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Miradas a través del sexo y el género: construcción cultural

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“En cada cultura una operación simbólica básica otorga cierto significado a los cuerpos de las mujeres y de los hombres. Así se construye socialmente la masculinidad y la feminidad”

–Marta Lamas (2000)

“Aunque los sexos parezcan ser claramente binarios en su morfología y constitución, no hay ningún motivo para creer que también los géneros seguirán siendo sólo dos”

–Judith Butler (1990)


El pasado mes participé en la Muestra Internacional de Cine con Perspectiva de Género (MICGénero) TESER2017 que hace un gran trabajo para acercar el tema de derechos humanos y los estudios de género a través de talleres, conversatorios y, principalmente: cine. Documentales y películas de ficción donde se retratan temas que propician el entendimiento de fenómenos sociales y, a través de la experiencia estética, analizar y debatir sobre las relaciones de poder, los roles de género, la cultura heteronormativa (las prácticas heterosexuales vistas como lo normal y aceptado por la sociedad), la sexualidad, y los derechos humanos que funcionan como el enlace de todas las áreas.

Con esta muestra, los temas trascienden el plano académico y tienen una manera de ofrecer el contenido a todo el que desee estar expuesto a él. Podría comentar muchos elementos sobre la muestra, pero en realidad deseo enfocarme en desarrollar algunos conceptos que, a mi parecer, son importantes de entender. La razón es que al platicar con las personas que llegaban a ver los documentales, éstas no sabían cómo expresarse sobre ellos o los confundían.

Cuando no somos muy conocedores del tema, la categoría de género es un concepto difícil de aplicar y en muchas ocasiones lo confundimos. El género tiene sus complicaciones porque viene del inglés gender que, originalmente (siglo XIV) tuvo una acepción que apunta directamente al sexo —como engendrar—, algo que cambió durante la mitad del siglo XX. Los términos sexo y género se han confundido en su uso, pero tienen diferentes connotaciones y usos particulares. El sexo —no como acto— se refiere a las diferencias biológicas; género se refiere a las diferencias culturales y sociales, a lo simbólico. Esta confusión me hace recordar algunos anuncios sobre vacantes laborales —que intentan ser muy refinadas al usar el lenguaje incluyente— cuando colocan en sus requisitos: “personas de ambos sexos”, porque están confundiendo lo que en inglés sería both genders y en realidad en el anuncio debería decir “personas de uno u otro sexo” o “de sexo indistinto”.

Otro de los problemas que tenemos al usar género y que Marta Lamas (1998) lo analiza en sus textos sobre género y perspectiva de género es que hemos asignado la categoría al ámbito meramente femenino. Es decir que, si hablamos de género, inmediatamente nuestra mente piensa en que son cosas de mujeres o, peor aún, cosas de feministas. La confusión viene, en parte, porque la teoría feminista hace hincapié a la necesidad de diferenciar: sexo y género; y en ocasiones cometemos el error de reducir el género a un concepto asociado con el estudio de las cosas relativas a mujeres. Realmente el género afecta a hombre y mujeres por igual. Si por un lado tenemos el estudio de la feminidad, por el otro tenemos el estudio de las masculinidades y ambas forman una especie de contraste donde sus elementos se tocan en varios puntos. Es así que el género comprende las relaciones entre los dos sexos y las áreas estructurales e ideológicas en las que navegan.

Si todavía no soy muy clara con la diferencia entre sexo y género, espero, con este ejemplo, serlo: si alguien dice “la menstruación es un problema de género” es importante que analicemos si la menstruación es algo construido socialmente, o es algo biológico. Entonces vemos que usamos mal el término, es una situación de sexo y no de género. Diferente es cuando nos dicen “si una mujer anda con la menstruación no debería comer huevo o no puede bañarse”. Ahí sí que es una valoración cultural, por lo tanto se asigna a la categoría de género.

De ahí que el género —en las ciencias sociales— es una construcción, un conjunto de ideas que dice y reglamenta la conducta de las personas. O sea, mediante el proceso de construir el género, la sociedad crea ideas de lo que hombres y mujeres deben ser, lo que es “propio” para cada sexo. Y es así como nos encontramos con los roles, las ideas y valoraciones sociales sobre lo masculino y femenino que son meramente cultural. Como advierte Simone de Beauvoir en El segundo sexo (1949):

“No se nace mujer: se llega a serlo”.

Y es aquí donde nos damos cuenta de que esa construcción simbólica de género es la que en gran medida conforma la sexualidad humana. La misma confusión que tenemos entre sexo y género es la que muchas veces nos hace caer en la falsa creencia de que la sexualidad se debe directa y exclusivamente a la biología, cuando en realidad son impulsadas y moldeadas por la cultura que confiere el género. Lo dice Michel Foucault en Historia de la Sexualidad 1, La voluntad de saber (1976), que es en las instituciones sociales donde se distribuyen los placeres y poderes, y se castiga una sexualidad no conyugal, no heterosexual, no monógama, convirtiéndose en una sociedad hipócrita de perversión notoria.

La situación con este binario sexo/género (para Judith Butler y Donna Haraway, por ejemplo) no es que la biología determine los roles sexuales de manera estática, sino que estamos a favor de una “diversidad de roles”, siempre y cuando esta diversidad esté relacionada con ser hombre o mujer. Por lo que género se convierte en un sinónimo para diferenciar entre sexos adscritos como “naturales”. En ese momento es que caemos en afirmaciones universalistas y esencialistas que niegan la diversidad.

Judith Butler (El género en disputa, 1990) pone en tela de juicio esta categoría en el momento que reflexiona sobre varias formas nuevas de pensar el género: transgénero y transexualidad, la paternidad y maternidad lésbica y gay, y las nuevas identidades lésbicas masculinas y femeninas; de ahí la dificultad de que una persona transexual no pueda ser definida por los sustantivos de “hombre” o “mujer”. La crítica también va encaminada a la ambigüedad del género que interviene para reprimir o desviar la práctica sexual no normativa.

No sólo nos basta con burlarnos y criticar a los que han perdido a su familia a causa de su orientación sexual; los desplazamos, apartamos y clasificamos como diferentes. Eso es violencia, pero identificar esa violencia nos es difícil, porque el género es algo que se da por sentado y que —volviendo a las confusiones de términos— se presupone que es una expresión natural o una constante que ninguna acción humana es capaz de modificar.

Es fácil seguir la tradición, la normatividad de los esquemas socialmente impuestos; pero sin duda, es mejor salir de esos esquemas y dirigirnos hacia nuevos caminos de conocimientos que nos permitan una visión amplia de las cosas, para así tener más argumentos que conformen nuestras opiniones. No criticar lo que se ha enseñado como verdadero es una opresión hacia sí mismo. Con esto quizá pretendo que el lector haga un esfuerzo extra en el que sus valores y posturas se vean ofendidos ante tales formulaciones, pero sí, hay que poner en duda todas las verdades que se dan por sentadas.

Ante este análisis estoy de acuerdo con la postura que tiene Joan Scott en Gender and the Politics of History (1988) al escribir sobre si la categoría de género sigue siendo útil; ella dice que sí, siempre y cuando el análisis no dependa sólo de la descripción de los roles, sino cuestionándolos para obtener una postura crítica ante los significados de los cuerpos y la construcción de las diferentes orientaciones sexuales. El concepto de género es el que nos debe ayudar a interpretar el significado social del hecho biológico de haber nacido “hombre” o “mujer” y mantener una actitud crítica ante la falacia esencialista de pensar que lo “natural” es lo verdadero y corresponde a la actuación humana. Este mismo esencialismo es lo que alimenta la consideración asimétrica entre los géneros, constituyendo un sistema jerárquico de clasificación que norma los comportamientos sexuales y los clasifica en una visión unilateral de normales o anormales.

Independientemente de si hablamos de los términos sexo, género, teorías feministas y queer, en realidad, lo importante en esta reflexión es la necesidad de plantearnos que detrás del análisis hay personas, seres humanos en una sociedad intolerante ante la diversidad. El avance social no se va a dar ante las tradicionales relaciones de poder heteronormativas, sino ante la aceptación de la diversidad que nos permita la eliminación de tratos discriminatorios contra cualquier grupo. Luchar por una sociedad que proponga políticas tomando en cuenta condiciones culturales, económicas y sociopolíticas para lograr un estado de derecho equitativo.

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