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La testigo a la que nadie quiso escuchar

Lucía Barrera de Cerna es la única testigo ocular de la masacre de la UCA. Desde un cuartito aledaño a la residencia universitaria donde seis sacerdotes jesuitas y dos empleadas fueron asesinados, esta mujer, empleada doméstica ella también, y su marido, Jorge, vieron cómo un grupo de soldados uniformados entraban a la universidad poco antes de la hora en que los sacerdotes  murieran. Fue Lucía quien escuchó al padre Ignacio Martín-Baró -Nachito, le decía ella- gritar a sus asesinos: “¡Esto es una injusticia… sois escoria…!” Haber visto aquello, la última masacre de la guerra civil salvadoreña y el primer gran acto de encubrimiento criminal del Estado salvadoreño de la posguerra, marcó toda la vida de esta mujer y de su pequeña familia: la verdad -“eso que yo vi”, según dice- los llevó al exilio, pero primero le costó una semana de interrogatorio tenaz, cruel e ilegal a manos de agentes del FBI y de un coronel salvadoreño enviado por el gobierno de Alfredo Cristiani a Miami, donde dos gobiernos, el de San Salvador y el de Washington, intentaron quebrar a Lucía y a Jorge para impedir que insistieran en divulgar al mundo que a los sacerdotes jesuitas, y a sus empleadas, los había matado la Fuerza Armada de El Salvador. Pero Lucía y Jorge persistieron y en gran parte gracias a su terquedad por decir la verdad es que hoy la justicia no ha muerto en el caso Jesuitas. Esta es parte de la historia de Lucía Barrera de Cerna y de su esposo, Jorge Cerna. Esta es la historia de la testigo a la que nadie, más allá de los deudos de las víctimas, quería escuchar. En su primer número online, y a pocos días de que se conmemore el 25 aniversario de la masacre de la UCA, Factum publica este reportaje.

16 de noviembre de 1989. Entre las 2 y las 3 de la madrugada. Calle Cantábrico, Campus de la UCA, Antiguo Cuscatlán. Desde la ventana de Lucía.

Lucía oyó los tiros. Las ráfagas. Jorge también. Ya estaban acostumbrados, porque llevaban oyendo balas los cuatro días anteriores en su casa de Soyapango. De ahí habían huido. Desde la noche anterior dormían en un cuarto que los jesuitas de la UCA les habían prestado. Pero hoy, a esta hora, la balacera era peor que las de Soyapango: esta ocurría a unos veinte metros, en el jardín del campus aledaño a una de las residencias de los sacerdotes jesuitas. Y hoy las balas eran acompañadas por gritos, por insultos. Lo primero que Lucía pensó es que había combatientes borrachos en los alrededores armando escándalo. Como pudo, a tientas, dejó su colchoneta y se acercó a la ventana. De cerca, en silencio, su marido, Jorge, también se aproximó a ver qué pasaba.

“La ventana estaba abierta porque una noche antes yo quería ir a donde ellos (los padres). Estaban comiendo porque el padre Nachito estaba tocando guitarra… Cuando empezó el gran escándalo vi a través de la ventana a los soldados; ya estaban tirando al cielo, arruinando todo, haciendo destrozos…” Un cuarto de siglo después de aquello, y tras una hora larga de conversación en la cocina de su casa en San José, California, Lucía vuelve a esos instantes que la marcaron. A ella y a El Salvador.

En medio del escándalo –así evoca ella la balacera–, Lucía alcanzó a oír al padre Ignacio Martín-Baró increpar a sus victimarios.

El cuerpo, dice Lucía, no le respondía, pero su mente le gritaba que corriera a ayudar al padre, que hiciera algo: “Eso no se lo deseo a nadie, a uno se le vuelve el cuerpo horrible, pero yo pensaba en ese momento qué es lo que podía hacer, porque según yo los soldados andaban borrachos. Yo quería irlos a regañar para que pararan…” Lo único que detuvo a Lucía de bajar los pocos escalones y recorrer los escasos metros que la separaban entonces del padre Nacho y de los otros jesuitas fue la certeza de que su esposo, que le respiraba en la espalda, no iba a dejarla.

Luego, silencio.

“Vi a través de la ventana a los soldados”. Eso que Lucía vio era suficiente para desmontar la versión oficial que el gobierno del presidente Alfredo Cristiani y la embajada de los Estados Unidos en El Salvador manejaban incluso tres meses después de la masacre: cabía la posibilidad de que a los jesuitas los hubiese matado la guerrilla, decían. Pero no: Lucía vio soldados aquella noche. Y los volvió a ver por la mañana, cuando jesuitas que habían sobrevivido a las balas del ejército le imploraron que se escondiera.

Lucía 2 mejorada

***

16 de noviembre de 1989. Entre las 2 y las 4 de la mañana. Entrada lateral a la residencia de los jesuitas en el Campus de la UCA. La orden del teniente Espinoza Guerra.

Parado junto a la pequeña puerta que separa el campus de la UCA de la residencia jesuita, y con la cara pintada con camuflaje negro, el teniente Ricardo Espinoza Guerra estaba a punto de dar la orden de matar. Faltaban unos minutos para el inicio de la balacera. Muy poco para que Lucía viera, desde su ventana, a los hombres del teniente.

A las 11 de la mañana del 13 de enero de 1990, en la sede de la Policía Nacional, ante los testigos José Chávez y Douglas Alberto Tejada Maldonado, el teniente reconstruyó lo que había pasado aquella madrugada. Dijo que sus ojos se llenaron de lágrimas cuando, bajo su mando y el de otros dos tenientes, seis efectivos del batallón Atlacatl de la Fuerza Armada vaciaron sus fusiles M-16 y un AK-47 sobre Ignacio Ellacuría Baescoechea, sus compañeros Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes Mozo, Amando López Quintana, Juan Ramón Moreno Pardo y Joaquín López y López, y sobre Elba Julia Ramos y su hija Celina Marissette, empleadas de los sacerdotes.

Dice el teniente que lloró.

Uno de sus subalternos, el soldado Antonio Ramiro Ávalos Vargas, también declaró el 13 de enero de 1990 en la Policía Nacional. A las tres de la tarde, cuatro horas después que el teniente. Ávalos no dijo nada sobre las lágrimas de Espinoza Guerra; sí habló sobre la orden que su teniente le dio.

Desde la puerta aledaña a los dormitorios de los sacerdotes, en la que se había quedado mientras sus hombres cateaban el edificio, el teniente entendió que había llegado el momento de cumplir la orden que horas antes, cuando aún no terminaba la noche del 15 de noviembre, le había dado el coronel Carlos Alfredo Benavides: matar a Ellacuría y no dejar testigos.

A unos 20 metros, Ávalos Vargas, el sargento Solórzano Esquivel y otros tres hombres vigilaban a cuatro de los sacerdotes, a quienes habían ordenado acostarse boca abajo sobre el engramado.

Ante el llamado de su teniente, Ávalos Vargas caminó hasta los escalones que separan la puerta del pasillo que conduce hasta el jardín donde yacían Ellacuría y sus compañeros.

«¿A qué horas vas a proceder?”, le preguntó Espinoza Guerra.

Ávalos Vargas entendió la orden. Regresó al jardín y susurró al oído de Óscar Mariano Amaya Grimaldi, el soldado que apuntaba un AK-47 a las cabezas de tres de los sacerdotes: “Procedamos.” Ávalos y Amaya vaciaron sus cargadores sobre cuatro de los jesuitas.

“Hacia el norte, a un metro y medio de esos cuerpos, hay una pared con múltiples manchas de sangre de diferentes tamaños, y cerca de los cuerpos partículas de masa encefálica…”, describe la escena un documento del Juzgado Cuarto de lo Penal de San Salvador, traducido al inglés por el Servicio de Investigaciones de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

Cerca de la entrada que de los dormitorios da al jardín yacía, solitario, un zapato café, marca Hush Puppies, del padre Moreno Pardo. A las ráfagas de Ávalos y Amaya siguieron otras, de otros soldados, que mataron a este jesuita, y luego más que acabaron con la vida del padre Joaquín López y López, quien alcanzó a arrastrase para agarrar la pierna de uno de los soldados; por respuesta, este sacerdote recibió otra ráfaga. Las últimas en morir fueron Elba, la cocinera, quien esa noche dormía junto a su hija Celina en uno de los dormitorios de la residencia jesuita.

El terror se percibe incluso en la hoja de papel marcada CRS-3 en el documento de la Biblioteca del Congreso estadounidense, donde constan las causas de las muertes según los apuntes forenses: “La destrucción de la masa encefálica, causada por lesiones provocadas por armas de fuego que provocaron shock irreversible por hemorragia encefálica”. Esa causa de muerte es la misma para los padres Ellacuría, Moreno, Montes, Martín-Baró, López Quintana y Elba Ramos. A todos ellos los soldados les vaciaron sus cargadores en la cabeza.

Al padre López y López le apuntaron al pecho: “Causa de muerte son las lesiones producidas por arma de fuego que dañaron pulmones, corazón e hígado, causando shock irreversible por hemorragia toráxico-abdominal”.

A Celina Marissette le dispararon por todo el cuerpo: murió de shock hemorrágico encefálico y toráxico.

***

Así luce en la actualidad el pasillo que conduce de las casas gemelas a la residencia donde los jesuitas fueron asesinados. Foto de Héctor Silva.

Así luce en la actualidad el pasillo que conduce de las casas gemelas a la residencia donde los jesuitas fueron asesinados. Foto de Héctor Silva.

15 de noviembre de 1989. Soyapango y Antiguo Cuscatlán. La primera huida.

Jorge Cerna se paró en el umbral. Vio de nuevo el pequeño patio en el que había construido el horno para hacer pan. No sabía qué hacer. Ese horno había sido el pilar de su familia y dejarlo ahora parecía una locura, a pesar de las balas. Afuera de la casa, en Soyapango, su mujer, Lucía, le imploraba para que se fueran de una vez de ahí, ellos y su niña pequeña, Geraldina, que entonces tenía  cuatro años.

“Andate vos”, recuerda Jorge que dijo a su mujer. “Andate y yo me  quedo cuidando esto”.

Lucía no cedió. Ella ya tenía una solución: había pensado hablarle al padre Nachito, el jesuita Ignacio Martín-Baró, para pedirle posada. A Jorge esa no le parecía una mala alternativa para escapar por un rato de los balazos que, cuatro días después de iniciada la ofensiva del FMLN sobre San Salvador, hacían de la vida una empresa demasiado difícil en Soyapango. Pero, además de la reticencia a dejar tirados su casa y su horno, a Jorge le pesaba la sospecha de que los jefes de su esposa, los jesuitas de la UCA, podían no recibirlo a él con la misma comprensión que a Lucía y a Geraldina.

“Pensá bien lo que vas a hacer. No te podés quedar aquí. Vas a conocer al padre… Ellos nos van a ayudar”, insistió por última vez la mujer.

Jorge se decidió. Cerró su casa y emprendió camino con su familia hacia el otro lado de la ciudad, a un lugar que, pensaron él y su mujer, sería mucho más seguro que Soyapango.

Cuatro días antes, el 11 de noviembre por la noche, el FMLN había lanzado la ofensiva más feroz contra el gobierno y el ejército en los 9 años que iban de guerra. Durante meses, los comandantes guerrilleros habían replegado sus fuerzas desde las montañas del norte del país hacia los contornos de la capital. Una de las principales tácticas guerrilleras, según se lee en informes desclasificados de los Estados Unidos, había sido infiltrar sus tropas en los barrios y ciudades dormitorios de San Salvador para, desde ahí, sitiar la ciudad, lanzar ataques relámpago a objetivos militares de trascendencia y replegarse de nuevo. Soyapango, municipio de entrada desde el oriente del país, era uno de los enclaves más importantes para la guerrilla. De ahí huyeron los Cerna.

En el bulevar del Ejército, hasta donde la familia Cerna llegó caminando en busca de un transporte que los llevara al centro de San Salvador, ocurrió el primer encontronazo con los soldados. Jorge recuerda que las balas nunca dejaron de sonar a su alrededor. Cuando llegaron a un punto de la carretera en que estaban parando pick-ups –el transporte público estaba totalmente paralizado a esas alturas de la ofensiva–, un retén de uniformados del ejército paraba y dejaba pasar gente entre gritos y amenazas. Uno de los soldados, recuerda Lucía, no dejaba de disparar al aire. El motorista del pick-up les pedía un colón por cabeza para llevarlos.

“ ‘Váyanse, váyanse’, nos decía el hombre, y seguía con la disparazón. Un gran miedo que daba”, recuerda Lucía el principio de su viaje.

Alrededor del mediodía, los Cerna llegaron hasta el centro de la capital. Lucía llamó al padre Martín-Baró desde un teléfono público. “Vente mujer, vente. Aquí a la casa 15 y aquí te espero. No sé a qué horas vas a venir por ese problema del transporte…”, le dijo. Pero llegaron. Poco antes de las 4 de la tarde, los Cerna se bajaban en La Ceiba, frente a la Basílica de Guadalupe, en el lindero suroeste de San Salvador, a pocos metros ya de la universidad jesuita.

A pesar de las balas y de que habían dejado sola la casita de Soyapango, Lucía estaba feliz. El padre Nacho la recibió: “Que bueno mujer que ya vienes”. Lucía presentó a su esposo con Martín-Baró. El sacerdote los llevó hasta las casas gemelas, como la comunidad jesuita y sus empleados conocían a las dos pequeñas residencias -15 y 16 de la Calle Cantábrico- en las que entonces dormían otros sacerdotes y en las que desde 1991 funciona la radio universitaria, la YSUCA.

Lucía escogió una de las habitaciones de la planta alta, vacía entonces porque los inquilinos habituales dormían esos días en otras residencias de jesuitas en la ciudad. En ese cuarto se sentía cómoda a pesar de que era solo eso: el cuarto y sus paredes, nada de camas. “Y cómo no me iba a sentir bien, si lo había limpiado tantas veces”, recuerda la mujer, que llevaba ya cuatro años trabajando como empleada doméstica para la UCA y para los jesuitas. Fue el padre Nacho quien buscó colchonetas para los Cerna y los dejó instalados en el cuarto con camas, paredes y ventana.

No pasó mucho tiempo antes de que el sacerdote regresara a buscar a Lucía: no hay quien haga la comida, le dijo. La mujer no dudó en ofrecerse como cocinera. Martín-Baró quedó de confirmarle, pero volvió al rato para decirle que no iba a ser necesario: ya la mujer de un trabajador de la UCA se había ofrecido para cocinar; haría la cena y luego dormiría ahí con su hija. Esa mujer se llamaba Elba Ramos.

Faltaba poco para las seis de la tarde, hora en que empezaba el toque de queda decretado por el gobierno desde el inicio de la ofensiva guerrillera. Jorge salió a una de las pocas tiendas abiertas en los alrededores a comprar una gaseosa y pan dulce, la cena para su familia. Lucía se quedó en el cuarto. Mientras esperaba a su esposo, la mujer oyó la guitarra del padre Nacho, escuchó cantos que llegaban desde la residencia. Se sintió bien. Quiso bajar, pero decidió esperar a Jorge. Para oír mejor abrió su ventana.

***

16 de noviembre de 1989. Entre las 6:15 y las 8:00 a.m. Campus de la UCA y Antiguo Cuscatlán. Decir la verdad y la segunda huida.

Los Cerna bajaron pocos minutos después del fin del toque de queda. Jorge se aventuró primero hasta el jardín de los padres. Alcanzó a ver lo que el mundo vería horas después: los cuerpos de Martín-Baro, Segundo Montes e Ignacio Ellacuría tendidos, ensangrentados, sin vida. No dejó que su mujer e hija se quedaran mucho tiempo: “No vayás, hasta aquí quedate, andate para la casa otra vez y te llevás a la niña, que no vea estas imágenes”. Lucía volvió a la casa número 15.

Una de las vecinas de las casas gemelas se había atrevido a salir al portón de su casa, ubicada también sobre la Calle del Cantábrico, apenas pasadas las seis de la mañana. Lucía recuerda a esa señora como Doña Tere, empleada también de la universidad.

Doña Tere vio salir a Lucía apurada de la casa número 15, ubicada en diagonal de su portón.

—¿Y qué andas haciendo tan de mañana?, preguntó Tere.

—Ayer en la tarde hemos venido, pero pasa una desgracia porque los padres se murieron anoche, dijo Lucía sin apenas detenerse.

—¿Qué decís?

—Sí, ayer los mataron…

Dejó Lucía sus palabras colgadas en el aire aquella mañana mientras caminaba de prisa hacia otra casa de esa calle, la número 50, donde la noche anterior habían dormido los padres José María Tojeira, el provincial jesuita para Centro América, y Francisco Estrada.

Primero, Lucía le contó al padre Estrada lo que había visto desde su ventana unas horas antes. Luego llegó hasta un pasillo donde había una pila de agua en la que Tojeira terminaba de rasurarse. La mujer repitió su relato. Sin limpiarse la cara, el provincial salió hacia la universidad. Lo siguió Estrada, quien antes de irse pidió a Lucía que se escondiera. Con lo que había pasado, y si era cierto lo que ella decía sobre los autores de la masacre, le dijo Estrada, a los jesuitas les sería casi imposible proteger a los Cerna.

Lucía no entendía. “Yo sentía que había que decir lo que había pasado, porque eso había pasado”, dice 25 años después desde su casa en San José.

Antes de las 7 de la mañana de ese día, menos de 24 horas después de haber salido a la fuerza de su casa en Soyapango, los Cerna volvían a huir. Jorge llevaba unas pocas bolsas y a Geraldina en brazos; Lucía cargaba sobre su cabeza las dos colchonetas.

Al llegar a la Calle del Mediterráneo, cien metros al sur de la Calle del Cantábrico, los Cerna vieron más escombros, más vestigios de la violencia que habían oído la noche anterior. Lucía recuerda kioskos de madera y aluminio desmantelados, saqueados. De frente, al salir a la bocacalle de la Mediterráneo y la Avenida Río Amazonas, usualmente transitada por buses, autos y peatones pero vacía aquella mañana, Jorge se topó de frente con un grupo de soldados. Fue entonces cuando Lucía tuvo conciencia, por primera vez, del miedo.

“Yo no les daba la cara a los hombres, me tapaba con las colchonetas, pero así de reojo vi a uno de ellos que se parecía a uno de los que había visto en la noche cuando yo estaba en la ventana. Yo vi un grupito de cinco soldados detrás de la casa allí donde aparecieron las mujeres muertas. Iban entrando y uniformados”, vuelve a recordar la mujer.

“¿De dónde vienen?”, preguntaron los soldados a Jorge. El hombre supo, en el acto, que de la convicción de su respuesta dependía en gran medida la vida de su familia. “De Soyapango”, contestó.

Hoy, 25 años después, sentado en la cocina de su casa de una planta en California, Jorge vuelve a percatarse de que la suerte, Dios o el destino lo acompañaron aquel día. Y su buena fortuna, cree, tiene mucho a deber a la falta de inteligencia del soldado que lo abordó. “Si hubiera sido listo no me hubiera creído… ¿Cómo iba a venir de Soyapango a esa hora y con toque de queda?” Un superior de aquel soldado los dejó pasar, no sin antes lanzar al aire una advertencia que, vista entonces a la luz de la masacre que acababan de presenciar, no tenía nada de bufonada: “Que se vayan, pero si viene otro vuélenle verga”.

El único lugar al que los Cerna podían ir era a la casa de la mamá de Lucía, una champita de paja y madera ubicada a un par de kilómetros de la UCA, en los campos aledaños al jardín botánico de Antiguo Cuscatlán. Pasaron ahí desde ese jueves hasta el lunes 20 de noviembre. Guardaron silencio.

El jardín de las rosas. Lugar donde fueron asesinados los jesuitas el 16 de noviembre de 1989. Foto de Héctor Silva, tomada en diciembre de 2013.

El jardín de las rosas. Lugar donde fueron asesinados los jesuitas el 16 de noviembre de 1989. Foto de Héctor Silva, tomada en diciembre de 2013.

***

Septiembre de 2014. Casa de los Cerna. San José, California. Los silencios.

Lucía no para en la cocina. Va de la mesa, en la que ha servido las pupusas que recién preparó en la mañana y el curtido puesto a marinar días atrás en vinagre de piña –para evitar la acidez, dice–, al microondas, a la refrigeradora. Lucía Barrera de Cerna es una mujer servicial, sonriente, que parece hacer de la comodidad de sus invitados una misión importante.

Aún le cuesta hablar con fluidez de lo que vio desde su ventana hace 25 años o de los tormentos, miedos y sinsabores personales y familiares que le llegaron por insistir en contar eso que vio. La mujer pasa sin problemas por el relato de su salida de Soyapango y recuerda hasta con euforia los años en que trabajó con los jesuitas. Cuando llega a sus razones para no guardar silencio habla bajo primero, casi en un susurro, pero conforme las imágenes o los sonidos de aquel 16 de noviembre van volviendo, se va abriendo paso en Lucía una voz más firme que siempre termina en una sentencia: “Vi lo que vi. Y tenía que contar esa verdad. Eso se lo debía al padre Nachito”. Pero así como en la conversación que evoca recuerdos la convicción llega después del susurro, en 1989 a la terquedad por ser fiel a la verdad la precedió el silencio, un momento breve de duda, motivada por el instinto de sobrevivir. Lucía y Jorge reviven el momento.

—Lo más raro de las cosas, y que yo hasta este momento no comprendo, es que allí (en la champa de su madre) estuvimos un par de días y no comentábamos ni platicábamos del caso, le dice ella.

—Pasó, pasó. Vimos lo que vimos y nos habían dicho ‘no anden diciendo nada’. Y no dijimos esos días, ni entre nosotros…

—Nos enmudecimos, ¿qué pasó? Por instinto, me acuerdo que él no comentaba ni yo comentaba. Me acuerdo que no tenía hambre.

***

Antiguo Cuscatlán, San Salvador y Washington. 16 de noviembre de 1989. Mañana y tarde. El inicio del encubrimiento.

A las 2:30 p.m., la estación de la CIA en San Salvador envió a Washington el reporte del 16 de noviembre, como lo hacía a diario desde que había iniciado la ofensiva guerrillera en San Salvador. El “reporte situacional” 162229Z trata, en el segundo de nueve puntos, la masacre: “A las 0030 horas (tiempo local) el rector de la Universidad de Centro América (sic), Ignacio Ellacuría, el vice-rector Ignacio Martín-Baró, y otros cuatro sacerdotes fueron asesinados por sujetos no identificados. La cocinera y su hija también fueron asesinadas… Informalmente, oficiales militares salvadoreños han culpado al FMLN del asesinato de Ellacuría…” Esa misma tarde, un informante contaría otra versión a los agentes de la CIA.

Los EmbOffs, como un cable identifica a los dos funcionarios estadounidenses que llegaron al jardín que separaba la residencia de los jesuitas de la pequeña Calle del Cantábrico en el lindero sur del campus, vieron los cadáveres de Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró y Amando López tirados en la grama. Llegaron cuando ya en el lugar estaban otros jesuitas, reporteros, policías y otros miembros del cuerpo diplomático. Vieron de cerca, los EmbOffs, los cuatro cuerpos, el de Ellacuría con su bata café, el de Martín-Baró con pantalón celeste y camisa azul de manga corta, el de Segundo Montes y el de Amando López sobre el pasto, con los brazos extendidos hacia adelante, como queriendo gatear en un último intento por aferrarse a la vida.

Ahí, frente a los cuerpos, tras la cinta amarilla, los EmbOffs hablaron con “periodistas… fuentes… y un profesor de la UCA”. “Siete hombres entraron a la residencia entre las 2:30 y las 3:00 a.m. Un sacerdote jesuita dio la noticia al Arzobispo luego que terminó el toque de queda a las 0600 (hora local)”, contó el catedrático. Oyeron más cosas los EmbOffs, pero es imposible saber qué: al menos cuatro líneas del párrafo que relata el testimonio inicial de los oficiales en el primer memo enviado desde la embajada en San Salvador al Departamento de Estado en Washington están tachadas.

Con los insumos que los EmbOffs llevaron a la embajada, el embajador de Washington en San Salvador, William Walker, envió, ese mismo día, el primer cable oficial de su despacho sobre la masacre a la oficina del Secretario de Estado, James Baker. El cable, número SAO14855 titulado “Rector Jesuita de la UCA asesinado a tiros; otros siete asesinados” también fue enviado a las embajadas en Roma, Guatemala, San José, Tegucigalpa, Managua, México y Caracas.

La conclusión inicial de Walker, tras relatar la información que le dieron sus EmbOffs, es la misma que el embajador y el Gobierno del presidente Alfredo Cristiani sostendrían al menos hasta bien entrado enero del año siguiente: a los jesuitas bien podrían haberlos matado extremistas de izquierda como de derecha. El embajador se inclina por la última opción, sin mencionar al ejército y sin descartar la autoría del FMLN. “La embajada no tiene información de testigos presenciales de los asesinatos. Es plausible que extremistas, ya sea de derecha o izquierda, sean responsables de los asesinatos. Ellacuría… pudo haber sido un objetivo de extremistas de derecha. Sin embargo, no hay que descartar que extremistas del FMLN hayan matado a Ellacuría y los otros… Ellacuría había desaprobado recientemente en público posiciones del FMLN e incluso a regañadientes había aceptado algunas políticas de Cristiani”, concluye Walker en su memo.

Un día después, el 17 de noviembre, el embajador de George Bush padre escribió un memo más largo para sus jefes en Washington. En 11 puntos desplegados en tres páginas, Walker vuelve a la doble tesis de autoría, pero esta vez es más claro al decir que sus sospechas apuntan hacia la derecha: “Hay señales cada vez más preocupantes de que quienes ejecutaron al Padre Ellacuría y sus compañeros están conectados con elementos de la extrema derecha”.

“La embajada no tiene información de testigos presenciales”, escribió Walker. No la tenía ese 17 de noviembre. La tendría el siguiente lunes, el 20. Pero cuando Estados Unidos supo de la existencia de Lucía y su testimonio, lo que Washington hizo, sobre todo a través del FBI, fue facilitar al gobierno de Cristiani y a la Fuerza Armada todas las herramientas para acosarla y presionarla a desmentirse de lo que ya había empezado a decir a organismos no gubernamentales de derechos humanos y al cuerpo diplomático acreditado en El Salvador.

***

Lunes 20 al miércoles 23 de noviembre de 1989. Oficina provincial jesuita, Antiguo Cuscatlán. Embajadas de España y Francia en San Salvador. Aeropuerto internacional en Comalapa. La tercera huida.

Llegó el lunes. Los Cerna decidieron que Lucía iría a la oficina del padre Tojeira, a pocas cuadras del campus de la UCA. Jorge había estado el fin de semana en Soyapango para ver si regresar a casa era una opción. No lo era.

Sin detenerse en la puerta, Lucía fue hasta el despacho del sacerdote. “Puedo sacarle el basurero”, padre, pidió, como dispuesta a volver al trabajo de una vez para, desde su vida como empleada de los jesuitas, enfrentar lo que había visto. “Sí, Lucía, ven”, dijo Tojeira. La mujer alcanzó a dar el pésame: “lloraba yo cada vez que me acordaba de lo que había pasado…”

“Lucía, ha sido un dolor tremendo para todos, pero ellos están mejor que nosotros porque están en el cielo y desde allá te están cuidando, porque ellos siempre te quisieron y cuidaron mucho”, le dijo Tojeira.

Cuando Lucía salió de la oficina se encontró con una mujer a la que ya había visto antes en los despachos de la UCA. Tras el silencio que había guardado durante cuatro días después de que oyó al padre Nacho increpar a sus asesinos, Lucía empezó a contar y a contar. Sin parar. Le contó a aquella mujer todo lo que había visto. El nombre de esa señora era María Julia Hernández, entonces directora de la Oficina de Tutela Legal del Arzobispado de San Salvador.

—Los padres se murieron, señora, y para mí es un dolor bien grande lo que sucedió porque yo hubiera querido ir pero no pude porque los hombres llegaron y los padres se murieron, le dijo Lucía.

—¿Me podrías enseñar a dónde fue eso?, pidió Hernández.

Lucía regresó entonces al cuarto de la casa número 15 de la Calle Cantábrico para mostrar su ventana y relatar lo que desde ahí había visto. María Julia Hernández se asustó. Le pidió que se quedará ahí, que no saliera. Regresó al rato.

—Mirá, tú no podés estar en El Salvador, le dijo.

—¿Por qué, si yo no he hecho nada? Yo lo que he hecho es enseñar lo que pasó…

Después de esa conversación, horas después, Tutela Legal y los jesuitas en San Salvador habían arreglado para que Lucía Barrera de Cerna, su esposo Jorge y su hija Geraldina se refugiaran en la Embajada de España. Hasta ahí llegaron peritos judiciales a tomar testimonio a Lucía, para agregarlo al expediente que ya había abierto el Juzgado Cuarto de lo Penal por la masacre de la UCA.

Ya para entonces, Lucía vivía en una especie de letargia permanente. No entendía por qué debía esconderse. No entendía a quienes le decían que el gobierno quería dañarla cuando, para ella, su testimonio era solo una ayuda para encontrar a los culpables. “Una que nunca ha andado ni siquiera peleando en el mercado y ahora meterse en ese gran lío, yo estaba de mis nervios hecha pedazos de aflicción. Él (Jorge) solo me decía no te aflijas, la niña te necesita y yo te necesito. Y yo callada», recuerda en su casa.

Así, con la misma mudada con la que habían salido de Soyapango poco menos de una semana antes, los Cerna empezaban otra huida. Ni siquiera la Embajada de España era una opción.

Cuenta Lucía: “Esa misma tarde llegó el juez como a las 5 y allí estaba el padre Sainz y el padre Chema (Tojeira). Esa misma tarde llegaron un montón de fotógrafos, periodistas, la sala se llenó y yo narrándole la situación al juez, un hombre escribiendo en una máquina al lado… y yo le dije todo allí. Entonces como yo estaba contando lo que sucedió llegó el embajador y dijo ‘Lucía no puede estar aquí más porque van a asaltar la embajada… Solo hay dos hombres de seguridad, no podemos…’”.

La embajada de Francia hizo lo que los españoles no: proteger a los Cerna. Luego de que Lucía empezó a rendir testimonio oficial, los franceses acogieron a la familia. Al día siguiente, 21 de noviembre, la mujer continúo su declaración en la representación diplomática de París en San Salvador. Al poco tiempo, una funcionaria salvadoreña llegó a entregarles tres pasaportes: los Cerna se irían ese mismo día a Estados Unidos, a Miami, donde según el arreglo de los jesuitas los recibirían sacerdotes de la Compañía de Jesús.

Recuerda Jorge: “A la cinco era la salida del vuelo y nosotros llegamos al aeropuerto a la 5:10 y el vuelo ya se había ido. Para nosotros fue una cosa bien tremenda porque se estaba acercando el toque de queda. Pero desde ese momento, la Embajada de Francia tomó control sobre nosotros, ni una mosca se podía acercar a nosotros. Nos cuidaron bien, mejor que el batallón Atlacatl”. La sonrisa con que el esposo de Lucía lo cuenta hace imposible que se fugue la ironía: los franceses los cuidaban ahora de los salvadoreños que habían matado a los padres jesuitas.

El embajador de Francia fue quien arregló la situación al mandar a llamar, de Belice, a un avión militar de su país para que llevara a los Cerna hasta Miami. Antes de salir, cuenta Jorge, Geraldina se le escapó de sus brazos para asomarse a un cuarto en el que había una televisión encendida. Cuando el hombre caminó para alcanzar a su hija vio que un grupo de soldados salvadoreños se le acercaban. Los franceses, que también observaron el movimiento, se acercaron a los militares locales para recordarles que los Cerna estaban bajo la protección de Francia.

El cansancio de Lucía era ya paralizante. Oía a quienes hablaban a su alrededor sin realmente entender que decían. Recuerda, sí, que llegó el “embajador gringo” y que “nos vio con tanto desprecio”.

El relato de los Cerna se avecina al arribo a Miami, un capítulo que para Lucía fue, si cabe, más traumático que presenciar la llegada a la UCA de los soldados que tenían por misión asesinar a los padres jesuitas: durante una semana, según el relato del matrimonio, que después fue validado por el Congreso de los Estados Unidos y un juez español, agentes del FBI, comandados por un militar salvadoreño, sometieron a los Cerna a varios vejámenes sicológicos y otros tipos de tortura para que cambiaran o renegaran de su testimonio. Un día, por ejemplo, los dejaron sin comer, a ellos y a la pequeña Geraldina.

Lucía se ensombrece. En su rostro, 25 años después, vuelve a pintarse la aflicción, el repudio. Jorge toma la batuta del relato:

—Como a las 10 (de la noche) llegamos a Miami.

—Nos apartaron, dice Lucía.

—Nos explicaron que nos iban a dar unos papeles y ahí nos cayeron los del FBI.

—Nos agarraron como que éramos criminales… horrible.

***

20 y 21 de noviembre de 1989. Departamento de Estado, Washington, DC. El peso de lo que Lucía vio.

A esas alturas, en privado, Estados Unidos albergaba serias sospechas de que el ejército salvadoreño estaba involucrado, desde el más alto nivel, en la masacre de los jesuitas. En público, sin embargo, Walker seguía mandando señales ambiguas. Y en privado también: el FBI se disponía a quebrar la moral de los únicos testigos presenciales de aquellos hechos.

Un día antes de que los Cerna aterrizaran en Miami, el secretario de Estado Baker se había asegurado de tener una línea privilegiada de información sobre lo que había pasado en el campus de la UCA. En un memo clasificado como secreto y sensitivo, el Secretario pide directamente a William Webster, director de la CIA, que determinar quién había matado a los jesuitas era “un asunto de la más alta prioridad para esta administración”.

Baker pidió a la CIA, la primera agencia que informó a Washington desde San Salvador sobre la autoría militar, una investigación independiente de la que debía mantener informado al Subsecretario Bernard Aronson, el diplomático de más jerarquía dedicado a América Latina y jefe directo del embajador Walker.

El Secretario de Estado, además, hizo una petición concreta y “urgente”: una “base de información sobre las unidades militares presentes en el área (de la Universidad) a la hora de los asesinatos, y las órdenes giradas a dichas unidades”. Esto es lo que Baker quería averiguar: “que la ESAF (Fuerza Armada de El Salvador, en inglés) explique cómo un grupo de asesinos puede disparar de forma nutrida durante media hora en un área patrullada por militares sin obtener respuesta”.

En los 25 años que han pasado desde la madrugada del 16 de noviembre de 1989, cuando del rostro camuflado del teniente Espinoza Guerra salió la orden de matar, ninguna autoridad salvadoreña respondió del todo a la pregunta del Secretario de Estado de Bush padre, sobre todo lo referente a las órdenes.

La misma pregunta, y las posibles respuestas, están a la base de un caso por terrorismo abierto en al Juzgado Sexto de la Audiencia Nacional de España contra 20 militares salvadoreños, incluido todo el alto mando de aquellos años. En ese juicio el testimonio de Lucía Barrera de Cerna, la testigo a la que nadie quería escuchar en 1989, es fundamental. Mucho dolor, sin embargo, faltaba pasar a esta mujer y a su familia por la terquedad de “enseñar lo que pasó”.

Lee en la segunda entrega: de cómo el Estado salvadoreño, con ayuda de Washington, hizo todo lo posible 
por aplastar a los Cerna; y de cómo, a pesar de todo, la verdad de Lucía Barrera de Cerna terminó siendo escuchada.

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