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Bajo presión en el desfile por el orgullo LGBTI salvadoreño

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San Salvador se detuvo para conmemorar un año más la celebración del orgullo LGBTI. Entre miradas expectantes y despectivas, muchos se colaron a murmurar la apariencia de cientos de gais, transexuales y lesbianas que desfilaron por las calles de la capital. Revista Factum estuvo ahí, para marchar, para acompañar y narrar la experiencia desde adentro.


A veces pareciera que El Salvador no es más que un pedacito de mierda indiferente y hostil. La marcha del sábado fue solo una pincelada de la intimidación que día a día viven las personas que para muchos cargan la etiqueta de “diferentes” en este país. Gente gritando, carros pitando y rostros de preocupación constante. Ahí constatamos algunas de las agresiones que la comunidad LGBTI de El Salvador sufre. Se trata de una comunidad que respira bajo la opresión de ser juzgados por su apariencia, de no ser aceptados por sus familias, de no tener la misma oportunidad de aspirar a un trabajo estable o la libertad de besar a su pareja en una parada de buses, sin ser oprimidos por la poca tolerancia que manifiestan diversos sectores de la población.

El sábado pasado, 25 de junio de 2016, fui y acompañé el desfile (y marcha) convocado por la Asociación Entre Amigos LGBTI de El Salvador —entre otras agrupaciones—, que buscaba hacer notar tantos años de violaciones a los derechos de esta comunidad. Ahí nadie nos detuvo. Nadie pudo arrebatar la libertad vivida por los que poblaron las 14 cuadras del recorrido. Si no estuviste ahí, tendrás que esperar un año más para comprender lo que una marcha por la diversidad sexual te puede ofrecer. No se trata de sexo entre personas del mismo género o de exhibicionismo. En la actividad se habló de libertad, un estado del ser humano tan complicado de lograr y continuamente limitado por terceros.

Parte del colorido que caracteriza al desfile por el orgullo LGBTI en su desfile/marcha. Foto de Miguel R. Lemus/Revista Factum.

Parte del colorido que caracteriza al desfile por el orgullo LGBTI en su desfile/marcha. Foto de Miguel R. Lemus/Revista Factum.

La Universidad Nacional de El Salvador abrió camino al orgullo de cientos de ciudadanos en busca de libertad. “Esta es mi navidad”, decían algunos. Desde las 12:30 del mediodía, los curiosos miraban expectantes aquel show de travestis al otro lado de la calle. Unos tomaban fotos, otros reían… Muchos salvadoreños, en su idiosincrasia, miraban todo como un juego. Nada era serio para ellos. Ni la lucha por los derechos ajenos, como tampoco la lucha porque se reconozca la identidad o la diversidad sexual.

Con la marcha del sábado pasado se celebraron más de 20 años del orgullo gay en El Salvador. Desde junio de 1997, gais, transexuales, lesbianas e intersexuales han salido a las principales calles de San Salvador. En años anteriores, la marcha iniciaba su recorrido desde el Parque Cuscatlán y para este año se esperaba una asistencia aproximada de 5 mil personas. Según el representante de la Asociación Entre Amigos, William Hernández, el patrocinador principal fue el Fondo Mundial, a través del proyecto de Prevención Combinada. Este año, la Alcaldía de San Salvador también se sumó con el patrocinio de mil camisetas y baños portátiles para el evento.

Con una hora de retraso, comenzó la caravana. La algarabía de todos no se dejó opacar por los pitos de los carros que se vieron obligados a detenerse. Su impaciencia generaba mucha presión a los que marchábamos. Era como si, en caso de haber un policía de tránsito menos, seguro nos aplastarían.

San Salvador detuvo sus labores. La gente quería apreciar —aunque pareciera más bien “juzgar”— qué tan cuerdas podían estar aquellas personas que cantaban consignas como:

“Soy lesbiana porque me da la gana”.

Pareciera también que el salvadoreño deja sus plegarias en los monumentos. La primera parada fue la de La Fuente Luminosa. Algunos levantaron su bandera arcoíris, mientras el rocío les golpeaba los poros. El redondel se llenó de colores, texturas, sensaciones, pero la libertad esperaba allá arriba, en El Salvador del Mundo.

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– ¿Por qué estás acá?

– Porque creo que es un día en el que todos tenemos que hacer visibilidad. Este es el único día que la sociedad nos permite salir a la calle y expresarnos como tenemos que ser. Pareciera que las leyes para la comunidad LGBT no existen. Esta es la parte más importante de esto, que la gente pierda el miedo, que (sepan que) no mordemos. Somos humanos como cualquiera y tenemos diferentes preferencias, como cualquier religión.

Esas fueron las palabras de Edgar, uno de varios marchantes a los que entrevisté.

Participantes del desfile por el orgullo LGBTI en El Salvador, realizado el sábado 25 de junio en algunas calles de la capital del país. Foto de Miguel R. Lemus/Revista Factum.

Participantes del desfile por el orgullo LGBTI en El Salvador, realizado el sábado 25 de junio en algunas calles de la capital del país. Foto de Miguel R. Lemus/Revista Factum.

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En este punto de la marcha me fui sintiendo más parte de la causa. Es decir, dejé de ser una espectadora y empecé a comprender más la lucha por la dignidad de aquellos que solo anhelan un poco de respeto y un poco de igualdad. Medité en que no se puede inferir las necesidades de los demás sin sembrar un poco de empatía por realidades ajenas a las nuestras.

Y justo cuando muchos comenzaban a soñar con la independencia de sus sueños, en el semáforo del Bulevar Tutunichapa y la 25 Avenida Norte, el transporte público hizo de las suyas. Los vehículos que encabezaban el tránsito se abalanzaron sobre la marcha, sin respetar el rojo del semáforo, ni la vida de aquellos que pacíficamente cruzaban la calle. Tuve miedo. No por mí, sino porque vi cómo eclipsaban la integridad de esos seres humanos. ¿Por qué? Por falta de tolerancia.

Fue evidente que algunos de los marchantes se preguntaban por qué a estas personas agresoras se les hacía difícil comprender la palabra “respeto”? ¿Por qué les costaba ponerse en los zapatos de los demás? Después de ese percance fue muy evidente, a mi juicio, cómo la salvadoreña es una cultura con raíces religiosas fuertes, pero muy retrógrada en la aplicación de valores y empatía. Pese a las agresiones, me pareció que nadie pudo quitarle el orgullo a quienes desfilaban por aquella avenida. Afortunadamente, nadie nos mató, porque de haber sido así, muy difícilmente habría habido justicia. Las representantes de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (P.D.D.H.) iban demasiado aisladas de la concentración.

Luego de ese momento de tensión, me detuve y comencé a observar los rostros de mucha gente empoderada. Frente a mí, yacía un redondel multicolor. Así se miraba El Divino Salvador del Mundo. La ansiedad de llegar hasta allá nos movió más y más los pies. La marcha se percibía como la reivindicación de que somos seres humanos. Los discursos de algunos invitaban a reflexionar alrededor de preguntas como las siguientes: ¿desde cuándo se convirtió en delito la pura existencia de la humanidad? ¿Por qué se juzga a quien busca su noción de libertad, a quien desea salir de la opresión o a quien no piensa igual? Si El Salvador guarda bajo su manga las muertes de muchos que no querían pensar igual que los demás, ¿cuántos muertos más se necesitan para que comiencen a cambiar las cosas?

Pese a todo, los marchantes llegamos al punto final de la congregación. Por un momento, la imagen del arribo final pareció como la obra maestra de Eugene Delacroix, con la bandera y el orgullo bien arriba.


Video destacado: Kevin Alarcón.
Fotografías: Miguel. R. Lemus.

 

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