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Maldito duende

Mea culpa. Tengo hábitos que quisiera corregir, pero que la terquedad me dificulta. Por ejemplo: soy un gran prejuicioso de clóset. Cada vez que alguien clama que Roma le pareció lenta y aburrida, salta un duende en mi cabeza que me dice: «esta persona carece de paciencia y sufre de trastorno de ansiedad provocado por los ritmos degenerados de la vida moderna… o es que, simplemente, nunca tuvo la oportunidad –o el interés– de indagar más allá del cine de TNT Nitro».

Lo pienso… pero nunca lo digo. Me lo quedo.

Cada vez que escucho a alguien hablar con resquemor acerca de los silencios incómodos, el Maldito Duende emerge y me dice: «esta persona sufre de incontinencia verbal: ¡¿Cómo se le ocurre atentar contra la maravilla del silencio?! ¿Acaso todavía no se ha dado cuenta de que la gente del Whatsapp es, en realidad, la gente con la que quisiéramos compartir la vida real?». Es el mismo duende que me empuja a dar siempre cinco estrellitas y propina generosa a todo conductor de Uber que tenga la cortesía de no dirigirme ni una sola palabra en un viaje. Para estos mudos, todo mi respeto. Bienaventurados, porque de ellos será el reino de los duendes.

Hago juicios. Sin base. Sin mucho fundamento. Y luego callo.

Cada vez que alguien afirma –convencido y hasta ofendido– que sí es música ese ruido norteño que expele la tuba de una banda sinaolense, va el duende otra vez y replica: «seguro él es de esos tipos que cada mes, llegado el 28, saca a pasear a San Juditas Tadeo y le reza para pedirle que el octavo embarazo de su décima pareja le traiga, por fin, al futbolista que lo sacará de la miseria».

Cada vez que alguna persona comparte en Instagram la foto de un plato de comida exótica que tanto le ha hecho feliz, va el duende y mide con báscula y cinta métrica a la autoría detrás de la publicación. O cada vez que alguien cierra un mensaje repartiendo bendiciones a la garduña, va el duende y repele con maldiciones excluyentes.

Cuando una muñeca influencer flirtea con la anorexia publicitaria para promocionar a su estilista, mi alux interno espeta sin remordimientos:

«La educación está sobrevalorada. ¡Viva la superficialidad!».

O cuando saco a pasear a Kun y recojo ‘las gracias’ que va dejando por la calle, suelo encontrarme con Trucutús que proyectan su matonería a través de sus perros/esclavos: el típico personajete que libera a su rottweiler con cara de Pazuzu –siempre sin correa y siempre sin bolsa para recoger sus heces– porque entiende que lo que este mundo necesita es otra exaltación más a la glorificación del macho alfa. Entonces va mi duende interno y se pregunta: «¿De qué academia militar se habrá graduado este Rambo infeliz?».

Sin embargo, el Maldito Duende también jala parejo. Es inclemente y no respeta ni a quien le da hospicio en mi cabeza. Cada vez que publico una foto del último vinilo que recién incorporé a mi colección, va y me castiga con su indolencia: «¿A quién diablos le importa? Solo compartís esas cosas para darte aires de una relevancia tan inexistente como tu autoestima». O cuando voy a la peluquería a raparme la cabeza en búsqueda de “un corte moderno”, el enanito verde interior me dice: «Aunque no creás, hay gente que asume con más dignidad su chavorruquez. En el Valhalla no hay lugar para los Ragnar Lodbrok de la Zacamil».

Toca asimilar el mal genio –estilo Dr. Merengue– que se esconde detrás de una amabilidad que intento proyectar y de la que me siento orgulloso.

Pero cuando terminé de escribir esta columna, vino el fucking elfo para obsequiarme su último prejuicio… «¡Ese tu afán por ser Contreras! Sos el meme de Bart Simpson pidiendo a gritos reconocimiento por creerte especial, por asumirte diferente. Pero te tengo noticias: ¡No lo sos!».

En mi defensa debo decir que –a pesar de que su prejuicio conmigo es, además de cruel y brutal, atinado– lo que no sabe mi Maldito Duende es que también encuentro encomiable el esfuerzo que hago por mantenerlo a él atado en una mazmorra; el esfuerzo por guardármelo y nunca liberarlo, aunque se la pase todo el tiempo chingando en mi cabeza; la lucha por reservarme una opinión o un juicio no requerido; por ser lo contrario que Jim Carrey en “Liar Liar”.

Y eso es más importante.

A final de cuentas, prefiero abrazar y asumir a mis prejuicios, media vez los guarde en cautiverio, aunque esto parezca deshonesto. Pienso que es mejor ser otro prejuicioso de clóset más, que otro sabiondo de Twitter que hace del timo del coaching un modo de vida y que siente la necesidad de compartir una opinión –y sus bendiciones– para todo cacareo. Y es que mi duende personal tiene un concepto para este tipo de gente: 

«Son los que alguna vez concursaron en Jardín Infantil y les quedó un trauma irreparable porque al primer baile no encontraron silla donde sentarse».

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