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El reflejo de una historia

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El éxito de un sistema educativo depende de sus docentes”, “el techo de un sistema educativo siempre serán sus docentes” y “los buenos docentes son el factor que determina buenos logros académicos en los estudiantes”. Estas son algunas expresiones con las que he tratado de resumir las ideas que predominan sobre las y los docentes de nuestro sistema educativo, las cuales regularmente llevan a responsabilizarlos, en gran parte, del fracaso y deserción escolar, del bajo interés de los estudiantes en la escuela, de la poca respuesta que los sistemas educativos dan a las necesidades y urgencias de nuestra sociedad, entre otras. Yo no estoy completamente de acuerdo con estas ideas y hoy que “celebramos” al docente salvadoreño creo que vale la pena reflexionar un poco sobre esto.

Antes de compartir porque no estoy de acuerdo con estas ideas, quiero decir que sí considero que el aprendizaje de los estudiantes se logra en gran medida por la forma en que el docente organice su aula, las estrategias que decida utilizar con cada uno de sus estudiantes, pero también creo que en ningún momento hay que perder de vista que el aprendizaje y lo que se denomina como logro educativo no dependen absoluta y únicamente del profesor, de su esfuerzo y de su empeño. Especialmente, porque hay condiciones problemáticas y llenas de carencias del mismo sistema educativo y hay condiciones externas violentas, inseguras y de pobreza que inundan a las escuelas de El Salvador, que hacen mucho más pesado y hasta desolador, el trabajo diario de los docentes. Los invito a que tengamos presente estas condiciones cuando hablemos y exijamos “mejor calidad docente”.

Ahora bien, antes de responsabilizar o señalar apresuradamente a nuestros docentes por el fracaso de nuestro sistema educativo; y antes de asegurar que no tenemos docentes buenos ni docentes  profesionales, revisemos y preguntémonos sobre la historia y las condiciones que han dado forma a al estado de la profesión docente en nuestro país.

Desde hace un poco más de 25 años, por no ir más años atrás, la formación inicial de docentes de nuestro país no ha sido precisamente la más consolidada, organizada o planeada. A inicios de la década de los ochenta, se cerró la Escuela “Ciudad Normal Alberto Masferrer”, última escuela normal que funcionaba, y la formación inicial de docentes pasó, de forma un tanto apresurada, a manos de algunas universidades, incluyendo la Universidad de El Salvador, y de institutos tecnológicos que, hasta ese entonces, sólo se habían elaborado y desarrollado formación técnica o industrial para el sector privado[1]-, con lo cual la formación de docentes sufrió cambios significativos que transformaron su perfil en uno más tecnificado y operativo, menos reflexivo, menos social y menos autónomo.

Cabe resaltar que en este periodo también se autorizó, con poca regulación, la fundación de un gran número de universidades privadas, y fueron algunas de estas universidades parte de las instituciones de educación superior encargadas de la formación docente. Y a pesar que en 1989 el MINED tomó la decisión de suspender el ingreso de aspirantes a docencia en Institutos Tecnológicos, para principios de los noventa existían 32 universidades privadas que impartían carreras de profesorados, con programas educativos dispersos entre sí, que no estaban alineados a objetivos trazados por el MINED según las necesidades del sistema educativo de ese momento.

En ese contexto, la desarticulación y poca planeación entre (y de) los programas de formación inicial fueron los elementos que caracterizaron a la educación de nuestros docentes de ese período. Esta desarticulación se tradujo también en menor exigencia en los criterios de ingreso a la carrera docente, la eliminación o flexibilización de procesos de selección, entre otras situaciones.  Esto permitió que la cantidad de docentes egresados creciera exageradamente de forma que al día de hoy hay casi 44 mil docentes legalmente habilitados para ejercer la profesión, que no están trabajando en ninguna escuela y muchos de los que sí están trabajando en el sistema educativo tienen asignadas más clases y turnos de las que pueden llevar o trabajan en asignaturas que no son de su especialidad.

En 1998, la formación inicial de docentes pasa a manos del MINED, elaboran programas de formación a nivel nacional, los cuales tenían como intención generar más articulación entre las instituciones que formaban docentes y evaluar a las instituciones que habían sido autorizadas en la década de los ochenta para formar docentes. A pesar de este esfuerzo, la formación inicial docente quedó reducida siempre a una duración de tres años, sin poder distanciarse del perfil tecnificado que adquirió en la década de los ochenta, haciendo más difícil crear, desarrollar y consolidar un perfil profesional y académico en torno a la docencia.

Así, otro elemento que nos ayuda a conocer el estado de los docentes en El Salvador es que a la fecha la situación en números es que un 73% de docentes cuenta con nivel de profesorado (tres años en cualquier especialidad), el 13.7% con nivel de licenciatura y solo 106 docentes cuentan con una maestría como nivel de preparación académica. Además, la falta de planeación de la formación de docentes ha provocado insuficiencia y desbalance de algunas especialidades con respecto a otras en las aulas, como por ejemplo falta de docentes con especialidad en matemáticas, en ciencias naturales o en las artes, haciendo que algunos trabajen asignados a especialidades que no les corresponden y para las que no están preparados, poniendo en riesgo el aprendizaje real que sus estudiantes puedan experimentar.

¿Cómo exigimos docentes “de calidad”, docentes que sean profesionales, que hagan bien su trabajo, que eleven los logros educativos de sus estudiantes, que administren bien sus escuelas y sus aulas, si a ellos mismos les hemos estado fallando con su formación inicial, con su formación en servicio, con la administración y organización del sistema educativo, con el sistema de asignación de plazas, dejándolos solos en los entornos de violencia y pobreza en los que están sumidas y amenazadas sus escuelas y ellos mismos?

Con este texto mi intención es reflexionar que no se trata de señalar y desgastar con culpas al trabajo de los docentes salvadoreños. El estado real de la profesión docente nacional (¡y la forma en cómo la percibimos todos al día de hoy!) no es completa y exclusiva responsabilidad de los docentes como actores educativos, es algo más complejo, es el reflejo de una historia de  desarticulación y falta de diálogo en nuestro sistema educativo, es el reflejo de la falta de acciones profundas, consensuadas y concretas para su consolidación y profesionalización, es el resultado de formas apresuradas y simplistas en las que nuestra sociedad ha dado respuesta a las preguntas ¿qué tipo de profesional docente queremos y necesitamos en El Salvador? ¿Cómo lo logramos, planificamos y articulamos dentro de todo el sistema educativo?

[1] Picardo y Pacheco (2012) agregan que hay que tomar en cuenta que los institutos tecnológicos fueron creados, en un principio,  para la formación de profesionales en el campo de la ingeniería en el sector de producción y no para la formación integral de profesionales docentes.

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