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«Nunca imaginé enterrar a mi hija el mismo día de su cumpleaños»

El pasado 3 de marzo, Honduras le susurró al mundo el desenlace de un cuento triste, la crónica de una muerte que por anunciada debió ser prevenida; el fin de una vida que, como torrente de un río de lucha y defensa de los derechos del pueblo lenca y de los recursos naturales, bifurcó inevitablemente en un océano de violencia imparable. A un día de cumplir 44 años de edad, Berta Isabel Cáceres Flores, la activista ganadora del Premio Goldman, fue asesinada en su residencia en La Esperanza, Intibucá. Mucho se ha escrito y se ha dicho sobre la vida y la muerte de Berta. Su rostro se encuentra pintado ahora en las paredes de la cotidianidad hondureña y se ha convertido en un nuevo símbolo de resistencia. Pero para conocer bien su historia hay que comenzar por entender la vida de quien le dio la vida, una mujer que le inculcó valores para luchar contra los que se la robaron. Hace un mes, cuando el luto aún se reconocía a sí mismo como un cuervo uraño e inoportuno, Revista Factum visitó al pueblo que alojó este cuento triste. Ahí hablamos con doña Austra Berta Flores López, una mujer que atendió más de 4 mil partos, muchos asistidos por su hija menor, «la sura», Bertita, la misma que parió un 4 de marzo y que exactamente 44 años después debió enterrar entre la incertidumbre.

EL LEGADO DE BERTA CÁCERES: PRIMERA ENTREGA

Dueña de una larga vida de servicio, el nombre de doña Austra Berta Flores López ha sido muy reconocido en la política y las luchas sociales de su país. Fue diputada y gobernadora. Fue, además, la primera mujer en convertirse en alcaldesa (no solo de La Esperanza, sino en todo Honduras), en 1982. Fue detenida y encarcelada, como también lo serían algunos de sus doce hijos, incluida ‘Bertita Cáceres’, la menor.

Doña Austra recuerda que, durante la guerra civil en El Salvador, la represión en Honduras también era muy fuerte. Había un temor de que la gente de El Salvador fuera a establecerse en Honduras o que se diera una invasión del territorio hondureño. En ese tiempo, ella se dedicó a ayudar a la gente que estaba luchando en El Salvador. Fue parte de la solidaridad hondureña que visitó varias veces a la gente refugiada en la frontera y que huía de la violencia en el vecino país. Durante esa época, en el colegio de La Esperanza, recibió a muchas mujeres refugiadas que provenían del conflicto armado en suelo limítrofe. Doña Austra les auxilió como enfermera.

Uno de sus hijos, “Chico”, fue reclutado siendo muy joven y estuvo en el décimo batallón de infantería y luego en el táctico, para convertirse en paracaidista. Pero aquello no le gustaba y decidió desertar, algo que en aquellos tiempos era castigado con pena de tres años y tres días. Fue capturado nuevamente debido a que el ejército infiltró a una persona en la familia, alguien que se hizo pasar por amigo de “Chico”. Doña Austra tuvo que luchar por recuperar a su hijo, al que tuvieron preso por un año y medio. Durante todo ese período, “Chico” fue torturado, un destino compartido con sus abuelos, quienes también sufrieron encarcelamiento y torturas, en tiempos anteriores.

La vida no dejó de tratar con dureza a doña Austra. Su primer esposo fue asesinado en plena vía pública. Tiempo después, cuando ella misma fue encarcelada (por órdenes de la Seguridad Nacional), más de 2 mil personas de La Esperanza protestaron y exigieron su liberación.

Todo esto sirve para entender el compromiso de búsqueda de justicia que adquirió doña Austra y que sería transmitido luego a Berta Cáceres y sus hermanos, los mismos que desde pequeños escuchaban a Radio Venceremos (desde las montañas de Morazán, en El Salvador) y que compartían un gen que siempre imploró por justicia y que ahora también es compartido por sus nietos y nietas, incluida la descendencia que dejó Berta Cáceres.


Me gustaría comenzar la entrevista hablando sobre su trayectoria como activista y en la política hondureña. Tengo entendido que fueron muchos los años que usted dedicó a las luchas sociales y al servicio público…

Sí, han sido muchísimos años, desde que era muy joven, quizás desde los tiempos de la dictadura de Tiburcio Carías Andino (1933-1949). Mi familia era perseguida y encarcelada solo por pertenecer a otro partido (político) y luchar en contra del horror, de los encarcelamientos, de los asesinatos y de las cosas inimaginables que en ese tiempo se cometían.

¿Cuántos hijos tuvo usted?

Yo tuve 12. Se han muerto dos. Berta era la sura, como decimos nosotros, la última. La “sura” es una palabra lenca que todavía usamos. Decimos el “surito” o “la surita”.

¿Qué tanto se contagiaron sus hijos de toda la lucha que usted llevó en su juventud?

Yo viví en todo ese ambiente de represión en una dictadura espantosa. A mi primer esposo lo asesinaron, cuando yo apenas tenía 14 años y ya tenía a mi primer hija. Cuando yo vi ese asesinato asqueroso, que quedó en la impunidad… En ese tiempo no había Derechos Humanos, no había investigación en el periodismo… Había que quedarse quieto, porque sino asesinaban a toda la familia. Incluso mis padres, mis viejitos, tuvieron que emigrar hacia El Salvador y allá estuvieron muchos años. Y fue así como continué batallando para ver el regreso de los viejitos y luchar contra la dictadura. Pero luego vinieron otros gobiernos menos hostigantes, menos represivos, y ya ellos pudieron regresar. Cuando yo ya era mayor de edad, comencé a trabajar en la política. Pero antes yo quiero contarle que yo fui enfermera auxiliar, hice mi curso de partera. Asistí 4 mil a 5 mil partos en 60 años y eso me ayudó a abrir un espacio para poder participar seriamente y hacer un esfuerzo para que las mujeres tuvieran el derecho de poder participar y ser electas, no solo para elegir. Que también pudieran acceder a puestos como alcaldesas, diputadas o gobernadoras o lo que fuera. Empecé a convocar a las compañeras y así se fue haciendo un número grande de mujeres. Así se hizo la conciencia de que las mujeres teníamos derecho a participar y ser electas.

Entonces sus hijos fueron viendo todo eso y se fueron involucrando…

Sí, fueron viendo todo esto. Algunos de ellos ya estaban grandes. Bertita ya era una jovencita, mayorcita y estaba comprometida con la causa.

Berta Cáceres en Río Blanco, una región al oeste de Honduras, donde ella y el COPINH (Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras), así como los indígenas lencas de habitan las cercanías de Rio Blanco, lucharon por años para detener para detener la construcción del proyecto hidroeléctrico Agua Zarca, que plantea una grave amenaza para el medio ambiente local. Foto tomada de la página web de Goldman Envirimental Prize, un premio que Berta Cáceres ganó el año pasado.

Berta Cáceres en Río Blanco, una región al oeste de Honduras, donde ella y el COPINH (Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras), así como los indígenas lencas que habitan las cercanías de Río Blanco, lucharon por años para detener la construcción del proyecto hidroeléctrico Agua Zarca, que plantea una grave amenaza para el medio ambiente local. Foto tomada de la página web de Goldman Envirimental Prize, un premio que Berta Cáceres ganó el año pasado.

Ella fue a luchar a El Salvador, ¿verdad?

Sí, ella estuvo en la lucha de El Salvador. Estuvo en el Frente.

¿Con qué facción del FMLN?

La verdad es que eso no lo recuerdo. Desgraciadamente a mi me dio una hemorragia cerebral y he perdido muchos recuerdos, principalmente con los nombres. Pero sí sé que estuvo peleando en una parte fronteriza con Honduras, por San Fernando y todo eso, por Chalatenango. Porque tenían la facilidad de estar entrando y saliendo, aunque pasó un tiempo, unos seis meses o casi un año en que no los miraba. En todo eso yo les cuidaba a su niña, que ya la tenían, a Olivia. Así pasó el tiempo. Vino la propaganda para otras elecciones. Lancé otra candidatura y volví a ganar las elecciones como primera y única mujer en la cabecera del departamento de Intibucá, que es La Esperanza, y un tercer período. Es decir que tres veces fui alcaldesa de este municipio. Y por cierto, en el último período éramos ocho mujeres y solo cuatro hombres. Éramos un matriarcado.

Y eso era muy sorprendente para pueblos tan conservadores y tan machistas, como decía Bertita. De ahí, cuando el (huracán) Mitch, me nombraron gobernadora, por ley. Hice el trabajo para todo el departamento, para volver a restablecerlo todo después del huracán. De ahí, para la época (del ex presidente Rafael Leonardo) Callejas (1990-1994), lancé una nueva candidatura como diputada. Volví a ganar como diputada suplente, pero hasta ahí llegó mi vida política. Después, para la coyuntura del golpe de estado, continué luchando junto a Bertita debido a todos los horrores que se cometieron contra el pueblo hondureño. Aquello llevó a una dictadura tremenda y desde entonces comenzó la persecución contra Bertita, por qué ella comenzó a luchar para organizar a los indígenas y a la gente, no sólo por la defensa los derechos humanos, sino también por la defensa de la madre tierra, la “pacha mama”, como le decía ella, por los ríos, y para que los indígenas no fueran despojados de sus tierras por los grandes terratenientes, la oligarquía de este país.

Hábleme sobre la infancia de Bertita…

Ella nació el 4 de marzo de 1971. Y nunca iba a imaginar que… da la casualidad que el día que cumplía años, la tuvimos que enterrar. Ella se crió como una niña muy sana, muy alegre, engabillada, peleona y desde jovencita le encantaba el agua. Madrugada para ir a los baños públicos. Iba siempre con los hermanos mayores. Y siempre le gustaron las muñequitas. Todo el tiempo andaba con muñequitas… Y así fue que ella creció en un ambiente de alegría, de salud y de convivencia. Como aquí miraba siempre esta casa llena, no solamente de políticos, sino también de pacientes… ya mayorcita, ella me ayudaba y me acompañaba a asistir algunos partos. En ese tiempo no había luz. Y ella con una candela me alumbraba para que yo recibiera al niño. Primero le daba como ganas de vomitar, pero luego se fue acostumbrando. Le decía: “andá a buscar ropa, Bertita», porque venía gente de la montaña, indígenas que no traían nada. Y rompíamos la ropita, lo que fuera, lo mejorcito que tuviéramos para recibir, para envolver, etc. Ella siempre me colaboraba mucho en esa parte, pero también en la parte política.

¿Cómo fue dándose esa transformación hacia la vida política de su hija?

Creo que esa parte fue la que a ella le fue abriendo el espacio y yendo a conocer también las necesidades de los pueblos, y en especial, las necesidades de las mujeres. Porque ella fue una gran feminista. Que conste… Pero bueno, luego de que ella regresó de El Salvador, se dedicó más a la lucha acá, en Honduras, por la defensa de los territorios, del agua, especialmente en el río Gualcarque, el río donde se están instalando las minas como Sinohydro. Pero ella tenía una capacidad de convocatoria de poder reunir a 5 mil o más personas. Ella hacía solicitudes para conseguir fuentes económicas para poder movilizar a la gente. Todo esto lo conseguía con muchas organizaciones afines a la lucha. Fue tremendo… Ahí en Río Blanco, un lugar hermoso en el que hasta la arena y las piedras son blancas, y donde estaban instalando la represa. Ese lugar es muy importante para los indígenas lencas. Para ellos es un lugar sagrado. Ellos viven de la pesca, de la humedad que deja la orilla del río, para que puedan sembrar su maíz, sus papas, sus árboles frutales, sus papas y frijoles, más que todo. Es un lugar donde los indígenas tienen una vida… no diría que estrictamente buena, pero sí favorable. Pues al inicio de esa lucha hubo dos muertos. Incluso asesinaron a una mujer en esa lucha. Pero sí, al fin de mucho tiempo logró “echarle carrera a esos tal por cuales”, como decía ella.

Comenzaron entonces los problemas más serios para ella en Honduras, pues…

Sí. Ella incluso fue encarcelada… La misma policía y el ejército la perseguía todo el tiempo. La amenazaron. Le pusieron una pistola vieja en la paila (cama) del carro y la acusaron de que ella andaba armada. Entonces estuvo detenida en una cárcel de Santa Bárbara, pero fue tanta la presión y la exigencia del pueblo, que se comprobó que no era de ella la tal pistola. La pusieron en libertad, pero provisional. De ahí se le siguió el juicio en el juzgado de aquí, en La Esperanza. También fue una lucha tremenda. Vino muchísima gente, internacionalista, que la apoyaba y querían que se lograra la libertad de ella. Pero así fue la lucha de ella, con bastante sufrimiento. Caminaba leguas y leguas. A pie o en bestia, como fuera. Pedía venir a las 11 de la noche. Tenía una capacidad de trabajo tremenda.

Austra Berta Flores López, madre de Berta Cáceres, lleva un chal negro que simboliza el luto por la muerte de su hija. ''Nunca me imaginé enterrar a mi hija el mismo día de su cumpleaños'', dijo a Revista Factum. Foto FACTUM/Salvador Meléndez.

Austra Berta Flores López, madre de Berta Cáceres, lleva un chal negro que simboliza el luto por la muerte de su hija. »Nunca imaginé enterrar a mi hija el mismo día de su cumpleaños», dijo a Revista Factum. Foto de Salvador Meléndez.

Las personas con las que he hablado – y que la conocieron– concuerdan en que era incansable…

Era incansable para trabajar. Casi ni comía. Venía a las 11 de la noche y cenaba. A las 6 de la mañana estaba de nuevo trabajando con su computadora, mandando comunicados, haciendo su trabajo de memorias, mandando informes. Bueno, ella nunca descansó…

¿Cómo era la relación de ella con su papá?

Diría que yo la crié, porque nos separamos (con su papá) cuando ella tenía cinco años. Propiamente fui yo padre y madre. Yo los vi crecer, los eduqué y los hice profesionales. Y luego cada uno decidió lanzarse a lo que mejor le pareció. Y ella fue a la lucha en la defensa de los derechos humanos y de la naturaleza, de los ríos, de las montañas, de los bosques y de la humanidad completa.

¿Su papá se desentendió de ella?

Le diría que no (actuó) en la forma completa de un hombre responsable. Pero yo les enseñé a que lo respetaran, así que lo respetaban. Pero decir que tuvo algo así como una responsabilidad completa como padre, pues no, a mí me tocó todo. Así fue la vida de ella…

¿Cómo reaccionó él después del asesinato de Berta Cáceres?

Es que él decía que la quería mucho, que los quería mucho. Y yo creo que sí se ha de haber afligido un poco. Y sí estuvo presente (en el entierro), porque tal vez por vergüenza o remordimiento, pero ahí anduvo. Luego, para la convención del Partido Nacional, a los dos días de muerta mi hija, él fue ahí a decir muchas estupideces en la emisora. (Dijo) que había sido politizada la procesión del entierro de ella. Y eso es algo totalmente falso, porque vino el ex presidente Manuel Zelaya y su esposa, doña Xiomara (Castro), y mucha gente del Frente, porque ella (Bertita) era gente del Frente. Era una mujer de política. Y vino una cantidad de gente, nacionalistas, liberales y de todo. Ahí no hubo distinción de colores.

Sabiendo que Bertita había recibido varias veces amenazas de muerte, que incluso denunció a las autoridades, ¿cómo siente usted que ella asumía la posibilidad de que le pasara algo malo?

Ella sí temía. Yo sentía que últimamente Bertita tenía mucho temor. Incluso había puesto más de 30 denuncias y había buscado de parte de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos para que se le diera protección, una protección que fuera fuerte. Sin embargo, el Estado de Honduras no cumplió, porque precisamente ellos son los autores de toda la entrega de este país. La entrega de los ríos, por ejemplo. Y eso ha sido de una manera inconsulta, para hacer esas grandes represas. Tenían que consultarlo con las comunidades que nunca estuvieron de acuerdo con que los fueran a desalojar de sus hogares. O lo mismo la entrega para las tales ‘Ciudades Modelo’… Eso es una afrenta contra la constitución de la República; la entrega de las mineras; la entrega de bases militares. Aquí hay un presupuesto muy alto para los militares. Y eso es algo contra lo que Bertita tanto luchaba… que en lugar de gastar esa infinidad de millones en carros blindados y aviones para que ande el presidente, en lugar de gastar tanto en una policía militar, en un ejército y que vengan los norteamericanos a poner sus bases grandísimas. Entonces la lucha de ella era contra eso: que no se viniera a saquear este país, que no fuera saqueado…

La entrevista fue realizada a finales del mes de marzo, cuando aún no se cumplía un mes del asesinato de Berta Cáceres. El 2 de mayo se dio a conocer «La Operación Jaguar«, en la que elementos de la Fuerza Nacional Interinstitucional (Fusina), Agencia Técnica de Investigación (ATIC) y Fiscalía Especial de Delitos contra la Vida (FEDCV) ejecutaron en Tegucigalpa, La Ceiba y Trujillo, una que dejó como saldo la captura de cuatro supuestos implicados en el crimen de Berta Cáceres. Antes de estos sucesos, cuando Factum consultó a doña Austra Flores acerca de la confianza que tenía en las investigaciones sobre el crimen departe del Estado hondureño, ella dijo: «Desde el momento en que se manipuló y se contaminó el lugar de la escena del crimen, nosotros no tenemos nada de confianza (en la investigación oficial). Ahí borraron muchas pruebas. Entró tanta gente, movieron el cuerpo los forenses y dejaron entrar a muchísima gente, por la que se contaminó el lugar donde fue el crimen. Por eso nosotros no tenemos absolutamente nada de confianza en este gobierno. Además ellos no tienen ningún interés, porque además este asesinato no es de gente… ‘de gatos’, como decimos en Honduras. Sino que esto viene desde lo alto. Sabemos que el gobierno está implicado».
Mensaje de ''Los Indignados'' pidiendo justicia por el asesinato de Berta Cáceres, donde acusan al presidente hondureño, Juan Orlando Hernández de ser responsable de la muerte de la ambientalista. Foto de Salvador Meléndez.

Mensaje de »Los Indignados» pidiendo justicia por el asesinato de Berta Cáceres, donde acusan al presidente hondureño, Juan Orlando Hernández, de ser responsable de la muerte de la ambientalista. Foto de Salvador Meléndez.

La madrugada en que ocurrieron los hechos del homicidio de Berta, ¿cómo llegó a ustedes la noticia?

Bueno, yo supongo que a ella la asesinaron a eso de las 11 de noche, según tengo datos. Para empezar, ella estuvo aquí (en la casa) con el compañero, Gustavo Castro. Estuvieron como más o menos a las 10 de la noche, algo así, porque ellos habían venido a un evento que tenían en Utopía (que es el Centro de Capacitación del COPINH). De ahí se fueron… y quizás los venían siguiendo, porque según se sabe, a ella la asesinaron como a las 11 de la noche. A mí, como a las 3 de la mañana me llamó un compañero, Ramón, y me sorprendió la llamada. Me preguntó: «Mire Doña Berta… ¿Ahí está Berta?». «No», le dije. «Se fueron con Gustavo, porque creo que le iba a dar alojamiento ahí en su casa, para no regresar hasta Utopía». Pero ya no me dijo más… Y yo ya no pude dormir, porque me quedé con aquella incertidumbre terrible. Ya como a las 4 de la mañana, me llamó Carlos H. Reyes (dirigente del Frente de Resistencia Popular, FNRP), y me dijo: «Doña Berta… A Bertita la mataron… [llora]. A Berta la asesinaron»… Y yo estaba sola, con unos trabajadores… Creo que me escapé de trastornar. No sé lo qué me pasó. Y así fue como me di cuenta. ¡Imagínese! A las tantas horas… Ni siquiera pudieron llamar a la familia, para que ellos se organizaran y me vinieran a decir. ¡Esos pencos que estaban ahí, haciendo el levantamiento! Es que son indolentes. No tienen alma. No tienen conciencia… Son inhumanos… Y fue así como me di cuenta. Ya se puede imaginar el horror… Luego yo no la quise ir a ver allá… Ni conozco esa casa, ni iré nunca… Y de ahí que se la llevaron a Tegucigalpa y fue una incertidumbre, pero sí, ha sido un acompañamiento como yo no he visto ni en un presidente en mis años de vida. Y eso, pues, me ha dado un poquito de consuelo, aunque a mi hija ya no la vuelva a ver o tocar… Pero sé que ella vive, que sigue viviendo en el corazón, especialmente de los pueblos indígenas, de las mujeres… de toda la gente por la que ella luchó. Por las organizaciones de mujeres que todo el tiempo la acompañaban, por los jóvenes, por los gay… Porque ella luchaba por todo el mundo… Y fue así como recibí esa noticia tan horrorosa.

 

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