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Mujeres a las que nunca celebramos

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A las víctimas. A nuestras víctimas. Hoy, Día Internacional de la Mujer según el calendario, es buena fecha, como cualquier otra, para insistir en todas las violencias que aquejan a las salvadoreñas. Para volver a decir que las mujeres deben sumar su género a las vulnerabilidades a las que están condenadas, sobre todos si son pobres, por vivir en sociedades intransigentes y violentas, donde los bienestares descritos en las leyes son, solo, fantasías.

Hoy es un buen día, como cualquier otro, para recordar a Natalia y a Sonia, dos mujeres que fueron orilladas a la prostitución cuando tenían entre 13 y 14 años. Dos niñas a las que una sociedad enferma de autocomplacencia y desidia condenó a utilizar sus cuerpos como único argumento para sobrevivir.

Natalia es una de las testigos en el proceso penal abierto contra cuatro hombres, entre ellos el ex presentador de televisión Maximiliano González -el Gordo Max- y el empresario Ernesto Regalado. La protección que el Estado salvadoreño ha sido capaz de dar a Natalia, sin cuyo testimonio el caso de la Fiscalía es poco más que papel mojado, es muy pobre. Natalia, como otras víctimas que han colaborado con el Estado, es una mujer a la que El Salvador no celebra; una niña condenada.

Carmen Guadalupe Vásquez, de 26 años, sostiene a su hijo durante una entrevista con FACTUM en Cojutepeque, Cuscatlán. Guadalupe fue indultada por la Asamblea Legislativa por el delito de Homicidio Agravado, cuando sufrió un aborto espontáneo en el 2007. Gracias a la iniciativa del movimiento por las mujeres “Las 17”, Guadalupe ahora reconstruye su vida junto a su hijo.
Foto FACTUM/Salvador MELENDEZ

A Sonia, como contamos en Factum, la mataron. Ella también fue testigo del Estado en un caso de homicidio. Cuando estaba bajo protección de la División Especial contra el Crimen Organizado de la PNC, al menos tres policías abusaron de ella. Un jefe policial de entonces, el de la DECO, y coordinadores de lo Fiscalía, supieron de esos abusos, pero nunca hicieron nada. Cuando Sonia dejó de serle útil, el Estado la desechó; a ella la mataron dos semanas después de que salió de la casa de protección a testigos. A ella tampoco la celebramos.

También es hoy un buen día, como cualquier otro, para recordar a Evelyn Beatriz, una mujer que fue víctima de una violación cuando tenía 18 años. Evelyn quedó embarazada y tuvo, según su testimonio y el de su familia, un aborto espontáneo en la letrina de su casa. Cuando fue al Hospital de Cojutepeque para que la atendieran, el Estado salvadoreño, draconiano, se le vino encima. La ginecóloga que la trató llamó a la Fiscalía, que la acusó de homicidio agravado.

El Estado que pretende condenar a Evelyn, una de las mujeres conocidas como el grupo de las 17, es el mismo Estado que pactó la reducción de condena con Rodrigo Chávez, un hombre que confesó haber descuartizado a una de sus víctimas y a quien nexos políticos de su padre valieron para sacar trato con el Ministerio Público; es el mismo Estado al que delincuentes de cuello blanco se le van bajo las narices; el mismo al que suele temblarle la mano para apresar a criminales de guerra o ex presidentes corruptos. Ese Estado tampoco conmemora a mujeres como Evelyn Beatriz.

Este 8 de marzo vuelve a ser otro día, como cualquiera desde el 4 de abril de 1999, para recordar a Katya Natalia Miranda Jiménez, la niña de nueve años que fue violada y asesinada en un rancho de playa sin que su familia paterna, incluido Godofredo Miranda, su tío y comisionado de la Policía, hiciera nada para evitarlo. Godofredo Miranda, la inteligencia estatal de la administración Calderón Sol, la Fiscalía General y el sistema judicial hicieron luego todo lo posible para proteger al violador y asesino o asesinos. Al Estado salvadoreño, a su Policía, no les gusta recordar a Katya.

También podemos usar lo que dice el calendario para no dejar de hablar de mujeres como Zenayda, una joven de 19 años que mañana, jueves 9 de marzo, enfrenta a una jueza migratoria en Baltimore, Estados Unidos, para explicarle que hace año y medio entró de forma ilegal a los Estados Unidos porque en su país, El Salvador, vio a un líder del Barrio 18 asesinar a otra mujer, y que luego ese hombre amenazó con matarla si no mantenía la boca cerrada.

Zenayda es una de las decenas de miles de mujeres menores de edad que han entrado sin documentos a Estados Unidos en los últimos años, huyendo de la violencia de género en sus comunidades, para encontrar en el Norte otro tipo de violencia, una hoy alimentada desde la retórica xenófoba que se escribe y pronuncia en la Casa Blanca. A Zenayda y las indocumentadas tampoco solemos celebrarlas.

Dice la Organización Mundial de la Salud: “Los niños que crecen en familias donde hay violencia pueden sufrir una serie de problemas emocionales y de comportamiento. Esto también puede estar asociado con la perpetuación de la violencia y el ejercicio de la misma en etapas posteriores de la vida”.

No es, este, un día para trivializar con flores y mensajes edulcorados. Este es un día para recordar que sobre las mujeres pesa, además de todas las otras violencias, esa a la que están expuestas por su género. Es un buen día para volver a decir que un Estado que tolera o alimenta esa violencia es un Estado enfermo, fallido.

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