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Ni buenos ni malos migrantes

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En las テコltimas semanas, las promesas del presidente Trump respecto a las deportaciones se han hecho realidad. Noticias sobre redadas y retenes abundan, junto a casos particularmente escandalosos como la detenciテウn de un joven mexicano supuestamente protegido por el Deferred Action for Childhood Arrivals (DACA), o de la mujer salvadoreテアa capturada en un hospital donde recibテュa tratamiento por un tumor cerebral, o la madre detenida en el juzgado donde testificテウ contra su esposo por violencia domテゥstica, o del viudo mexicano que se suicidテウ momentos despuテゥs de su deportaciテウn a Tijuana.

Estos casos son solo algunos de una larga lista, ya que cada deportaciテウn constituye una tragedia, un cataclismo para la vテュctima, sus familiares, amigos, y comunidad. Y el gobierno de Trump estテ。 haciendo todo lo posible para generar la mテ。xima cantidad de tragedias posibles: sus nuevos テウrdenes aumentan la cantidad de oficiales migratorios, otorgan poderes migratorios a policテュas locales, y dramテ。ticamente amplテュan la cantidad de personas que puedan ser deportadas sin audiencia con un juez. Hoy, cualquiera persona sin documentos que no pueda comprobar que haya vivido en EEUU por los テコltimos dos aテアos puede ser deportada sin audiencia, y las autoridades pueden deportar a personas solicitando asilo a Mテゥxico mientras se tramita su solicitud, aunque no sean mexicanos.

La maquinaria de la deportaciテウn masiva estテ。 acelerando su paso. En este momento de crisis, no debemos olvidar que esta maquinaria estテ。 hoy en las manos del nuevo presidente porque su antecesor, Barack Obama, se la entregテウ.

Fue con Obama que las deportaciones alcanzaron niveles sin precedentes (mテ。s de 2 millones de personas deportadas durante su mandato, entre ellos mテ。s de 326,000 salvadoreテアos) y que la deportaciテウn se consolidテウ como industria privada altamente rentable. Desde 2009, los centros de detenciテウn de migrantes tienen que cumplir una cuota de 30,000 personas detenidas diarias a nivel nacional. Hoy 62% de todos los migrantes detenidos estテ。n en manos de empresas privadas que se lucran de la deportaciテウn masiva a travテゥs de contratos con el Estado. En 2010, Obama firmテウ una ley aprobando el aumento de la fuerza de patrulla fronteriza y autorizando el uso de drones de vigilancia por la frontera con Mテゥxico; en 2014 financiテウ al Plan Frontera Sur para que Mテゥxico detuviera y deportara miles de migrantes centroamericanos antes de que llegaran a EEUU. En mi paテュs, la criminalizaciテウn de los migrantes y la militarizaciテウn de las fronteras son polテュticas que transcienden las lテュneas partidarias.

Este rテゥgimen de deportaciテウn masiva se sostiene, en parte, por un mito fundacional. Aprovechemos esta coyuntura angustiante y urgente para deshacernos de una buena vez de este mito que tanto ha penetrado los discursos oficiales y populares. Me refiero al mito de los buenos y malos migrantes.

Tanto en Estados Unidos como El Salvador circula un discurso dominante que distingue entre dos poblaciones de migrantes:

  • Por un lado, se encuentran los migrantes trabajadores, de familia, quienes a travテゥs de sus labores honoradas y valores humildes merecen permanecer en sus comunidades de residencia.
  • Por otro, estテ。n los criminales, transgresores, quienes merecen la deportaciテウn.

En El Salvador, este mito sirve para estigmatizar al deportado como delincuente, pandillero y fracasado, y a la misma vez para lamentar el sufrimiento del migrante en trテ。nsito que arriesga su vida por su peregrinaje noble. Sirve tambiテゥn para celebrar a los migrantes 窶彳xitosos窶, aquellosツque han logrado el famoso “sueテアo americano” en las tierras del tテュo Sam.

Esta lテウgica es contradictoria, fraccionaria y, fundamentalmente, irresponsable. Por un lado, porque la mayorテュa de los llamados 窶徨etornados窶 no tienen antecedentes penales. De todas las personas deportadas a El Salvador entre 2011-2014, solo 30% habテュa cumplido una condena o tenテュa antecedentes penales en Estados Unidos; de todas las personas deportadas a El Salvador de EEUU en 2010, por ejemplo, 60% no tenテュan antecedentes penales, y de los que sテュ contaban con algテコn antecedente, 32% de ellos correspondテュaツa infracciones menores como manejar ebrio, violaciones de trテ。nsito, o tener documentos falsos.

Ademテ。s, en Estados Unidos las estrategias policiales racistas que desproporcionadamente detienen y encarcelan a personas de color han convertido a los migrantes latinos y caribeテアos en poblaciones mテ。s vulnerables a la deportaciテウn, ya que cualquier contacto con el sistema penal puede terminar en su transferencia a la custodia de las autoridades migratorias. Como resultado, 90% de las personas deportadas de EEUU son hombres, y 97% proviene de Latinoamテゥrica y el Caribe, aunque la mitad de los no-ciudadanos en EEUU son mujeres, y solo 60% provienen de Latinoamテゥrica y el Caribe.

Cuando descalificamos a los migrantes con antecedentes penales nos volvemos vテュctimas de una lテウgica neoliberal que reduce toda acciテウn a una supuesta libertad de elecciテウn individual. Asテュ, volvemos invisible el contexto en que se desarrolla el drama humano, y en particular, enmascaramos a la violencia estructural y a los sistemas de dominaciテウn que se benefician por contar con una mano de obra migrante aterrorizada y dテウcil. Se trata de sistemas que se lucran de la deportaciテウn masiva.

Sostener que existen personas que merecen la deportaciテウn es legitimar la lテウgica de este sistema nefasto de explotaciテウn y expulsiテウn. La etiqueta de 窶彡riminal窶 no es una identidad, sino una arbitrariedad jurテュdica condicionada por los vicios del sistema de justicia estadounidense. Hoy, bajo las reglas de Trump, todo migrante irregular es un criminal.

Este mito sテウlo sirve para dividir y debilitar a las poblaciones mテ。s impactadas por el rテゥgimen de deportaciテウn masiva y para justificar la inhumana separaciテウn de familias. No existen ni buenos ni malos migrantes, solo seres humanos, dignos de exigir sus derechos.

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