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Los olores de la tragedia aún salpican los puentes de Mocoa

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La intratable lluvia amazónica se ensañó con esta ciudad de Putumayo, en el suroeste colombiano, a inicios de abril de este año. Las tormentas hicieron crecer los tres ríos que atraviesan la capital de provincias; las crecientes, arrastrando lodo, piedras, árboles y ripio, arrasaron con los precarios asentamientos humanos de las riberas. El gobierno ha cifrado la cantidad de muertos en unos 300; sin embargo, a un mes del desastre, habitantes y funcionarios locales hablan de muchos más. Esta historia, la de Mocoa, se ha repetido decenas de veces en la América Latina más vulnerable; en 1998, por ejemplo, cuando la lluvia se ensañó con la pobreza en el norte de Centroamérica.

Foto FACTUM/Héctor Silva Ávalos


Byron, taxista de 28 años, está reunido con sus compañeros conductores cerca del centro de la ciudad. Despachan cafés mientras esperan a otro, el último que se quedó con carrera. Poco antes de las once, el rezagado llama a Byron para avisarle que acaba de dejar a su cliente; acto seguido, asegura, va a reunirse con ellos. Es sábado, 1º de abril de 2017.

Byron se mantiene alerta, pendiente de su celular. La lluvia, intensa, lleva ya un buen rato cayendo. El Mulato y el Sangoyaco, los dos ríos que cruzan la ciudad de oeste a este, están ya hinchados de agua.

“Cuando eso, ya arriba, en los barrios de arriba, me dijeron después que habían oído los ruidos… Las piedras que traía el río… Todo se reventó…”, cuenta Byron casi un mes después, durante una carrera entre el centro de la ciudad y un hotel en las afueras.

Toneladas de lodo seco permanecen aún sin remover de las viviendas que se salvaron de ser arrastradas por el deslave en Mocoa, en Colombia.
Foto FACTUM/Héctor Silva

Apenas pasaban las once de la noche cuando el teléfono volvió a sonar. El colega rezagado gritaba, desesperado, por auxilio. Justo cuanto el conductor cruzaba el puente sobre el río Sangoyaco, el dique temporal de piedras y árboles que la lluvia llevaba horas arrastrando cedió. Desbocadas, las aguas hicieron avalancha sobre el puente; apenas lo dejaron en pie, pero se tragaron todo lo que encontraron por delante, incluido el taxi y al amigo de Byron. “El carro lo hallaron después, pero a él no”, cuenta.

“ ‘¡Ayúdenme! ¡Ayúdenme!’ El compañero gritaba y gritaba. Yo lo oía por el teléfono y lo oíamos por el radio, pero ¿uno que hace con ese río?”, sigue Byron mientras su taxi termina de salir del maltrecho puente del Sangoyaco, el mismo en el que murió su amigo.

En algún momento de aquella noche, la electricidad dejó de correr en Mocoa. La mayor parte de la crecida, de los destrozos, de las muertes, ocurrieron en oscuridad casi absoluta. Cuando, en la madrugada del día siguiente, las aguas cedieron un poco, la luz trajo consigo todas las historias de la tragedia.

Byron cuenta otra, espeluznante.

Esa historia termina con el rostro del taxista enterrado en el volante de su vehículo, cerca del hospital de la ciudad, a poco menos de un kilómetro del río Sangoyaco. Por un buen rato, Byron lloró la desesperanza que le provocaba haber paseado toda la noche con la muerte.

Después de darse cuenta de que ya no podía hacer nada por su colega al que el río se había llevado, Byron y otros taxistas de Mocoa usaron sus carros para llevar víctimas desde los lugares más afectados por las crecidas hasta el hospital José María Hernández.

“Llevé muertos y heridos… A una señora que iba con su niña que apenas podía respirar de todo el barro que había tragado. Al llegar al hospital la niña estaba asfixiada… No pude más que ponerme a llorar”. Mientras cuenta, Byron mira hacia el río. Luego se hunde en el silencio.

Amanece el 2 de abril. Sigue lloviendo. Los medios colombianos empiezan a reportar las cifras de la tragedia. Una semana después, el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Colombia fijaría el número en 314 muertos y estimó en 173 el número de desaparecidos. En el terreno, sin embargo, al menos dos funcionarios departamentales consultados creen que la cifra es mucho mayor, y que incluso podría rozar el millar de muertos.

El puente del Sangoyaco

Lunes. Abril 24, 2017. En el puente del Sangoyaco huele acre, a muerto. No es un olor que se expanda por la ciudad; existe en lugares específicos que se van descubriendo conforme se avanza por la enorme cicatriz en que las riberas de este río se han convertido. El tufo existe bajo promontorios de rocas blancas y grises, de escombros que el agua arrastró o de las casas derrumbadas. No es un olor que se expanda, acaso porque hoy la brisa es rácana. Pero sí es un olor que penetra al cuerpo de quien lo encuentra y se expande por dentro para quedarse un buen rato. Es el olor a descomposición. A cadáver no enterrado. El olor que despide la muerte cuando se ha cebado en tragedias como esta. Es un olor similar al que despedían San Salvador después del terremoto del 86 o Las Colinas, en Santa Tecla, horas después del sismo de enero de 2001.

El caucedel río Sangoyaco permanece lleno de rocas que bajaron desde las zonas alta. Un hombre trabaja pegando ladrillos en la parte que se salvó de una vivienda.
Foto FACTUM/Héctor Silva.

Lotes de ganchos plásticos permanecen apilados en una de las calles de Mocoa, en Colombia. Foto FACTUM/Héctor Silva

Han pasado 20 días desde las crecidas del Sangoyaco, el Mulato, el Mocoa y otras quebradas. La tragedia, hoy, existe en el olor, pero también en las huellas que ha dejado en las gentes de la ciudad, en su plaza central, en las riberas.

“Nos dejó sin nada, yo me quedé sin nada”, dice una mujer que camina por la Avenida Colombia, la más ancha de la ciudad, al pasar frente a una abarrotería. En la acera, un hombre trata de limpiar el lodo a decenas de ganchos de ropa tirados en la acera; trata de rescatar algo de la mercadería que el río se tragó y luego escupió.

La plaza central, unos 400 metros al sur del puente, está en estos días dedicada a lo que dejó la tragedia. También la iglesia central de la ciudad: adentro de la catedral San Miguel de Mocoa, apiñados en los interiores del muro occidental hay 14 ataúdes vacíos que no estaban ahí antes de las crecidas.

Junto al templo, una decena de miembros de la Policía Nacional custodia un local en el que la alcaldía está repartiendo ayudas para los damnificados. Frente al muro externo una fila de personas se extiende unos 50 metros. Quienes entran salen con bolsas negras cargadas de paquetes de arroz y otros víveres.

Hay más damnificados enfrente, en el parque, que se amontonan alrededor de tenderetes improvisados por la municipalidad, la gobernación departamental o la Policía para censar víctimas e intentar repartir las ayudas que llegan desde Bogotá u otros lugares.

En esta tragedia, como en muchas otras en América Latina, los estragos suelen sentirse con más fuerza entre los más vulnerables. El lugar de origen de buena parte de los damnificados de Mocoa habla de ello.

La mano del hombre

En la secretaría de planeación de la Gobernación departamental basada en Mocoa, que es la capital del departamento de Putumayo, explican que los barrios más afectados por la crecida del Sangoyaco fueron los del noroeste de la ciudad: San Miguel, Villa Rosa 1, 2 y 3, Nueva Esperanza.

La mayoría de esos lugares están poblados por desplazados que llegaron hasta Mocoa huyendo del conflicto entre la guerrilla, las fuerzas paramilitares y el Estado, que estuvieron enzarzados durante tres décadas en el sangriento conflicto marcado por el control de la hoja de coca y el narcotráfico. Putumayo ha sido zona de repliegue de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, y de grupos afines a las paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia desde finales de los 90. El departamento, con poco más de 20,000 hectáreas de hoja de coca sembradas en 2015, es el segundo productor de ese cultivo en Colombia, solo por detrás del vecino departamento de Nariño.

Damnificados de Mocoa en la plaza central de la ciudad. Foto FACTUM/Héctor Silva.

El cauce del río Mocoa inundado con rocas de todos los tamaños tras las crecidads que provocaron cientos de muertes. Foto FACTUM/Héctor Silva.

Mocoa, ubicada al pie de dos cuerpos montañosos que forman parte de la Cordillera de los Andes, está en el llamado Putumayo medio, en la encrucijada de varios ríos y carreteras que conectan el centro y norte de Colombia con el Pacífico, el Amazonas y las fronteras con Perú y Ecuador. Al sur del departamento están ubicados buena parte de los laboratorios que los narcos utilizan para transformar la hoja de coca en clorhidrato de cocaína.

Durante décadas, las violencias asociadas al tráfico ilícito han desplazado a centenares de personas desde los municipios vecinos, que viven casi exclusivamente de la coca, hasta la capital departamental.

Desde una de las montañas aledañas a la ciudad, en las inmediaciones de otro río, el Dantayaco, se aprecian, aún hoy, a finales de abril, las cicatrices provocadas por las crecidas de los ríos en Mocoa. La más evidente está al norte de la ciudad, ahí donde durante años han llegado los desplazados por la violencia. Son urbanizaciones miserables en las que, de acuerdo a datos de la alcaldía municipal, o no hay sistema de alcantarillado o es muy precario.

Hay otro elemento que la historia de Mocoa comparte con otras similares en América Latina: la contribución hecha por el hombre, específicamente por su corrupción, para empeorar los estragos provocados por la naturaleza.

Ya el 20 de octubre de 2014, el periodista Jorge Kuarán advertía en una nota publicada por el Colegio Nacional de Periodistas de Colombia, que en Mocoa se cocinaba una tragedia, en parte por “la falta de responsabilidad de las personas que ostentan la autoridad en el municipio y el departamento. La naturaleza al fin y al cabo viene advirtiendo y anunciando una tragedia desde hace más de dos años…”, esctibió Kuarán tras una crecida de la Quebrada La Taruca, subsidiaria del río Sanguyaco y que recorre los asentamientos del norte de la ciudad.

Kuarán decía que debido a deslizamientos provocados en la parte alta de la ciudad por usos indebidos del suelo y por malas intervenciones urbanísticas y de prevención de las autoridades locales había, ya en 2014, deslizamientos y obstrucciones que, en el evento de lluvias masivas, provocarían una tragedia como la de este año.

“Es un suelo altamente inestable… que puede generar una avalancha de proporciones inimaginables dado la topografía del terreno, que tiene una inclinación bastante pronunciada, ya que la cabecera de la quebrada arranca más o menos a una altura de los 1,700 msnm… Al formarse una avalancha en el sitio de represamiento y deslizamiento… puede llegar a Mocoa en menos de 20 minutos, no dando tiempo a organizar ninguna evacuación masiva de las familias aledañas a la cuenca de la quebrada La Taruca y el río Sangoyaco…”

Eso fue exactamente lo que pasó la noche del sábado 1º de abril. Al romperse el “represamiento” en la parte alta de la Taruca, las aguas se juntaron con el Sangoyaco para llevarse por delante las vidas de Mocoa, la del amigo del taxista Byron, la de la niña que murió asfixiada por el barro, la de centeneras de habitantes de las villas miseria de la ciudad.

Además de las muertes, afectó el 70% de los dos acueductos que proveen de agua potable a la ciudad.

El 4 de abril, la Fiscalía colombiana anunció que ha abierto una investigación para establecer si el alcalde de Mocoa, José Antonio Castro, y la gobernadora del Putumayo, Zorrel Arroca, tienen responsabilidad en la tragedia al haber ignorado los estudios de 2014 que anticipaban los estragos que finalmente ocurrieron. En Mocoa, un funcionario municipal que prefirió no identificarse admitió que aún estaban pendientes los planes para ampliar los sistemas de recogida de aguas en los barrios del norte de la ciudad.

Las mismas tragedias que se repiten

Cuando a finales de abril pasado recorría las calles de Mocoa no pude evitar pensar en otras historias similares, plagadas de los mismos fantasmas, de las mismas negligencias y de las mismas víctimas: las que el huracán Mitch llevó a Centroamérica a finales de 1998.

En El Salvador, las lluvias de Mitch hicieron crecer un pequeño río, el Chilanguera, en el oriente del país. La deforestación y el mal uso de los suelos provocó que las aguas arrastraran árboles y piedras río abajo, formando un dique natural que terminó reventando con furia y acabando con un asentamiento, nombrado como el río, aguas abajo. Como en Mocoa.

Un mural improvisado con fotografías de niños desaparecidos en el hospital de Mocoa. Foto FACTUM/Héctor Silva.

Fardos de ropa que forman parte de los donativos de instituciones de emergencia.
Foto FACTUM/Héctor Silva

Tegucigalpa, la capital de Honduras, dejó las mismas postales de desolación. En los bajos de la ciudad, ahí donde convergen los ríos Comayaguela y Choluteca, años de mala planificación y de precariedad contribuyeron a que las crecidas, como en Mocoa, se llevaran barrios enteros. El Chile fue uno de ellos.

En el interior de Honduras, las historias en que la catástrofe de las inundaciones se cruzaban con las de la pobreza perenne eran demasiadas. Recuerdo muy bien la de Yolani, una niña de unos 6 años que agonizó de hambre durante horas en un refugio improvisado en las estepas arrasadas del atlántico hondureño: la destrucción era tal, y la presencia del Estado tan precaria en ese lugar, que ni todas las acciones de rescate fueron capaces de salvar la vida de la niña.

Al final de la tarde del 24 de abril pasado, en Mocoa vi otra de esas postales macabras, recordatorios incontestables de que, en estos pueblos y ciudades del trópico, la pobreza y la precariedad suelen aliarse con las lluvias que hinchan los ríos hasta desbocarlos.

En la caseta de la entrada de emergencias del hospital José María Hernández, en Mocoa, un hombre y una mujer se detienen a observar panfletos y fotografías de niños acompañadas de números de teléfono y súplicas de avisar si alguien los encuentra, a ellos o a sus cadáveres. Son las víctimas más vulnerables de la tragedia anunciada de Mocoa.

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