906 Vistas |  1

Octubre triste

Compartir...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestBuffer this pagePrint this pageDigg thisShare on TumblrEmail this to someoneShare on LinkedInShare on Reddit

Soy catalán, paso temporadas largas en América y recorro desde México hasta Argentina, aunque el tener un centro de producción y uno logístico en El Salvador me permite recalar en San Salvador con más frecuencia que en cualquier otro sitio. Hecha la puntualización, que espero sirva para situar mi punto de vista, intentaré verter una opinión que ayude a entender que está pasando en Catalunya.

El domingo asistimos estupefactos a las cargas policiales en algún caso con mucho más que rasgos de atropello que se convirtieron en brutalidad. Nadie entendió qué era lo que pasa en Catalunya, y es normal, estamos hablando de la Europa del siglo XXI, de una Unión Europea que pretendemos sea el espejo para más de uno, y el contraste al ver lo que nadie daba crédito por las emisoras televisivas y las redes sociales, nos dejó en un profundo estado de frustración, enojo y tristeza.

Para explicar con un mínimo de rigor cuáles son las claves del desastre del domingo hay que remontarse a nuestra historia reciente: nuestra Constitución data del año 1978, y los catalanes aceptamos con nuestras reticencias, el texto, que permitía un desarrollo futuro de las competencias del Gobierno catalán, la Generalitat de Catalunya, y que todos creímos posible.

Salíamos de una dictadura que no tuvo miramientos con nadie, pero especialmente hacia el pueblo vasco y el catalán, a pesar de que ya de buen inicio en el primer mandato socialista presidido por Felipe González hubo síntomas claros de que el rumbo se torcía, deslegitimando Catalunya con el famoso “café para todos”, lo que convertía la España de tres autonomías, Galicia, País Vasco y Catalunya, en un montón de autonomías de nuevo cuño, que aparecían como hongos, repartiendo a diestra y siniestra los recursos del Estado pretendidamente descentralizado. Este fue el primer y gravísimo error, la única autonomía que consiguió un trato preferente con un régimen fiscal especial fue el Pais Vasco, el Concierto Económico, y el agravio comparativo se ha mantenido hasta nuestros días. Catalunya queda desde ese momento en una situación de desigualdad flagrante.

Los años siguientes fueron, con más o menos suerte, intentos frustrantes, la mayoría de las veces, para resituar las cosas en su inicial intención y que la Constitución recogía con claridad. Los sucesivos gobiernos del ahora Partido Popular fueron de manera constante y progresiva recentralizando las competencias que inicialmente la Generalitat de Catalunya había desplegado y las que todavía, un montón de años después, no habían sido transferidas.

El constante atropello practicado por el Gobierno, judicializando las decisiones de La Generalitat de Catalunya, en vez del ejercicio de la “política”, bloqueando multitud de propuestas legislativas de todo orden, desde la lengua al modelo de financiación, culminando en ataques de una dureza extraordinaria y con clara intención vejatoria, utilizando el Tribunal Constitucional como norma y no como excepción. La guerra judicial ha acabado en lo que vimos el domingo 1 de octubre. 

Una intelectual catalana hace muy pocos días escribía que había tenido que buscar de nuevo el significado de Democracia, y explicaba con mucha dosis didáctica, la obviedad.

Recuerdo la famosa sentencia de Thomas Jefferson al decir «Cuando los gobiernos temen a la gente, hay libertad; cuando la gente teme al gobierno, hay tiranía», y esa sentencia la podemos aplicar como anillo al dedo a lo que pasa en Catalunya. No es de recibo violar el principio de legalidad, un referéndum no es ilegal, no es un delito; dejó de serlo hace unos años, pero parece que el Gobierno se le olvidó o que manifiestamente juega a poder saltarse sus propias leyes con impunidad, obligando al resto a acatar cualquier ley por manifiestamente injusta que sea. ¿Cómo puede pretender que la famosa unidad de España sea indisoluble? ¿Dónde queda el derecho a la autodeterminación que la propia Constitución entendía? ¿Quién en su sano juicio puede creer que el resto de las Comunidades españolas darán su aprobación sin más a la pretensión legítima del pueblo catalán? Seamos realistas, eso no va a suceder.

Por otro lado, la autoridad moral que debería tener un Gobierno, ya no para legitimar su actuación, sino para ser ejemplarizante, queda en entredicho cuando en los últimos años hemos visto cómo se ha ido desmontando un estado del bienestar conseguido con un esfuerzo sobrehumano, generando una emigración como hace décadas no veíamos, asistiendo cada día a un nuevo escándalo de corrupción en todas las comunidades, donde el despilfarro ha sido habitual mientras nos empobrecían a todos sin rubor ni pudor.

Entiendo y comparto mayoritariamente la sensación que como catalán siento como la mayoría de compatriotas: solo una pequeña nube en mi horizonte permanece como una luz de alerta en mi cabeza. He asistido, ayudado desde mi más profunda convicción a la construcción de Europa, en la seguridad de que tendríamos mejor futuro, esa Europa solidaria que ayudó a España, Catalunya incluida, a crecer y olvidar la pesadilla de 40 años de una dictadura que destruyó vidas, que fue implacable con la disidencia y que pudo fraguar frases celebres como “Muera la inteligencia, viva la muerte” de la boca de Millán Astray, todo un personaje que no necesita presentación. Hoy tengo un bienestar que mis padres no pudieron disfrutar, y no estoy dispuesto a despilfarrar este capital.

Me pregunto dónde queda la solidaridad entre nosotros. Nadie en su sano juicio puede castigar a otro por haber nacido donde nació. Y yo hoy tampoco me siento capaz de cometer la misma injusticia de la que estoy tratando de escapar. Es obligatorio que seamos capaces de restablecer puentes entre nosotros de la mano de otros políticos que sepan, desde el poder emanado de las urnas, restaurar los valores morales que deberían imperar en un Estado moderno, transparente y legitimado por este voto, ese mismo que el Gobierno de España trata de impedir a toda costa. El ejercicio de este derecho fundamental no debería impedirnos reflexionar seriamente en como nuestro legítimo cabreo nos conducirá, sino lo remediamos con cordura, a la misma posición inaceptable de este desligitimado, triste y cuestionado gobierno que el domingo me hizo sentir vergüenza.

Me pregunto qué hace esta Europa, que ya no reconozco, sin tomar cartas en el asunto, la solidaridad entre los pueblos no soy capaz de leerla en ningún sitio. Catalunya es hoy una mezcla imposible de separar, conozco catalanes, que lo son como yo de pleno derecho, a los que me parece indecente cuestionar y sugerir que son de otro pelaje y con menos derecho que yo. Esta situación me provoca un permanente rechazo y un malestar insuperable, nos pateamos principios de derecho fundamental a conveniencia, desde el hechizo macabro de 28 años de clientelismo político catalán, corrupto que sin miramientos me ha hecho cabrear y avergonzar en demasiadas ocasiones.

No soy capaz de discriminar porque el agravio es tan difícil de aparcar, como no somos capaces de sentarnos y hacer política. Hemos olvidado tristemente que necesitamos los unos de los otros, y que siendo realistas no podemos dar portazo e irnos sin que las consecuencias sean fuente de otro agravio que nos llevará al aislamiento. Tengo tantos y diferentes lazos con personas a las que nunca se me ocurrió preguntar de dónde eran, simplemente me seducía su manera de ver las cosas; son amigos que he adquirido con los años, me gustaría que supiéramos seducir a los demás con esa chispa de lo único, de lo magnifico, de lo que perdura.

Tengo la convicción de que la solución imperativamente pasa por redistribuir de mejor manera los recursos, en el respeto mandatorio para mi lengua, el catalán, sin intentar imponer a quien habla español, con el mismo trato y la misma admiración por otros idiomas de una inmigración de lujo, ya sea el inglés o el japonés, cuando cada día necesitamos en treinta ocasiones relacionarnos en una lengua que no es la nuestra sin que pase absolutamente nada.

Hemos perdido el juicio. Espero y deseo que seamos capaces de dialogar, de pactar, de la misma manera que lo hacemos cada día, con nuestro vecino, compañero/a, jefe o amigo y que recuperemos la solidaridad que parece que hemos perdido. El famoso “seny” fue un espejismo, y me disgusta profundamente.

Compartir...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestBuffer this pagePrint this pageDigg thisShare on TumblrEmail this to someoneShare on LinkedInShare on Reddit