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Para ‘Mindhunter’ somos el horror

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¿Cuál es la diferencia entre un sádico asesino serial y una persona de bien? Mindhunter, una de las series más exitosas de Netflix para este año, sugiere que no pensemos en diferencia, sino en distancia.


El género policial o detectivesco, con todos sus derivados, marca una línea divisoria firme: somos testigos de la acción desde el lado del bien, atrapamos tipos malos, y tenemos acceso VIP a los horrores imposibles de concebir para una mente moral, recta, normal. Se nos presenta ocasionalmente alguna contradicción que debemos interpretar como cómica o personal. Después de todo, nos gustan nuestros héroes nobles y correctos; nuestros villanos con risas macabras.

‘Mindhunter’ —una producción de Netflix basada en el libro ‘Mind Hunter: dentro de la Unidad Élite del FBI de Asesinatos Seriales‘, escrito por John E. Douglas y Mark Olshaker— no apela a lo que podamos sentir ante el bien y el mal: en una movida rara para nuestra época, pretende hacernos pensar cuál es la verdadera distancia entre dos cualidades que se entrelazan en la vida real.

Holden Ford, un agente del FBI que vive del arte de la necogiación, bien pudiera ser nuestro típico cadete americano cien por ciento pie de manzana y banderitas: inocente, puro en sus propósitos, a la vanguardia, fiel a su deber. ¿Pero realmente lo es? Su curiosidad lo lleva a juguetear con una idea impensable en los años setenta: estudiar a los autores de asesinatos con un alto grado de sadismo y perversión, en busca de pistas para prevenir events similares. Donde el ojo común ve monstruos, Ford ve humanos vulnerables, ricos en información.

Uno de los afiches oficiales que promocionan “Mindhunter”, una de las series más exitosas de Netflix en 2017.

Sus aires de renovación, sospechosos para la Agencia, lo llevan a la unidad de Ciencias del Comportamiento con Bill Tench, un veterano curtido. Tench navega entre ramas más tradicionales de la Agencia, y aunque es abierto a nuevas teorías, es férreamente tradicional. ¿O acaso no lo es? Ford logra convencerlo de que lo acompañe a visitar asesinos en prisión, luego de verificar cómo la información obtenida resuelve casos en tiempo real, aún si Tench es reacio a un método que requiera cercanía de pensamiento y presencia con personas moralmente desviadas. Es una piedra vulnerable.

Ford ve su mundo cada vez más abierto gracias a Debbie, su novia liberal, y luego con Wendy Carr, una profesora de psicología que completa el equipo movida por su pasión social-académica. Tench se abre a través de Ford pero se retrae, como alertado después de tocar una llama ardiente. Wendy se abre ante la realidad, tan alejada de su entorno universitario y culto. Toda experiencia es transformadora, pero esa transformación no tiene por qué ser luminosa, o convertirnos en mejores personas.

Mientras nuestros protagonistas y compañeros hacen contorsión moral en su vida profesional y personal, se activan sus mismas preguntas en nuestra cabeza:

  • ¿Somos ciudadanos de renglón recto?
  • ¿Cuántas veces nuestros motivos han sido más puros que nuestras acciones, y cómo lo hemos justificado?
  • ¿Podemos llegar a ser iguales —colegas de seres depravados— si nuestro entorno nos causa un daño equivalente?
  • ¿Nuestros colores son limpios, o somos una acuarela de contradicciones?

La sutil presencia de otro criminal, al que solo conocemos por pequeñas escenas, nos recuerda que estas no son preguntas con un principio o final: son un presente. Algo que no conocemos o entendemos sigue acercándose, podamos o no evitarlo.

Puede ser que esa penumbra moral esté escondida en nosotros, lista a salir a la menor provocación, y la respuesta sea colocarle una tapadera para no dejarla escapar. O puede ser que reprimirla provoque una reacción violenta y la haga estallar como una olla de vapor, rebalsando de horrores y venganza.

Estos no son, pues, encuentros, matices, o espectros. Son progresiones, descensos hacia nuestros deseos y culpas más primarias. A nivel visual, no tenemos por qué presenciarlo. Una logradísima dirección de arte y fotografía se encarga de volvernos el entorno casi cotidiano, como es costumbre en cualquier trabajo en el que David Fincher pueda meter mano. El director de películas como Seven (1995), El club de la pelea (1999) y La habitación del pánico (2002) dirigió cuatro episodios de la serie y optó por paletas de colores mustias pero perturbadoras; además de movimientos de cámara sutiles que nos permiten acercarnos no sólo a los criminales, sino a nuestros protagonistas, cada vez más envueltos en un sórdido universo.

Como decía nuestro buen amigo Nietszche:

“Si miramos al abismo, el abismo nos observa de vuelta”.

Es ahí donde radica lo realmente genial de ‘Mindhunter’: no es una declaración final de “ellos”y “nosotros”; es una invitación a descender hacia la oscuridad que reside en cada uno de nosotros, y cómo es menos foránea de lo que pensamos.

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