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¿Presidente Bukele?

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A estas alturas de la campaña hay suficientes muestras de algunos rasgos autoritarios del candidato Nayib Bukele que deben despertar señales de alarma. Empieza a ser hora de preguntarse cómo sería un gobierno del presidente Bukele, el fenómeno político surgido, en buena medida, del cansancio que Arena y FMLN provocan en el electorado, aun entre sus votantes más duros.

Foto FACTUM/Archivo


Es ya una posibilidad importante que Nayib Bukele sea el presidente de la República de El Salvador entre 2019 y 2024. Y eso llama, desde ya, a dos tipos de reflexión: ¿qué hizo posible el ascenso del joven exalcalde de San Salvador al tope de la preferencia popular, al menos en lo que a encuestas preelectorales se refiere? Y, más importante quizá, ¿sería una presidencia de Bukele capaz de desterrar los vicios de la política salvadoreña?

1. El origen

Sobre la primera pregunta ha corrido ya tinta en forma de respuestas varias. La más común, sobre todo entre los analistas más entusiasmados con Bukele, es que la atracción del joven político nace en la posibilidad real de que sea él quien encarne la ruptura del bipartidismo que consume a El Salvador desde 1994.

Los pobres números de los candidatos de Arena y el FMLN en las encuestas indican que, en efecto, el hartazgo del electorado ante esas dos fuerzas no cesa.

Los números de Carlos Calleja, el arenero, no terminaron de levantar y parece poco probable que lo hagan en las pocas semanas que aún quedan de proselitismo. Las últimas cifras de LPG Datos indican, por el contrario, que las simpatías por Calleja mermaron en los últimos días.

La crisis arenera tiene varios padres. El más importante sigue siendo la incapacidad del partido de derecha de administrar sus derrotas. Desde que Mauricio Funes y el FMLN desbancaron a Arena del poder en 2009, los jefes partidarios que se han sucedido, los principales financistas -que son hoy los mismos de hace dos quinquenios- y las legiones de empleados, operadores políticos, caudillos locales y columnistas afines siguen buscando culpas en cualquier lado menos en la pobreza ideológica, programática, incluso territorial que los carcome desde la salida del Ejecutivo. No es casualidad que, aún hoy, con Antonio Saca preso y condenado, las cúpulas areneras sigan echándole las culpas de sus desgracias.

Otro asunto por considerar en Arena es la fractura territorial provocada por la primaria entre Calleja y Javier Simán. Entre dientes, los mismos areneros han ido soltando de a poco cómo el control que diputados y alcaldes ejercen sobre el territorio y las bases del partido sigue dependiendo de trueques de poder que han provocado nuevas fisuras entre correligionarios o ahondado trifulcas que son mucho más viejas que el saquismo. Todo eso abonó a la debilidad de la candidatura de Calleja.

No menos importante es la indefinición programática. Esta Arena, la de Carlos Calleja, coquetea mucho con los preceptos del liberalismo tradicional, el que Francisco Flores hizo norte del partido y luego Saca desbancó con su propuesta fallida de derecha con rostro humano. Al final, sin embargo, Calleja no ha podido, aun entre la base arenera, desterrar la idea de que la suya es una candidatura al servicio de las élites económicas de las que su familia forma parte, y de que su presidencia sería lo mismo.

Arena carga también con una inmensa sombra de corrupción que los discursos de su actual candidato no han sido capaces de aliviar. Demasiado fresco está aún el affaire Flores y los 10 millones de Taiwán o, de hace menos tiempo, la imagen de Carlos Reyes, jefe de la fracción arenera, de viaje por el mundial de Rusia. Y poco convincentes son las fotos en eventos de campaña que incluyen a personajes tan cuestionados como Raúl Beltrán Bonilla, del PCN, uno de los comunicadores que movió dineros a Saca.

Resulta difícil comprar la narrativa anticorrupción de Arena cuando las candidaturas Calleja-Lazo están amarradas a una alianza con el PCN, el partido que según confesiones de los mismos areneros les vendió sus votos para aprobar la dolarización a cambio de un perdón para Francisco Merino, el diputado acusado de disparar, ebrio, a una policía.

Lo de Hugo Martínez y el FMLN es más dramático: hay encuestas en que el candidato del partido en el gobierno no llega siquiera a los dos dígitos.

En general, Martínez ha mostrado más disciplina que los otros dos candidatos con posibilidades reales de ganar en la elaboración de algunas propuestas específicas y ha sido, de los tres, el que más dispuesto ha estado a someterse al escrutinio de la prensa seria. El candidato del Frente ya se sentó con periodistas de Factum, El Faro y Focos TV, tres de los medios más incisivos en sus cuestionamientos. Calleja se ha limitado a conversar con periodistas que no suelen hacerle preguntas incómodas, y Bukele a trasladar monólogos por sus redes sociales o a través de plataformas digitales que le son afines. Pero eso de poco le ha servido al efemelenista: el desgaste de su partido llegó hace rato a un punto del que no hay retorno.

La catástrofe electoral de marzo de 2018, que implicó la pérdida de 326,032 votos respecto a la legislativa anterior y el peor resultado en la historia del partido desde 2003, tiene que ver con el desgaste causado en el FMLN por la ineficiencia del gobierno en temas como la seguridad pública o políticas productivas, pero también con varios casos de corrupción asociados al expresidente Funes y a otros líderes del partido de izquierda, como el expresidente legislativo Sigfrido Reyes.

Mucho tiene que ver en esto el efecto Funes: la factura por la corrupción del expresidente, enredado en el uso patrimonial para beneficio propio del erario a través de la manipulación de fondos de Casa Presidencial.

El cansancio del voto duro efemelenista se tradujo en una bancada legislativa intrascendente y, al interior del partido, en un reacomodo de piezas que posibilitó la candidatura de Hugo Martínez como una alternativa a la de Gerson Martínez, impuesta antes de la jornada electoral por la cúpula reinante, que sigue siendo la misma con variaciones mínimas.

Pero, como escribió hace poco Fernando Romero, reportero de esta Revista, a Martínez le ha tocado cargar con todo el lastre de 8 años de gobierno mal llevados y con las corrupciones de sus líderes. Mal asunto.

Una lectura posible es esta: Nayib Bukele ha llenado parte del vacío que el desencanto por Arena y FMLN ha provocado en el electorado, incluidos partes de los votos duros de ambos. El mérito de Bukele, si hay uno, es haber entendido eso y haberlo convertido en el eje de su proselitismo. Una idea central de su campaña radial, por ejemplo, es que él representa la nueva forma de hacer política en El Salvador. A juzgar, de nuevo, por las encuestas, muchos potenciales electores le han comprado el discurso.

Nayib Bukele es, sí, una alternativa real al bipartidismo. ¿Y qué?

Rubén Zamora, uno de los políticos más lúcidos de la posguerra, compartía, justo después de la legislativa de 2018, su lectura sobre la irrupción de Bukele en el escenario. “Nayib ha demostrado como alcalde que sabe hacer parques y esas cosas. Visión y estrategia de futuro no la encuentro en ninguna parte”, fue su primera impresión sobre la oferta programática de Bukele, en un momento, valga decir, en que el entonces alcalde ya tenía ratos preparando su candidatura presidencial.

Bukele, cuando aún era alcalde de San Salvador.  Foto FACTUM/Salvador MELENDEZ

Sobre la responsabilidad de los partidos dominantes en la ascensión de Bukele, Zamora dijo esto: “Cuando los partidos que han dominado las políticas de sus países se han petrificado son el mejor espacio para que aparezca un profeta que arrastre a la gente porque va a ofrecer el éxito porque él viene de fuera”.

Luego, Zamora, hace una comparación con otros outsiders: Donald Trump y Hugo Chávez. “¿Cuál es el éxito de Donald Trump, un señor que está ahí (en la presidencia de Estados Unidos) sin saber muy bien que está haciendo… que llegó ahí ofreciendo cosas que no se pueden hacer? Llegó ahí ofreciendo esperanza a la gente… Si viene un profeta y les ofrece esperanza… ¿De dónde salió Hugo Chávez? Del fracaso de Copei y Acción Democrática (los otrora partidos fuertes de Venezuela)”.

En El Salvador de la posverdad, donde las tradicionales líneas de coberturas periodísticas con claros sesgos partidarios en los medios masivos tradicionales se confunden con las fake news esparcidas desde sitios con apariencia noticiosa y redes sociales, un profeta capaz de usar las nuevas tecnologías con la efectividad que lo hace Bukele puede tener tanto éxito como lo ha tenido Trump con su Twitter en Estados Unidos.

Entre todo ese ruido es bastante difícil distinguir los ejes del eventual programa de gobierno de Bukele. En sus redes sociales, el candidato ha dicho que hará un aeropuerto en el oriente de la República, que está en pláticas con la aerolínea alemana Lufthansa para poblar ese aeródromo (algo que la compañía ha desmentido). También ha dicho que tiene a su candidato a vicepresidente elaborando un plan para armar en El Salvador una institución similar a la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), pero ante un mínimo cuestionamiento sobre las características de esa supuesta comisión lo poco que queda claro es que se trata solo de una especie de apoyo técnico para la Fiscalía General.

2. El eventual gobierno

Por lo visto hasta ahora, la forma de hacer política de Nayib Bukele, o al menos su forma de hacer campaña, es igual de demagógica e incivilizada que las del FMLN y Arena en sus peores tiempos. Y una eventual presidencia suya, a juzgar por lo visto, no desterrará los males más acuciantes de la política local, que son la inoperancia, el compadrazgo, la corrupción e, incluso, la connivencia con el crimen. Ya hay, a estas alturas de la campaña, suficientes muestras de ello.

La victimización de Funes, la arrogancia de Flores y el oportunismo de Saca han asomado en la campaña de Bukele, en episodios tan lamentables como la toma que los partidarios de Nuevas Ideas, el movimiento político creado por el exalcalde, hicieron de instalaciones del Tribunal Supremo Electoral ante un llamado del líder por un supuesto intento de fraude del que incluso GANA se distanció. O uno ocurrido antes, cuando había llevado a sus seguidores a hacer plantón a la Fiscalía General porque esa institución lo investigaba por supuesta vinculación con una red de piratas informáticos. U otro, en el que su seguridad intentó amedrentar a un periodista de esta revista que tomaba fotos al carro de Bukele.

No es que Arena o el FMLN no hayan acudido a estas matonerías en esta campaña o en otras anteriores. Es, insisto, que Bukele no es diferente a esa forma de hacer política.

Y esta es la segunda parte de la reflexión: ¿qué rasgos diferentes tendrá una eventual presidencia Bukele?

Si gana, la primera tarea en la mesa del presidente Bukele será buscar sus referentes en el Legislativo. Su primera opción, sin duda, será el partido con el que terminó corriendo, GANA, el instrumento político creado por Antonio Saca. Pero, ha quedado visto, ese maridaje es más bien débil y se construyó por mera necesidad electoral.

A diferencia incluso de Mauricio Funes, que llegó como miembro inscrito del FMLN pero terminó incluyendo a los tránsfugas de Arena reconvertidos en GANA como sus principales argumentos de gobernabilidad, Bukele llegaría sin partido y sin diputados a Casa Presidencial.

El principal efecto de lo anterior puede ser nefasto: la nueva ascensión de los viejos operadores políticos partidarios de dudosas credenciales como negociadores principales en el parlamento; esto es, figuras tan cuestionadas como José Luis Merino del FMLN; Herbert Saca, el hombre que junto a Guillermo Gallegos mueve los hilos de GANA en la Asamblea; los diputados del PCN; o el mismo Rodolfo Parker, hombre fuerte del PDC y operador de la derecha en el Legislativo y el Judicial, que al ver perdida su opción de influencia ante una eventual derrota de Arena -con la que su PDC hace alianza para la presidencial-, tendría que buscar nuevos referentes.

¿Y los reclutas para el gobierno?

Todos los presidentes de Arena poblaron el gobierno con cuadros partidarios y, en el caso de Flores, con algunos perfiles más técnicos. Salvador Sánchez Cerén y el FMLN inundaron el aparato con militantes.

Mauricio Funes, en principio, logró atraer a intelectuales de izquierda tan reputados como Héctor Dada o incluso a técnicos de derecha como Guillermo López Suárez, pero para la segunda mitad de su quinquenio, cuando ya la alianza presidencial con operadores políticos tan cuestionados como Herbert Saca o con funcionarios con tendencias autoritarias como el general David Munguía Payés eran evidentes, aquellos funcionarios dejaron el gobierno.

En la campaña y el entorno de Nayib Bukele hay tres tipos de personas: los tránsfugas, los entusiastas y algún intelectual o técnico.

En el primer grupo hay exfuncionarios que pasaron de ser entusiastas militantes de los viejos partidos, sobre todo de la Arena de Tony Saca, a convertirse en los más fervientes defensores de Bukele; quizá Walter Araujo es el mejor representante de esta clase de bukelianos. A este primer grupo hay que agregarle otra lista, la de escritores y comunicadores que otrora trabajaron cerca de Saca y hoy prestan sus voces al halago al exalcalde, como Giovani Galeas, autor de la biografía del candidato.

También cabría, en este primer apartado, el general Munguía Payés, quien contraviniendo sus obligaciones constitucionales ya usó la tribuna pública para defender la candidatura de Nayib Bukele.
En el segundo grupo están los miles de seguidores que el exalcalde tiene en redes sociales, que por lo que escriben y dicen parecen tener afinidad real con su candidatura. Y en el tercero hay profesionales como Félix Ulloa, el candidato a la vicepresidencia.

Eso. Y poco más visto hasta ahora.

Es innegable que la candidatura de Nayib Bukele ha generado entusiasmo en suficientes personas como para lograr algo que hasta ahora ha resultado impensable: romper el bipartidismo. Y es cierto que aún a estas alturas es pronto para proyectar con toda la claridad necesaria la conformación de un eventual gabinete o la confección de un eventual plan de gobierno. Pero también es innegable que lo visto hasta ahora no da pie a pensar que Bukele, de resultar elegido, llevará algo diferente a la política salvadoreña.


  • Actualización de las 06:25 pm del 13 de diciembre de 2018:
    Al momento de procesar esta nota para su publicación aún no se conocía la decisión de Nayib Bukele de no asistir al debate convocado por la Universidad de El Salvador. El candidato alega que la universidad pactó las condiciones sin que miembros de la campaña de Bukele estuviesen presentes. El rector Roger Arias asegura que las condiciones para el debate no tienen inclinación a favorecer a ningún candidato. El punto, de nuevo, es que los antecedentes mostrados por Bukele hasta ahora alimentan a quienes lo cuestionan. Les motiva a concluir que los mensajes que transmite a través de su cuenta de Twitter son solo ruido para dar explicaciones sobre la decisión de no debatir en la UES; ruido para eludir entrevistas donde se le cuestionaría más que lo que han hecho hasta el momento los medios a los que sí ha atendido; ruido para seguir acudiendo a redes sociales y plataformas digitales afines para monologar. El análisis empuja a creer que, como candidato, la explicación puede venir del cálculo electoral: ¿para qué debatir si todas las encuestas lo ponen al tope de las preferencias? Sin embargo, de ser cierta esta estrategia, sería solo otra muestra de las mismas prácticas políticas del pasado, las mismas de las que él ha asegurado desmarcarse al hablar de “los mismos de siempre” en sus discursos.
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