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Lo viral

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En la casi totalidad de Iberoamérica o Latinoamérica, el machismo, el acoso a las mujeres y las diferentes formas de violencia en contra de ellas constituyen hechos que las sociedades asumen como parte de la cultura, de la vida cotidiana y de una “normalidad” que ni siquiera debe ser cuestionada, porque no se ve que aquello sea todo lo contrario.


El reciente caso de Lorena Daniela Aguirre Rodríguez forma parte del tipo de situaciones que muchas personas creen que merecen entrar dentro del fenómeno mundial de “lo viral” (adaptado desde “lo fatal” que evocara el poeta en su momento). La ya “famosa por nada” #Lady100pesos vio cómo era catapultada a las redes sociales globales, en diversos idiomas, debido a que tuvo un accidente de tránsito por ir en estado de embriaguez, por ofrecerle 100 pesos mexicanos (poco más de 5 dólares) a los policías que llegaron a la escena, pero, sobre todo, por sus 18 años de edad, por lo corto del vestido negro de noche que llevaba puesto y porque sus rasgos físicos denotaban a una hermosa mujer en crecimiento.

A la sociedad no le importó que Lorena Daniela tratara de sobornar a los policías con su billete de cien pesos. La corrupción parece ser si hay otros atenuantes. La situación se convirtió en un “trending topic” mundial en pocas horas. Hasta un medio impreso salvadoreño le dedicó cuatro entregas a aquel hecho, que en otras circunstancias jamás habría pasado de ser un accidente de tránsito más, quizá como el de Pablito Díaz en El Salvador. ¡Ah, no, si ese también fue otro hecho viralizado por las redes sociales y la televisora que formó parte de aquella suma de gritos familiares!

Resulta de cajón señalar que el término “viralizar” se origina en “virus”. Es decir, de entrada se trata de una pretensión infecciosa de carácter masivo, como una epidemia o pandemia. Desde las redes sociales, se busca lanzar un hecho para que el mundo entero se dé cuenta y juzgue, casi siempre en contra, con lo que las personas solemos dar rienda suelta a nuestra imaginación más perversa y pervertida para proceder a nuestra cuota personal dentro de aquel “linchamiento virtual” en el que está libre de pecado procede a lanzar, pieza por pieza, el contenido de su propio camión Man Diesel de excretas mentales y otras yerbas.

Viralizamos para denostar, para liberar nuestra mente ante las acciones de jóvenes borrachas, niños imprudentes, viejecillos en problemas o personas de diversas nacionalidades que cometen un error, sufren un percance, provocan una situación vergonzosa o sufren las acciones burlonas de otros. Viralizamos el morbo. Viralizamos situaciones que pensamos que son incorrectas y las vemos, junto con sus protagonistas, desde la superioridad de nuestros hombros sociales. No reconocemos barreras idiomáticas, religiosas o culturales, fronteras entre naciones y territorios, diferencias socoeconómicas, etc. A la hora de levantar el dedo y señalar, todo somos puros y estamos ungidos por los máximos valores del universo.

Quizá haya que detenernos un momento ante la viralización de contenidos y examinar sus mecanismos. Todo se viraliza con la intención de mofarnos de lo que ha ocurrido o de condenarlo. Es chismorreo, no una búsqueda de corrección o de entendimiento profundo de lo sucedido. Se avergüenza y flagela a las personas participantes en cada situación, sin atender a las consecuencias que esas acciones pueden tener en la vida de las personas reales que formaron parte de esos sucesos. #Lady100pesos tiene familia, estudia, tiene grupos sociales que la rodean y donde ella es una persona conocida. Igual pasa con la policía municipal de Escobedo (Nuevo León, México), que se volvió famosa por hacer una sesión “selfie” con el torso desnudo, mientras estaba con su uniforme reglamentario y al interior de su patrulla. La mujer está casada, tiene dos hijos y en las redes sociales ya no solo se ve esa foto viralizada, sino que ahora sus cuentas de redes sociales han sido intervenidas y ahora vagan decenas de fotos más. La dignidad de ambas mujeres pasa, ahora, por los pies digitales de muchas personas y pantallas de computadoras y smartphones del mundo.

Como humanos, nos emociona hasta el extremo ver que a una persona débil, borracha o enferma le pasan cosas que podemos considerar divertidas. Gracias a eso, un nieto puede usar su “teléfono inteligente” para grabar a su propia abuela afectada por el Alzheimer puesta frente al espejo de un ropero, mientras le habla a su propio reflejo y le dice que pase adelante, porque piensa que hay una persona en aquella supuesta puerta. El video se viralizó, como ocurrió también con aquel famoso del rellenito niño mexicano Edgar, que es tirado a un riachuelo por sus compañeros mientras le sacuden los troncos sobre los que trataba de pasar. Casi parece que, al final de cada uno de esos videos, veremos a Nelson, de The Simpsons, mientras se carcajea de lo ocurrido y señala con su dedo sucio, su cara de matón y sus recuerdos de una madre que baila en un “table dance” y un padre que solo llega a abrazarlo en sus imaginaciones infantiles.

Pero la viralización va en camino de escalar una nueva etapa en la escalera evolutiva digital. La era de los Youtubers ha abierto la puerta a la globalización de contenidos viralizables, pero con fines de mercadeo y ventas. Hace unas semanas, un youtuber salvadoreño, Fernanfloo, tuvo más de 3 millones de visitas en un solo día en su canal, en el que pretendió hacer gelatina con forma de la famosa botella diseñada de Coca-Cola. Su lenguaje muy salvadoreño y el fracaso de sus varios intentos por alcanzar su objetivo fueron más que suficientes para que aquel pequeño video le diera la vuelta al mundo. Todo un fenómeno viral, pero que le permitió adherir a muchos seguidores a sus emisiones, dedicadas en realidad a probar videojuegos y potenciar sus ventas.

#Lady100pesos quizá sea el primer fenómeno latinoamericano de ventas de un producto nuevo. La juventud y belleza de la chica son garantía de ventas entre un público “milennial” y entre un sector masculino “forever alone”. Por eso, no resulta nada extraño que nadie reflexionara que, sin tiempo suficiente para salir de la borrachera en la que fue capturada, la chica ya estaba manejando nuevas cuentas de redes sociales, promocionaba productos náuticos, discutía ofertas de posar desnuda para una revista de caballeros, aceptaba o rechazaba ofertas para exhibirse en público y firmar autógrafos o tomarse fotos con las personas que asistieran, etc. Una “celebridad instantánea” parecía haber surgido, pero todo apunta ya a que solo ha sido el producto de un experimento de mercadeo que se ha salido de los márgenes pensados por sus creadores.

Hubo un tiempo en que la humanidad cuidaba más las diferencias existentes entre las vidas íntima, privada y pública. Una pareja que hace un acto sexual en un andén de una estación del Metro de Barcelona posiciona a la intimidad en la esfera pública, sin asomo alguno de pudor o reticencia. Es curioso que ninguna de las personas que veían aquella escena desaforada interviniera para impedir aquella acción, reñida no solo con la moral tradicional, sino constituyente de un delito de exhibición pública. De la misma manera, a diario nos enteramos de diferentes aspectos de la vida personal de los famosos del espectáculo, por lo que sus vidas privadas también han pasado a la esfera pública con la intención de entretenernos. Mientras, un genio de la música contemporánea como Prince moría solo a bordo de un ascensor o un actor brillante como Robin Williams se suicidaba en el sillón de la sala de su casa. La soledad y otros males rondan a las personas en la actualidad como ya lo hicieron desde siglos anteriores, pero la brecha entre la exhibición pública y la ayuda íntima casi se ha borrado. La vergüenza, la angustia, el desafecto y esos asuntos propios de la vida más personal aún no tienen espacios dentro de lo viral.

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