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Periodismo en los tiempos del trol

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“¡No queda más que batirse!”

Francisco de Quevedo en El Capitán Alatriste.

Decir que el periodismo salvadoreño goza de buena salud es una exageración. Superlativa. Decir que en los últimos años el oficio ha encontrado un asidero, una barca importante en la cual navegar las complicadas aguas nacionales, no es una exageración. La barca es sólida y está poblada por no pocos de los reporteros, editores y escritores que empezaron a crecer en el periodismo a lo sumo unos años antes de que El Salvador diera por zanjada, con el Acuerdo de Paz, la matanza política de los 80. Hoy en día, el mástil y vela principal de ese navío es El Faro, el periódico digital que Carlos Dada, mi amigo, y Jorge Simán fundaron hace 18 años. No son solo ellos –aunque a ellos les guste creerlo-; somos más, repartidos en varias redacciones.

Hace dos semanas, la Universidad de Columbia de Nueva York decidió otorgarle el premio “Maria Moors Cabot”, uno de los reconocimientos al periodismo más importantes del continente, a Óscar Martínez, uno de esos reporteros de los que hablé arriba, uno de los mejores. Dueño de una pluma limpia, de un ego y una irreverencia muy saludables, Óscar es uno de los que entiende que este oficio se trata de incomodar a los que administran mal el poder que les otorga el soberano; de incomodarlos para que les sea más difícil mentir y salirse con la suya, como a él le gusta decir y como le escuché hacerlo en un curso que compartimos en marzo pasado precisamente en la Gran Manzana.

El premio otorgado a Óscar y el reconocimiento al mérito que la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) que fundó Gabriel García Márquez le otorgó este año a la Redacción de El Faro son importantes para ellos, pero también para El Salvador: hablan de lo fuerte que es ese asidero, esa barca con la que el periodismo nacional consigue navegar en tiempos marcados por la decadencia general de la industria de los medios tradicionales, pero también por un periodismo servil, prostituido, cobarde.

Lo que he visto hacer con los años a Óscar Martínez y a otros de su generación, como su hermano Carlos, Daniel Valencia, Sergio Arauz, César Castro Fagoaga, Orus Villacorta, Jéssica Ávalos, Súchit Chávez, Glenda Girón y Efren Lemus es buen periodismo. Y también lo que vi hacer antes a los más viejos, con los que yo comparto generación, como el mismo Dada, José Luis Sanz, Cristian Villalta, Edwin Segura, Ricardo Vaquerano, Claudia Jimena Rivera o Carlos Montes. Los he visto hacer el periodismo que El Salvador ha necesitado durante los últimos 20 años. Uno preciso, honesto, incómodo, arriesgado. Uno que no se amilana al nombrar a los corruptos, así sea uno de ellos el presidente de la República, el fiscal general, un comandante del FMLN o el principal donante del partido ARENA, o a los criminales más peligrosos, así sea uno de ellos el director de la Policía, el asesor del Ministro de Defensa o el pandillero más desalmado.

Es una gran noticia, digo, el premio que Columbia le ha dado a Óscar Martínez. Un buen reconocimiento a su trayectoria, aún joven, pero también un recordatorio de que un periodismo relevante es posible en El Salvador. Eso es muy importante cuando la barca navega en un mar plagado por los pecados que han disminuido el oficio en el país y el mundo –la poca preparación y ambición de los periodistas, la absoluta displicencia de dueños que prefieren mantener catálogos rentables que pasen por periódicos a apostar por productos de calidad, la corrupción de unos y otros-, pero que además está hoy infectada por “sitios de noticias” engañabobos que se hacen pasar por periodismo online cuando en el mejor de los casos son panfletos institucionales y propaganda y, en el peor, mentideros financiados por políticos o empresarios que buscan autobombo, la desgracia de sus adversarios o simplemente crear opinión para librarse de persecuciones penales.

Un breve repaso, a propósito de este día del periodista, que en El Salvador se celebra el 31 de julio, sirve para ilustrar. Y transito este breve recorrido por el camino de la memoria desde mi perspectiva y recuerdos personales, valga la aclaración. Es decir, esto empieza a mediados de los 80 y culmina hoy.

Hasta dónde me da la memoria de lector, y reafirma un rápido vistazo por las hemerotecas, el periodismo hecho en El Salvador durante la guerra de los 80 –más allá, por supuesto, de lo que hacían los corresponsales extranjeros y sus asistentes locales- tenía una sola cualidad: era ausente. No había periodismo: los grandes periódicos eran, sobre todo, cajas de resonancia del oficialismo. Y la TV poco menos.

La década de los 90 trajo cambios, impulsados sobre todo desde los dos grandes periódicos escritos por la feroz competencia entre ellos y por alguna brisa democratizadora que se coló en las vetustas y decrépitas salas de redacción de ambos, La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy, que tenían sus cuarteles en el centro de San Salvador.

De a poco, y gracias al impulso que dieron los primeros reporteros que llegaban a aquellas redacciones desde las aulas universitarias, como Ricardo Vaquerano, Claudia Rivera o Cecibel Romero, las páginas de los diarios, y sus lectores, empezaban a conocer otras formas de hacer periodismo: había nuevos formatos, géneros y se percibía ya intentos de reporteo que apostaban más por la observación y por la búsqueda de fuentes alternativas al poder.

Ya a finales de la década hubo otro avance, este liderado por Laffite Fernández, el editor costarricense que El Diario de Hoy llevó a su redacción allá por 1995. De Fernández hoy se dicen muchas cosas, pero algo no se le puede negar: el equipo de reporteros jóvenes que él montó en EDH, en el que estaba Gabriel Trillos, fue el primero que hizo investigaciones periodísticas siguiendo el método de reconstruir los hechos a través de la búsqueda de información por todas las vías posibles, a través del contraste de esas informaciones, del cultivo de todo tipo de fuentes, y del uso apropiado de las pistas esparcidas en documentos que las autoridades suelen ocultar.

Aquel grupo fue el primero en utilizar la investigación periodística para acusar a un grupo de policías en activo de sicariato. No era poca cosa para el oficio. Era, sobre todo, una esperanza. Aquella investigación, conocida como el caso Vilanova, que así se apellidaba el estudiante de medicina al que los policías mataron, descubrió a los autores materiales e incluso dio pistas sobre la participación en el encubrimiento de Víctor Rivera, alias Zacarías, entonces asesor de Hugo Barrera, quien era el Viceministro de Seguridad del gobierno de Calderón Sol y hoy compite por la presidencia de ARENA.

El caso Vilanova tuvo un efecto importante en la redacción de La Prensa Gráfica, que por problemas financieros y de pleitos internos en la familia propietaria se había quedado atrás. Resueltos esos entuertos, los dueños decidieron poner a cargo de la redacción a Cecilia Gallardo, Ministra de Educación también durante la gestión Calderón Sol. De ella, luego, también se dirían muchas cosas, sobre todo que utilizó su paso por LPG para posicionarse políticamente, pero hay algo que tampoco se le puede negar: tuvo la astucia suficiente para llevar al periódico a los periodistas más talentosos de la generación de posguerra e incluso para darles la libertad editorial que el periódico requería para elevar la calidad y ganar la competencia a EDH. Sin esa apuesta de Gallardo muchas cosas no hubiesen pasado en LPG. Pero pasaron.

La gestión de la exministra hizo posible, por ejemplo, que el periódico empezara a cuestionar a los mandos más altos de la Policía, a funcionarios corruptos del partido ARENA como Carlos Perla o Raúl García Prieto. O que el periódico abriera Enfoques, a la fecha la revista dominical más sólida que ha tenido el periodismo nacional. Y la semilla sembrada entonces hizo posible, en buena parte, que LPG siguiera desafiando la corriente después de que Gallardo dejó la redacción para volver a la política en 2004, esta vez como funcionaria de la administración Saca.

Aun a finales de la década pasada, la sección judicial de La Prensa Gráfica llevó adelante otra de las investigaciones periodísticas relevantes de la historia reciente, la que desenmascaró la connivencia de los mandos más altos de la PNC con la banda de narcotraficantes Los Perrones.

Sirva otro recuerdo para ilustrar cómo aquella libertad permitió dar rienda a iniciativas que parecían descabelladas y terminaron por producir algunas joyas periodísticas que llenan la hemeroteca salvadoreña.

Corría 2003. Carlos Dada había convencido a Cecilia Gallardo de que lo mandara a Nayaf a cubrir el despliegue del primer batallón Cuscatlán del ejército salvadoreño en el desierto iraquí. Y ella, a regañadientes primero, lo había autorizado; me dejó a mí, que entonces era jefe de información en LPG, a cargo del contacto diario con Carlos. Los primeros días transcurrían sin mucha novedad: las reglas eran estrictas en el campo militar y no había mucho de que escribir (esto era al principio, mucho antes de que los ministros de Defensa montaran periodistas en aviones fletados para que despacharan notas de acuerdo a bien cuidados itinerarios oficiales). Carlos, como el buen reportero que es, salió a buscarse la vida a la ciudad, a Nayaf.

Lo que Carlos trajo de regreso después de varias incursiones acompañado de un traductor era un exclusiva mundial: una entrevista, acaso la primera con un medio de comunicación occidental, con Muqtada Al-Sadr, el clérigo chiita que meses después en 2004 llamó a la rebelión contra el invasor estadounidense y sus aliados. ¡Una entrevista con Muqtada Al-Sadr!

Dos cosas, según mi opinión, pusieron el viento en contra de esas pequeñas barcas periodísticas que empezaban a navegar por las aguas turbias de la posguerra.

La primera es un hecho político: el ascenso de Francisco Flores al poder en ARENA y de ahí a la presidencia de la República. Con Flores, como he escrito antes, las derechas política y empresarial volvieron a las trincheras ideológicas más conservadoras, de las que en realidad nunca habían terminado de salir. Con Flores el bulo aquel de que atacar al gobierno era no solo favorecer al FMLN sino, y sobre todo, “atacar al sistema de libertades” caló fuerte en los olimpos de las redacciones de los grandes medios, y con ello las ventanas empezaron a cerrarse. Empezó a ser más difícil cuestionar al gobierno y sus desmanes.

La segunda fue una desgracia parida en la industria misma: los asesores del diseño. A mediados de 2000 internet empezaba ya a cuajar en El Salvador y las voces que, atronadoras, anunciaban la muerte del papel ante al advenimiento de la era noticiosa digital en todo el mundo llegaban también al islote centroamericano. Con los vientos de tempestad llegaron los buitres con forma de asesores con pinta hípster –el término, por supuesto, se acuñaría después– y acentos argentinos o mexicanos que recomendaban, a cambio de decenas de miles de dólares en honorarios, cambiar tipografías, reventar titulares y, sí, dejar de hacer periodismo decente, de ese que ocupa tiempo y espacio en página. Eso, sumado al draconiano sistema de agencias de publicidad que llevan buen rato chupando el 25% del ingreso por anuncios, terminó donde la fórmula indicaba, indefectible: en la eliminación de unidades de investigación, reducciones de personal y en la entronización de periódicos en los que el periodismo era, si acaso, un bien secundario.

Y luego vino el gobierno de Mauricio Funes, lo cual merece un aparte.

Funes, él mismo ganador del Moors Cabot –alguien sugirió en Facebook preguntar a Columbia si se puede mocionar para retirar el premio por demérito; yo apoyo–, llegó al gobierno prometiendo transparencia, más democracia y, en el caso del periodismo, apertura. Todo humo.

No es este el texto para volver sobre el fiasco que fueron Funes y su administración, pero sí para revisar, en breve, lo que su paso por el Ejecutivo dejó en el mapa de la prensa salvadoreña. Fue en los años de Funes, por ejemplo, que proliferaron los sitios web que, haciéndose pasar por productos noticiosos –la mayoría no llega a presumir de periodismo– alimentaban el espectro digital con notas confeccionadas desde oficinas de gobierno, de la Asamblea Legislativa o de conglomerados empresariales.

El asunto, según me han contado durante varias horas y noches de chat electrónico algunos de los mercenarios cibernéticos que han participado en la empresa, también incluyó a los troles e inició cuando empresas digitales financiadas por la derecha política y empresarial crearon blogs y cuentas de Twitter como “Chico dice” o “Chico D’Anconia” para ventilar en el ciberespacio las andanzas amorosas del presidente. Eso era allá por 2010. La administración respondió con la misma moneda: a cambio de plata, hackers y búnkeres crearon otras cuentas apócrifas, como “Kvernícola” o “QuienessonSV”, para contratacar. Un basurero en toda miseria.

Troles, sitios de noticias que no lo son y sitios de propaganda gubernamental, como el sitio Transparencia Activa, se sumaron a la cardumen que ya navegaba las turbias aguas de la información, pobladas por locutores que venden publicidad para políticos, columnistas que en realidad son asesores pagados en tiempos electorales y el ejército de intelectuales de izquierda que terminada la guerra y desempleados optaron por engrosar empresas de publicidad y oficinas de análisis al servicio, de nuevo, de políticos de todo signo.

Eso dejó la era Funes: un basurero informativo que vive, vestido de pretendido periodismo, de prostituir el oficio.

En esas aguas, marcadas por la decadencia de los grandes medios y las trazas del basurero digital, el periodismo por el que acaban de premiar a El Faro es, repito la figura, una barca que navega con viento contrario, pero navega, y bien.

Ese periodismo, como también dije arriba, aún existe en las grandes salas de redacción, gracias sobre todo a la terquedad de los reporteros y editores de las generaciones de posguerra que se niegan a rendir el oficio. La sección judicial de La Prensa Gráfica, por ejemplo, sigue produciendo material valioso, o la Revista Séptimo Sentido. Es lo que siguen haciendo maestros como Francisco Campos, quien sin importar donde esté vuelve a uno de los principios más importantes en esto: estar donde están los que menos tienen, los últimos de la fila en sociedades tan comemierda y desiguales como la nuestra. Es, también, lo que tratamos de hacer en Revista Factum desde que empezamos a finales de 2014.

Al final, lo único que nos diferenciará a quienes como Óscar Martínez queremos seguir navegando la barca del periodismo es el compromiso con ese oficio, que no es heroico ni bueno ni malo por sí mismo; es, como cualquier otro, tan bueno como lo hagan quienes lo practican.

Hay, sí, cosas básicas. No es periodismo si no se hace en contraposición constante contra quienes ostentan el poder. No es periodismo si no se hace desde la cansina herramienta de la reiteración y el contraste, desde la curiosidad y la duda insaciables. Si no se hace con la humildad de entender que más allá de premios y número de notas firmadas uno siempre amanece sabiendo menos de lo que debería. Y si no se hace con el convencimiento de que la voz no es propia sino que debe servir a quienes no la tienen. Si no se hace así no es periodismo. Es otra cosa.

Decía el poeta español Francisco de Quevedo, según lo cita Arturo Pérez-Reverte en El Capitán Alatriste, que, cuando el oficio y las circunstancias lo mandan, no queda más que batirse. Así es esto del periodismo. En esto se deja el pellejo, no por el aspaviento sino porque así lo exige el oficio.

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