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Mujer madre

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¿Por qué adoramos en la maternidad el sacrificio?
¿De dónde viene esta idea inhumana de la inmolación materna?"
– Sibilla Aleramo. Una Donna, 1994, p.144

Este año decidí inscribirme en un seminario sobre historia intelectual e historia cultural que se imparte en el Instituto de Históricos Sociales de la Universidad Veracruzana. Mi objetivo: aprender algunas perspectivas desde donde se estudia la historia, un terreno casi desconocido para mí. La semana pasada nos visitó Fernanda Núñez Becerra, investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Su conferencia se basó en el origen de la anticoncepción en México y cómo, dentro de los programas de salud de control demográfico se instauraron los diferentes métodos anticonceptivos para contener la tasa de natalidad en diferentes países.

En la conferencia estuvieron presentes muchos nombres de aquellos que se encargaron de promover la anticoncepción, pero se destacó el de Margaret Sanger, quien revolucionó todo el concepto del control de natalidad con su panfleto La regulación de la natalidad o la brújula del hogar: medios seguros y científicos para evitar la concepción” (1922). Sanger fue criada en una familia católica y fue la octava de 11 hijos. Su madre estuvo embarazada en 18 ocasiones y murió a los 49 años. La muerte de su madre y las ideas políticas socialistas y feministas la impulsarían a estudiar, escribir y rebelarse contra la sociedad de su tiempo.

Sanger fue enfermera, trabajó en los barrios pobres de Nueva York atendiendo a prostitutas y mujeres de bajos recursos. En 1916, Sanger abrió la primera clínica de control de natalidad en Estados Unidos, pero esa acción –como sus previas declaraciones en el panfleto– le valieron 30 días de cárcel. La clínica cerró y sólo hasta 1923 se reabrió un centro de este tipo en Estados Unidos.

En 1917 publicó el folleto Family Limitation” (La limitación de la familia) que se tradujo a varios idiomas y, posteriormente, en 1922, La Brújula del hogar llega a Yucatán, México. Se imprimieron 5 mil ejemplares y se terminaron en un mismo día, por lo que se mandaron a imprimir 10 mil más, esto contribuyó a un debate sobre el control de la natalidad tanto para los que apoyaban como los que se negaban y condenaban su contenido. El Gobierno de Yucatán apoyó dicho panfleto, argumentando que “la oficina del Fiscal General de la Nación no puede ceñir su proceder a los criterios de mente estrecha y anticuados de la moralidad, resultado de arraigados prejuicios religiosos, que afloran en su petición”.

Los ecos de esta guía –en la que Sanger explicaba detalladamente por qué era importante restringir la natalidad y cuáles eran las formas de control de la misma– despertaron las ideas conservadoras y religiosas más arraigadas en contra de dicha información. Y comenzó así una campaña en favor de la natalidad que deseaba llegar a más población. Así, el periódico Excélsior se encargó de promover la institucionalización de una festividad: ‘El día de la madre en México’, con el apoyo de Vasconcelos, entonces Secretario de Educación Pública, el arzobispo primado de México, la Cruz Roja y las Cámaras de Comercio. Esto como contrapeso a las tendencias feministas y socialistas del estado de Yucatán, porque claro, un panfleto como este, que educara sexualmente a mujeres de estratos bajos y de barrios pobres sólo denigraba la función más importante y destacable de la mujer: la maternidad.

La institucionalización de esta festividad, no sólo en México, tiene todos los síntomas de fomentar y preservar algunos elementos de la tradición y de la familia, del rol que una mujer tiene que cumplir en la sociedad y su labor como “dadora de vida” y “sostén de la crianza del hogar”. Además de perpetuar los modelos ideales de la familia nuclear monógama y conyugal donde los roles tradicionales son “inherentes” a la naturaleza humana. Es así que en 1983, mediante Decreto legislativo, publicado en el Diario Oficial, se declaró en El Salvador, el 10 de mayo como el “Día de la madre”, debido a que “las madres son uno de los ejes fundamentales de la vida familiar”.

Los festejos nos sirven para arraigar más el mito de la “madrecita santa”, del “amor eterno sólo es materno” y de “madre sólo hay una”, una avalancha propagandística que exalta la maternidad tradicional: sacrificada y heroica, cargada de perfección y el objetivo último de toda mujer para lograr la realización plena de su vida. Cuando la maternidad no es meramente algo natural, los sexos son socializados y la mujer aprende en sociedad qué significa ser madre como parte de un proceso de redefinición social, cultural e histórico.

Pero como todo mito, algo de real tiene. Vemos mujeres madres, que trabajan, salen adelante por su propia cuenta contra todo pronóstico en las escuelas y con suerte en la universidad, ganando un salario menor que sus compañeros hombres, enfrentándose a las agresiones sexuales en las calles y buses, pero al final están ahí, listas para sus hijos. En este sentido, si desmitificamos la imagen de la “mamá santa” nos quedamos con mujeres hartas, golpeadas por la vida, exhaustas. Y nos encontramos también con mujeres ambivalentes, inseguras, deprimidas, culposas. Pero tanto los medios de comunicación como las instituciones siguen perpetuando la tradición maternal, diciéndoles una y otra vez “cómo deberían ser”, “cuáles son las cinco estrategias para ser exitosas en el hogar y en el trabajo”, “cómo tener un look ejecutivo que combine con la pañalera y el coche”.

En el mismo decreto legislativo en que se declara el 10 de mayo como el “Día de la madre” y en la constitución dice que “la familia es la base fundamental de la sociedad, teniendo la protección del Estado”. Y si la maternidad es tan importante, tan fundamental en la vida, ¿por qué la familia sigue siendo el lugar de trabajo menos reconocido para las mujeres? El mito de “la madre superpoderosa” privilegia el ámbito de la familia, pero oculta la responsabilidad que tiene el Estado de proveer los medios económicos y de servicios necesarios para su óptimo desarrollo. Como ser madre es algo natural, no se reconoce el alto costo que la maternidad supone para una mujer.

Y si la misma constitución dice que “la ley debe regular las relaciones personales de los cónyuges y sus hijos, estableciendo derechos y deberes recíprocos sobre bases equitativas”, ¿por qué en El Salvador, el reconocimiento del derecho de la mujer a decidir por su cuerpo y sobre si quieren o no tener hijos, así como el espaciamiento de los mismos, ha tenido un camino largo que todavía no termina? Si esa misma ley habla de bases equitativas, ¿por qué en los porcentajes de planificación familiar de la última Encuesta Nacional de Salud (2014) la esterilización femenina, los anticonceptivos orales, las inyecciones y el Dispositivo Intrauterino son los más utilizados (63%)? Y esto ante los métodos masculinos, como los condones, que siguen siendo una parte insignificante del conjunto de métodos (3.9%). ¿Por qué la esterilización masculina no está en los resultados principales, ya que sólo representa el (0.3% – 40 personas de las 13,350 entrevistadas)? No se puede hablar de derechos recíprocos y bases equitativas si el enfoque de planificación familiar está más enfocado a la concientización de la mujer, pero no en la del hombre.

 “Cuando se habla de la maternidad sólo en términos de ‘destino sublime’ se olvidan las horas/trabajo que implica; cuando se elogia la abnegación, se deja de lado el despotismo y la arbitrariedad que suele acompañar la crianza; cuando se alaba la devoción, se desconocen el maltrato y la crueldad. Por otro lado, las embarazadas no consiguen empleo, las parturientas son maltratadas en los hospitales y las madres no cuentan con opciones de cuidado para los hijos si quieren ir a trabajar”.

–Marta Lamas

Sin embargo, y aunque a pasos pequeños, la noción de maternidad ha cambiado poco a poco gracias a una redefinición de los roles de género y de los espacios femeninos que se han abierto por la educación y la participación, cada vez más activa, de las mujeres en la vida pública y política. Si a finales del siglo XIX todavía prevalecía una visión conservadora de las mujeres salvadoreñas, relegándolas al papel de la maternidad y del hogar, por los años 1921-1922 (años en los que se comenzaba a vislumbrar el Primer Congreso Feminista Panamericano de 1923) la unión de mujeres en huelgas, protestas y marchas ya comenzó a ser visible en El Salvador. Esto les fue dando un rol diferente al de sólo ser madre. Se van convirtiendo así en sujetos de la vida pública con intereses políticos, científicos y artísticos, mismos que todavía debemos defender.

En una cultura donde la ideología mítica de la maternidad ha sido la norma y donde ésta se interpreta como una relación de amor incondicional, resultará muy difícil aceptar que la maternidad no es un sello genético que tienen las mujeres, ni tampoco un hecho instintivo propio de la naturaleza femenina. Si se quiere de-construir el mito de la maternidad, creo que es importante seguir lo que Marta Lamas, Rosa Coll y Yanina Ávila plantean: desarmar el discurso de la maternidad como una vocación inherente de las mujeres o como la esencia de su vida. Se necesita eliminar el mito de la perfección y, sobre todo, saber que las mujeres madres no valen solamente por ese rol, sino por cada una de las facetas en que se desempeñan.


Referencias recomendadas

– Ávila, Yanina. "Desarmar el modelo mujer= madre." Debate feminista 30 (2004): 35-54.

– Coll, Rosa. "Dejar de ser madre." Debate feminista 6 (1992): 84-89.

– Lamas, Marta. "¿Madrecita santa?" Nuevo Siglo-Aguilar, México (1995): 173-184.


Alexia Ávalos: Salvadoreña. Reside en México. Comunicadora. Maestra en Estudios de la Cultura y la Comunicación por la Universidad Veracruzana. Actualmente trabaja como encargada de comunicaciones del Centro de Estudios de la Cultura y la Comunicación y coordinadora de la Revista Balajú, editada por el mismo centro.

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