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Las niñas que violaron frente a nosotros

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En Quezaltepeque hay una comunidad olvidada y polvorienta, con un aire selvático, apenas un pequeño asentamiento sobre un cerro. Un lugar como si se hubiese estancado en el tiempo y todos los avances tecnológicos propios de nuestra era se olvidaron de pasar por ahí. Al lugar le llaman La Coyotera. Según dicen los abuelos ahí suelen aparecerse feroces jaurías de coyotes salvajes en busca de pobladores que devorar y aunque el cuento es viejo la gente aún les teme. La verdad es que nadie ha visto a uno de los malvados cánidos, y por supuesto nadie conoce a alguien que sí haya visto uno.

Acá la mayoría de casas no tienen electricidad y esas cosas citadinas como aceras, aguas residuales, parques, agua potable o siquiera esas canchas polvosas y pedregosas están muy lejos de llegar. Para hacer al lugar todavía menos acogedor, hay un grupo de adolescentes que gobierna a sangre y fuego la zona. Son los chicos de la facción “Revolucionaría” de la pandilla Barrio 18. Nada muy complejo: un puñado de muchachos armados y tatuados que se contentan con controlar quien entra y sale de la zona y en pelear a muerte con los chicos de la Mara Salvatrucha 13, que viven a unas cuadras de este lugar.

Una tarde de junio calurosa, como casi todas las tardes en este lugar, unas niñas me contaron una historia sobre su escuela  mientras platicábamos en un patio a merced de una nube de zancudos hambrientos . Transcribo:

“…el problema de ahí es que todos los días había que besar al director en la boca. Si a una la iban a dejar los papás entonces no la besaba pero después la sacaba a una del salón y había que besarlo y la regañaba a una y la castigaba”, dice una de ellas.

Otra de ellas contó que a una niña le había roto las piernas con un garrote de medio metro al que el director llama “lapicito” por negarse a ordenarle los calzoncillos y las camisas. No entiendo la anécdota y les pido que me expliquen.

“Es que él vive en la escuela, ahí ha hecho como una champa y manda a las niñas a ordenarle la ropa. Por eso no me gustaba esa escuela, por eso mejor me fui. Donde estoy es bonito, no la tocan a una”, agrega la otra.

Las niñas hablan de una niña a la que él embarazó y de un chico al cual castigó lanzándolo a una poza atado de pies y manos. Hablan de chicas a las que obligó a hacerle sexo oral. Lo cuentan como una molestia, un gaje del ser estudiante o como uno de tantos problemas de vivir en La Coyotera. La verdad no le dan más importancia que a la falta de agua, las balaceras de los pandilleros o a las tormentas roba-techos que les azotan en invierno.

“Haz visible lo invisible. Ayúdanos a eliminar la violencia contra las niñas, niños y adolescentes”

Lo anterior está escrito en un afiche que tomé de un estante en las oficinas de Unicef en Santa Elena, uno de los barrios más exclusivos de El Salvador. En el afiche aparece el actor Liam Neeson con una expresión sería y desafiante. Hablé ahí con una encargada de proyectos y entre otras cosas le conté sobre el caso. Le dije el nombre del director y la escuela a la que pertenece, y le conté que besa a las niñas y que tira a los niños al agua y le cuento sobre “lapicito” y sobre La Coyotera. Y…nada. Me dice que preguntará a sus superiores y al cabo de un mes me responde muy enérgica que “esas cosas hay que denunciarlas”. Y luego más abúlica que “ hay cosas que es mejor no saberlas”. Luego hace el gesto de temblar y se queda escuchando música brasileña en su oficina luminosa donde siempre el clima será templado.

En una esquina del salón de usos múltiples de la alcaldía de Quezaltepeque una mujer, que me hizo jurar no decir su nombre, habla bajito y mira para todos lados con cada frase. Luego de cada historia, de cada secreto, me recuerda con una expresión seria en confianza se lo cuento, mire que estos temas son delicados”.

Me contó que un familiar suyo tuvo que huir del municipio y del país pues el director de esa escuela lo amenazó. En la historia el joven trató de impedir que su director continuara violando a su novia de 15 años sobre unos costales de leche en la bodega de la escuela. El hombre le pegó hasta romperle la nariz. Luego continuó violando. Los dos chicos terminaron lavándose la sangre en los chorritos de la escuela. Luego se fueron. Al principio fuera del municipio y luego fuera de El Salvador. Lo más lejos que pudieron de La Coyotera y de su escuela.

La mujer cuenta que en las reuniones de padres ese director les amenaza y les insulta, les dice que conoce gente en la Asamblea Legislativa y que es intocable. Los campesinos y madres solteras le creen. Otras personas dicen que su verdadero poder tiene que ver con la relación que tiene con los pandilleros que viven alrededor de su escuela. Otros, un buen número, no llevan a sus hijos a estudiar. Antes de irme la mujer me recuerda que en los últimos años han asesinado a varias personas en La Coyotera, entre ellas a la que fue presidenta de la directiva comunal. No acusa a nadie pero quiere que entienda que una palabra mal puesta puede convertirse en bala o en machetazo.

En otro lugar fresco llamado Torre Futura, en la colonia Escalón, otra zona cara y moderna de la capital, tomé un café con un representante de la PDDH ( Procuraduría Para la Defensa de los Derechos Humanos), igual que con la funcionaria de Unicef, para hablar de otros temas; sin embargo, a él también le conté de las niñas, de “lapicito”, de las violaciones y los besos. Le cuento de la niña que dejó de estudiar porque no le gustaba que le tocaran los pechos y de la sangre y la casita dentro de la escuela y las amenazas y… nada. Él hombre anota en una libreta de papel reciclado, supongo que por eso de que hay que ser responsables con el medio ambiente, y me dice que hablará con su jefa y que me llamarán de urgencia. Quizá la gente de la PDDH tiene un concepto extraño de urgencia. Nunca llamaron.

Al final de un callejón de tierra, contiguo a una calle también de tierra y atestada de pandilleros del Barrio 18, nos damos la mano con el director en la puerta de su fortaleza-escuela. Es un hombre con algo de sobrepeso y con la cara llena de marcas de acné. Me recibe amable y me muestra la escuela que lleva 22 años de dirigir. Realmente es una de las más limpias que he visto. Tiene una pequeña cancha de basquetbol y en los salones lucen carteles educativos y pizarrones bien puestos.   Le miento y le digo que quiero hacerle una entrevista. Se pone nervioso pero me cree. Me permite encender la grabadora y comienza su discurso diciendo:

“Mire, el problema más grande de acá es la prostitución. Pero no de burdel sino que las muchachitas se prostituyen por cualquier cosa. Acá se les trata de ayudar pero es una maña de la gente de acá. Cuesta enseñarles el valor del trabajo”.

Hablamos casi una hora y cuando empieza a desconfiar me voy. En la puerta de la escuela es casi imposible ignorar los tres huecos de bala. Me dice que no haga caso, que la gente de ahí es “problemática”. Supongo que algún padre o hermano molesto tuvo un concepto de urgencia distinto al de la PDDH y no tuvo la misma paciencia que las instituciones. En la entrada me esperan, alrededor de mi moto, varios pandilleros, pero el director les hace una seña y todos se retiran a seguir custodiando su miseria, dejándome paso libre.

“¿No te indigna? Que la violencia esté afectando la vida de miles de niñas, niños y adolescentes en El Salvador

Dice un cartel pegado en la alcaldía de Quezaltepque, un lugar menos glamuroso y definitivamente menos fresco que Santa Elena o la Escalón. En el cartel aparece el cantautor René del grupo Calle 13. Es una campaña millonaria que trata, a fuerza de carteles, anuncios televisivos y MUPIS, de terminar de una vez por todas con la violencia contra “niñas, niños y adolescentes” ( siempre en ese orden) Al final de los carteles está siempre el logo de los financiadores: “Unicef. Unámonos por la niñez”.

La gente de la alcaldía es distinta, tienen ya conocimiento del tema y saben muy bien lo que pasa en esa escuela. Eso, punto. No opinan, y por supuesto no hacen nada con respecto al tema. Algo parecido pasó con la gente del Ministerio de Educación. Prometieron llamarme pero hasta hoy, que ya pasaron 9 meses, no lo han hecho. Quizá la urgencia es también un concepto relativo para ellos.

En La Coyotera las niñas tratan de matricularse en la otra escuela de la zona, que está a orilla de calle y les queda más lejos pero ahí al menos no son violadas. Sin embargo, la escuela es pequeña y tiene cupo limitado así que a las que no cupieron no les queda otra opción que asistir a la escuela de las violaciones. Claro siempre existe la posibilidad de no estudiar.

El calor se vuelve insoportable en La Coyotera y los zancudos pueden escucharse volar con un zumbido aterrador ( en las casas de todas las niñas hay alguien con chicungunya) . Las niñas se paran y comienzan su azarosa caminata hacia la escuela, la otra escuela, el camino es difícil y prefieren caminar en grupitos. No es paranoia. A la hermana mayor de una de ellas los chicos de la pandilla le amenazaron con violarla y asesinarla en el cañaveral cercano (como ya ha sucedido con otras niñas) por no haberles contestado positivamente a un piropo. Esta chica se fue para siempre de la coyotera.

En San Salvador, sin embargo, hay avances. Unicef ha logrado vincular al galardonado futbolista David Beckham a su campaña contra la violencia infantil. Ahora, además de las celebridades antes mencionadas tendremos posters, afiches, MUPIS y hasta anuncios televisivos en donde el futbolista posará, muy enérgico y guapetón, expresando su absoluto desacuerdo con la violencia que afecta a niñas, niños y adolecentes.

El director posiblemente seguirá al frente de la escuelita de ese cerro miserable, e historias como esta se seguirán contando en otras escuelas y en todos nuestros barrios. Si no es un director será un padrastro o un tío, un vecino o un policía y mientras en ese mundo imaginario de las instituciones Unicef y compañía siguen combatiendo la violencia contra la infancia a través de sus comerciales millonarios y afiches diseñados en sus oficinas elegantes, la realidad sigue su cruel curso sin inmutarse.

No sé si quedó claro pero esta columna no iba de las violaciones de niñas en La Coyotera sino de cómo en realidad a todos nos importa un carajo.

Juan Martínez es antropólogo salvadoreño. Esta serie de columnas, publicadas bajo el nombre de Marabunta,son historias que ha ido recogiendo en su estudio de territorios controlados por pandilleros en          diferentes puntos de El Salvador.
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