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Mauricio Orellana Suárez: “El diálogo con nuestras problemáticas nos permite ser creativos”

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A lo largo de su carrera literaria, Mauricio Orellana Suárez (San Salvador, 1965) ha explorado y reflejado la realidad salvadoreña de diversas maneras. Su novela Cerdo duplicado es una ingeniosa propuesta de ciencia ficción en la que los poetas ostentan el poder del estado. Su monumental Heterocity subraya el machismo y homofobia en nuestra sociedad. Ciudad de Alado se lee como la versión salvadoreña de En el camino de Kerouac, incursionando por las profundas y nocturnas calles de San Salvador.

Fotos FACTUM/Salvador Meléndez


La entrevista comenzó una tarde en el Club la Dalia, que tuvimos que abandonar cuando la bulla se hizo insoportable. Luego continuó por otros locales nuevos y viejos del centro de San Salvador. En ella, Mauricio nos habla sobre sus inicios en las letras, sobre el estado de la literatura en la región. Habla también sobre su esfuerzo más reciente: la editorial “Los sin pisto”, iniciativa rebelde que se desprende del enfoque “colonizador” de la industria editorial, y pone a disposición de los salvadoreños viejas y nuevas voces literarias. 

¿Cómo nace tu apego a la literatura? ¿Hubo alguna situación en específico?

Hubo momentos, no un momento específico. A partir de un accidente que tuve de pequeño, tenía problemas para comunicarme oralmente. O bueno, por lo menos esa es la auto-ficción que yo me cuento, porque no hay nada que certifique que eso haya sido así. Pero atribuyo a ese momento que empecé a tener dificultades de comunicación con la gente. Y el desahogo por escrito me permitía expresarme de mejor manera.

Luego, estaba enamorado de un chero del colegio. Y yo le escribía cuentos y se los mandaba de manera anónima a su casa. Era un cuento en continuación… y una especie de acoso. También influyó que en el colegio estaba recibiendo clases con buenos profesores de literatura. En esa época había novelas que leía hasta cinco veces, pero no porque me interesara tanto la historia. En una había un personaje con el nombre del chero que me gustaba. Entonces, para mí era como que me contaran una historia ficticia de los personajes de los que estaba enamorado.

A todo esto, estoy escribiendo. Lo primero que intenté fue escribir una novela. Así, de entrada. Muy temerariamente, con toda la ingenuidad del mundo. No salió, por supuesto, pero fue como un aprender a cómo hacer novela. 

La manera que tuve para medir si lo que estaba haciendo era contable o no era enviarlo a concursos literarios y a los Juegos Florales. Y gané seguidamente, en dos años, los segundos lugares en los Florales de Ahuachapán. Entonces, eso me dio como una idea de que quizás no lo estaba haciendo tan mal. A partir de ahí me decidí a escribir de oficio.

O sea que cuando empecé a escribir, allá en el fondo pensaba que en algún momento podría publicar algo, pero no era mi objetivo. Era una necesidad expresiva. Podía lidiar con la realidad más fácilmente a través de expresarme literariamente. Era como un complemento.

Si pienso en los temas en los que se centran tus novelas, parece que son ejercicios sobre cómo lidiar con la realidad. 

Para mí, la literatura es una herramienta, un diálogo con la realidad, una manera de procesarla y de aportar lo propio. Es como incorporarle a la realidad ese aspecto subjetivo que la enriquece, y la vuelve más manejable. 

Entrevista al escritor Mauricio Orellana Suárez en las instalaciones del Club Social La Dalia, en en el Centro Histórico de San Salvador, El Salvador, el 20 de septiembre de 2018.
Foto FACTUM/ Salvador Meléndez.

¿Podrías darme un ejemplo específico de esto dentro de tu obra?

Mi novela, Heterocity, surge a partir de la discusión de la Asamblea Legislativa sobre que las personas LGBT no tienen derecho a lo que la población en general sí tiene. Entonces, a través de la literatura lidio con esa marginación, con esa manera de que te traten como ciudadano de segunda clase. Así proceso esa inquietud, esa rabia.

En Heterocity hacés referencia a San Salvador, pero aun así se ha vuelto una novela muy querida y leída en otros países de Centroamérica. 

Aunque te movás de ciudad, siempre compartimos ciertas coincidencias culturales. No para bien, precisamente. Esto tiene que ver con esta posición de heteronormatividad, el establecimiento de esa única concepción de posibilidades para que el ser humano pueda construir su identidad. Y el bloqueo hacia alternativas de esas identidades, hacia la expresión del autodiseño de la identidad, de las diversas formas de consturirse.

Además, me interesa abrir la posibilidad de vernos reflejados como sociedad. No me interesa reflejar solo una parte, sino el todo, los diferentes actores de esta problemática. Y esa es la posibilidad de la literatura, y a partir de ese reflejo, generar una reflexión y un diagnóstico para hacernos una idea de qué es lo que no está funcionando para que tanta gente se sienta fuera de la representatividad, lo normado dentro de la sociedad.

“La literatura es una herramienta, un diálogo con la realidad, una manera de procesarla y de aportar lo propio. Es como incorporarle a la realidad ese aspecto subjetivo que la enriquece, y la vuelve más manejable”.

Antes de comenzar esta entrevista, mencionaste que te aburrían los premios literarios. En nuestro país mucha gente se queja de que no se puede hacer literatura o arte, y es un discurso bien cerrado y repetitivo. Pero al verte a vos, no me da la impresión de que te está yendo mal. Tenés la posibilidad de escribir, has tenido reconocimientos internacionales y nacionales. Entonces, ¿sí es posible hacer literatura en Centroamérica?

Si, claro. Es posible y se hace. Lo que no se hace muy bien es difundirla. Es ya una problemática estructural de cómo está constituido el mercado editorial; de cómo son las imposiciones de los grandes grupos editoriales en el país. A veces es como una colonización la que se hace. También tiene que ver con la falta de búsqueda de nuestros propios espacios, alternativas y caminos; que podamos empezar a reconocernos a nosotros mismos y saber que sí hay esa producción. 

Te hablaba de los premios porque para mí pueden existir o no. Son como un adorno en el camino de un escritor, pero no es algo que te defina o que al final defina tu literatura como buena o mala. Al final, son caminos de expresión diferentes y algunos se reconocen y otros no, pero son igualmente válidos. 

Ahora, aparte de hacer literatura, tengo una editorial casera. Es un intento de horizontalizar esa jerarquía demasiado cerrada que hay en estos medios, dar a conocer opciones que se desconocen no por malas o inexistentes, sino porque el andamiaje que debería de soportar y debería ser vitrina para estas expresiones sencillamente no existe. Tenemos que construirlo. No podemos estar amparados a que de afuera nos vengan las imposiciones, sino que debemos meternos nosotros también.

Mauricio Orellana Suárez es autor de novelas como “Heterocity” “Cerdo duplicado” y “Ciudad de Alado”, Foto FACTUM/ Salvador Meléndez.

¿Es esto lo que estás haciendo con la editorial “Los sin pisto”?

Si, yo le llamo una iniciativa casera con elementos artesanales. Es pequeño. Pero precisamente, los diez títulos que tenemos, hace cuatro meses no estaban disponibles en El Salvador, a pesar de que la mayoría de ellos ya habían sido publicados fuera de El Salvador. Entonces, es más la necesidad de traer esa obra y de mostrarla acá en nuestro país, y decir que ya está disponible para quien quiera buscarla, aunque sea modesto y a pequeña escala. 

Una de las estrategias que creo que funcionan con esta iniciativa es que, en vez de focalizarnos en uno o dos textos y hacer un tiraje elevado y caro, que necesita un lugar de almacenamiento, mejor mantenemos disponible de manera artesanal pocos ejemplares. En promedio, digo que unos cinco ejemplares por título; y hacer crecer horizontalmente. Mantener varios títulos disponibles con la inmediatez que te permite llevarle a la gente lo que se está produciendo, sin tanta complicación. 

Realmente, el mercado nuestro es pequeño y por lo tanto la demanda de esta manera es manejable. Además, es una demanda que hay que terminar de crear. La gente no sabe que se está haciendo narrativa interesante en el país. Asume o presume que no. Y es interesante que la gente lo descubra.

En el catálogo de “Los sin pisto” veo que tienes títulos de escritores ya establecidos, como Jacinta Escudos, pero también le estás dando entrada a escritores jóvenes, como a Felipe García.

Sí, estamos trabajando en el descubrimiento de nuevas voces, en una selección y muestra de su trabajo. Sin importar que tengan o no tengan nombre. Nos enfocamos en la calidad literaria de los textos para darlos a conocer.

Y, en efecto, esto es algo que surge como una necesidad propia, pero también otros comparten esa necesidad. En el caso que mencionaste de Jacinta, hemos publicado tres de sus libros. Dos de ellos ya habían sido publicados, pero no los podías encontrar en las librerías de San Salvador. Entonces, para quien los quiera, ya están disponibles. 

El otro propósito es ir creando contagio de la posibilidad de hacer las cosas con lo que se tiene, sin necesitar un gran capital. Y ojalá que muchas otras personas sigan esta iniciativa y, al final de cuentas, que crezcamos horizontalmente y podamos establecer redes y presentar una alternativa y visibilidad de la producción literaria del país.

“Tengo una editorial casera. Es un intento de horizontalizar esa jerarquía demasiado cerrada que hay en estos medios, dar a conocer opciones que se desconocen no por malas o inexistentes, sino porque el andamiaje que debería de soportar y debería ser vitrina para estas expresiones sencillamente no existe. Tenemos que construirlo”.

Tomando en cuenta el hecho de que parte de la gasolina que combustiona las ganas de escribir es el choque con la realidad que vivimos en El Salvador, ¿cómo definirías un El Salvador ideal?

Mirá, yo te podría decir que sería un lugar donde se aprecie la cultura y la cultura sea el motor de las actividades del ser humano… pero eso suena muy elevado. La cuestión es, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo llegar a eso? 

Y ahí nos damos cuenta de que El Salvador ideal, si lo ves desde otro punto de vista, es el que tenemos actualmente. Porque es el que te permite generar alternativas y crearlas a partir de la nada para hacer esa transformación. Realmente, trabajar con lo que se tiene a la mano es el concepto que tenemos como editorial; es el concepto que tengo como escritor; y es el concepto que tengo también como realidad social. 

El mismo diálogo que se puede establecer con todas las problemáticas que nos aquejan nos permite ir siendo personas creativas, encontrando soluciones y caminar en ese sentido. Así que, en cierta forma, mi respuesta es que El Salvador que tenemos es el ideal… para mejorarlo.

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