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Reseña de “Narcos”, la serie (segunda temporada)

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“Narcos” es una de las series de televisión más destacadas del catálogo de Netflix. El fin de semana anterior estrenó su segunda temporada y, debido al formato de publicar los diez episodios en conjunto, plantea la posibilidad de que la audiencia ponga a prueba la resistencia y amortiguación del sillón de casa. En esta segunda entrega hay más escenas de acción y el guión sirve como enlace para las dos temporadas siguientes, cuya renovación ya fue confirmada por Netflix.


[La siguiente reseña muestra información spoiler de las dos temporadas exhibidas de la serie de televisión “Narcos”, producida por la cadena Netflix]

Solo el talento puede rescatar a una historia cuyo desenlace ya es de sobra conocido. Y en el caso del transcurso que ocurre entre la vida y la muerte de Pablo Escobar, habría que ser un viajero del tiempo o un robot del Dr. Sopa y del Profesor Yama para desconocer el destino del capo colombiano que reinó en el emporio de la cocaína por dos décadas.

Los hay como documentales; los hay como biografías; los hay como telenovelas. Cierto es que los estilos narrativos pueden encajar muy bien a la hora de narrar la historia del llamado “Robin Hood Paisa”. Por ejemplo, “Escobar, el patrón del mal” —una serie con estilo más de telenovela y producida por Caracol Televisión— necesitó de la apabullante cantidad de 113 episodios para contarnos la historia del narcotraficante más famoso de la historia, el colombiano Pablo Emilio Escobar Gaviria. Este producto tuvo una gran difusión en el mercado latinoamericano, por lo que las comparaciones con las dos temporadas de “Narcos” son inevitables y, en muchos casos, no dejan muy bien parada a esta última. Sin embargo, la versión de Netflix muestra otro nivel de producción, especialmente en recursos de imagen, aunque también en los narrativos. Sí, muestra vicios e inexactitudes, pero también mucha calidad.

Quien no haya visto la primera temporada de “Narcos” (o quien haya olvidado algunos sucesos de la trama), solo debe darle un vistazo al siguiente trailer para ponerse al día:

Al finalizar la primera temporada, con el escape de Pablo Escobar de la prisión “La Catedral”, pensé que ya quedaban muy pocos sucesos importantes que contar en una segunda temporada. Chris Brancato, escritor del guión tendría que estirar la historia o recorrer los tiempos reales de algunos sucesos. Luego de ver la segunda entrega, me queda claro que la producción buscó ese estiramiento a través de más escenas de acción, más balaceras, más persecuciones, más escenas con el estilo de “Tropa de élite”, la película brasileña que sirve como máximo crédito para el director José Padilha y el actor Wagner Moura, quien hace su mejor esfuerzo sin éxito por destrabar la samba y activar el vallenato en el terco instinto de su lengua.

“Narcos” es un intento por acercar la vida de Escobar a la audiencia estadounidense. Al fin de cuentas, son los junkies del Tío Sam los que bombeaban y siguen bombeando el flujo de dinero que alimenta a los carteles latinoamericanos. La historia necesita héroes y esa responsabilidad recae en los personajes de dos agentes que trabajan para la DEA (la Administración para el Control de Drogas, por sus siglas en inglés). Ellos son los agentes Javier Peña —protagonizado por el actor chileno Pedro Pascal, a quien ya vimos en el papel de Oberyn Martell, para Game of Thrones— y Steve Murphy —a través del actor Boyd Holbrook—, quien conduce a través de su voz en off el relato de la historia. Puede decirse que las primeras dos temporadas de “Narcos” tratan sobre la vida de Pablo Escobar, pero tampoco desentonaría una sinopsis que explique la historia como la trama en la que dos agentes de la DEA, motivados por la obsesión de su oficio, trastocan sus valores morales para capturar a Escobar.

“La cocaína debe continuar”

La gran inclusión de la serie en esta temporada es la aparición del mexicano Damián Alcázar en el papel de Gilberto Rodríguez Orejuela, figura principal del cartel de Cali. En esta entrega vemos cómo la guerra entre los carteles de Medellín y Cali —además del surgimiento de “LOS PEPES”, cuyo significado era “Perseguidos por Pablo Escobar— se intensificó hasta llevar al desenlace fatídico de Escobar. La actuación de Alcázar vuelve a ser sobresaliente, tal y como ya nos lo ha mostrado en la tetralogía de las comedias satíricas de Luis Estrada (“La Ley de Herodes”, “Un mundo perfecto”, “El infierno” y “La dictadura perfecta”).

Netflix ya confirmó que “Narcos” no termina con la muerte de Escobar. La serie ya ha renovado para dos temporadas más y hasta ya se dio a conocer que, bajo el lema de “La cocaína debe continuar”, la tercera temporada se centrará en contar las andanzas y malandanzas de Gilberto Rodríguez Orejuela y el cartel de Cali.

De hecho, en la escena final de la segunda temporada vemos cómo la DEA continuará confiando en el agente Peña para investigar al cartel de Cali.

Queda la incertidumbre de saber si para la cuarta temporada —planeada para estrenarse en el año 2018—, Netflix se atreverá a contar las historias de Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, alias “El Chapo” o de Amado Carrillo Fuentes, alias “El Señor de los Cielos”, que son, sin duda, los otros dos grandes narcotraficantes que atraerían a una gran audiencia.

Ficción y acuciosidad

Antes de iniciar cada capítulo de “Narcos”, la serie muestra siempre el siguiente mensaje:

“Esta serie de televisión está inspirada en sucesos verdaderos. Algunos de los personajes, nombres, negocios, incidentes y ciertas locaciones y eventos han sido ficcionalizados debido a propósitos de dramatización. Cualquier similitud con nombres, personajes o la historia de cualquier persona es completamente una coincidencia y no es intencional”.

La aclaración es necesaria para entender que “Narcos” es, en buena parte, una historia de sucesos verdaderos abordados desde la óptica de la ficción. Esto es importante porque, a lo largo de su desarrollo, la narrativa utiliza elementos más propios del cine documental, como imágenes reales de la vida de Pablo Escobar y sucesos trascendentales de la historia colombiana. Puede cometerse el error, entonces, de pensar que los productores buscaban una acuciosidad de los hechos, cuando no es tan así; y nos advierten de ello.

Lo anterior lo menciono porque, al terminar esta segunda temporada, yo recomendaría a quienes han visto la serie, que lean las quejas que ha hecho públicas Juan Pablo Escobar, el hijo de Pablo Emilio, el famoso capo colombiano. A través de su cuenta de Facebook, Juan Pablo público los que, a su juicio, son los 28 errores que encontró en la serie de Netflix.

Su escrito es muy interesante y funge, sin que fuera su intención, como un bonus para la historia. Queda muy claro que Juan Pablo está muy preocupado porque gracias a estos errores, algunos miembros de su familia —y gente del entorno de su infancia— han sido difamados por la versión televisiva. Sin embargo, Netflix podría excusarse en la advertencia que hace antes del inicio de cada capítulo, cuando aclaran que responden a “propósitos de dramatización”.

A mi parecer, es un error de juicio querer abordar “Narcos” desde una óptica periodística/documental, a pesar de que incluso el mismo Pedro Pascal haya declarado en una entrevista con el Washington Post que “[la serie] luce bastante como un docu-drama”.

Lo cierto es que la serie presenta algunos aciertos que no pasan desapercibidos:

  • La fotografía, que la convierte (posiblemente) en el mejor producto televisivo de ficción en el tema del narcotráfico latinoamericano.
  • La música, que transcurre entre boleros, cumbias y vallenatos, algo que se inferiría como lógico en una historia colombiana. Pero dado que esta temporada posee muchas escenas de acción, el rock también asume mucho protagonismo, con bandas setenteras como Styx (con la canción “Renegades) o incluso los locales Kraken (con “Todo hombre es una historia”) o los mexicanos de El Tri (con “Otro pecado”). Por otra parte, el aroma brasileño de la producción se sigue sintiendo con el tema principal de la serie (“Tuyo”, del cantante brasileño Rodrigo Amarante), que es el mismo que destacó en la primera temporada.
  • Las locaciones, que le dieron un aire de realidad a la complicada situación delictiva de Medellín entre los años 70 y 80. “Narcos” ha sido filmada en su mayor parte en calles reales de Bogotá, Medellín y Santa Marta, algo que —sumado a la participación de un elenco de actores y actrices ya conocidos de series latinas como “Rosario Tijeras”, “El Patrón del mal”, “El Señor de los cielos”, etc.— le daba un acercamiento más real de la crudeza del tercer mundo.

Como también tiene sus flaquezas:

  • Si bien la actuación del brasileño Wagner Moura es bastante sólida, el obstáculo del idioma y el acento colombiano (demasiado forzado) se convierte en un distractor, especialmente si se tiene el referente de cómo fue la entrega que Andrés Parra ofreció para “El Patrón del mal”. Este ya había sido un problema evidente en la primera temporada. Esperábamos entonces que los productores encontrarían alguna manera de solucionarlo en la edición de audio y, sin embargo, no ha sido así. Hay momentos en que la gran actuación de Moura nos hace ver en él a Pablo Escobar… pero luego habla…
  • El exceso de acción golpea la posibilidad de escuchar mejores parlamentos. En la primera temporada, “Narcos” aglutinó diez años de la vida de Escobar, agotando así muchos recursos. La segunda temporada se convierte en una cacería y deja como única opción de diálogos reseñables a los dos capítulos finales. En especial, destaca el encuentro entre padre e hijo, cuando Pablo busca refugio en la finca de su padre (ausente en toda la serie) e intercambian honestidad en un diálogo que terminaría separándolos. Este choque es ejemplo de la ficción que distorsiona los hechos reales, pero nos alimenta de uno de los muy pocos diálogos con verdadera sustancia.
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