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Leicester, la historia viral

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El Leicester es, desde esta semana, la metáfora de los desfavorecidos. Una alternativa a modelos de virtudes supremas, un contraste al fondo glamoroso de Barcelonas o Reales, y al músculo financiero de los Manchesters, tales nubes donde quisiéramos llegar y no podemos. El Leicester, en cambio, somos todos. La identificación es popular. Sus jugadores son accesibles, terrestres, familiares. Su entrenador no presume palmarés ni es un motivador feroz o una bestia competitiva. Ranieri parece el tío abuelo que siempre te saluda de abrazo.


El Leicester encarna el manual aristotélico para una obra perfecta. Nos produjo compasión, miedo y catarsis. Compasión por el equipo chico, el grupo de rechazados, fichajes baratos, su probabilidad de 5000/1 en las casas de apuestas por ganar la Liga Premier. Miedo a que, en diciembre, enero o febrero, su impulso se desinflara, como tantos clubes sensación luego víctimas del maratón que casi siempre ganan los pura sangre. Y catarsis por la consagración final, una tribuna mundial gritando por el Leicester como en película de Rocky.

El poder de esta especie de historias, nada nueva en la biblia del fútbol, crea una burbuja de emoción cegadora. Nos sentimos afortunados de presenciarla, y creemos que nunca antes hubo algo similar, como cada pareja de nuevos enamorados se creen Píramo y Tisbe. De pronto hablamos de la mayor hazaña de la historia, excedemos calificativos.

El fútbol tiene un adormecedor potente: es el más real de los “realitis”. Mientras los concursos de canto, por ejemplo, fuerzan el escenario para conmovernos, para que el juez desalmado se rinda por fin ante el cantante virtuoso de cascarón modesto, el gordito o la adulta canosa, y todos aplauden y lloran, y explota la escena en Youtube, el fútbol despliega una aduana mucho más estrecha. En el fútbol, el gordito o la adulta canosa no ganan solo conmoviendo al respetable. La cancha exige méritos más tangibles. Y enemigos distintos cada semana. Por 10 largos meses.

En el Leicester, la nómina de nuevas estrellas incluye al goleador Vardy, quien nació el mismo año que Messi (1987), pero cuya carrera explotó casi a sus 30 años tras largos peajes en divisiones inferiores y empleos fuera del fútbol para pagar cuentas. Estos personajes románticos desafiaron expectativas fecha tras fecha tras fecha, y todavía tardaremos en descifrar cómo sobrevivieron. Hace 13 años en España, por ejemplo, nadie se explicaba como una Real Sociedad desconocida dominó una liga de estrellas, y recién perdió el título contra un Real Madrid galáctico en la jornada final. Luego, cuando su estrella Xabi Alonso guió al Liverpool y al mismo Madrid a ganar Orejonas, digerimos mejor aquel fenómeno.

Sabemos, sí, que el Leicester puede agradecer que ninguno de los grandes de Inglaterra tuvo una campaña excepcional. En caso que el Leicester gane sus dos últimos partidos, unos teóricos 83 puntos le alcanzarían para ganar apenas tres de 17 Ligas Premier desde 2000. Todo, entre un bajón del fútbol inglés, que dio ocho finalistas de Champions League entre 2005 y 2012, y ni uno desde entonces.

Eso tampoco reduce un gramo este fenómeno, ahora unánime, de un Leicester tan amado como el gordito o la adulta canosa de concursos de canto, tan viral por sus jugadores comunes y un director técnico querible. Llegará el tiempo en que pierdan y serán menos míticos, y quienes le besan la frente a Ranieri le dirán perdedor otra vez. La fiebre pasará. La metáfora queda.

Foto tomada de Flickr, con licencia Creative Commons.
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