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¿Para qué sirven las mujeres?

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Pues depende.

A veces para pintar en óleos o representar como conceptos: ¿qué sería sino de los Vientos de Octubre que pintara Valero Lecha, o la Doña Bárbara de Rómulo Gallegos? Para que sean ideas aspiracionales o imágenes inspiracionales. Para que pseudo artistas como Ricardo Arjona se pasen de imbéciles en canciones. Para diseccionar y presentar como entes cuyas partes se convierten en más que el todo: “me tengo un culito por ahí”.

Para valuar como mercancía, de maneras parecidas a las que se ponen en uso para ponerle precio a un carro usado: “esa se ve virgen todavía”. Para vender, por parte de cabrones que generan sus ingresos explotando vulnerabilidades y perpetuando un sistema desigual e injusto. Para comprar, por aquellos que ven el consentimiento como un incómodo obstáculo a los deseos que les dicta el cuerpo. Para usar como receptáculo de toditas las cosas que, sin escepticismo alguno, muchos se han creído que definen su masculinidad. Para que les quiten todo: sueños, aspiraciones e individualidad, hasta que no quede nada más que el instinto de supervivencia.

Para “pegarles bichos” y “ponerles casa”. Para servir de proxy, cuando lo que en realidad se quiere es insultar a sus hijos, poder decirles putas a ellas. Para echarles la culpa cuando se pone mal el tráfico: “mujer tenía que ser”. Para reducirlas en abril, cerca del día de la secretaria, y para volver a reducirlas — en términos todavía más simples — en mayo, ahí por el día de la madre.

Para que muchos a quienes se les escapa el concepto de empatía basada en la simple humanidad común, las usen como marco de referencia para entender el machismo o la brutalidad de crímenes sexuales: “Imagináte si fuera tu hermana o tu novia”; “¡a mi mamá nadie me la toca!”.

Para ser la herramienta con la que generaciones y generaciones de hombres plagados de inseguridades intentarán alcanzar algún entendimiento de una frágil y malentendida masculinidad. Para responsabilizar de los pecados de otros, “no tuvo una buena mamá”. Para ayudarle a los dispersos a sentar cabeza, para arreglarlos: “ojalá se consiga una buena mujer”.

Para que purguen pecados ajenos, cuando sus actos de intimidad se apoderan de las redes sociales como llamas en cañal, volviéndose las villanas de historias que involucran a novios celosos y que usan su autonomía sexual en su contra reduciendo todo su valor y esencia a lo poco que logró capturar una cámara de teléfono. Para juzgarlas sin piedad, cuando fallan en una o en todas sus obligaciones de ser todo al mismo tiempo: idea, concepto, aspiración, vulnerabilidad, sexualidad, maternidad y pureza.

Para exigirles estándares: de belleza y de pureza, que deberán ser cumplidos en justa medida porque mucho o muy poco también acarrea faltas. Para que no las dejen trenes o para que vistan santos. Para que se estén calladitas. Para ser culpadas cuando queda en evidencia lo mucho que les ha fallado el sistema. Para que mal ubicados las comparen con cigarros, “deberían venir con mensajes sobre el daño que causan, y cómo te van matando de a poco”

Pero, por el momento, en El Salvador no sirven para hacer lo que les dé la puta gana. Yo, lo que quisiera, es el lujo de no servir para nada. Ojalá algún día.

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