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“El periodismo va moviendo cosas, a gotas”

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He hablado horas y horas con Carlos Dada en la sala de su apartamento de San Salvador. De todo. No solo de periodismo. Hemos hablado de las cosas que hablan los amigos. Horas. La semana pasada, por primera vez, mi grabadora registró una de esas conversaciones. Esta vez se trataba de abordar, con un tanto de formalidad, lo que Carlos tiene que decir sobre el periodismo en El Salvador, sobre El Faro y, navegando por esos dos temas, sobre ese pequeño país, uno de los más violentos del mundo, que es el nuestro, donde él y yo empezamos a ejercer el periodismo hace 20 años.


La grabadora tiene, para nosotros periodistas, la enojosa virtud de obligarnos a ordenar el pensamiento y la palabra para convertir la plática en registro digerible, revelador cuando tercia. Horas, dije, de plática. No había otra manera más que aplicar el on the record para ordenar y sintentizar las ideas de Carlos Dada, fundador de El Faro. Hablamos de El Faro y del periodismo que sigue siendo indispensable para la democracia imperfecta, frágil, del país. De los retos con los que amanecemos a diario. Y esta vez, sin más brebaje que un café al que me prohibió echarle azúcar o miel -lo vas a arruinar, me dijo-, levantamos las tazas por los premios que acaban de ganar El Faro y Óscar Martínez, uno de los periodistas con los que Carlos ha compartido redacción desde hace rato. Vale, en este día del periodista, leer lo que este señor, uno de los periodistas más reconocidos de El Salvador, tiene que decir sobre el oficio.

Empecemos hablando de El Faro y sus premios, ¿cuántos son? ¿Tres?

Sí, tres esta semana. Jajajaj.

…El premio Gabriel García Márquez a la excelencia, que es a El Faro. Y dos de Óscar Martínez, el del Comité para la Protección de Periodistas por sus sacrificios personales para llevar información a su comunidad y el premio María Moors Cabot

Los periodistas siempre dicen que los premios te comprometen más…

Siempre decimos eso, sí.

¿Con qué te comprometen más? ¿Con tu país, con tu profesión?

En primer lugar te comprometen porque los premios atraen muchísimas más miradas hacia tu trabajo: estás bajo mucho más escrutinio. Eso es muy bueno cuando crees que tu trabajo sirve para algo: entre más miradas, mejor. Con estos premios, que son tan grandes, colegas de afuera empiezan a ver El Faro y se empiezan a preguntar qué es lo siguiente que vamos a hacer. La FNPI nos llama modelos, yo no estoy seguro de que lo seamos, pero sí se empieza a esperar que nosotros marquemos pautas en algunas cosas. Más que modelo, un referente.

“Después de publicar lo de la masacre de San Blas tuvimos que sacar periodistas fuera del país”.

El Faro es un referente a nivel continental, no solo por el tipo de periodismo que hace sino por la plataforma digital. Vos dirigiste 16 años El Faro, pero también creciste en los grandes medios tradicionales de El Salvador… ¿Qué significa que un medio digital sea hoy el referente? Vas a Guatemala y pasa lo mismo, y aquí en el país es obvio cuando comparás lo que hace El Faro con lo que están haciendo los medios tradicionales.

Sinceramente creo que se puede matizar eso de que yo haya crecido en un medio tradicional salvadoreño. No creo que mi experiencia en La Prensa Gráfica, o la de otros periodistas de El Faro, explique en absoluto a El Faro. Más que eso: el crecimiento periodístico de El Faro se debe, sobre todo, a nuestras lecturas de otros periodismos, a nuestros diálogos con otros periodistas, y a unas dinámicas de autocrítica; a todo eso muchísimo más que a nuestro paso por otros medios de comunicación salvadoreños. Te lo digo por algo que vos particularmente me vas a entender muy bien: nosotros pertenecemos a una generación de periodistas huérfana; no tuvimos grandes referentes de periodistas en este país, no hubo generaciones anteriores que nos trasladaran un conocimiento acumulado. Somos una generación huérfana, que se inventó su periodismo como pudo, ciertamente unos mejor que otros.

Pero algo aprendimos…

En los grandes medios salvadoreños, quien quiso hacer bien las cosas a menudo tuvo que luchar contracorriente. No es de ahí que aprendimos; aprendimos de los diálogos con colegas y del trabajo de complicidad con algunos colegas dentro de esos medios. Pero no aprendimos por el medio.

Pero en aquellos 90 después de la guerra, cuando vos y yo estábamos en la redacción de La Prensa Gráfica, ese era el único lugar en el que parecía posible hacer periodismo, donde era posible tener discusiones e intentar algo diferente…

Sí, por una razón muy particular que vos conocés muy bien, porque llegó a la dirección de LPG una persona que por primera vez, en décadas en ese periódico, era crítica con el poder por razones políticas personales y nosotros simplemente abusamos de esa libertad. Eso fue lo que pasó. Y no te lo estoy contando… Es una historia que vos viviste.

¿Qué pasó? ¿Ya entonces era necesario crear El Faro porque esas puertas en los grandes medios eventualmente se iban a cerrar, que es lo que estamos viendo ahora?

Casi todos los periodistas de El Faro que pasaron por LPG empezaron en El Faro; su paso por LPG obedeció más a la necesidad económica porque EF no era una operación profesional, pero en cuanto EF pudo profesionalizar sus operaciones todos empezaron a venirse de regreso, porque en EF estábamos a la mitad de un proceso propio de hacer periodismo, y lo que nos faltaba era hacerlo sostenible.

Volvamos a los premios y lo que dicen. El premio que la CPJ le dio a Óscar, por los riesgos que él asumió, habla de los retos que significa hacer periodismo decente en un país como este. No somos Honduras o México, pero obviamente hay riesgos…

No sé cómo comentar eso. Nosotros somos muy cuidadosos al hablar de riesgos personales; nos sentimos un poco incómodos poniéndonos de víctimas cuando hay colegas… ayer nada menos asesinaron a un colega en Veracruz. Hay periodistas que asumen riesgos mucho mayores o están bajo una situación de amenaza mayor. El riesgo tiene dos componentes: el real y luego tu percepción de ese riesgo. A veces están relacionados, a veces no. Yo creo que cada quien tiene el derecho a sentirse como lo hace y nadie te puede criticar por eso. Hay gente que tiene mayor capacidad de moverse en medio de esos riesgos y Óscar es un caso extraordinario; ha decidido asumir riesgo porque cree que cuando lo ha hecho no hay ninguna otra opción que le permita contar las historias que para él ha sido importante contar: el drama de los migrantes centroamericanos sometidos a todo tipo de vejámenes por México es un claro ejemplo de eso. Él consideró, y me consta porque a mí me tocó la comunicación con él desde aquí, no arriesgarse más de lo que debía, sin embargo asumió riesgos grandes.

Carlos Dada en el estudio de su casa en San Salvador. Foto tomada de El Faro.

Carlos Dada en el estudio de su casa en San Salvador. Foto tomada de El Faro.

¿A qué te referís con riesgo real y percepción?

Lo digo porque a veces a mí me molesta porque en este país se habla de estas cosas como si fuera un concurso de valentías. Me molesta que se critique a alguien que ha decidido irse del país por temor a una amenaza, y pasa, y se le niega el derecho a sentirse amenazado o con temor. Vos podés decir “es que objetivamente fulano de tal no tenía ni por asomo el nivel de riesgo que ustedes asumen…”

Vaya, pero esas son críticas que suelen venir sobre todo de quien nunca ha asumido un riesgo…

No es un concurso de valentías. En El Faro nuestra aspiración es que nos reconozcan por nuestro periodismo, no por los riesgos.

Ahora, en El Salvador hablar de lo que está pasando en las pandillas, de la entraña de los entes generadores de corrupción implica riesgos reales, ¿estamos de acuerdo?

Por supuesto…

¿Qué es diferente en El Salvador de Honduras o México, donde sí matan periodistas?

Hay varias razones para explicar eso. La primera es que el narcotráfico, que es un componente importante de la violencia tanto en Honduras como en México, no es un componente tan importante en este país. Nuestro trabajo no afecta demasiado las agendas de estos grupos criminales.

Pero Óscar Martínez es uno de los periodistas que trabajó el tema del Cartel de Texis y esos reportajes sí afectan a esos grupos…

Claro, pero el punto con el Cartel de Texis fue distinto porque normalmente corrés mayor riesgo cuando las personas que estás denunciando tienen menos que perder políticamente. En el caso de Texis, esas personas tienen una vida legal donde pueden perder mucho (si atacan a un periodista).  No quiero decir con esto que en El Salvador no hay ningún riesgo: la vez que más alto ha sido nuestro nivel de alerta fue después de la publicación de la masacre de San Blas; ese nivel de alerta fue tan grande que tuvimos que sacar del país a tres periodistas durante un tiempo prudencial. ¿De dónde venían las amenazas? De elementos policiales evidentemente. Ni el ministerio de Seguridad, ni el secretario presidencial Hato Hasbún, ni el jefe de la Policía examinaron nunca las denuncias que les habíamos hecho de acoso policial, particularmente contra Óscar Martínez; lo convirtieron en una burla a nosotros. Aumenta el nivel de riesgo porque las personas encargadas de garantizarte la protección están minimizando tu situación.

“No servís a tus lectores, servís a los principios periodísticos.”

Ocupo ese caso para hablar del oficio. El Faro saca lo de San Blas y el reportaje se convierte casi en un caso de manual: está denunciando un hecho que la narrativa oficial pretende ocultar con toda sus fuerzas, que es que la Policía está implicada en ejecuciones extrajudiciales. Ustedes se enfrentan al escepticismo, a las amenazas, pero ahora, un año después, las instituciones ya aceptan que eso existe: Fiscalía abrió expedientes, PDDH ha recibido múltiples denuncias, el director de PNC ha dicho que eso sucede, el canciller tuvo que ir a Washington a hablar del tema… Pusieron el tema en la mesa. Es decir, el riesgo implícito al oficio dio algún resultado…

De acuerdo, y a mí ese caso en particular me hizo concluir una cosa muy importante, porque efectivamente se nos vino encima después de la publicación mucha gente. La reacción virulenta de mucha de esa gente me pareció una reacción natural porque la lógica de esa gente es esta: en el país más violento del mundo, si los principales responsables de esa violencia son los pandilleros, y ellos son el cáncer de ese país, por qué nosotros estamos criticando a quienes están ayudando a erradicar ese cáncer. Esa es una lógica muy natural en este país, lo que no quiere decir que sea correcta. Eso me llevó a pensar dos cosas: la obligación del periodista no es satisfacer las demandas de tu comunidad; no servís a tus lectores, servís a los principios periodísticos. La segunda es que nosotros deberíamos hacer un esfuerzo mayor por explicarles a nuestros lectores por qué esto es importante y por qué creemos que esto es positivo para el país, y creo que ahí no hemos sido tan capaces.

¿No le estás pidiendo al periodismo que asuma un rol que es de otros, de la academia por ejemplo?

Sí, claro, pero en este país eso también toca, porque si te vas a quedar sentado esperando que lo haga otro vas a seguir recibiendo esas reacciones virulentas, que lo que indican es que no hay comprensión.

Óscar Martínez me decía hace medio año, cuando el caso de San Blas estaba más fresco y no había reacción oficial alguna, aquel se quejaba, como otros solemos hacerlo: “Puta, ¿y esto para qué sirve?” Hay quien te dirá que tu responsabilidad termina al explicar las cosas, no necesariamente en esperar un cambio. ¿Tenemos los periodistas que esperar cambios a riesgo de frustrarnos si no los hay? Desde mi experiencia personal: escribí un libro sobre la Policía, sobre su capacidad de romper la ley, de encubrir y hoy vos me decís que desde la Policía los amenazan. Nada cambia…

Nuestro trabajo es por naturaleza muy frustrante porque seguimos viendo nuestro oficio como algo romántico, como algo que tiene una capacidad transformadora y todos los días aprendemos que no es así. Y cada vez que hacemos un reportaje lo hacemos con la esperanza que de verdad transforme cosas y esto rara vez sucede, al menos no a la velocidad y en las dimensiones que nos gustaría verlo. Puede llegar a ser tan frustrante como cuando Alma Guillermoprieto dice que no cambia nada y cuando le preguntan por qué lo hace contesta: porque toca. Yo no soy tan escéptico: creo que el periodismo va moviendo cosas, son gotas y dependiendo de la cantidad de ese goteo la capacidad de ir moviendo piececitas es mayor. Creo que también nos frustramos más cuando cometemos el error de pensar que nuestro trabajo solo puede cambiar esas cosas; no, solo somos una parte de la sociedad.

“En América Latina los periódicos no han sido lugares para hacer periodismo, sino para hacer dinero.”

El Salvador parece bastante lejos de eso. Recién estuve en Guatemala y allá parece muy evidente que el periodismo y las instituciones pudieron cambiar cosas. La gente salió a las calles. En El Salvador, El Faro y otros hacemos reportajes… ¿Qué más hay?

No es qué más hay, sino hacia dónde nos lleva. Para ver hacia adelante hay que echar la mirada un poco para atrás. Te voy a dar un ejemplo: hace poco, en Nueva York, estaba en un panel donde estaban Jon Lee Anderson, quien cubrió la guerra de El Salvador, y Susan Meiselas, que fue la que hizo el registro fotográfico de El Mozote. El panel era sobre los periodistas como los que escriben el primer capítulo de la historia y yo les decía que la historia no está escrita en piedra, sino que fluye, se mueve. Sin el trabajo de Susan y Jon Lee, por ejemplo, nosotros hubiéramos tenido un punto de partida muchísimo más pobre para dar continuidad. Hoy sabemos más cosas de El Mozote, pero en su momento pudo haber parecido que el registro de Susan Meiselas no servía para nada, sobre todo porque los gobiernos de El Salvador y Estados Unidos negaron esa masacre durante 10 años. Claro que sirvió: ese registro y el libro de Ray Bonner y lo que escribió Alma Guillermoprieto patentaron la peor masacre de América Latina en la segunda mitad del siglo XX.  Que los cambios que propicia el periodismo no ocurran con la inmediatez que quisiéramos no le resta a su capacidad transformadora y a su capacidad de contribuir a la verdad.

Carlos Dada (derecha) durante la presentación del libro "Infiltrados" de Héctor Silva Ávalos en la UCA en mayo de 2014. Foto de Francisco Campos.

Carlos Dada (derecha) durante la presentación del libro “Infiltrados” de Héctor Silva Ávalos en la UCA, en mayo de 2014. Acompaña el rector de la universidad, Andreu Oliva. Foto de Francisco Campos.

¿Qué tan grave es el problema del abuso desde la fuerza pública en el contexto de la guerra contra las pandillas?

Bueno, vos escribiste un libro sobre los abusos en la Policía.

Sí, pero ese libro cuenta hasta 2013. Ahora seguís hablando de una Policía que piensa que todo vale en la lucha contra el enemigo interno. ¿Es así?

Me estás pidiendo que compare como si esto fuera el punto culmen de un camino de descomposición. No estoy tan seguro. Creo que plantearlo así implica olvidarnos que hubo altos mandos de la Policía implicados con el crimen organizado, implicados con la inteligencia militar. Todas estas cosas hay que ponerlas en su lugar para dimensionar lo que está pasando ahorita. No es que no sea gravísimo lo que está pasando, es gravísimo, pero no me atrevo a comparar con todo lo que ha pasado antes en la Policía.

Hablemos un poco de los modelos actuales de periodismo, de sus plataformas. El premio de la FNPI dice que EF es un modelo. ¿Qué pasó con los grandes medios tradicionales y sus plataformas en papel y electrónicas?

Los grandes medios de Latinoamérica, y hablo de la región en general, han tenido dos objetivos: que sean un negocio por encima de todo lo demás.

Ser rentables no es un pecado…

En el caso del periodismo sí, dejame terminar… El otro objetivo ha sido utilizar esos medios para diseminar una agenda política. Cuando te digo que son un negocio por encima de todo no digo que ser un negocio sea malo, nos encantaría ser un negocio así de rentable, pero sin sacrificar la naturaleza de nuestro oficio. Un periódico tiene por función hacer periodismo no dinero, si haciendo periodismo puede hacer dinero, ese periódico es un gran periódico. En este caso por hacer dinero se ha sacrificado el periodismo y eso no es correcto, es inmoral.

¿Dónde quedan ahí los grandes negocios del periodismo continental como el Washington Post, el New York Times?

Estamos hablando de América Latina…

¿Cuál ha sido la diferencia?

Bueno, que en Estados Unidos, desde la misma concepción de la república, el periodismo y la libertad de expresión tienen un lugar cuasi sagrado. Aquí no. En América Latina eso nunca ha pasado. En el último siglo el periódico no ha sido, en América Latina, un lugar para hacer periodismo, sino para hacer dinero.

Me estás diciendo que durante un siglo hemos vivido en la oscuridad…

No, porque ha habido intentos que no han sido en los grandes medios: gacetas, periódicos pequeños, en toda América Latina, que no han sobrevivido porque terminan siendo cooptados por estos grandes conglomerados de medios y por su poder económico. Podríamos hablar país con país. El internet lo que te permite es una plataforma muchísimo más barata para hacer periodismo. Fijate lo que ha pasado en América Latina: con las crisis de estos modelos de negocios de los medios tradicionales lo primero que se cerró fueron las unidades de investigación. ¿Qué pasó con esos periodistas investigadores? Se quedaron sin trabajo. Lo mismo pasó con los grandes periodistas que regresaron de los exilios después de las dictaduras y no hallaron cómo insertarse en los medios tradicionales que para empezar habían sido cómplices de esas dictaduras. Algunos se insertaron en revistas académicas o gremiales. Luego con el surgimiento de internet encontramos un lugar donde era posible hacer periodismo, no en aras de hacer dinero, sino de hacer buen periodismo.

Pregunto por la sostenibilidad. Entiendo que tu objetivo no es el lucro, pero tenés que ser sostenible, tenés que pagarles a los periodistas. El Faro ha tratado el tema en sus foros…

Nos ha preocupado mucho. Afortunadamente hasta el día de hoy hemos logrado sobrevivir. El Faro tiene un problema: entre más dinero llega lo usamos para crecer, no para cubrir los hoyos sino para abrir más hoyos. Con la pauta publicitaria que tenemos ahorita hubiera alcanzado y sobrado en los primeros cinco o siete años para incluso ser rentables, pero ahora EF es una operación mucho más grande. La pauta que tenemos ahorita no alcanza a cubrir ni la mitad de nuestros costos.

Otro tema sobre el modelo y la plataforma: internet fue en los primeros tiempos una avenida de salida para el periodismo, pero hoy es también un inmenso basurero. En El Salvador se multiplican como hongos estos sitios periodísticos entre comillas. Es decir, un lector joven entra a El Blog o La Página y piensa que está leyendo periodismo.

Bueno, por eso hay que insistir en educar a los lectores. ¿Es esa nuestra obligación? Pues si te quedás esperando a que alguien más lo haga vamos a seguir estando al nivel de estos lugares que se abren todos los días. Esta frase no es mía, pero la sostengo absolutamente: el internet es hoy el lugar donde se hace el mejor periodismo del mundo y también el peor. El internet es solo una plataforma, no es una panacea ni una nueva manera de hacer periodismo. El método periodístico no ha variado: el periodismo sigue siendo una disciplina de precisión y de confirmación de información y el internet no ha modificado eso. Mal periodismo siempre ha habido, tampoco culpemos al internet.

Foto principal cortesía de Rodrigo Baires Quezada.

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