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Los hijos de la paz y su teatro ‘narcotizantemente’ salvadoreño

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Diez jóvenes nos mostraron que no son el futuro sino el presente del país con su narcoteatro o proyecto “Dioniso”, presentado el 6 de septiembre en el Teatro Luis Poma. El espectáculo cumplió con su cometido: fue original y refrescante. Estuvo cargado de alegría, vitalidad y carisma. Nos contó, en una hora, los temores, vivencias y problemáticas que afectan a la población joven de nuestro país. Esa a la que se le conoce como bono demográfico, pero que está descuidada por tomadores de decisiones. 

Fotos Raquel Golscher y Paula Rivera/Cortesía de Proyecto Dioniso


¿Qué es El Salvador? Una flor… una flor, que como el ave fénix resurge después de doce años de conflicto armado y firma una paz que no es pacífica. El Salvador es vacil, y en medio de ese vacil, de esa borrachera y consumo de drogas ‘para quitarse los dolores y liberar las penas’, es violento, muy violento. La violencia, de tipo estructural, afecta más a su población joven: a la que más asesinan, más violan, más roban, más maltratan policías y soldados; esa que menos oportunidades tiene para estudiar, obtener un empleo digno e independizarse.

El primer espectáculo, resultado de un mes de laboratorio con César Brie, fundador del histórico Teatro de Los Andes, logró que su experiencia –y las vivencias de diez jóvenes actrices y actores salvadoreños– nos refrescara con una satírica e irónica puesta en escena del significado de ser un joven de posguerra en un país que carece de propuestas públicas para resolver los problemas que les aquejan. Se trata de una obra que retrata a un país agobiado por la inseguridad, violencia, desempleo y acceso a educación, entre otras. 

El grupo de intérpretes propuso un recorrido por las edades en las que sus personajes iniciaron el consumo de alcohol y drogas ilícitas. Ese consumo que, de acuerdo con la Tercera Encuesta Nacional de Consumo de Sustancias Psicoactivas en la Población Escolar, 2016, inicia a los 13 años.

La obra se presentó del 6 al 9 de septiembre de 2018. Fotos Raquel Golscher y Paula Rivera/Cortesía de Proyecto Dioniso.

Durante una hora, nos cuentan el motivo de por qué empezaron a beber, por qué les gusta la fiesta: para olvidar sus penas y evadir sus historias de vida, que van desde el abandono y/o indiferencia de sus padres, la violencia intrafamiliar, el machismo, la violencia sexual, la discriminación y los malos tratos que reciben a diario por ser jóvenes. El consumo de drogas ilegales no es abordado como algo malo; más bien se presenta como algo cotidiano y como una herencia maldita al ser parte del patio trasero de Estados Unidos, un corredor del tráfico de narcóticos entre América del Norte y América del Sur, o viceversa, depende de cómo cada uno lo quiera ver. Brevemente, nos explican los efectos de las drogas sintéticas; y, aprovechan para cuestionar la doble moral sobre el consumo de alcohol versus el de marihuana. ¿Cuál de estas provoca más hechos violentos y/o más tragedias?

El fenómeno de las pandillas también es abordado en la temática y me pareció que está representado desde su justa dimensión: no es el único ni el más importante. No es sobredimensionado ni sobrevalorado, como ocurre en otras puestas escénicas o en la agenda mediática del país.

Existe una fuerte crítica social y política en esta propuesta teatral. Fotos Raquel Golscher y Paula Rivera/Cortesía de Proyecto Dioniso.

La violencia homicida, esa que cobra más víctimas en la población joven –cuyas edades más letales van de los 15 a 29 años–, es representada; al igual que historias de robos (asaltos) y el uso de armas de fuego. El embarazo a temprana edad, la experiencia de abortar, en un país donde es ilegal; la violencia sexual, el lesbianismo y los feminicidios son retratados con tal elegancia y sutileza que evaden la tentación de vender más acerca de esa violencia a la que tan acostumbrada está la población salvadoreña. Mientras que otros temas, como el matrimonio forzado, la violencia intrafamiliar y la homosexualidad, son contados con diferentes pinzas, en un tono más violento, más machista. La misoginia, por ejemplo, aparece como un reflejo al que están expuestas las mujeres desde su adolescencia y juventud. Valeria Guzmán nos recuerda la última vez que vio a su colega y amiga Karla Turcios: en un teatro. Nos cuenta cómo la juventud vive la muerte violenta –en este caso el feminicidio– de una persona querida.

Son muchos los temas que pasean durante el trayecto de la presentación. En esta interpretación de la realidad creada por Brie y por los diez jóvenes fue representada la manera cómo se intenta callar la libertad de expresión y se busca minimizar las expresiones de lo jóvenes.  A lo largo del acto, el espectador siente pena, contagiado por cómo la puesta en escena genera un lenguaje corporal en el que se intensifica la denuncia contra las personas adultas, contra “la sociedad del alambre de púas”,  la que todo resuelve sin resolver nada. Me impresionó cómo lograron, en una hora, abordar todas estas temáticas y hacer una fuerte crítica hacia el consumismo, la cultura del dólar y la dependencia del país hacia los Estados Unidos, así como al uso que la juventud hace de las remesas. La vida de los padres migrantes y la relación con sus hijos es retratada tal cual: se convierten en una especie de cajero por quienes el único afecto radica en la cantidad de dinero que envían.

En este mes de la independencia, los jóvenes intérpretes nos mostraron la dificultad para independizarse de sus familias con el salario mínimo vigente, una realidad en la que una cuarta parte de la población joven salvadoreña no estudia ni trabaja (nini); y en la que ocho de cada diez nini son mujeres. También, representaron, con humor, el acoso sexual que ha ocurrido en el mundo de las tablas; y al que estas personas se ven expuestas en su cotidianeidad.

Este proyecto teatral, que busca reivindicar el sentir y pensar de las nuevas generaciones, fue refrescante. Los diálogos, breves, claros y concisos, precisaron de sus vivencias y recuerdos personales, esos mismos problemas que los adultos jóvenes experimentamos en su momento. A la vez, en esta obra, algunos fragmentos de poemas salvadoreños forman parte de la narrativa. Este recurso narrativo pareció más un monólogo en voz alta, como en el caso del poema de Elena Salamanca¹, titulado “Sobre el mito de Santa Tecla”; y que fue recitado por la actriz Rebeca Castro. El poema eriza la piel; entristece y retrata de manera elegante la realidad machista que experimentamos muchas mujeres salvadoreñas. El uso no autorizado –así como la edición no autorizada de este poema– provocó distintos reclamos de parte de la autora a través de sus redes sociales. Salamanca solicitó una disculpa pública. Proyecto Dioniso tardó un par de días en complacer, como colectivo, la petición. Y todo este episodio constituyó un punto en contra para el ejercicio de este colectivo teatral.

Sin embargo, la apuesta del Proyecto Dioniso es distinta, sarcástica e irónica. No pierde la dulzura, encanto, suavidad y candidez que te da la juventud. Con un toque de inocencia y picardía abordaron los conflictos que afectan a la juventud, y que en su momento nos afectaron también a los adultos. La obra fue narcotizante.


  • ¹ Elena Salamanca publicó el domingo 9 de septiembre, 2018, en sus redes sociales, que no había dado ninguna autorización al Proyecto Dioniso (PD) para el uso de su poema en la obra. El 11 de septiembre, el colectivo de este proyecto publicó en su página de Facebook una disculpa pública dirigida a Salamanca por el uso de su poema en el guion de la obra.

Lea además:

– El teatro inquietante de César Brie

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