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Ni un trago más

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Es jueves 1 de octubre de 2015. En El Salvador se celebra, como todos los años, el día del niño. Hoy, en una corte migratoria de Baltimore, una niña de 7 años salvó a su padre del destino que han enfrentado otros 20,000 salvadoreños en lo que va del año: la deportación. Esa niña, a la que aquí llamaremos Ashley, escribió una carta a la jueza migratoria que veía el caso de su padre, un carpintero que dejó San Miguel, según le contó a su abogado, porque la MS13 lo perseguía. En Estados Unidos, el hombre no lo tuvo fácil: vino al norte en plena crisis económica, en 2008, cuando no había trabajo para casi nadie. Cada vez que lo echaban de algún empleo, el papá de Ashley recurría al guaro, el “juguito” le decía la niña. Tres veces lo agarró la policía en Maryland por manejar ebrio; la primera un juez lo mandó a un curso de desintoxicación alcohólica, la segunda vez lo metieron preso, y la tercera lo pusieron en fila para mandarlo de regreso. Hasta que Ashley escribió.

Luis, el padre de Ashley, está sentado en el estrado. Viste un overol azul marino. Una cadena de mediano grosor sube desde las esposas aferradas a sus tobillos hasta las que unen sus muñecas. Luis tiene la cara redonda, apenas enmarcada por el cabello y la barba de candado cortados al ras. A su lado izquierdo está la jueza, que apunta preguntas y respuestas en una computadora. Al lado derecho, un guardia blanco, rubio, de cuyo cinto, apenas visible por lo voluminoso del abdomen, cuelga una placa brillante que lo acredita como agente de Aduanas y Migración (ICE, en inglés).

Luis es carpintero. Nació en San Miguel hace 30 años. Se vino a Maryland hace 7, los mismos que tiene su hija. Aquí trabaja, cuando hay, en la construcción, haciendo muebles, puertas, cortando tablas. No le pagan mal. Cuando hay.

Esta es la corte migratoria número uno, ubicada en el 4 piso del edificio federal de tribunales de Baltimore, en el 31 de la plaza Hopkins, en los linderos del centro de la ciudad. Es, como la mayoría de edificios federales en los Estados Unidos, un horrendo armatoste de concreto gris, lleno de pasillos idénticos flanqueados por puertas y elevadores idénticos.

En esta corte, hoy, se habla de Luis, de cómo la necesidad de guaro lo llevó a agarrar el carro ya borracho “para ir a buscar más”. Dice el abogado de Luis, un hindú-americano que viste traje claro de manta, corbatín y un sombrero de ala corta y cinto negro, que buena parte de sus clientes son indocumentados que terminan en la antesala de la deportación por los devaneos con el alcohol.

“Pues en esos días estaba enojado porque me habían echado del trabajo y, pues, me puse a tomar”, responde Luis en español, la cabeza inclinada hacia atrás con un dejo que parece de arrogancia pero es en realidad una pose defensiva, a la fiscal afroamericana del Departamento de Seguridad Interna (DHS, en inglés) que le pregunta cómo es que terminó preso por el guaro, después de que dos jueces diferentes ya le habían dejado ir.

Se habla de Luis y del guaro en el edificio horrendo de la plaza Hopkins de Baltimore. Se habla del futuro inmediato que aparece más posible. Deportación. Pero también se habla de Ashley.

Desde que metieron preso a su papá por tercera vez (la primera vez la niña era apenas una recién nacida), Ashley empezó a comer de pura ansiedad, según el pediatra que la examinó a petición del abogado de corbatín para presentar el reporte médico a la corte. En unos pocos meses, la niña había ganado casi 30 libras y empezó a sufrir de hipertensión. Dejó de hablar con sus compañeros de escuela. Y empezó a pelearse y a agredir a su hermana pequeña. No quería salir. “Estado constante de rebeldía”, describió el siquiatra que la examinó.

“Cada vez que habla conmigo llora. Antes no era así”, dice Luis en la corte. El migueleño, a través de su abogado, le ha dicho a la jueza que si Estados Unidos lo deporta, sus dos hijas sufrirán mucho, que la salud mental de las niñas, su manutención y su salud física estarían en riesgo. Luis es el principal proveedor: con su sueldo, cuando había, pagaban el departamento de dos cuartos, la comida y la gasolina para el carro. Hoy, para todo eso, solo hay lo que gana la esposa de Luis limpiando casas, que no es ni un tercio de lo que hacía su marido.

Y dice Luis que si lo deportan lo más probable es que lo maten los emeses de los que salió huyendo de San Miguel.

La mamá de Ashley no pudo estar en la corte de Baltimore: tenía que trabajar, llevar a las niñas a la escuela, rebuscarse.

Ashley tampoco está, pero su súplica sí. En su carta, que la jueza lee y parafrasea durante la audiencia de deportación, la niña cuenta que su papá las llevaba a ella y a su hermana menor al parque casi todos los días, aunque estuviera cansado. Que ella era feliz cuando su papá estaba en casa. Era feliz casi siempre. Solo lloraba cuando “papi tenía el juguito en la mano”. Ashley también cuenta que su papá ha ido a una escuela en la que le enseñaron a dejar de tomarse el juguito y que desde aquellas clases todo es mejor. Y dice que si su papá no regresa ella no va a dejar de estar triste.

Con las palabras simples, directas, honestas de una niña de 7 años, Ashley resume su carta, escrita en inglés, en pocas palabras: “No deporte a mi papá”. Es lo mismo que cientos de niños le han pedido al presidente Barack Obama. Es lo que Sophie Cruz, una niña mexicana de 5 años que se coló entre otros guardias blancos y granes, le pidió al Papa Francisco cuando el pontífice estaba de visita en Washington el 25 de septiembre pasado. “No deporte a mi papá”.

Vídeo del encuentro entre Sophie Cruz y el papa Francisco en Washington, DC.

 

La abogada afroamericana de DHS pregunta mucho por Ashley y su hermana. Quiere detalles sobre la obesidad de la niña -mórbida grado II, dice el reporte-; sobre su rebeldía. La abogada también leyó la carta.

Cuando Luis ha terminado de hablar sobre su hija, y la abogada ha dicho no más preguntas, y el abogado hindú ha dicho que tampoco interrogará a su cliente, la jueza dice que decidirá ahí mismo, desde el estrado.

“Usted es un hombre con suerte”, empieza la jueza. Mira al migueleño a los ojos y le explica que DHS ha desistido de la deportación. Luego se vuelve hacia los abogados y les dice que para ella es claro que sin su padre Ashley sufrirá mucho. No pasa siempre en estas audiencias, pero pasó esta vez: la niña de 7 años, la hija del carpintero, impresionó a la corte. “Dígale a Ashley que su carta fue muy importante. Agradézcasela. Y entienda que esta es una nueva oportunidad para usted y su familia…”

Al final, la jueza advierte: si Luis vuelve a tomar, si lo vuelven a agarrar borracho, no habrá suerte como hubo hoy.

Luis baja del estrado y camina con pasos cortos, los que permiten las cadenas. Antes de salir de la corte alguien le dice en español: “¡Felicidades!” Luis sonríe por primera vez. No hay una pizca de arrogancia en su rostro. “Gracias”, contesta.

Foto principal: Un grupo de niños pide al Congreso de los Estados Unidos una reforma migratoria que posibilite que sus padres indocumentados no sean deportados. Foto de Héctor Silva Ávalos.

 

 

 

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