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Realidades y espejismos de Río 2016

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Los Juegos Olímpicos son un collage del que sobreviven pocas imágenes potentes en la memoria colectiva. Michael Phelps y Usain Bolt quedan. Neymar y la selección de fútbol de Brasil, no.


Michael Phelps y Usain Bolt cerraron una era olímpica en Río 2016 desmembrando marcas y patentando gestos. La rapidez con la que ambos eliminaron oponentes no bastan para explicarlos. Phelps ganó oro en los 200 metros mariposa, pero los 40 segundos memorables de tal carrera no ocurrieron durante sus 1:53:36 minutos en la piscina, sino en el espacio previo, cuando frente a él calentaba el sudafricano Chad le Clos, oro en Londres 2012. Mientras Le Clos agitaba el cuerpo como un boxeador atacando a su propia sombra, Phelps se escondía debajo de sus cejas, gesticulando un desafío de quijada tensa y arruga amarga. Quién podría descifrar si el combustible teatralizado por la mueca Phelps vertía más del ansia de gloria o del miedo al fracaso, mientras Le Clos parecía seguir la máxima del escritor Rudyard Kipling: tratar por igual, como impostores, al triunfo y al desastre. Luego, una foto en plena carrera de Le Clos observando más cerca que nadie la imperial ventaja de Phelps, su napoleónico triunfo en el agua, graficó el epílogo conocido.

La escena no trataba de un perseguidor resignado. Voltear a ver a un rival en competencia no da señales de dudas ni debilidades. Usain Bolt también volteó a ver. Hizo lo mismo que en los dos Juegos Olímpicos anteriores. Y cuando se dio cuenta de que nadie sería capaz de alcanzarlo en los 100 y 200 metros, y que sigue siendo el ser humano más veloz de la historia, sonrió, desaceleró y cruzó la meta sobrado. La alegría elocuente de Bolt explica que, encima de tanto trabajo, recursos y esperanzas encerradas en esos 10 segundos emblemáticos, todo se trata de un juego. El de saber quién es el más veloz, y Bolt está feliz de serlo, de compartirlo y de celebrarlo con el mundo.

Nuevas fronteras. Eso deja cada fin de ciclo olímpico. Phelps y Bolt, Mark Spitz y Jesse Owens reencarnados, impusieron marcas para retar generaciones. Encanecerán antes de ver que laman sus registros. Dignificaron el deporte como pocos. Fueron la cara de los Juegos. Su realidad tangible.

La alegría de Brasil en su triunfo emblemático de los Juegos fue otra cosa. Un espejismo. Para la grada del local, Río 2016 reservó un cierre de Hollywood en fútbol, y la paradoja de tanto nervio será que ese último penalti emotivo de Neymar y tanto abrazo en el Maracaná no pasarán el recorte del tiempo.

No, Neymar y la selección de Brasil no son Bogart y Bergman para recitar en el futuro: “Siempre tendremos Río”. Para el jurado de su juego, estos Olímpicos, con o sin oro, serán un romance efímero y anónimo, sin peso en la balanza del juicio final. Un oasis al que no se puede volver.

Hace ocho años, Lionel Messi vivió tal desahogo, dio un catálogo brillante de jugadas y goles en Pekín 2008. Ganó oro, pero su deporte le impuso un castigo tan fuerte por sus cuatro finales mayores perdidas con Argentina que aquella gloria de los Juegos Olímpicos no ve la luz. Brasil sufrirá este mal. Vencer a Alemania en la final olímpica no anestesia la herida del aquel 1-7 en el Mundial. La carrera en selecciones de Neymar no se validará si no alcanza las alturas de Pelé, Mané, Romario y Ronaldo en Copas FIFA.

La misma medalla de oro se valúa o se devalúa según la disciplina, el contexto y el cuello de quien lo porta. El éxito en los Juegos Olímpicos es el impostor de Kipling. Ambiguo, evasivo e impredecible. Incluso para Phelps y Bolt, que vivieron tantos años de sus vidas persiguiéndolo que quizá sufrirán como nadie para habituarse a vivir sin un impulso así.

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