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“Polvo de gallo”: dos lecturas en un picotazo

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En su apuesta por presentar obras con contenido social, el Teatro Luis Poma exhibió el fin de semana pasado a “Polvo de gallo”, la producción más reciente del Teatro del Azoro. Ganadora del premio Ovación 2016 y desarrollada en conjunto con el cineasta Julio López, la obra lucha contra su propia intensidad, mientras retrata la violencia sexual en El Salvador. A continuación compartimos dos reseñas de la obra, dos lecturas del mismo espectáculo.


“Polvo de gallo”: teatro incómodo

(Andrea Maida)

Que el Teatro del Azoro presente una obra cruda y, cuando menos sensible, no es sorpresa. Desde hace siete años, la compañía fundada por Egly Larreynaga, Alicia Chong y Paola Miranda ha llevado a escena temas escabrosos, como la realidad del sistema de atención psiquiátrico nacional –”Los más solos”– o la problemática de violencia –”El Fenómeno”–. Tocar la violencia sexual es un paso lógico, pero también el más arriesgado para un grupo cuyas historias tienen un fuerte protagonismo masculino.

Huachindango, la ciudad ficticia de la obra, es una ciudad muy similar a cualquiera en nuestro país. A excepción de El Sistema: un organismo que administra las habitaciones donde, legalmente, cualquier mujer puede ser citada y obligada por cualquier hombre a soportar agresiones sexuales. Es a Polvo de Gallo, la habitación más temida de todas, donde Ili es citada. Pero logra lo que otras mujeres solo pueden hacer en una bolsa negra: escapar.

“Tocar la violencia sexual es un paso lógico, pero también el más arriesgado para un grupo cuyas historias tienen un fuerte protagonismo masculino”.

Cabe señalar que esta es la primera obra de la compañía que incluye un elenco masculino. César Pineda hace de antagonista macabro a la protagonista asustada –pero decidida– de Mariam Santamaría. El trío Chong, Larreynaga y Miranda brindan actuaciones sólidas, como es costumbre.

Que la violencia sexual es una realidad difícil no necesita justificación. Es evidente que el proceso investigativo de dos años fue preciso, honesto y detallado, como también profundamente personal. Aciertos de producción, como la excelente labor de video mapping, dan vida a una realidad de contrastes siniestros, en blanco y negro. La pureza de los “ideales” femeninos, de los sentimientos inocentes choca con las sombras del Sistema, de la noche, de la doble moral.

No extraña escuchar la anécdota de algún miembro del público abandonando la sala porque lo mostrado se acerca demasiado a la vida misma. Los actores mismos interrumpen el curso de las escenas para hablar de sus experiencias personales, por demás escalofriantes. La naturaleza traumática de un episodio violento se retrata de manera familiar y, por lo tanto, difícil. Pero a medida avanza la trama, es evidente que la carga emocional también abruma a las dramaturgas.

La historia pierde dirección y se debilita pasados los momentos más perturbadores; lo que podría ser una exploración psicológica comprometida se resuelve con una confrontación. ¿Es realmente la superioridad moral o una apresurada reflexión sobre el ejercicio de poder machista el cierre adecuado para un acto no sólo de empatía, sino de sacudida moral? Luego de tanto tiempo invertido en entender el universo interior de la protagonista, lo que podría ser una tragedia se transforma, sin querer, en una fábula.

También vale mencionar el uso de algunas expresiones coloquiales o la creación de personajes que, por ser muy cotidianos, se vuelven caricaturas de la realidad. Si bien es una característica común de la compañía, para esta obra vuelven difícil mantener el tono, y promueven –curiosamente, entre los hombres– que la atención se desvíe a las pequeñas bromas.

“Luego de tanto tiempo invertido en entender el universo interior de la protagonista, lo que podría ser una tragedia se transforma, sin querer, en una fábula”.

Con todo esto, es importante señalar el acierto fundamental de la obra: pone bajo el reflector –un reflector literal– la realidad de la violencia sexual en El Salvador. Sin tapujos, sin anestesia, sin recato. Es el acierto de retratar cómo las mujeres se vuelven tanto víctimas de la impunidad como guardianas obligadas del silencio que la perpetúa. Cómo los hombres son forzados a una sexualidad híper agresiva, a una masculinidad que entiende el ejercicio del poder como algo necesariamente arbitrario. En palabras simples: cómo somos criados para violentar y ser violentados.

En este país, donde se comete una agresión sexual cada 6 horas, “Polvo de gallo” es más un recordatorio que una revelación. Incómodo, doloroso, pero urgente.

La compañía salvadoreña Teatro Del Azoro, presentando la obra “Polvo de Gallo” en el Teatro Luis Poma de San Salvador, El Salvador, el 21 de septiembre de 2018.
Foto FACTUM/Salvador Meléndez.


Una dura crítica al Sistema 

(Metzi Rosales Martel)

[Spoiler alert: La siguiente reseña incluye detalles que relatan el argumento de la obra “Polvo de gallo”]

Una fuerte y dura crítica al sistema político, social y judicial de nuestro país, el mismo que guarda una deuda histórica con las víctimas de violencia sexual. Eso es “Polvo de gallo” y el cúmulo de sensaciones que despierta: angustia, mucha angustia; una sensación de asfixia y ahogo. Luego, el llanto. La persona que estaba a mi lado también lloraba. La crudeza de la única escena que representaba una violación provocaba un nudo, un agotamiento corporal y mental. Náuseas y dolor, mucho dolor. Cinco personas, bastante mayores, abandonaron la sala del Teatro Luis Poma en ese momento. Los demás, supongo, nos quedamos paralizados ante la recreación –en una mezcla de teatro y audiovisual– de la pesadilla de esta mujer: su violación.

La obra inicia como una parodia acerca de las prácticas sexuales de los hombres durante la cotidianidad matutina; pero también como una crítica fuerte al rol de los comunicadores y los medios. Por ejemplo, encontramos a “Olo”, quien representa a esa raza –en extinción o no– de locutores que hacen chistes y emplean metáforas para hablar de los “rapiditos mañaneros” y del “polvo de gallo”; la raza de los que “enamoran” a las estudiantes, menores de edad, quienes llaman a la cabina para enviar saludos.

La pesadilla era la antesala de una realidad que viven las mujeres en Huachindango, una ciudad ficticia –aunque muy similar a las de nuestros países– donde sufren distintos tipos de agresión sexual. En esta pequeña ciudad capital, la violencia sexual está legalizada. “El Sistema” administra cuartos donde las mujeres son obligadas a tener relaciones sexuales con quienes las solicitan. Y nadie escapa de esta realidad. Nadie puede escapar, porque puede ser citada una o más veces. Todo dependerá de la voluntad y las necesidades de los hombres. Así encontramos al personaje de Ili, quien meses o días después de haber celebrado su cumpleaños en compañía de su madre, amigas y su primo Otto, recibe su primer citatorio, uno que no puede evadir, porque al hacerlo la meterían presa.

La joven rompe el silencio antes de la agresión, algo que sucede pocas veces en los casos de delitos relacionados con las libertades sexuales, porque las mujeres y las niñas no denuncian la violencia por miedo. Ella pretende no asistir, pero su jefa y amiga le recuerda el castigo: cárcel. Además, le confiesa que ella ya fue citada y lo olvidó. Le aconseja que afronte su realidad, aprenda a vivir con ello y guarde silencio. “Esas  cosas no se cuentan”, le dice. Este diálogo me recordó la normalización de la violencia sexual en nuestro país y la falta de sororidad que puede existir entre mujeres, porque nadie se repone de un asalto sexual, solo se aprende a vivir con ello.

Así, la obra pasa de lo dramatizado al relato íntimo: escuchamos a la actriz Egly Larreynaga, quien rompe nuevamente el silencio y nos cuenta su caso, al relatar que cuando tenía 19 años fue violada por Fernando Umaña, reconocido director de teatro.

Luego, Olo, interpretado por Carlos Córdova, nos cuenta sobre la primera vez que vio a una mujer desnuda. Tenía 13 años cuando sus compañeros lo presionaron para perder su virginidad con una trabajadora del sexo: catorce estudiantes hacían fila para tener relaciones sexuales con la joven mujer en un barranco. No lograron su cometido: él y la joven acordaron que les harían creer que él había perdido su virginidad, para que no lo presionarán más.

“Me recordó la normalización de la violencia sexual en nuestro país y la falta de sororidad que puede existir entre mujeres, porque nadie se repone de un asalto sexual, solo se aprende a vivir con ello”.

De vuelta a Huachindango, a Ili la había citado su primo. La citó para violarla, “porque la quiere”. Ese era el argumento. Porque siempre la quiso. La citó a la habitación más temida de todas: “Polvo de gallo”. En la antesala a este mal sueño conoció a una mujer religiosa que era citada por cuarta vez. Así se enteró de que “El Sistema” no respeta edad ni religión: las menores de edad también son violadas.

La obra recrea lo que algunas mujeres hacen para intentar escapar de la violencia: migrar. Migran para escapar del marido que las quiere matar; migra la acusada que experimentó un aborto espontáneo; migra la que evadió “El Sistema” y no se dejó violar por su primo; migra la mujer policía que intenta huir de sus compañeros, porque ella sabe quién o quiénes cometieron un ílicito como el de la agente Carla Ayala, un caso que es recordado, pero con otro nombre y apellido.

Y en ese noticiero ‘chafa’ nos recuerdan lo ‘chafa’ que puede ser el periodismo en nuestro país y la parrilla absurda que existe en los medios de comunicación: después de presentar noticias sobre violencia, van y violentan la imagen de las mujeres con su contenido musical y comentarios misóginos. De hecho, nos recrean cómo para la publicidad existe la objetivación de la mujer y de las menores de edad, no solo por hombres sino por las mismas mujeres.

La actriz Alicia Chong también nos cuenta el asalto sexual que sufrió cuando tenía diez años, en las pilas de un mesón. Esto sucedió durante el conflicto armado. Ella y su familia se habían ido a vivir a ese sitio, donde un desagradable hombre calvo la abusó. Ella solo reparó en que fue abusada 14 años después del incidente. La historia de ella es una historia que parece repetirse una y otra vez, y no solo durante los conflictos armados.

“Polvo de gallo” es una crítica fuerte a lo que sucede en El Salvador: la normalización de la violencia sexual en un país donde en promedio se reciben 6 mil denuncias por delitos relacionados con las libertades sexuales, la mayoría contra mujeres (93 %). Y en los que las cifras apuntan a que el 80 % de los agresores son familiares o conocidos.

Este guion me recuerda a “El cuento de la criada”, escrita por Margaret Atwood. Se trata de una novela de ciencia ficción distópica, publicada en 1985. Esta obra retrata cómo las mujeres pierden sus libertades, derechos sociales y autonomías, y cómo en un nuevo sistema se convierten en criadas o esclavas de un hombre, quien decide qué visten, qué leen, qué comen y quién puede violarlas una vez al mes, en complicidad con su esposa, durante un ritual conocido como “la ceremonia”, todo con el fin de embarazarlas.

“Polvo de gallo es una fuerte crítica a lo que sucede en El Salvador: la normalización de la violencia sexual en un país donde en promedio se reciben 6 mil denuncias por delitos relacionados con las libertades sexuales”.

Y como la violencia es una espiral, El Teatro del Azoro intenta hacernos creer que la víctima puede hacer justicia por sus propias manos ante un sistema injusto, en el que el 90 % de los casos de violencia sexual queda impune. Por eso Ili, ayudada por una expolicía, enfrenta a su agresor, a su primo, algo que nunca o casi nunca sucede en casos de violencia sexual.

La crítica contra el patriarcado y la misoginia es abordada a partir de la violencia sexual. En esta pieza también actúan las mujeres del Teatro La Cachada, quienes se caracterizan por contar sus propias historias en sus puestas en escena; y los actores César Pineda y Carlos Córdova. La obra forma parte del Acto II, de la temporada 2018, y será presentada hasta el 30 de septiembre en el Teatro Luis Poma.

 


  • “Polvo de gallo” se presentará en el Teatro luis Poma los días jueves 27 y viernes 28 de septiembre a las 8:00 de la noche. El sábado 29 la función es a las 5:00 p.m y 8:00 de la noche. Y el domingo 30 la función es a las 5:00 de la tarde. El Teatro Luis Poma, está ubicado en Metrocentro 10a etapa.
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