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Nayib Bukele, El Mesías de Twitter

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La siguiente columna fue publicada originalmente en Distintas Latitudes y es republicado a continuación gracias a la autorización de Virginia Lemus.


De pie ante la entrada del Palacio Nacional, El Mesías sonríe. Con chaqueta en pleno abril, cuando el calor en San Salvador es tal que uno puede olerlo, viendo hacia el horizonte con la mirada lívida y supuestamente sensual de una concursante de certamen de belleza, el alcalde se dirige a cientos de vendedores ambulantes. Los convoca a sumarse a “el mayor legado que le dejaremos a nuestra Capital”: el reordenamiento del Centro Histórico de San Salvador. Nayib Bukele sonríe con el semblante de los elegidos. La foto no nos deja ver el rostro de quienes lo escuchan.


En teoría, la viabilidad política de alguien llamado Nayib Bukele en un sitio tan intolerante como El Salvador debería ser nula. De nombre y rasgos físicos del Medio Oriente, hijo de quien fuese hasta su muerte el imam de la comunidad musulmana en un país que tomó su nombre de Jesucristo, su improbable ascenso en la vida política de El Salvador es un caso de estudio. Un empresario propietario de una agencia de publicidad y una distribuidora de motocicletas, sin estudios universitarios concluidos. Hasta acá, su hoja de vida no difiere mucho de otros herederos millonarios con nombres más aptos para la administración pública de un país supuestamente cristiano, como José, Roberto o Ricardo. Pero el improbable alcalde se llama Nayib, es el acaudalado heredero de un imam y muy probablemente sea el próximo presidente de El Salvador.

La historia del playboy destinado a gobernar al minúsculo país convulso de los 30 homicidios diarios sería divertida si este fuese un país de mentiritas. Pero El Salvador existe, es un sitio real, con problemas estructurales gravísimos, y su única figura presidenciable hacia las elecciones de 2019 es un tipo que llegó a su actual puesto gracias a las fotos de sus calcetines.

Tras trabajar durante años en la creación de las campañas electorales del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), el partido político de las exguerrillas salvadoreñas, Bukele preguntó a la dirección del partido si buscaban candidato para Nuevo Cuscatlán, un municipio de 15 km² de extensión ubicado a las afueras de San Salvador. El partido dijo que sí, y él aceptó el reto. Es así como Bukele lo cuenta. El FMLN, un partido rígido y vertical, que ha castigado con el exilio a cualquiera que pestañea a un ritmo distinto del de la Comité Central, le dio una candidatura municipal a un muchacho del área de publicidad. Así, nomás porque sí.

Matizando, la alcaldía encomendada a Bukele tampoco significaba riesgo alguno para el FMLN. Nuevo Cuscatlán es un municipio inminentemente rural, gobernado desde siempre por partidos de derecha. Su área urbana abarca apenas 0.24 km² de su extensión total. Cualquier obra, por pequeña que fuese, tendría un impacto enorme. Tras ganar la alcaldía en los comicios de 2012, el heredero millonario, el empresario de publicidad, de discotecas, de motocicletas, donó su salario para un fondo de becas municipales y lo hizo ver como el acto de mayor nobleza desde que Jesús hizo andar a Lázaro. Y El Salvador, hijo predilecto del autoritarismo, se levantó y anduvo.

En tanto empresario de publicidad, Nayib vio un nicho en el mercado: la rigidez de la dirección del FMLN se encargó de ir eliminando paulatinamente a todos los militantes de izquierda moderada en sus filas. Vio en sí mismo a un sector empresarial que hasta entonces no participaba públicamente en política, un potencial no contaminado por las eternas disputas ideológicas nacionales. Un joven con dinero, perfecto para atraer mediante lo aspiracional. El candidato ideal para un país de votantes jóvenes.

Nuevo Cuscatlán fue la excusa, el punto de partida para el despegue de Bukele. Como publicista sabía que un par de fotos con niños pobres y sonrientes contaban más que un plan de gobierno municipal. Eso no lo lee nadie. Las fotos, sin embargo, las ven todos. Los dioses del branding estaban de su lado: su nombre y el de su municipio tienen la misma inicial. La N de Nuevo Cuscatlán, de Nayib, empezó a aparecer en todo el territorio municipal. Las fotos del alcalde, sus calcetines y sus niños sonrientes empezaron a llegar a Twitter, a Instagram, a Facebook. El alcalde hizo product placement de sí mismo.

Su campaña funcionó. Miles de personas que no conocen Nuevo Cuscatlán sí podían identificar a su alcalde. Nayib, el revolucionario edil que donó su salario a un banco de becas. El que erradicó el analfabetismo de su minúsculo municipio agrícola. El que sonreía ante los cuestionamientos al financiamiento de sus proyectos, diciendo que el dinero abunda cuando nadie roba. El demagogo del siglo XXI.

Durante su tiempo al frente de Nuevo Cuscatlán, Nayib usó su perfil en Twitter para desligarse reiteradamente de las decisiones y posturas del gobierno central, en manos del FMLN, y de la dirigencia de su partido. Esto fue percibido como valentía por la mayoría y con un bien justificado recelo por parte de otros: el FMLN es un partido históricamente implacable con la disidencia interna. ¿Por qué Nayib, un muchacho que ni siquiera forma parte de la organización, podía disentir públicamente sin ninguna consecuencia? ¿Le importaba más al FMLN potenciar la imagen de un joven presidenciable que salvaguardar su rigidez interna?

La respuesta parece ser afirmativa. Tras dos años de gestión en Nuevo Cuscatlán[i], Bukele, el no militante, el publicista sin formación política y aparentemente también sin ideología, fue nominado por el FMLN como candidato para la alcaldía de San Salvador, la capital del país, con un territorio casi 30 veces más grande que el de Nuevo Cuscatlán. Quien conoce la historia de San Salvador y del FMLN leerá en dicha decisión dos datos importantes: la desesperación del partido en el poder y lo lejos que está dispuesto a llegar para mantenerse en él.

Desde su constitución como partido político, en 1994, el FMLN ha buscado instalar como alcalde de San Salvador a quien considere digno de un perfil presidenciable. Empero, a pesar de sostener la alcaldía capitalina desde 1997 hasta 2009 con tres ediles distintos, los mismos procesos internos del partido impidieron que alguno de ellos llegase más allá de una precandidatura presidencial. Era evidente que la fórmula no funcionaba. Optaron, entonces, por buscar la presidencia con una figura prominente de la opinión pública. Un incómodo opositor a sueldo: Mauricio Funes.

El plan parecía tener sentido: en 2007, el FMLN no contaba y sigue sin tener liderazgos jóvenes de renombre. Tras reiterados fracasos en comicios presidenciales (pero afianzado su poder en las alcaldías de los municipios más poblados del país), el partido ofreció a Funes, quien a los ojos del salvadoreño era un incisivo entrevistador izquierdoso pero no guerrillero, la candidatura a la presidencia de la república. El plan era repartirse el control del gabinete presidencial. Funes sería la cabeza de Estado, pero quien gobernaría sería el FMLN. Funes ganó la presidencia, pero el FMLN perdió el control de la gestión muy pronto y el plan falló. El partido tuvo que postular a un ortodoxo excomandante guerrillero para afianzarse en el poder en las elecciones presidenciales de 2014, pero sin Bukele no parece tener esperanzas reales de conseguir una tercera gestión presidencial.

Durante 2013, el año previo a su postulación a la alcaldía de San Salvador, Nayib, a la sazón de Justin Bieber Trudeau se hizo de un séquito de groupies digitales, el #TeamNayib, cuya estrategia de apoyo era la misma que usan las beliebers: saturar Twitter con menciones a Bukele y usando ese hashtag. Decenas de miles de perfiles, falsos y verdaderos, se vistieron con los tonos cian de la campaña municipal de Nayib Bukele, hablaban de sus crípticas fotos de calcetines, de sus gorras hacia atrás y de su valor como alcalde joven, moderno y transparente. Un medio digital publicó en 2014 una foto que encerraba en sí todo lo que Bukele como candidato y como fenómeno representaba: un muchacho de 18 años, quien votaría por primera vez, afirmaba que votaría por Bukele “porque él escucha música indie, como yo”.

El alcalde escucha indie, usa “calcetines locos” y le gustan los perritos. Usa Twitter para divulgar memes sobre él y la oposición. No pierde el tiempo recordando el sangriento pasado del país ni se detiene a hablar del sangriento presente. El mundo de Nayib Bukele y sus seguidores es como un magnífico comercial televisivo: edulcorado, inofensivo, cool. Es la figura política perfecta para un país empeñado en evadir su presente tan furiosamente como olvida su pasado.

A 2015, el año en que Bukele llegó a la alcaldía de San Salvador, el 48.9% de la población del país estaba en el rango de los 14 a los 24 años de edad. Ellos conforman la primera generación netamente de posguerra habilitada para votar en los próximos comicios presidenciales, en 2019. Muchachas y muchachos educados en un sistema educativo que no habla de los motivos de la guerra civil, criados en una sociedad que adoptó el olvido como dogma. Una generación que ha visto a la eterna oposición, antes armada y hoy política, llegar al poder ejecutivo y ser igual de corrupta y cínica que la derecha que le antecedió. Ante sus ojos, Nayib Bukele es El Mesías.

Él lo sabe. Lo usa para apelar a las sensibilidades de las familias de los muchachitos de posguerra. En uno de sus spots electorales de 2014, anunciaba mientras nos deseaba Felices Fiestas que su abuela había nacido en Belén, jugando discretamente con su origen palestino y la exacerbada cristiandad light de un país que de ningún otro modo habría pensado en votar por el hijo de un imam. Nayib, como El Mesías, tiene raíces de Belén. En el ideario salvadoreño, votar por Nayib es como votar por Jesús. Amén y amén.

Pero sería un error decir que el único apoyo de Nayib son los jóvenes sin pasado. Nayib sabe que para llegar a las generaciones anteriores debe usar también métodos tradicionales de hacerse ver, es decir, tapizar la ciudad de vallas publicitarias. “100 obras en 100 días; qué honrado ese muchacho; sí que hace cosas”, me dijo la mamá de una amiga, una señora entrada en sus setenta años. Nayib se vende casi tanto como la Coca Cola.

El gran acierto de Bukele –o desacierto, dependiendo de cómo se vea— es que hasta ahora ha vendido publicidad y no propaganda. Nayib Bukele bien podría ser el nombre de una marca de detergente o un desodorante: conocemos sus virtudes, pero no sus posturas sobre ningún tema apremiante del país que a la larga buscará gobernar. Empero, sí sabemos algo crucial: Nayib no tolera ser confrontado. Se descontrola.

Cuando asumió la alcaldía de San Salvador, en junio de 2015, otorgó puestos públicos a familiares suyos, incluido su hermano Karim. Cuando fue cuestionado, inició diciendo que los puestos habían sido asignados conforme a la capacidad de los individuos. Tan pronto se mencionó la palabra “nepotismo”, el usualmente incólume Nayib estalló diciendo que no era nepotismo si sus familiares no cobraban un sueldo.

Pero el más revelador de sus arranques se coció lento. En noviembre de 2015, tras la clonación del sitio web de La Prensa Gráfica, dicho medio responsabilizó a Bukele de haber ordenado la maniobra y dirigir junto a sus asesores un “troll center” dedicado a desprestigiar a los oponentes del alcalde y apoyar sus proyectos. El #TeamNayib resultó ser una red con miles de perfiles reales y falsos coordinados desde una agencia de publicidad y que tenía por referentes a un pequeño grupo de asesores de Bukele. El alcalde respondía de este modo:

Para febrero de 2016, investigaciones de la Fiscalía General de la República (FGR) sugerían que la clonación del sitio web (lo cual califica como falsificación de distintivos comerciales y es delito) de La Prensa Gráfica sí había sido ordenada por Bukele. Esto se habría comprobado tras el decomiso de equipo electrónico a un programador web, empleado de una agencia de publicidad ligada a la Alcaldía de San Salvador. La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy, los dos periódicos de derecha más fuertes de El Salvador, habían pasado semanas publicando cada pieza de evidencia y especulando sobre la responsabilidad de Bukele en la delito. Sin embargo, no había aún acusación oficial contra el alcalde.

Todavía a inicios de noviembre, Nayib tomaba el asunto a broma. El actuar de la FGR estaba conducido, según él, por “los poderes que ahora nos temen” (¿a quiénes? ¿por qué?). Pero cuando hubo personas en prisión y decomisos de evidencia, Bukele convocó a una movilización de apoyo a él el 17 de febrero, un miércoles, frente a la sede central de la Fiscalía. La convocatoria se hizo para las 3 pm, hora usualmente laboral. Sin embargo, los alrededores a la Fiscalía estaban llenos de gente ataviada con camisas en apoyo a él y al FMLN. Muchos de ellos, sin embargo, no sabían por qué estaban ahí. Un fúrico Bukele tomó el micrófono y retó al fiscal general a dar la cara e informarle de qué se le acusaba. El funcionario se encontraba a 100 kilómetros de la capital, en una asignación laboral. Bukele sentenció su intervención diciendo: “Si fui yo, aunque no lo he hecho, a quién le importa”. La FGR retiró sus propias pruebas en abril de 2016, sin haber acusado formalmente a Bukele de delito alguno. El programador web implicado sigue guardando prisión.

A pesar de su mesiánico proceder y su opacidad ideológica, un buen sector de la población quiere creer en Nayib. Quizá incluso lo necesite. Este es un país desvalijado, ensangrentado y brutal, en el que un muchacho que acabó en política porque YOLO tiene serias oportunidades de ser presidente quizá porque encarna el deseo de cientos de miles de salvadoreños de vivir en un comercial de Suavitel. Quizá por eso, cuando durante las anteriores fiestas de San Salvador, en agosto, Nayib montó una feria ya no en el abandonado centro de la ciudad, sino en la frontera entre las clases baja y media, una amiga me comentó orgullosa que Nayib “le da a la gente lo que quiere”. Me hizo acompañarla a la feria la noche en que el alcalde retaba a un locutor radial a ver quién resistía más tiempo en un juego mecánico. No pudimos entrar porque la policía cerró el lugar; eran mares y mares de gente quienes llegaban a ver a Nayib Bukele dar brincos en el tagadá. El alcalde le da a la gente lo que quiere. Y lo que la gente quiere es circo.


[i] En El Salvador, las gestiones municipales tienen una duración de tres años.
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