó una reedición de Jardines, un libro de poesía que desde 1983 no se editaba y que se encumbra como uno de los clásicos más desconocidos –por ausencia– por los salvadoreños. “La verdad que este es un milagro”, dijo Lindo, sonriente e irónico, sobre la reedición de su libro. El Centro Cultural Salvadoreño Americano le entregó en septiembre el Premio de Cultura Antonia Portillo de Galindo 2015-2016 por su obra narrativa, y ahí estuvo, contento y agradecido. El año pasado la DPI publicó su traducción del francés al español de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, y se prestó a hacer lecturas para niños en diferentes lugares. Y en las últimas semanas, en su casa seguía recibiendo visitas e invitando a la charla entre vinitos, aunque no bebiera y charlara menos.

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Ricardo Lindo nació el 5 de febrero de 1947, en San Salvador. Fue el segundo hijo de Carmen Fuentes y del escritor y diplomático Hugo Lindo. Tuvo tres hermanos y tres hermanas. A los 5 años se trasladó con su familia a Chile, donde su padre fue embajador de 1952 a 1959. La siguiente misión diplomática fue en Colombia, y duró de 1959 a 1960. Su regreso a El Salvador coincidió con sus últimos años de secundaria, que cursó en el colegio Santa Cecilia, de Santa Tecla, y luego su bachillerato en el colegio jesuita Externado de San José, en San Salvador. Su padre había sido nombrado ministro de Educación en un convulso gobierno provisional de 1961, pero dejó el cargo para dirigir la Oficina de Asuntos Culturales de la fugaz Organización de Estados Centroamericanos. Al terminar el bachillerato, en 1964, Ricardo Lindo se mudó a Madrid para empezar estudios superiores de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, pero se cambió poco tiempo después a la carrera de Publicidad, grado que obtuvo en 1968, y ese mismo año decidió irse a París a estudiar Psicología en Universidad de París, la Sorbona. En 1970, inició como Agregado Cultural en la Embajada de El Salvador en Francia y se integró como miembro de la delegación salvadoreña ante la UNESCO. Obtuvo su título de psicólogo en 1974, año en que fue destacado en Ginebra, Suiza, como colaborador en la Misión salvadoreña ante la sede europea de la ONU.

Su paso por Europa, aparte de la educación superior y la experiencia diplomática, le permitió vivir una de las épocas más intensas y ricas de la cultura en esos países y del viejo continente en general. Su bagaje cultural y el perfecto dominio de los idiomas se lucía en su obra, en sus conferencias y clases, y en su plática amistosa. Nunca se desempeñó laboralmente en ninguna de las carreras que estudió, siempre se dedicó a la literatura, al arte y a la invención, a la investigación cultural.

Regresó a El Salvador en 1978. Fue funcionario en diversas instituciones culturales, fue director la Sala Nacional de Exposiciones, director Nacional de Artes del Ministerio de Educación, y profesor en el Centro Nacional de Artes (CENAR). En los últimos años fue el director de la Revista ARS, de la DPI, que se lanzó a una tercera época en versión electrónica. También fue investigador titular en varios momentos de la institución cultural de turno, entregó volúmenes sobre pintura prehispánica, pintura salvadoreña, música y cuentos de la tradición oral salvadoreña, sobre arqueología estelar y otros temas que solo lo tuvieron a él como baluarte. Fue el antologador de la poesía de posguerra que asomó al siglo XXI cuando publicó Alba de otro milenio, una antología de poetas y poemas que puso en el mapa de la editorial estatal los nombres de poetas nacidos en los 70 que habían publicado su obra después de 1992, una antología varias veces cuestionada, pero que animó a los poetas de la posguerra a seguir creyendo, a seguir escribiendo. A lo largo de su vida, prologó, comentó y presentó decenas de libros de poetas jóvenes, que siempre encontraron en él a un lector entusiasta y un apoyo desinteresado para el desarrollo del oficio.

Su obra propia de desplegó en una treintena de publicaciones, once narrativas, seis de poesía, nueve de dramaturgia, cuatro libros de ensayos y cientos de artículos periodísticos entre críticas de arte y comentarios culturales sobre diversos temas. Su legado literario ha sido poco reseñado por la academia local, y la falta de crítica especializada que caracteriza al entorno salvadoreño no permite encontrar fácilmente valoraciones canónigas. Pero puede tomarse como referencia la inclusión de varios de sus libros en el currículo oficial de las materias dedicadas a la literatura en el sistema educativo, y ser parte del catálogo de la editorial del Estado, así como las presentaciones y prólogos que acompañan varios de sus libros. Ha participado en festivales internacionales y ha recibido abundantes distinciones por su trayectoria, aunque El Salvador le quedó debiendo –ni Premio Nacional de Cultura, ni Hijo Meritísimo–, pero en su caso no serán los premios y los festivales los que midan el tamaño de su legado; será uno de esos raros casos donde la memoria colectiva de las varias generaciones que se vieron en él y que él acogió como amigos y nunca como discípulos tendrá mucho que decir.

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“Ricardo Lindo era un escritor tan inmenso, tan erudito, tal culto, conocía tanto, había creado tanto, conocía mucho lenguajes de escritura, de interpretación, y a pesar de todo eso era un hombre muy humilde”, dice Elena Salamanca (1982), escritora e historiadora que recuerda que “él siempre habló con mucha timidez sobre su obra que es inmensa y que es un gran legado para nosotros porque constituye una de las voces más importantes de la escritura contemporánea”. La poeta Susana Reyes (1971), que también fue editora de Lindo, pondera su dimensión creadora y su intelectualidad inquieta: “Ricardo Lindo fue uno de los pocos escritores totales de las décadas recientes de nuestra literatura. Como poeta, gigante; como narrador, cautivador. Un dramaturgo necesario, un investigador incansable, un pintor, pero sobre todo un maestro, un amigo generoso, un niño juguetón que siempre quiso conversar y conocer qué pasaba a su alrededor. Esa curiosidad debería ser, ante todo, su mejor herencia. La otra, su obra, es una obligación nuestra leerla, conocerla, difundirla, conservarla”.

“El lenguaje que emplea Ricardo en sus obras es tan cuidado como rico. Nos revela al escritor que, además de vocación, tiene oficio. Unido esto a una amplia cultura, produce obras de gran profundidad y riqueza estilística”, escribe Márgara Zablah de Simán (1944), doctora en Lingüística y miembro de la Academia de la Lengua de El Salvador, en el prólogo de Arca de olvidos (1998). La académica también señala que “es notable la precisión en los nombres de los objetos, de los instrumentos y trajes empleados para cada ocasión; el conocimiento de las tradiciones y costumbres; en fin, la creación de un mundo a partir de realidades conocidas e investigadas por el artista”.

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“¿Qué vi en lo que leí?”, se pregunta el novelista Mauricio Orellana Suárez (1965), “la impresión que primero se me viene a la mente es lucidez. Y, en general, profunda honestidad artística. Admiraba de él algo más que literario: su conocimiento vasto y la humildad y sencillez vital con que llevaba su excepcionalidad humana”. Salamanca también resalta que “supo conciliar la poesía y la academia, las puso en un mismo espacio a través de diferentes lenguajes”.

Zablah, en su texto, también hace notar el signo conciliatorio de la obra de Lindo, su talante sincrético entre culturas y tiempos: “Además del valor estético-literario intrínseco de la obra, la producción reciente de Lindo tiene el mérito de trabajar seriamente por el rescate de la identidad desde el reconocimiento del mestizaje con la asunción plena de su significado, en cuanto a la fusión de culturas, sin la negación arbitraria de las huellas de alguno de sus elementos”

La presencia de Lindo dejó su marca en varias generaciones y, desde la suya, Reyes dice que “Ricardo Lindo le dio a mi generación una sensación de cohesión literaria, de poder conversar de un pasado literario roto por la guerra, de un esplendor de artistas y escritores que pudieron formarse fuera y volver para quedarse y darnos lo mejor de sí mismos. En él teníamos eso de primera mano y vivo, de alguien muy generoso y que siempre nos apoyó. Una de las antologías que preparó, Alba de otro milenio, es eso. Personalmente, desde el trabajo editorial de Índole, su generosidad se mostró en dos libros hermosos: Bello amigo, atardece y en una selección de XXX cuentos“.

“Para mi generación creo que don Ricardo tuvo esa figura entre mentor y padre, pero nunca necesitó pupilos ni discípulos y jamás intentó que nosotros nos formáramos en una secta en su entorno, pero estuvo presente en las presentación de nuestros libros, los leyó, muchos los comentó y se expresaba de nuestro trabajo de la mejor manera que se puede expresar un poeta mayor”, dice Salamanca, y destaca un rasgo peculiar de Lindo como maestro: “él no buscaba intervenir en los que estábamos escribiendo, pero tenía siempre un comentario muy agudo. Él fue siempre tan transgresor y divertido, nos acompañó en nuestra locuras como amigo no como maestro, y eso es lo que lo constituye en una gran figura para todos estos autores que nacimos entre el 80 y el 90”.

Silvia Elena Regalado (1961), poeta y actual secretaria de Cultura, destaca el aporte de Ricardo Lindo desde la institucionalidad: “Ricardo aportó su experticia como historiador y crítico de arte, como escritor. Fue generoso siempre en compartir su acumulación personal con la institución y con los escritores jóvenes. Dio talleres gratuitos de narrativa por varios años en las Casas de la Cultura, la Casa del Escritor y la Dirección Nacional de Investigaciones”. Durante los últimos seis años, Lindo fue investigador de arte y director de la revista ARS. “Fue un privilegio para Secultura contar entre su personal a un artista de la talla de Ricardo Lindo. ARS, bajo su dirección, brilló y brillaron en ella muchas voces literarias”, apunta Regalado, quien, ahora como poeta, habla desde su generación de poetas que transitaron de la guerra a la posguerra: “¡Nos influenció! Yo lo conocí cuando me reunía con Xibalbá. Nos daba charlas y nos acompañaba. Nos habló de la disciplina del oficio, de la magia del arte y de su historia. Su impecable verso libre y su valentía nos marcaron”.  El Círculo de poesía Xilbabá fue el epicentro poético más importante de los 80 y 90, entre sus participantes están los poetas Otoniel Guevara, Álvaro Darío Lara, Luis Alvarenga, Eva Ortíz, Javier Alas, Edgar Alfaro Chaverri y Tania Montenegro, entre muchos otros.

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La Luna, martes 11 de octubre de 2004

«Negro. En un espacio decorado con la ausencia del color, y mientras cada uno hablaba de cualquier cosa, una voz irrumpió violenta, bravía y sentenciosa. Ricardo Lindo está enojado. El poeta nos hace escuchar las “Injurias” que dan nombre y sentido a su nuevo poemario. La presentación fue el martes 11, en la negra noche de La Luna, Casa y Arte. La palabra que en un principio sólo era voz, de pronto tuvo rostro. Una luz reveló el rostro del poeta que declamó con dicción perfecta y énfasis claros. Pero no estaba solo. Una tríada actoral apoyó con sus voces, gestos y movimientos escénicos la presentación de los poemas […] No es un libro, es un desplegable con 11 dobleces. Lo que no tiene doblez alguno es el discurso que se desarrolla en los 10 poemas que contiene. Lindo tiene un objetivo claro en su enojo, expresar su radical disenso con uno de los dobleces de nuestra sociedad. Injurias, dice el poeta, “habla de la exclusión y, en particular, de la exclusión homosexual”. Al preguntar el porqué de este “particular”, Lindo responde con franqueza inequívoca: “Porque me toca sufrirla como enanito verde”. Se trata de la primera vez en El Salvador que una producción editorial aborda el tema de la homosexualidad en primera persona, como expresión y denuncia. Con este libro, Ricardo Lindo y la editorial del caso, La Luna, Casa y Arte, buscan una repercusión. “Por supuesto que buscamos una repercusión, pues este libro no es sólo respuesta a una agresión, sino que, a su vez, es una agresión contra mucha gente. Pero sobre todo busca la reflexión”, enfatizó el poeta salvadoreño. Lindo aclara que no escribió este libro para la comunidad homosexual, “el libro no va dirigido a este grupo específico, más bien va dirigido al otro grupo, es una respuesta a las agresiones de la comunidad heterosexual salvadoreña”, dijo el injuriado. (Fragmento de la crónica que escribí para La Prensa Gráfica y que fue publicada el jueves 13 de octubre de 2004).

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Injurias fue uno de los actos políticos más importante de Ricardo Lindo, si no el más importante. Fue el manifiesto público de su homosexualidad, su salida del clóset a la luz de todos, un posicionamiento político y una reivindicación, una revancha poética. “Y secas serpientes se elevan / Blandiendo finas lenguas bífidas”. Un acto inédito en la historia nacional de parte de una figura principal de la cultura que impactó en las generaciones contemporáneas y en la venideras porque, en efecto, abrió para siempre una puerta que permanecía cerrada por el miedo a la violencia de la sociedad homofóbica salvadoreña. Lindo nunca levantó la bandera del activismo, su pronunciamiento fue personal, pero fue un acto universal como toda su obra.

“Ricardo me parece que hizo ejemplarmente la transición tortuosa de una generación muy oprimida por el rechazo social y la homofobia, hasta el reencuentro con su naturaleza esencial. Le tocaron tiempos muy difíciles y fue un sobreviviente ejemplar de esos tiempos, que logró trascender y sublimar con entereza y dignidad humanas”, explica Mauricio Orellana Suárez el significado que para él como escritor y hombre homosexual tuvo aquel acto.

“Su esbozo biográfico puede ser, también, la sinopsis de una excelente novela”, según el joven escritor Alejandro Córdoba (1993) escribió en su panegírico publicado por El Faro, y desarrolla: “El hijo de un escritor y diplomático que viaja por el mundo, que es abiertamente homosexual en los años terribles en los que ser homosexual era motivo de internamiento psiquiátrico; el joven salvadoreño febril que vive en París y escribe poesía y se enamora y fuma y se pelea con su padre; el escritor consagrado que regresa a su país natal y aporta, con su obra y también con su gestión, hasta convertirse en un pilar fundamental de las letras nacionales. Ricardo Lindo tuvo una de las vidas más extraordinarias que he conocido jamás”.

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Ricardo Lindo siempre estará en el alba de los milenios, siempre temprano en cualquier época, siempre el joven viejo, el viejo joven, que escribe desde el sueño de todos, soñando en la paz:

 

Tengo tanto sueño desde hace tantos años,

tanto sueño.  

A veces se cansa uno de morir y vuelve a bien soñar.

Como en la Navidad de una lejana infancia

donde se abren las cajas de juguetes,

se era feliz impunemente entonces.

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