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Los que abandonan la escuela

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En El Salvador pasa que las niñas tienen miedo de caminar solas desde la escuela a su casa y por eso deciden dejar de ir a la escuela. En El Salvador, niños y jóvenes, si tienen suerte, caminan hasta la escuela acompañados de su mamá, abuela, tío o cualquier familiar, porque de lo contrario no llegarían vivos. En El Salvador, los estudiantes tienen que cambiar todos los días su ruta de camino a su escuela para no ser acosados o amenazados. 


El Salvador es un país en el que las niñas y jovencitas han sido amenazadas de muerte por sus propias compañeras o han sido engañadas para entregarlas a la pandilla. El Salvador es el país donde hay niños que, de un día para otro, abandonan su casa porque es la única forma que tendrán para evitar que los maten y, “por seguridad”, no informan a su escuela, a sus compañeros, profesores o director. En El Salvador los jóvenes deciden no estudiar más allá de noveno grado porque acudir a la escuela más cercana que cuenta con bachillerato representa un riesgo para su vida. En El Salvador los niños, niñas y jóvenes abandonan su escuela porque esta, sus aulas, el patio de recreo o la cancha ya no son lugares para jugar, para reír, para aprender.

Y no son solo un par de escuelas aisladas, no son solo algunos cuantos niños y niñas. Hasta 2014 y según el reporte de estadísticas educativas del Ministerio de Educación correspondiente a ese año, 9 mil 451 estudiantes de educación básica habían abandonado su escuela por una razón relacionada directamente con la delincuencia o violencia, es decir uno de cada diez estudiantes está manifestando que abandona su escuela por esta razón. Alrededor de 46 mil reportaron como causa de deserción cambio de domicilio, abandono del país o cambio de escuela, las cuales no se sabe con certeza si podrían estar relacionados directamente con hechos de violencia. Además, la delincuencia aparece entre las primeras cuatro causas de abandono escolar. Considero importante señalar aquí que la tercera causa de abandono escolar es reportada como “otras causas”, es decir, la o el estudiante no aclararon la razón verdadera por la cual abandonaron su escuela.

Si lo pensamos a profundidad, estos datos son realmente tristes y alarmantes, y así fueran dos o tres niños o niñas los que han abandonado la escuela por esta causa, es algo que en El Salvador no debería estar sucediendo por la sencilla, pero importante, razón que ellos, como cualquier salvadoreño, tienen derecho a tener educación para desarrollarse, para crecer, para abrirse oportunidades y tener una vida más plena y libre en su país.

Estos datos, que son vidas más que meros datos, son una mezcla de terror y enojo. Enojo porque estos niños y niñas que abandonan sus escuelas son aquellos a quienes El Salvador les rompe en sus caras cualquier anhelo de superarse, de ser alguien más, de romper un círculo de desigualdad en el que han estado atrapados. Estos niños, niñas y jóvenes que están abandonando la escuela son aquellos a los que El Salvador les restriega en la cara la injusticia, la violencia y la indiferencia de la que padecemos y hacemos padecer. A estos niños, niñas y jóvenes son a quienes El Salvador está abandonando.

Las preguntas más urgentes que nos debe plantear este escenario son ¿qué significa que estos niños y niñas abandonen su escuela? ¿Qué significa que tengan miedo de ir a su escuela y de convivir con sus propios compañeros? ¿Qué implica para El Salvador, social, cultural y económicamente, que tantos niños y niñas estén abandonando su escuela?

Ellos son una generación que no terminará de estudiar y no tendrá oportunidades educativas más allá del nivel básico o quizás el bachillerato, una generación a la que además de violentarle su derecho a educación, le están arrebatando su presente, su futuro, sus posibilidades de aprender, de relacionarse y convivir, de imaginar una vida más plena, social, cultural y económicamente. Una generación llena de miedos, odios y frustraciones que, definitivamente, se verán reflejadas en el futuro. Este escenario, él solito, que tantos niños, niñas y jóvenes están atravesando nos debería bastar para generar en nosotros un sentido grande de indignación, de urgencia y exigencia por algo diferente, por ellos y ellas.

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