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Por cultura general 

Escandaliza cuando alguien desconoce un libro, un autor, el significado de una palabra, el director de una película, momentos críticos de la historia mundial (o local), la coyuntura política nacional, etc. Y en la indignación cuestionamos: ¿en qué mundo vive esta persona? ¿Qué le habrán enseñado en el colegio? ¿Ni eso sabe? Y la preguntadera suele acabar en la expresión: «…por cultura general debería saberlo», como si esa –la “cultura general”– fuese la única razón para saber algo.

¿Qué es la “cultura general”? ¿Cuál es ese conocimiento mínimo necesario para deambular por el mundo sin que nos digan incultos? La educación básica y media gira sobre cuatro grandes áreas:

    • Ciencias
    • Estudios Sociales
    • Lenguaje
    • Matemática

Básicamente, es necesario saber de lógica matemática, relaciones sociales y cómo funciona el mundo –o lo hacemos funcionar-; de qué estamos hechos; y de qué forma nos comunicamos. Si eso es lo básico, la “cultura general” –eso que estamos obligados a saber, ese conocimiento– debiera permitir desenvolvernos y aportar mejor al engranaje social desde nuestras competencias individuales.

Pero recordemos que El Salvador es un país en el que hemos tenido presidentes sin grado universitario; un país en el que la escolaridad fue de 6.8 grados en 2017 (EHPM, 2018); un país donde lo usual es acudir a “San Google” para todo aquello que no sabemos, donde lo común es leer solo los titulares de las noticias en redes sociales y opinar sin haber leído la nota completa, una costumbre que aprovechan a conveniencia distintos medios de comunicación.

Entonces, ¿servirá de algo saber qué son los géneros literarios? ¿O cuáles fueron las implicaciones de los sucesos de 1932 en la configuración sociológica salvadoreña actual? ¿Sirve de algo conocer el funcionamiento y atribuciones del aparataje estatal, así como también los alcances y poder de los medios de comunicación, la riqueza de expresiones artísticas actuales y el funcionamiento de la economía local? La pregunta es válida, pues muchos sobreviven (¿malviven?) sin saberlo. 

La formación académica prepara ciudadanos para su futura inserción productiva en la sociedad. Si los ciudadanos están mejor informados, pueden tomar decisiones razonadas a partir de una comprensión vasta de cómo funciona el mundo: si aquí vivo y ejerzo un papel, una función, lo mínimo responsable es conocer el entorno y las consecuencias de cada proceder. Luego somos seres sociales y la relación con el otro es necesaria y resulta ineludible formar parte del engranaje que pone a funcionar la sociedad.

“Si cultura es todo lo que hacemos, bajo esa dimensión lo cultural ya no es ni tan general ni tan básico, pues refiere a sistemas productivos, legales, sociales y patrimoniales, entre otros”.

Un individuo con el dominio de estos saberes –y su puesta en práctica–tendrá una ventaja sobre aquel que tenga un dominio bajo. Si bien se puede “sobrevivir” sin ello, en el ejercicio profesional y en la cotidianidad puede volverse una debilidad. Por ejemplo, que alguien diga que los géneros literarios son inútiles, tacha como inservible el pensamiento crítico: establecer categorías y criterios de clasificación para una mejor comprensión del lenguaje, el mismo que sirve para comunicarnos. Y luego serían también “inútiles” los recursos para comunicarnos: narrando, documentando y poniendo en escena, por ejemplo. También se descartarían las muestras literarias como eficaces para el estudio de patrones sociales y condiciones económicas de un periodo o región, a partir de la descripción del entorno y tipificación de los personajes. 

La historia es otro tema sensible en la cultura: tantas fechas, personajes y acciones que se nos hace memorizar por cronología. Si bien la historia  hace referencia a hechos pasados, es la forma que tenemos para mirar de dónde venimos, dónde estamos y tener mejor claridad de hacia dónde vamos; la historia, ese pasado, provee de dirección inmediata y a futuro.

La cultura es un bagaje que no decidimos tener o carecer: los procesos de socialización se encargan de que la asumamos y vivamos en ella. Queda a discreción de cada quien si se saca el mayor provecho y utilidad de la inmersión o si simplemente nos dedicamos a “sobrevivir” y proceder de forma anémica en su individualidad.

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