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Los votos del silencio: la masacre de las monjas Maryknoll

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El 2 de diciembre de 1980, agentes del gobierno salvadoreテアo asesinaron a cuatro religiosas estadounidenses de quienes sospechaban que colaboraban con la insurgencia. La orden Maryknoll, a la que pertenecテュan las mujers, elevテウ la denuncia internacionalmente y Washington presionテウ suspendiendo temporalmente la ayuda militar a El Salvador. Los hechores materiales fueron juzgados, pero el alto mando permaneciテウ intacto. La guerra civil salvadoreテアa apenas iniciaba y el entramado del silencio le sobrevivirテュa.

La noche del 1 de diciembre de 1980, al concluir el retiro espiritual de la orden Maryknoll en Diriamba, Nicaragua, Ita Ford rezテウ para decidir si volvテュa o no a El Salvador. En su mente todavテュa pesaba el recuerdo de su primera compaテアera, Carol Ann Piette, quien habテュa fallecido frente a sus ojos el 23 de agosto en un trテ。gico accidente y por el que acabテウ en una casa de retiro espiritual en suelo nicaragテシense.

Rezテウ y meditテウ un largo rato antes de anunciar su retorno al trabajo que realizaba en Chalatenango. Ita sufrテュa ese choque de trenes entre su obligaciテウn misionera y el dolor, el remordimiento por su compaテアera muerta, y el miedo. Una noche mテ。s tarde, a su arribo al aeropuerto internacional en Comalapa, cuatro guardias nacionales al mando del subsargento Luis Antonio Colindres Alemテ。n torcerテュan el rumbo de su vida.

Ita Catherine Ford habテュa ingresado a El Salvador por primera vez junto a Carol para incorporarse al trabajo que el arzobispado de la Iglesia catテウlica ejecutaba en el departamento de Chalatenango. La idea era paliar el impacto que los campesinos sufrテュan debido a las incursiones del ejテゥrcito en busca de los primeros focos de los incipientes grupos guerrilleros.

La vida en el campo era insegura y la poblaciテウn rural preferテュa emigrar y abandonar las tierras antes que perder la vida.

ツォNo fue fテ。cil asignarlasツサ, recuerda Fabiテ。n Amaya, ex-vicario departamental de Chalatenango: ツォellas querテュan trabajar donde se necesitara ayuda pese a que era peligrosoツサ.

Amaya, quien reciテゥn finalizaba su formaciテウn eclesiテ。stica en la Pontificia Universidad de Comillas con estudios de publicidad y radio en la Universidad de Madrid, recuerda el manejo tendencioso de la informaciテウn al que recurrテュa el ejテゥrcito para estigmatizar el trabajo pastoral.

ツォLa Iglesia catテウlica salvadoreテアa era el centro de las sospechas. El ejテゥrcito no podテュa tolerar que los religiosos se relacionaran con los refugiados y los desplazados oriundos de las zonas en conflicto. Desde el punto de vista estratテゥgico, los militares siempre fustigaron aquel contacto porque consideraron que los desfavorecテュa pues decテュan que los campesinos eran el primer eslabテウn de los rebeldesツサ, recuerda Amaya.

El ejテゥrcito tambiテゥn tenテュa claro que a falta de un enemigo con uniforme debテュa buscarlo entre aquellos que lo parecieran. Esa era la lテウgica del conflicto entonces.

Las monjas de Maryknoll lo sabテュan, pero aun asテュ continuaron. Lo que a otros les producテュa desazテウn y miedo a raudales a ellas las motivテウ a trabajar a tiempo completo en Chalatenango desde junio de 1980. Las hermanas Carol e Ita habテュan trabajado juntas en Chile, donde desarrollaron misiones en zonas pobres y reprimidas por la dictadura militar. Llegaron a El Salvador el 24 de marzo de 1980, el mismo dテュa en que el arzobispo de San Salvador, テ都car Arnulfo Romero, fue asesinado por un francotirador mientras oficiaba una misa.

Ese mismo aテアo, el padre Amaya regresテウ de sus estudios eclesiテ。sticos y fue asignado en esa zona. Por eso recuerda el primer aviso contra las Maryknoll. La seテアal apareciテウ en la puerta de su residencia en la ciudad de Chalatenango: la pinta de una mano blanca, la marca de uno de los escuadrones de la muerte窶ヲ

ツ***

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El 23 de agosto de 1980, Carol Ann Piette conducテュa un jeep hacia la comunidad San Antonio Los Ranchos porque trasladaba a un grupo de campesinos que reciテゥn habテュa sido liberado por el jefe de una guarniciテウn militar en la zona.

Ita, junto a dos seminaristas, tuvo la idea de trasladar a los pobladores porque pensテウ que serテュa una grata sorpresa para las familias; decidiテウ organizar el viaje con un deseo ingenuo de festejar unidos con la comunidad.

ツォY les agarrテウ la noche en medio de la montaテアa chalateca justo cuando estamos en invierno y pasテウ aquella tragediaツサ, recuerda Amaya.

Camino de regreso, una lluvia torrencial aumentテウ el caudal del rテュo El Zapote y arrastrテウ el jeep en el que viajaban. Los dos seminaristas lograron saltar del carro, mientras Carol arrojaba a Ita a travテゥs de la ventana a costa de su vida porque quedテウ atrapada; no pudo salir cuando las aguas la volcaron y fue corriente abajo ante el estupor de todos. Nadie escuchテウ sus gritos ahogados; solo el sonido estrepitoso de la tormenta. La aテアeja asociaciテウn misionera de Carol e Ita fue disuelta por la fatalidad.

La hermana Ita debiテウ guardar reposo a lo largo de un mes hasta que la orden encomendテウ a otra monja para continuar con la tarea; su nombre, Maura Elizabeth Clarke, oriunda de Belle Harbour, Nueva York.

La hermana Maura habテュa trabajado 20 aテアos en Nicaragua y fue testigo de la dictadura de Anastasio Somoza y del triunfo de la Revoluciテウn Sandinista.

Esta religiosa tambiテゥn abrigaba otra causa: ツォnosotros como americanos tenemos alguna responsabilidad sobre lo que estテ。 sucediendo en Amテゥrica Latinaツサ, escribiテウ en su diario. Luego participテウ en los primeros movimientos contra la ayuda militar norteamericana a gobiernos militares del istmo.

Cuando supo de la muerte de Carol, la hermana Maura se presentテウ como voluntaria para acompaテアar a Ita en su trabajo pastoral, atendiendo al llamado de ayuda para El Salvador que hiciera monseテアor Romero antes de morir. ツォMi miedo de muerte me estテ。 desafiandoツサ, escribiテウ la religiosa en su diario.

ツォAun estando de cierto modo preocupada por los dテュas difテュciles que tenemos por delante en El Salvador, siento la convicciテウn, Seテアor, de que tテコ me quieres allテュ; tテコ me darテ。s la luz y la fuerza que necesitoツサ, escribiテウ antes de emprender el camino que la vincularテュa con Ita para siempre.

***

Desde lo alto de la cテコpula de la iglesia de Chalatenango y a cien metros a la redonda, el ejテゥrcito observaba cada paso de las dos monjas Maryknoll. En la guarniciテウn, que estaba al mando del coronel Ricardo Peテアa Arbaiza, tenテュan la certeza de que el traslado de vテュveres, el ir y venir de sacos con granos bテ。sicos y la atenciテウn a refugiados era parte de un juego ideado por la guerrilla.

Los anales de Socorro Jurテュdico del arzobispado 窶田omprendidos entre octubre de 1979 y julio de 1981窶 registran los casos de asedio: se persigue ツォa aquellos que se han puesto al lado del pueblo y han salido en su defensaツサ, advierte el texto.

Cuando Maura e Ita retomaron el trabajo de la Pastoral Asistencial, ambas previeron que la guerra ocasionarテュa el テゥxodo de miles de campesinos. Las incursiones de la Guardia Nacional y la Policテュa de Hacienda empezaban a poner en marcha un estilo que luego los salvadoreテアos conocerテュan como 窶tierra arrasada窶.

ツォNosotros tenemos refugiados, mujeres y niテアos en nuestra puerta y algunas de sus historias son increテュbles. Lo que estテ。 pasando aquテュ es increテュble, pero pasa. La paciencia de los pobres y su fe por este dolor terrible constantemente me llama a una contestaciテウn de fe mテ。s profundaツサ, escribiテウ Maura en su diario.

En otra parte del paテュs, en el departamento costero de La Libertad, otro tテ。ndem de religiosas enfrentaban sus propios desafテュos. La monja ursulina Dorothy Kazel, de 49 aテアos, y la laica Jean Donovan, de 27, formaban parte del equipo misionero de Cleveland, Estados Unidos, que habテュa llegado al paテュs para desarrollar tareas asistenciales en la zona.

Ambas mujeres, blancas, pelicastaテアas, destacaban a leguas en medio de las covachas paupテゥrrimas que visitaban. Niテアos desnudos, ancianos desamparados, madres parturientas, niテアos por doquier, niテアos a montones, sin amparo, sin futuro, salvo el pequeテアo aliento que llevaban ambas misioneras.

El ejテゥrcito estudiテウ los movimientos de las cuatro religiosas y presumiテウ que a partir de septiembre estas integraron un plan de asistencia masiva donde tuvo presencia territorial la organizaciテウn guerrillera Fuerzas Populares de Liberaciテウn (FPL). Para la Fuerza Armada una cosa llevaba a la otra.

ツソPor quテゥ viajan tanto? ツソPor quテゥ entran a las zonas en conflicto? ツソLlevan armas?, eran las preguntas regulares de las autoridades de la テゥpoca. El Ministerio del Interior sabテュa de los antecedentes de Maura, la monja venida de Nicaragua. O los de Dorothy y Jean, que habテュan hecho guardia de honor durante las exequias del arzobispo Romero, o los de Ita, que llevaba meses trabajando con las comunidades de Chalatenango. El ejテゥrcito llevaba mal lo religioso.

De hecho, el magnicidio de Romero agudizテウ la vulnerabilidad de los trabajadores de la Iglesia catテウlica en el paテュs. Los hテ。bitos y las sotanas eran vistos como el uniforme del enemigo por parte de los militares, al mismo tiempo en que pobladores de sitios en conflicto veテュan a sus portadores como los テコnicos capaces o interesados en llevar ayuda y sosiego a las comunidades.

En el departamento de La Paz, el sacerdote franciscano italiano Cosme Spessoto dirigテュa la parroquia de San Juan Nonualco. Desde que vino al paテュs en 1950 tenテュa un sueテアo: cultivar una vid de denominaciテウn salvadoreテアa. Creテュa que la humedad de la tierra podテュa servir para una buena cepa. Pero la tarde del 14 de junio de 1980, dos pistoleros segaron sus planes mientras テゥl rezaba al pie del altar.

El 6 de octubre, sujetos uniformados allanaron la casa del padre Antonio Reyes y lo asesinaron. Un mes mテ。s tarde, el 16 de noviembre, apareciテウ un pliego de cartulina en la fachada de la parroquia de Chalatenango con amenazas a muerte calzadas por el autodenominado Frente Anticomunista.

El 28 de noviembre, la Guardia Nacional capturテウ al padre Marcial Serrano en el cantテウn Chatita, Santiago Texacuangos, al este de la capital. Sus verdugos lanzaron su cadテ。ver al lago Ilopango con piedras atadas a los pies. La Iglesia nunca pudo recuperar el cuerpo.

En San Salvador, una bomba explotテウ en la fachada de la Catedral metropolitana.

Un dテュa antes, habテュan sido asesinados los seis dirigentes del Frente Democrテ。tico Revolucionario (FDR) poco despuテゥs de ser secuestrados a rastras del centro escolar Externado de San Josテゥ. Ese fue 1980窶ヲ

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Cadテ。veres de dos de las religiosas estadounidenses asesinadas por la Guardia Nacional en 1980. Imagen tomada de www.uca.edu.sv

Cadテ。veres de dos de las religiosas estadounidenses asesinadas por la Guardia Nacional en 1980. Imagen tomada de www.uca.edu.sv

Un asesor estadounidense sostuvo que el coronel Peテアa Arbaiza viajテウ hasta San Salvador para advertir al embajador Robert White sobre las amenazas contra las monjas. La fuente dijo que desarrollテウ una investigaciテウn sobre el caso, en la que concluyテウ que todo el operativo de captura y asesinato fue planificado al margen del alto mando.

El exvicario Amaya, empero, recordテウ que ツォnosotros sabテュamos que las vigilaban, ya que su trabajo consistテュa en llevar asistencia itinerante a las zonas golpeadas por la guerraツサ. Trajo a la memoria que la Iglesia creyテウ que era mucho mテ。s seguro que ellas no trabajaran en un lugar fijo porque ツォsi se establecテュan en un poblado, las habrテュan relacionado como simpatizantes de alguna organizaciテウnツサ.

Las mismas religiosas pensaban que esa forma de operar las mantenテュa fuera de peligro. ツォEllos no matan a norteamericanas rubias y de ojos azulesツサ, solテュa decir Jean Donovan a sus familiares cuando intentaban persuadirla de abandonar El Salvador. Pero se equivocテウ.

En noviembre de 1980, Maura Clarke e Ita Ford acudieron a una asamblea general de la orden Maryknoll en Managua, aprovechando el fin de semana en que se celebraba el Dテュa de Acciテウn de Gracias. El 2 de diciembre, Dorothy y Jean acudieron temprano al aeropuerto para recoger a la delegaciテウn Maryknoll que volvテュa del encuentro.

Ita y Maura no llegaron en ese vuelo, por lo que sus compaテアeras decidieron transportar al primer grupo hacia el puerto de La Libertad, donde tenテュan su base. La hermana Teresa Alexander, quien llegテウ en ese grupo, les comunicテウ que no era necesario que volvieran al aeropuerto mテ。s tarde, pues Maura e Ita tenテュan previsto abordar un taxi para regresar a San Salvador. Pero ambas insistieron en regresar por el vuelo vespertino, debido a que el camino era peligroso. Eran alrededor de las cinco de la tarde.

Foto de archivo de Robert White, embajador de los Estados Unidos en El Salvador en 1980, aテアo en que fueron asesinadas las religiosas estadounidenses.

Las mujeres ignoraban que en paralelo se desarrollaba un operativo militar con el objetivo de capturarlas. En ese punto, Jean y Dorothy probablemente olvidaron las advertencias que dテュas antes les hiciera el mismo embajador estadounidense Robert White, quien las mandテウ a llamar para decirles que las trabajadoras religiosas de Chalatenango estaban en la mira del ejテゥrcito. En ese punto, ignoraban que su vida acabarテュa en pocas horas. En ese punto, la operaciテウn para matarlas estaba en marcha y era irreversible.

***

ツCon テウrdenes precisas, el cabo Margarito Pテゥrez Nieto y el guardia Alirio Elber Orantes Menjテュvar se presentaron temprano en el aeropuerto para aguardar la llegada de las hermanas Clarke y Ford, provenientes de Managua. Mientras esperaban, siguieron tambiテゥn los movimientos de Dorothy Kazel y Jean Donovan.

Pテゥrez Nieto se ツォcomunicテウ con alguien superior por radio o por telテゥfonoツサ para notificar que ツォellas (Clarke y Ford) no habテュan llegado en ese vueloツサ y para preguntar ツォツソdebemos esperar por el prテウximo?ツサ.

Al otro lado de la lテュnea se encontraba el subsargento Luis Colindres, quien recibiテウ ademテ。s el reporte de ツォdos mujeres con aspecto sospechosoツサ en la sala de espera de la terminal aテゥrea, en referencia a Dorothy y Jean, de quienes sospechaban ツォque llevaban armas en sus carterasツサ.

El vuelo llegテウ hacia las cinco de la tarde. Las cuatro religiosas emprendieron la ruta hacia San Salvador. Estas probablemente no fueron conscientes de que todos los vehテュculos, excepto el suyo, habテュan sido retenidos en el estacionamiento del aeropuerto a esa hora. La carretera estaba sola, sin autos y sin testigos que dieran cuenta del momento en que su camioneta fue interceptada.

Vestidos de civil, los guardias nacionales Carlos Joaquテュn Contreras Palacios, Francisco Orlando Contreras Recinos, Josテゥ Roberto Moreno Canjura, Daniel Canales Ramテュrez y Salvador Rivera Franco detuvieron el automテウvil de las religiosas en una caseta de peaje. Durante media hora la revisaron exhaustivamente sin encontrar nada.

Anticipテ。ndose a los hechos, Colindres habテュa solicitado a un puesto de vigilancia cercano al aeropuerto, el de San Luis Talpa, que no intervinieran si escuchaban o veテュan algo extraテアo.

Los guardias llevaron a las monjas en su propia camioneta hacia Rosario de la Paz, donde la Guardia Nacional tenテュa una delegaciテウn. Ahテュ llegテウ Colindres, en un jeep con la insignia de la Comisiテウn Ejecutiva Portuaria Autテウnoma (CEPA), para dirigir la operaciテウn de exterminio, siguiendo al pie de la letra las instrucciones superiores: habテュa que matarlas; aunque antes debテュan pasarla mal.

ツォA las ocho de la noche, las monjas estaban muertasツサ, relatテウ uno de los exguardias, cuando el caso fue investigado por abogados de Nueva York, en la cテ。rcel donde estuvo recluido. ツォFue una operaciテウn larga porque fuimos una por una hasta acatar la orden de eliminarlasツサ, agregテウ.

Una vez ejecutadas, dejaron los cuerpos ahテュ a la vista, en medio de la nada, y llevaron el auto de las religiosas a un escampado donde lo quemaron.

El vehテュculo fue encontrado al dテュa siguiente, pero sin rastro de las religiosas, por lo que la congregaciテウn puso la denuncia a los cuerpos de seguridad y alertテウ a la comunidad internacional sobre la desapariciテウn de sus miembros.

El embajador White hizo la respectiva denuncia al gobierno salvadoreテアo; obtuvo, de parte del entonces ministro de Defensa, el general Josテゥ Guillermo Garcテュa, la promesa de declarar ツォestado general de alertaツサ para buscar a las monjas en todo el territorio nacional. Pero por esa vテュa no se supo nada.

Segテコn recrea la hermana Madeline Dorsey, tambiテゥn de la orden Maryknoll, el primer indicio que tuvieron sobre el paradero de las religiosas no vino del sector oficial, sino de parte de un campesino, quien contテウ al pテ。rroco de su iglesia que el miテゥrcoles 3 de diciembre habテュa sido obligado a enterrar a ツォcuatro mujeres blancas sin identificarツサ.

En la madrugada del jueves 4 de diciembre, Dorsey se hizo acompaテアar de otras religiosas para apersonarse al lugar y solicitar la exhumaciテウn de los cuerpos que yacテュan en una fosa reciテゥn cavada en la Hacienda San Francisco, cantテウn Santa Teresa, en la jurisdicciテウn de Santiago Nonualco, en La Paz. Minutos despuテゥs, la hermana Teresa Alexander acudiテウ al Juzgado de Paz de la localidad, cuyo personal habテュa efectuado el reconocimiento de los cadテ。veres antes de sepultarlos sin notificaciテウn alguna a embajadas o consulados, pese a que evidentemente eran de origen extranjero.

La descripciテウn fテュsica leテュda por el secretario del juzgado coincidテュa con la de las cuatro religiosas, ademテ。s del hallazgo de un anillo de la orden Maryknoll como signo inequテュvoco de que se trataba de ellas. La exhumaciテウn fue solicitada y para entonces la esperanza de encontrarlas con vida se habテュa esfumado.

La reconstrucciテウn del operativo en que las cuatro religiosas fueron asesinadas consta en la compilaciテウn de antecedentes que dio lugar a la Resoluciテウn No. 17/83 de la Comisiテウn Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), de la Organizaciテウn de los Estados Americanos, emitida tres aテアos despuテゥs de los hechos; asテュ como en las memorias del embajador White, ahora un exdiplomテ。tico retirado en California, quien tuvo acceso a la transcripciテウn de las conversaciones sostenidas entre los implicados en la masacre.

ツ***

La hermana Madeleine Dorsey es una nonagenaria que vive en la casa matriz de la orden Maryknoll en Nueva York. Tenテュa 60 cuando se estableciテウ en El Salvador y fue testigo de la barbarie con que sus cuatro colegas, amigas y hermanas misioneras fueron asesinadas.

La hermana Dorsey evoca en sus memorias el momento del hallazgo de los cuerpos. ツォEs una historia de muerte, sepultura y resurrecciテウnツサ, dice la hermana Maddie, quien junto a la hermana Teresa Alexander, el padre Paul Schindler, el embajador White y la cテウnsul estadounidense Patricia Lansbury, presenciaron la extracciテウn de los cuerpos de la fosa en la que habテュan sido enterrados a flor de tierra.

El primer cuerpo en ser extraテュdo fue el de Jean Donovan, quien segテコn el parte forense tenテュa ツォuna venda en el cuello de tela de camiseta de puntoツサ. Los huesos de su cara habテュan sido destruidos por un proyectil de fusil G-3 y sus テウrganos genitales estaban edematizados. ツォLas han violado, las han violado窶ヲツサ, pensテウ con rabia el embajador White. Para Dorsey fue doloroso ver el cuerpo de Jean y su ツォadorable rostro que habテュa sido destrozadoツサ.

La blusa gris y la falda verde azul de Maura Clarke tenテュan las huellas de otro proyectil que surcテウ la regiテウn parietal izquierda. Junto a ella estaba un ツォblテコmer enrollado color cafテゥ claroツサ. ツォLa cara de Maura parecテュa emitir un quejido silenciosoツサ, escribiテウ la nonagenaria.

Dorothy Kazel tambiテゥn fue amordazada y llevaba un pantalテウn celeste marca ツォVancortツサ, puesto al revテゥs, segテコn consta en el expediente judicial. El disparo atravesテウ el parieto-temporal. Pese a la saテアa con que fue asesinada, Maddie recuerda ツォla expresiテウn tranquilaツサ de Dorothy.

El cuerpo inerte de Ita Ford fue el テコltimo en ser extraテュdo de la fosa. No tenテュa ropa interior, segテコn el parte. ツォFinalmente, estaba la pequeテアa Ita. Me acerquテゥ para limpiar la tierra de sus mejillas y colocar su brazo cerca de su costadoツサ, relatテウ. Maternal, limpiテウ el rostro de Ford usando el borde de su falda.

ツォNosotras, las hermanas, caテュmos de rodillas en reverencia. Sentテュ como si fuera un momento de resurrecciテウn. Sテュ, sus cuerpos muertos y abusados estaban allテュ, pero sus almas estaban con el cariテアoso Salvadorツサ, dice Madeleine Dorsey.

La fotografテュa del paraje rural con los cuatro cadテ。veres y tres religiosas arrodilladas frente a ellos dio la vuelta al mundo con un mensaje bien claro: la violaciテウn a los derechos humanos infligida contra el clero no tuvo piedad en relaciテウn a cualquier otro conflicto armado en la テゥpoca. En El Salvador, el extremismo de derecha incluso tuvo un lema: haga patria, mate un cura窶ヲ Y todo lo que oliera a Iglesia catテウlica.

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Los generales (retirados) Josテゥ Guillermo Garcテュa (traje gris) y Eugenio Vides Casanova ingresan a un juzgado en West Palm Beach Florida, donde en mayo de 1999 fueron juzgados por los asesinatos de las religiosas estadounidenses.

El Comitテゥ de Abogados para los Derechos Humanos, con sede en Nueva York, llevテウ la causa judicial a solicitud de los familiares de las religiosas asesinadas y sostuvo desde el inicio que el asesinato atendiテウ a una agresiテウn premeditada y frテュamente calculada.

El Comitテゥ de Abogados reportテウ que el coronel Peテアa Arbaiza viajテウ hacia San Salvador para dar parte acerca de las actividades polテュticas en Chalatenango; aunque hay otros que traen a cuenta que el militar tratテウ de proteger a las monjas enviando informaciテウn a la embajada de Estados Unidos, versiテウn que podrテュa estar relacionada con la advertencia que el embajador White hizo a Dorothy Kazel y Jean Donovan unos dテュas antes de su asesinato.

El exdiplomテ。tico recuerda que aquella noche les dijo que tuvieran cuidado porque habテュa mucho peligro. Pero White lamenta que ツォyo no hice ninguna advertencia al gobierno salvadoreテアoツサ. Al mencionar esa frase lo hizo a sabiendas que el rテゥgimen de turno solamente funcionaba a base de advertencias y amenazas veladas. Es decir que si Washington no intervenテュa anticipテ。ndose a los hechos, las autoridades salvadoreテアas preferテュan actuar antes que pedir permiso.

Durante una conferencia de prensa que tuvo lugar en Cleveland, en 1983, previa a recibir un premio con el nombre de la monja ursulina Dorothy Kazel, el exembajador White reforzテウ la tesis de que miembros del alto mando del ejテゥrcito estaban enterados del operativo de exterminio.

El exdiplomテ。tico se refiriテウ a que los dos guardias destacados en el aeropuerto, Margarito Pテゥrez Nieto y Alirio Elber Orantes, tuvieron comunicaciテウn con un superior para esperar instrucciones por la llegada retrasada de Ita y Maura, lo que indica que ellas eran el objetivo, que no se tratテウ de algo fortuito como argumentaron las autoridades locales que investigaron el caso.

Segテコn White, estos dos guardias, quienes segテコn una fuente confidencial fueron asesinados poco despuテゥs por escuadrones de la muerte, ツォeran los テコnicos dos testigos cuyo testimonio podrテュa vincular a altos mandos con la muerte de las religiosas norteamericanasツサ.

ツ***

No sテウlo los asesinatos de las monjas dan cuenta de un nivel de organizaciテウn que fue mテ。s allテ。 de los niveles rasos. Tambiテゥn el encubrimiento de los mismos. Segテコn consta en la investigaciテウn de la CIDH, los cadテ。veres de las cuatro mujeres fueron enterrados el miテゥrcoles 3 de diciembre por decisiテウn del Juez de Paz de Santiago Nonualco, en presencia de representantes de la Guardia Nacional y de la Policテュa Nacional, quienes inexplicablemente ツォprocedieron a enterrar personas de evidente origen extranjero sin notificar a la Embajada Norteamericana u otras embajadasツサ.

El supuesto ツォestado general de alertaツサ ofrecido al embajador White por el ministro de Defensa, el general Garcテュa, y que tendrテュa el efecto de transmitir cualquier informaciテウn relacionada con las monjas, no fue tal. El jefe castrense anunciテウ por radio y televisiテウn que la Fuerza Armada estarテュa vigilante y permanecerテュa acuartelada para evitar incidentes; pero omitiテウ hablar del hallazgo de los cadテ。veres de las cuatro extranjeras enterradas a toda prisa como desconocidas en un paraje rural, como si aquel detalle no fuera relevante.

Durante la investigaciテウn, se cruzan nombres de militares con diferentes rangos y responsabilidades en ese El Salvador de los 80, controlado por los cuerpos de seguridad; los mandos aseguraron que nunca supieron nada ni escucharon del plan para eliminar a las extranjeras. En una sociedad fテゥrreamente controlada por las fuerzas militares ese argumento es inviable.

El capitテ。n テ都car Armando Carranza, jefe de la secciテウn 1 de la Guardia Nacional, pese a que comandaba uno de los servicios de inteligencia mテ。s eficientes del paテュs, dijo que nunca escuchテウ nada sobre un operativo contra las religiosas.

El subteniente Rafael Antonio Cornejo, aunque era jefe de lテュnea en el aeropuerto, asegurテウ que tampoco fue notificado acerca de unas mujeres a quienes consideraban sospechosas.

Dos dテュas despuテゥs del asesinato, la exhumaciテウn fue realizada por el profesor Josテゥ Plutarco Domテュnguez, que trabajaba como juez de Paz de Santiago Nonualco.

El funcionario judicial redactテウ el acta en la escena del crimen y fue secuestrado esa misma tarde en las cercanテュas de una estaciテウn de buses. Su cadテ。ver fue encontrado 24 horas mテ。s tarde en un camino vecinal cerca de la ciudad de Zacatecoluca. El aviso fue elocuente.

En San Salvador, cuando llegaron los cadテ。veres al Instituto de Medicina Legal, los forenses declinaron efectuar la autopsia porque esgrimieron que carecテュan de mascarillas quirテコrgicas. Asテュ nunca quedテウ constatada cientテュficamente la violaciテウn de las vテュctimas.

El 9 de diciembre de 1980, siete dテュas posteriores al asesinato, Eugenio Vides Casanova, como jefe de la temible Guardia Nacional, convocテウ a todos los oficiales para hablar sobre el caso. Pero nadie tuvo el mテ。s mテュnimo indicio, pese a que los hechores pertenecテュan a la unidad.

En ese momento, el subsargento Luis Colindres le confesテウ a su superior, el sargento Dagoberto Martテュnez, que ツォテゥl era el problemaツサ, pero esa confesiテウn no trascendiテウ hasta que el caso fue llevado a juicio. Durante los siguientes meses todos, absolutamente, guardaron silencio. Washington tuvo que suspender la ayuda militar, la orden Maryknoll elevar la denuncia internacionalmente y el embajador White hurgar entre la podredumbre para que al menos fueran juzgados los hechores materiales. De los mandos, nada. Acテ。 prevaleciテウ el cテウdigo de silencio.

Los cinco guardias fueron encarcelados hasta octubre de 1982 acusados por la masacre de las Maryknoll y el juicio llamテウ la atenciテウn de todo el mundo. Nuevamente la comunidad internacional puso atenciテウn en un lugar pequeテアo y olvidado de Dios llamado El Salvador, donde los misioneros no tenテュan escapatoria ni salvaciテウn.

Los cinco acusados fueron condenados a 30 aテアos de prisiテウn. Durante el juicio, el jefe de la operaciテウn luciテウ cabizbajo, flacucho, bigotudo y avergonzado. Nunca los exhibieron con el uniforme de la benemテゥrita Guardia Nacional, sino que acudieron al Juzgado de Zacatecoluca vistiendo de civil con camisa manga larga a cuadros y pantalones ajustados, tal como el dテュa que manosearon y masacraron a las cuatro mujeres.

Durante su encierro, Colindres, disciplinado, silencioso, jamテ。s abriテウ la boca salvo para engordar y engordar. En las prisiones donde purgテウ la condena, curiosamente, llegテウ a ser el encargado de la tienda de comestibles.

El 24 de junio de 1990 fue puesto en libertad condicional por buena conducta junto a dos de sus antiguos rasos, Daniel Canales Ramテュrez y Josテゥ Roberto Moreno Canjura. La imagen de aquel hombre enclenque de 1980 habテュa cambiado por un hombre entrecano, obscenamente obeso, sonriente, con una bolsa de comprados a las puertas de la cテ。rcel.

Adentro quedaron Carlos Joaquテュn Contreras Palacios y Francisco Contreras Recinos, quienes debテュan cumplir la pena completa en el penal La Esperanza, al norte de la capital, por haber violado el reglamento penitenciario o quizテ。s por soltar la lengua.

En 1998, un periodista del diario The New York Times los entrevistテウ adentro de la cテ。rcel y confesaron que el subsargento Colindres dijo que ツォtenテュamos テウrdenes de matarlasツサ. El escテ。ndalo pronto fue opacado en el paテュs y volviテウ la calma del silencio.

Los jefes claves de la テゥpoca, Josテゥ Guillermo Garcテュa y Eugenio Vides Casanova, vivテュan cテウmodamente como viejos jubilados en West Palm Beach, cerca de Miami, en condiciテウn de asilados polテュticos. Colindres, por su parte, solamente debテュa acudir periテウdicamente al juzgado a firmar en un libro de asistencias donde siguiテウ dando muestras de buena conducta, marcado por el silencio.

Tanto Vides Casanova como Garcテュa intentan anular los procesos de deportaciテウn dictados en su contra por cortes de inmigraciテウn estadounidenses en 2012 y 2014, respectivamente, basadas en una ley aprobada en 2004 que impide la estancia en el paテュs a extranjeros violadores de los derechos humanos o que hayan sido cテウmplices directos o indirectos de torturas y asesinatos. El cumplimiento de las sentencias sigue en suspenso.

Foto de portada.El general Josテゥ Guillermo Garcテュa (centro) estテ。 en proceso de deportaciテウn de Estados Unidos, donde fue juzgado por delitos migratorios. Familiares de las religiosas estadounidenses lo acusan de encubrir a los asesinos. Foto tomada de www.cja.org
ツEric Lombardo Lemus es periodista salvadoreテアo, freelance para la BBC de Londres en El Salvador.
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