4461 Vistas |  1

Los rufianes de la mara

Compartir...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestBuffer this pagePrint this pageDigg thisShare on TumblrEmail this to someoneShare on LinkedInShare on Reddit

Trabajadores sociales y policías en Maryland, Virginia y el Distrito de Columbia han detectado al menos 9 redes de trata de menores prostituidas entre 2009 y 2015. La mayoría de redes, algunas ya desmanteladas, son administradas por la MS13. La pandilla y otros traficantes reclutan a jóvenes centroamericanas recién llegadas a Estados Unidos o a las que han huido de casas de sus familiares. Trabajadores de programas preventivos en la zona creen que menores recién llegadas del triángulo norte de Centroamérica, quienes han enfrentado abuso sexual crónico en sus países de origen, son más vulnerables. (Los nombres de las protagonistas de este reportaje, a las que el autor accedió en entrevistas personales o a través de las descripciones hechas de ellas en expedientes judiciales o por trabajadores sociales y otros funcionarios en los condados de Montgomery y Prince George´s -Maryland-, Fairfax y Falls Church –Virginia-, han sido cambiados a petición de abogados y de las mismas víctimas).

[Esta es la segunda y última parte de la serie sobre la pandilla MS en el área metropolitana de Washington que Revista Factum e InSightCrime.org publican en simultáneo en español e inglés. Aquí puede leer la primera parte: “El Viejo Santos y la revitalización de las clicas en Maryland”]

Marcos, el padre de Vanessa, llegó a la estación de policía del condado de Fairfax, en Virginia, el 9 de noviembre de 2010 a denunciar la desaparición de su hija. Al final de una entrevista larga, el hombre, salvadoreño, confesó que su hija había huido de casa después de varios pleitos domésticos y que él tenía una sospecha bastante certera de a dónde había ido: a la casa de Alexander Rivas, de alias Casper, un miembro de la MS13, ciudadano de los Estados Unidos.

Esa misma noche, varias patrullas rescataron a Vanessa de la casa de Casper. Antes de entregarla a Marcos, el padre, los policías de Fairfax la entrevistaron. Lo que la muchacha contó es una historia que va mucho más allá de un escape adolescente –Vanessa tenía 14 años en 2010. Esta es la historia de una de las redes de prostitución infantil y juvenil administradas por la MS13 en el área metropolitana de la capital estadounidense.

Vanessa contó que había escapado de la casa paterna tres semanas antes, a mediados de octubre, y se había ido a vivir con su novio, a quien le decían Lágrimas. Fue entonces que conoció a Rivas en un parque. A veces, Vanessa se iba a dormir al apartamento del Casper. Tenía 14 años. 14.

“(La testigo) declaró que Rivas la prostituyó durante un periodo de unos 4 meses. Dijo que Rivas la llevó a varios lugares en Virginia, Washington, DC y Maryland para que se prostituyera; le había dicho que tenía que sostener relaciones sexuales vaginales con varios hombres”, dice la transcripción de una entrevista que la Oficina Federal de Investigaciones (FBI, en inglés) le hizo a Vanessa aquella noche en que la llevaron de regreso a casa de su padre.

En esa entrevista la joven dijo que ella llegó a conocer a otras 7 mujeres, más o menos de su edad, que “trabajaban” con Rivas: el pandillero les conseguía los clientes por teléfono, arreglaba las citas, las llevaba a casas de otros miembros de la mara o particulares o a habitaciones de moteles en las cercanías del anillo periférico que rodea el Distrito de Columbia. Por cada encuentro, los clientes pagaban entre $100 y $200, dice Vanessa. Casper se quedaba con la mitad.

“En los casos como estos que hemos visto se trata siempre de menores de edad, generalmente muchachas que han escapado de sus casas y que son forzadas a la prostitución. Se trata de grupo de entre 6 y 8 jóvenes”, confirma en Washington un agente federal que ha investigado redes de prostitución en la zona.

La de Alexander Rivas es solo una de al menos 7 redes de trata de jóvenes centroamericanas –la mayoría salvadoreñas y hondureñas- detectadas en esta investigación de Revista Factum que existían entre 2009 y 2012. Otras dos fueron descubiertas después.

Mapa del Distrito de Columbia (Washington, área gris). Las redes de prostitución manejadas por la MS13 operaban sobre todo en barrios y condados de Maryland, al norte, y Virginia, al sur, en el área delimitada por el Periférico de la capital (El "Beltway" o ruta 495). Foto tomada del sitio web del Sistema de Transporte Metropolitano de Washington.

Mapa del Distrito de Columbia (Washington, área gris). Las redes de prostitución manejadas por la MS13 operaban sobre todo en barrios y condados de Maryland, al norte, y Virginia, al sur, en el área delimitada por el Periférico de la capital (El “Beltway” o ruta 495). Foto tomada del sitio web del Sistema de Transporte Metropolitano de Washington.

El 30 de noviembre de ese último año, José Adonay Fuentes, alias Cheesy o Crazy boy y miembro de la MS13 en Virginia, se declaró culpable de tráfico sexual de una menor de edad; el 1 de marzo del año siguiente, 2013, Fuentes fue condenado a 10 años de cárcel. La red de Crazy boy, según los testimonios de dos de las muchachas con las que él traficó, era más bien pequeña: no más de cuatro trabajaban a la vez.

Adonay Fuentes era solo un eslabón más de una cadena que, según documentos judiciales, culminaba en Rancés Ulises Amaya, alias Murder o Blue, líder de la clica Lokotes Guanacos Salvatruchos de la MS13, palabrero en Virginia y encargado de enviar dinero de las extorsiones a las cárceles salvadoreñas de acuerdo a dos testimonios recogidos en el proceso criminal número 11-CR-56 abierto en 2011 en la corte distrital de Alexandria por un cargo de conspiración para cometer tráfico sexual de una menor y tres cargos de tráfico sexual de menores.

El 15 de junio de 2012, el juez Anthony Trenga de Virginia, condenó a Amaya a 50 años de cárcel.

Tras las condenas de Crazy boy y Murder ha habido pocas noticias públicas sobre la participación de líderes de la MS13 en redes de prostitución de menores centroamericanas. Sin embargo, el problema sigue ahí: trabajadores sociales, políticos y algunos boletines policiales recientes, sobre todo en Maryland, el estado que colinda al norte con el Distrito de Columbia (Virginia es el vecino del sur), han vuelto a poner una nota de preocupación alrededor de esta tendencia criminal.

De la violencia al negocio

La prostitución, a manos de pandilleros o de criminales que se asocian con la pandilla para administrar redes de trata de menores, sigue siendo uno de los peligros que acecha a jóvenes centroamericanas que llegan a Estados Unidos con casos de abuso sexual en sus historias de vida o que se fugan de las casas de sus familiares, donde también son sometidas a este tipo de violencia, según se desprende de documentos judiciales, testimonios de las menores, de policías y de trabajadores sociales que han tenido contacto con ese tipo de casos en el área metropolitana de Washington.

“Los casos están ahí, y empezamos a escuchar estos testimonios de chicas que se han fugado de sus casas y, al ser encontradas, cuentan que han estado en casas de pandilleros, que sospechamos funcionan como prostíbulos. Algunas cuentan que han ido a casas similares en Nueva York, casas de la MS”, comentó el mes pasado en Maryland un empleado gubernamental que habló con Factum bajo condición de anonimato por no estar autorizado a discutir públicamente investigaciones abiertas.

En junio de 2013, meses después de la sentencia contra Adonay Fuentes en Virginia, uno de los policías de Maryland que ha seguido la evolución de la MS desde la llegada de las primeras clicas al área metropolitana de Washington a finales de los 90, advirtió en un tribunal que la prostitución de menores se había convertido en una de las principales actividades de la MS en la zona.

“Ahora (la MS) está más enfocada en actividades de negocios, en empresas dedicadas a ganar dinero como el tráfico de personas y la prostitución”, aseguró en aquel tribunal el sargento George Norris, jefe de la unidad antipandillas de la policía del condado de Prince George’s, uno de los más violentos de la zona.

En abril de 2015, la policía local de Reston, una ciudad de Virginia aledaña al principal aeropuerto internacional que sirve a Washington, el de Dulles, detectó otra red que prostituía a menores salvadoreñas y centroamericanas.

Había pasado un buen rato, de acuerdo a fuentes policiales de esa ciudad, desde la última vez que la MS13 se había hecho notar por actos de violencia. Pero a principios de noviembre de 2014, una joven menor de edad fue asaltada sexualmente tras un rito de iniciación de la pandilla en Manassas, una ciudad cercana. A partir de ahí, una investigación de tres meses terminó con el arresto de tres emeeses acusados de tráfico de personas y conspiración para prostituir a una menor de edad.

[PDF de parte del proceso judicial contra Alexander Rivas, “Casper” de la MS, por incitar a la prostitución]

Al hablar de ese caso, un oficial de la policía del condado de Fairfax, en Virginia, se hace eco de la advertencia que, el año anterior, había hecho el sargento Norris de Prince George´s. “Nos hemos dado cuenta en los últimos años que la violencia en el norte de Virginia ha disminuido, pero los miembros de pandillas siguen aquí; nos preguntamos por qué, y lo que descubrimos es que han pasado del crimen violento al tráfico sexual, una actividad que les ofrece más ganancias con menos riesgo”, dijo el detective Bill Woolf tras los arrestos de Reston.

Rancés Ulises Amaya, el Murder de la Lokotes Guanacos de Virginia, había sido uno de los primeros en explorar la prostitución a gran escala como un negocio rentable para la pandilla. En 2010, Amaya sembró el negocio en los suburbios del sur de Washington con buenas dosis de violencia.

El machete es “mi esposa”

Hace calor en Baltimore, la ciudad más importante del estado de Maryland. En uno de los edificios federales que albergan cortes migratorias, en la periferia oeste del centro, el abogado –un litigante que representa a migrantes latinos en Maryland, a quien se identificará solo así ya que pidió no ser nombrado para poder revelar información de algunos casos que ha conocido durante el ejercicio de su profesión- espera turno para hablar con su cliente de turno, un salvadoreño en proceso de deportación por haber robado unos audífonos en una tienda. Dice el abogado que en los últimos meses ha conocido varios casos de jóvenes centroamericanas, inmigrantes indocumentadas, que son orilladas a la prostitución poco después de haber llegado a Estados Unidos.

“No fue hace mucho que escuché la declaración de una jovencita, era hondureña, que está pidiendo asilo, y contó que cuando vino a Maryland se fue a vivir con unos primos; los coyotes la ubicaron a través de unos pandilleros y le dijeron que tenía que hacer lo que los pandilleros le dijeron para pagar lo que le faltaba de lo que le habían cobrado por traerla a Estados Unidos”, cuenta el abogado. A la hondureña le quitaron el pasaporte, la violaron y la pusieron a trabajar como prostituta.

Uno de los moteles en Virginia a los que Rancés Ulises Amaya, miembro de la MS13, llevaba a jóvenes centroamericanas entre 2009 y 2010 para prostituirlas.

Uno de los moteles en Virginia a los que Rancés Ulises Amaya, miembro de la MS13, llevaba a jóvenes centroamericanas entre 2009 y 2010 para prostituirlas.

Violencia como esa fue, según documentos judiciales, el registro de marca de la red de prostitución que estableció Rancés Ulises Amaya, Murder, en 2009 en las ciudades de Virginia y Maryland aledañas a Washington, al sur de Baltimore.

Cuando empezó, Murder no era el palabrero a cargo de la operación; era, según uno de los compañeros de pandilla que luego testificaría en su contra, el “músculo”.

Alisa, una salvadoreña que tenía 15 años cuando fue obligada a prostituirse en esta red, recuerda que Amaya era el encargado de llevar a las muchachas desde los barrios en que la clica se movía más en Fairfax y Falls Church hasta las citas en apartamentos y moteles. Era él, también, quien les daba marihuana y licor antes de que entraran con los clientes; quien montaba guardia mientras duraba la transacción; quien se aseguraba, machete en mano, de que los clientes pagaran de inmediato y sin hacer demasiado ruido. Todo eso ocurría en 2009.

“Para ayudar a los que eran los jefes, él (Amaya) siempre cargaba un machete al que le decía ‘mi esposa’”, cuenta Alisa.

Las descripciones del Murder que se desprenden de las decenas de páginas del proceso judicial abierto contra él, de la voz grabada de algunas de sus víctimas, de notas de prensa, hacen pensar en un matón de rostro cuadrado, en alguien grande, que intimida solo con el porte. Y sí, en una de las fotos anexas al expediente Amaya aparece con el rostro mal encarado enmarcada por dos trenzas que le dan un aspecto macabro, la mirada fija en el lente, sin camisa y con las manos cruzadas sobre el regazo, luciendo sus tatuajes. Pero Rancés es, según dicen esas fotos, un tipo pequeño. Y es probable que haya sido aún más chico cuando todo empezó, en 2009: cuando era el músculo de la primera gran operación de prostitución de la MS en la capital de Estados Unidos, Murder tenía solo 21 años.

No es la descripción física la que genera terror. Es la historia que cuentan las muchachas sobre Rancés cuando, ya en 2011, él era quien las dirigía.

De acuerdo a Jane, otra de las jóvenes centroamericanas que sirvió de testigo a la fiscalía, Amaya se apoderó del negocio por completo, y de las muchachas: él compraba condones, daba instrucciones –“tienen que coger, putas, tienen que coger”, les decía-, él buscaba clientes sin césar. Y él las abusaba: era casi una regla, dice Jane, que Murder se acostaba con al menos una de las muchachas cuando los clientes se habían ido.

“Jane recordó el día en que, después de haber atendido a varios clientes, se fue al cuarto del motel en el que estaba Amaya… que estaba borracho y la abofeteó porque ella trató de salirse del cuarto”, transcribe una fiscal la entrevista con la testigo.

Al menos una vez, según la acusación, Amaya violó por la fuerza a una de las víctimas. Alisa, otra de las testigos, aseguró que el pandillero solía decirles que las violaba para “prepararlas” y para que estuvieran listas cuando recibían a los clientes. A veces, cuenta Jane, Murder y otros pandilleros que lo acompañaban las sometían a violaciones colectivas: “Nos hacían hacer el trencito y eso quería decir que uno nos agarraba y los demás esperaban, porque después seguían ellos”.

Rancés, relatan otras dos víctimas, tenía una especia de decálogo, un instructivo oral que repetía a las muchachas:

  • El cliente debía usar condón.
  • Las víctimas nunca debían revelar sus nombres verdaderos.
  • Las víctimas nunca debían revelar sus edades verdaderas.
  • Las víctimas debían gritar fuerte durante el acto sexual para que los clientes eyacularan rápido, de forma que pudiesen servir a varios clientes en una sola noche.
  • Si los clientes querían que las víctimas se quitaran la camisa o hicieran cosas inusuales debían pagar extra.
  • El tiempo de cada cliente estaba limitado a 20 o 30 minutos.

El FBI reconoce a la de Murder como una de las operaciones de tráfico sexual más emblemáticas de los últimos años debido, sobre todo, a la relación de ese delito, de incidencia importante en los alrededores de la capital estadounidense -260 víctimas atendidas en Virginia en 2013-, con una marca criminal reconocida, la de la Mara Salvatrucha.

“La operación de prostitución… estaba estrechamente ligada a la MS13… El acusado (Amaya) y sus cómplices usaron su afiliación a la MS13 para mantener a los clientes y víctimas en línea a través del miedo… además, la red estaba basada en solicitar nuevos clientes y nuevas muchachas a través de las redes de la MS. Algunas ganancias eran usadas para sostener a la pandilla”, aseguró en febrero de 2012 el fiscal distrital Neil H. McBride en el escrito de acusación que presentó contra Rancés Ulises Amaya.

Nuevas muchachas, nuevo peligro

Jacquelyn, hondureña, llegó a Estados Unidos en 2014; tenía 14 años -los mismos con que contaba la salvadoreña Vanessa en 2010, el año en que un emeese de Virginia la obligó a prostituirse- cuando empezó a ir a una escuela secundaria en Maryland.

Ni Jacquelyn ni dos de sus amigas, hondureñas también, hablaban una palabra de inglés cuando llegaron a las aulas, lo que no era necesariamente un problema porque aquella era una escuela con alto porcentaje de estudiantes latinos, sobre todo centroamericanos. A las tres chicas, que empezaron pronto a quedar rezagadas en el desarrollo académico, no les faltaban amigos o, al menos, gente con quien hablar.

Pronto, trabajadores sociales bilingües del condado de Montgomery empezaron a notar, por el lenguaje corporal o por los giros idiomáticos que usaban, que Jacquelyn y sus amigas mostraban “un comportamiento sexual abierto”, como lo llamó uno de los funcionarios.

La escuela empezó a hacer entrevistas preventivas. “Una de las jóvenes, de 14 años, me contó que ella tomaba pastillas anticonceptivas y descubrimos que tenía una vida sexual muy activa”, se lee en un reporte que el consejo de gobierno del condado de Montgomery escuchó en enero de 2015 en una sesión dedicada a discutir los retos que las agencias de servicios públicos locales estaban a punto de enfrentar para atender las necesidades de miles de jóvenes indocumentadas sin compañía que, el verano anterior, había cruzado la frontera sur de Estados Unidos y se habían asentado en Maryland.

Entrado el otoño de 2014, en la secundaria de Jacquelyn, un estudiante relató a una consejera que la joven hondureña, “una de las muchachas nuevas que no habla inglés”, le había ofrecido tener relaciones sexuales con él a cambio de 25 dólares.

Los trabajadores sociales de la escuela determinaron que Jacquelyn había hecho la misma oferta a otros jóvenes. La muchacha, al ser entrevistada por una consejera, lo confirmó todo. Tras escuchar un rato en silencio a su interlocutora, la joven hondureña contestó: “señora, gracias por sus consejos, pero no sé cuál es el escándalo; yo he hecho esto con los hombres desde que era niña, así he vivido, para mí esto no es ningún problema”.

Una investigación posterior dejó abierta la posibilidad de que Jacquelyn haya sido objeto de abusos sexuales desde que era muy pequeña en Honduras. “Es muy posible, por lo que hemos visto, que el abuso, que empezó en Honduras, haya continuado en el hogar aquí en Maryland. Estamos ante una muchacha con traumas muy profundos, casi con síndromes de estrés postraumático”, cuenta una funcionaria que conoce este caso.

La descripción física de Jacquelyn, sobre todo la parte referida a la forma en que vestía, coincide con las de otras jóvenes centroamericanas, un poco mayores, que se han entrevistado con trabajadores sociales de Maryland luego de escapar de sus casas. “Algunas de ellas hablan de haber estado en casas donde hay prostitución en Wheaton –a unos 20 kilómetros del centro de Washington”, cuenta un funcionario. El abogado de Baltimore también ha oído hablar de estas casas.

Uno de los trabajadores sociales consultados para este reportaje, quien ha atendido a jóvenes en riesgo en Maryland, Nueva York y Nueva Jersey desde la década pasada, cree que la llegada a estos condados de miles de muchachas que han sido expuestas a las peores formas de abuso sexual ha creado una especie de “tormenta perfecta” para la expansión de redes de prostitución de centroamericanas.

“No es solo la pandilla, también hay otros que se aprovechan de que estas chicas se escapan de sus casas aquí, donde en muchos casos las siguen violando, para seguirlas explotando sexualmente”, dice el trabajador social, quien accedió a conversar sobre el tema desde el anonimato para poder discutir casos libremente.

Rancés2

Estacionamiento del 7 Eleven en Culmore, Virginia, uno de los lugares a los que pandilleros de la MS13 llevaban a jóvenes centroamericanas para arreglar citas con clientes de las redes de prostitución. Fotos tomadas del expediente judicial.

Jacquelyn, la hondureña, ha sido víctima de abusos y violación.

Vanessa, salvadoreña, había sido violada antes de terminar en la red de prostitución que dirigía en Virginia Alexander Rivas, el Casper de la MS13.

Al menos dos de las jóvenes que sirvieron como testigos en los casos judiciales contra los pandilleros Rancés Amaya y Adonay Fuentes también habían sido abusadas antes de prostituirse.

Entre 2009 y 2012, el periodo en que cortes federales en Alexandria, Virginia, procesaron a Amaya, Rivas y Fuentes, había empezado el proceso de transición de la MS13 del que hablan en Maryland y Virginia los oficiales George Norris y Bill Wolff, de una cultura enfocada en el control territorial y en el ejercicio de la violencia a una centrada en el negocio ilícito. En las calles de Estados Unidos, el ejercicio de la extorsión es más complicado que en las de El Salvador, por lo que la prostitución, de acuerdo con dos agentes federales consultados que confirman la teoría de sus colegas de fuerzas locales del orden, se convirtió en una forma importante de ingreso.

“Cuando vieron que (la prostitución) les funcionó a unas clicas o a unos pandilleros, la palabra se extendió”, dice uno de los agentes.

Fuentes policiales en el condado de Prince George´s, Maryland, consultadas sobre la prevalencia de redes de prostitución ligadas a la MS en su jurisdicción se negaron a comentar casos específicos “para no obstaculizar investigaciones abiertas”; es decir, tienen investigaciones abiertas en la actualidad.

Las cifras, en todo caso, hablan de aumentos sostenidos en casos de tráfico sexual reportados en el estado de Maryland en lo que va de esta década: de 2012 a 2013 la cifra de víctimas se duplicó y el número se mantuvo estable en 2014. El año pasado, según las estadísticas recopiladas por el Centro Nacional de Tráfico de Personas en Estados Unidos (NHTRC, en inglés), las autoridades del estado atendieron un caso de tráfico sexual cada cuatro días; para los primeros tres meses de 2015 ya había una atención cada dos días y medio.

Las víctimas de tráfico asociado a crímenes sexuales representan alrededor del 70% en el universo de todos los tipos de tráfico humano, según NHTRC. En Maryland, entre enero y marzo de 2015, una de cada dos víctimas era extranjera, como Vanessa, como Jane, como las muchachas de la mara en Virginia, Maryland y Washington, las prostitutas-niñas que trabajan en moteles y apartamentos en los que, según las reglas de sus rufianes, son violadas por ellos después de las jornadas con los clientes.

* This story is also available in english through In Sight Crime.

* Lee también “El Viejo Santos y la revitalización de las clicas de Maryland”

Compartir...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestBuffer this pagePrint this pageDigg thisShare on TumblrEmail this to someoneShare on LinkedInShare on Reddit