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Noche de euforia con Fito Páez en El Salvador

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Parte integral de la casta prodigiosa de la tradición de la música popular argentina, el rosarino Rodolfo Páez es un ícono reconocido en todo el continente americano, miembro distinguido de un clan de artistas que edificaron una escuela admirada por doquier. Pese a su notable trayectoria artística, Fito había visitado tan solo una sola vez a El Salvador. Tuvieron que pasar 16 años para que Páez volviera a presentar su espectáculo en un escenario salvadoreño. Esta vez lo hizo con lleno absoluto y ante 1 mil 500 fieles que, eufóricos, disfrutaron de su talento. Ahí estuvo Revista Factum. Ahí captamos un material inédito que a continuación compartimos.


En una ciudad donde matan a pobres corazones con pasmosa frecuencia, una ciudad de naturaleza sangre, una ciudad de locura ordinaria… el saludo resultaba ferozmente poético. “¡Buenas noches San Salvador, carajo!, gritaba Fito Páez para presentar uno de sus mayores clásicos, el tema “Ciudad de pobres corazones”. Aquel fue solo un episodio más en una larga lista de momentos emotivos que Páez ofrendó en su reencuentro con El Salvador, uno de los cinco países centroamericanos que el argentino visitó en el último mes.

Honduras se quedó fuera del circuito. Y eso fue lo que obligó a que los hermanos Leonardo y Fernando Martínez realizaran un viaje que los llevó desde Tegucigalpa a San Salvador para ver a su ídolo. Confeccionaron juntos el outfit apropiado: una camiseta con el diseño propio del rostro de Fito Páez. “Amo a Fito, realmente”, decía emocionado Leonardo. Su misión era llamar la atención del argentino, como también lo intentó un grupo de fans que, colocados a poca distancia del escenario, mostraban un cartel en el que le solicitaban a Fito que tocara la canción “Dos en la ciudad”, uno de los tracks más entrañables del disco “Abre”. No lo consiguieron. Fito no tocó esa canción en la velada salvadoreña, aunque sí improvisó en el tema “Dar es dar” para prometerles que la próxima vez si tocaría la canción que le habían solicitado.

El concierto arrancó un tanto lento para los asistentes que no manejaban al dedo la discografía completa de Páez. “Rock & Roll Revolution”, “Margarita”, “El chico de la tapa” y “A las piedras de Belén” mostraban que el repertorio sería variado.

“Buenas noches El Salvador. ¡Cuánto tiempo! Vamos a hacer de esta una noche inolvidable”

Ese fue el primer saludo que Fito regaló al terminar de tocar “RRR”. Esquivando el destello de los reflectores con unos lentes de sol marca Rolex —edición limitada—, el argentino mezclaba ese lujo con una vestimenta peculiarmente informal:  jeans, zapatillas blancas y una camiseta sencilla.

El glamour estaba reservado para las canciones.

Y si bien los primeros cuatro temas no fueron del dominio popular, los cuatro que le siguieron sí desataron pasiones que habían estado muy contenidas: “Cadáver exquisito” —con el deleite del solo de piano que caracteriza a la canción—, “11 y 6”, “La rueda mágica” y “Tumbas de la gloria”. Este set abrió paso a la emotividad de “Un vestido y un amor”, preámbulo del set lleno de rabia que procedería a continuación: “Circo beat”, “Loco” y “Naturaleza sangre”. Un espacio para la distorsión de las guitarras; un lapso en el que fueron pocas las personas que pudieron guardar el protocolo de mantenerse atados a las respectivas butacas del Teatro Presidente.

Luego llegaría un par de sorpresas, dos intenciones que devolvían al público a la vena emotiva del Fito más introspectivo: “Al lado del camino” y “Polaroid de locura ordinaria”. En esta última canción —que Páez dedicaría a sus amigos trans y travestis de El Salvador— Fito retó a la concurrencia para que cantaran el coro, pero al escuchar un dominio de murmullos que aplacaba a las gargantas de los más fans, el argentino sonreiría y diría: “¿Se la saben? ¡Los radicales la saben! Los fans”…

Más tarde pediría algo a cambio. “A ver: prendan los teléfonos. ¡Que esos teléfonos sirvan para algo! Y vamos a iluminar el salón”. La intención era convertir el recinto en una convención de luciérnagas. Los artistas refugiados en la penumbra y el protagonismo de una canción que envolvía de emotividad al instante: “Brillante sobre el mic”.

El encore llegaría después de la exhalación que exigieron “Ciudad de pobres corazones” —una canción con un sentido muy simbólico para ser cantada en San Salvador— y “A rodar mi vida”.

Fito volvería para “el grand finale”, como él mismo definiría, con los temas “Mariposa tecknicolor”, “Y dale alegría a mi corazón” y “Dar es dar”. Algo de especial tendría esta sección, ya que Fito había dado la orden a su crew para que se grabara la tríada y pudiera verse el éxtasis de la fanaticada salvadoreña.

Revisando el set list original que Páez había planificado para el show, constaba que la última canción sería “El diablo de tu corazón”, pero esta no sonaría finalmente. Hubiera sido un dato peculiar, ya que hace 16 años fue esa misma canción la primera en sonar en el concierto que el rosarino ofreció en el anfiteatro de la que por entonces se conocía como la Feria Internacional.

En total fue una hora y 48 minutos de repaso musical con Fito Páez, de reencuentro y de euforia con un público que salió satisfecho de lo experimentado en la noche del 28 de marzo.


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