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¿Libro, película, videojuego, cómic o serie?

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Y en el estilo de “¿Qué habrá sido primero? ¿El huevo o la gallina? O emulando la paradoja del gato de Schrödinger –narrada por Sheldon Cooper en The big bang theory–, nos llega una recurrente y reñida discusión relacionada con nuestros hábitos de consumo de entretenimiento:  ¿Qué será mejor? ¿El libro o la película?

Sabemos que los libros nos llegaron antes que la cinematografía; y ésta, en su momento y a la fecha, muchas veces opta por adaptar historias previamente desarrolladas en los libros. De hecho, una investigación llevada a cabo por Publishers Association afirma que aquellas películas que tienen como base un libro consiguen un 44 % más de taquilla que las que se basan en un guion original, al menos en Reino Unido. Muchas de las películas más taquilleras han basado su argumento en narrativas de libros, pues la historia ya está contada y los personajes ya están desarrollados previamente, lo que facilita su recreación en lo audiovisual. 

Muchas de las obras de escritores vivos son adaptadas de forma audiovisual (mediando compra de derechos de autor por supuesto). Es el caso de gente como a Stephen King (“La torre oscura”, “Cementerio de mascotas”, “Eso”, “El resplandor”, “Carrie”, etc.); como también ha ocurrido con J.K. Rowling (la saga de “Harry Potter” y ahora con “Animales fantásticos y dónde encontrarlos”). No puedo dejar de mencionar a George R. R. Martin ( y la serie de “Juegos de tronos”, para televisión, basada en “Canción de hielo y fuego”). Su caso es particular, ya que incluso seguimos esperando que termine de escribir los libros pendientes. Varios de estos escritores incluso colaboran con la adaptación de sus obras y hasta tienen presencia en el rodaje.

Luego, tambien están los autores que llevan cientos de años de haber fallecido; autores cuyas obras pasaron al dominio público y ya no es necesario pedirle permiso a nadie para convertirlas en películas. Es el caso de Charles Dickens (“Grandes esperanzas”, “Un cuento de navidad”, “Oliver Twist”), los hermanos Grimm (“La cenicienta”, “La bella durmiente”, “Blancanieves”), Mary Shelley (“Frankenstein”) y muchos más.

En este terreno de las adaptaciones pasa de todo, desde las que se califican como exitosas (“El silencio de los inocentes”, “American psycho”, “300”); hasta las que han sido una verdadera decepción para los fans, como en el caso de “Death note” (la de Netflix) y “El hobbit”. También ocurre el mismo problema con los videojuegos, cuyas adaptaciones al cine son calificadas entre aciertos y desaciertos. Es el caso de “Warcraft”, “Tomb raider”, “Silent hill”, “Resident evil”, “Assasin´s creed”, “Final fantasy” y “Doom”, por mencionar algunos títulos. 

Pero entonces, ¿con qué nos quedamos? ¿Qué será mejor en este universo de historias? Entre el formato impreso (libros, cómics) versus lo audiovisual (películas, series), no hay comparación que valga o no debería haberla. Son lenguajes diferentes, muy diferentes: lo escrito apela a estructuras narrativas a través de la palabra. Lo audiovisual hace uso de imágenes y sonidos, provocando así una experiencia sensorial mucho más amplia que a través de lo impreso. Sería como comparar huevos con escopetas a sabiendas de que no hay criterios u elementos comunes que valgan.

¿Qué pasa con el terreno de las adaptaciones? ¿Por qué unas “funcionan” y otras no? Partamos desde el hecho que, al ser lenguajes diferentes, idealmente deben explotarse los recursos que cada uno de estos lenguajes provee, llevando a una reinterpretación de una misma historia en diferentes formatos. El libro no puede ser contado de igual forma que en el cine, pues éste hace uso de otros recursos; como también sucede con los videojuegos, que apelan a las mecánicas de jugabilidad y la interacción con el jugador. Por ello, de entrada, no es lógico ir al cine esperando ver la misma historia desarrollada en otro tipo de lenguaje, como si fuera un calco exacto de lo que ya se ha contado en el libro.

Luego, en el mismo terreno de las reinterpretaciones, creo necesario abordar el tema de la efectividad: un libro puede digerirse en un tiempo mayor que una película. En cambio, ésta tiene un desarrollo limitado a entre una hora y media hasta dos horas y media, en promedio. Y en este tiempo debe contar, por ejemplo, las más de 200 páginas del primer libro de El señor de los anillos (La comunidad del anillo), procurando que la historia se cuente bien en el tiempo disponible y dejando de lado historias secundarias que a los lectores nos puedan gustar (como la de los tumularios), pero que no son necesarias en el espacio cinematográfico para contar los hechos trascendentales: conocimos a los hobbits, a Frodo, el problema, la solución arriesgada, se formó la comunidad y se resquebrajó. 

Además de los recortes narrativos, también están los énfasis y las perspectivas. Y qué mejor ejemplo que el de “El secreto de sus ojos”. La historia en el libro y en la película es la misma, pero los desarrollos, las líneas argumentales para llegar al final tienen variantes: en una, prima lo detectivesco y el suspenso; en la otra, hay un acento romántico. Y ambas son muy efectivas y bien logradas.

Aparte de estos casos, hay tópicos que se prestan para múltiples abordajes, como lo vampírico (la criatura chupasangre, los ajos, los crucifijos, la luz del día, etc.). Y aquí hay mucha tela que cortar, en cuestión de las adaptaciones:

  • Drácula de Bram Stoker y la película de Coppola: el énfasis del libro está en lo monstruoso de la criatura y en la necesidad de acabarle; tan así que, literalmente, en cinco líneas, después de muchas páginas, acaban con Drácula y ya, listo. La recreación fílmica de Coppola dota de profundidad humana al monstruo: una historia, un problema y una redención.
  • La saga de Crepúsculo: los libros de Stephenie Meyer tienen la particularidad de estar contados en primera persona, en la voz de Bella. Eso los hace intimistas, pues nos permite ver a través de los ojos de Bella, sufrir o alegrarse o deprimirse con ella, sentirse ella. ¿Cómo trasladar eso a lo fílmico? No se logró. Las películas nos convierten en observadores; no en partícipes. Máxime, que le apostaron al marketing de las actuaciones estelares, que en términos generales parecen muy contenidas en comparación a la intensidad que logran transmitir los libros.
  • Las crónicas vampíricas: son una serie de libros de Anne Rice en los que Lestat, el vampiro, es el personaje principal. Hubo dos adaptaciones a películas: la de “Entrevista con el vampiro” (1994, protagonizada por Tom Cruise, Brad Pitt y Kirsten Dunst) y “La reina de los condenados” (2002). Ésta última fue la más descalificada por la autora, los fans y la crítica. Los libros de Rice suelen ser novelas larguísimas y hacen gala de un desarrollo profundo de los personajes, tanto de sus motivaciones como de su historicidad y relaciones; cosa que, en lo fílmico, ha quedado laxo. Por de pronto, Paramount Television y Anonymous Content se han hecho con los derechos de las crónicas vampíricas para desarrollarlas en televisión. 
  • Castlevania: aquí tenemos un salto de videojuego a serie animada. Desde 1986 a la fecha, la historia lleva más de doce videojuegos lanzados. En 2017, Netflix lanzó la primera temporada animada como serie, en la que la animación aborda uno de los videojuegos, no todos; desarrollando a profundidad personajes y sucesos, destacando además una muy buena banda sonora. Y ha tenido tan buena recepción. Al punto en que ya se anunció el lanzamiento de la segunda temporada, para 2018. 

¿Qué lección hay en todo esto? Carlos Scolari nos habla de “narrativas transmedia” y de “translectores”, siendo lo primero una historia contada de diversas formas y comunicada por múltiples vías; mientras que lo segundo “es un lector multimodal que debe dominar diferentes lenguajes y sistemas semióticos: desde el escrito hasta el interactivo, pasando por el audiovisual en todas sus formas”.

En estos nuevos tiempos de diversidad de contenidos y consumo, si a sabiendas y por entretenimiento saltamos del libro a la película y luego al videojuego para terminar en una serie, disfrutar y digerir cada contenido creativo pasa por justipreciarlo en la medida de las características del formato y de la historia desarrollada ad hoc para dicho formato. Así que translectores: ni uno ni el otro formato. Todo cuenta. Y, si está bien contado, mucho mejor.  

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