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La receta hondureña para pensar en un fraude electoral

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Una cadena de infortunios que empezó el día de las elecciones destruyó la credibilidad. Miles de hondureños dejaron de sentir que su voto contaba. Las garantías no son firmes. Y hay razones: el Tribunal Electoral aún debe explicaciones verosímiles sobre los apagones informáticos que interrumpieron el escrutinio de la elección presidencial. Debe justificar por qué recibió paquetes electorales abiertos. Por qué se tardó en completar el conteo de actas. Por qué no se aseguró de que iba a tener un mínimo de muestras de resultados preliminares en los departamentos lejanos de la capital. Esos mismos departamentos en donde creció de forma considerable el número de electores para el candidato a la reelección. El sistema electoral hondureño es frágil. No tiene el formato de segunda vuelta. Y funciona sin la representación de todos los contendientes político-partidarios en el tribunal. Desconfiar es coherente.

Foto FACTUM/Gerson Nájera


Los resultados de las elecciones presidenciales de 2017 no son creíbles. El escrutinio que da como virtual ganador a Juan Orlando Hernández está repleto de irregularidades, errores, sospechas. No solo la oposición ha rechazado los números finales. La Organización de Estados Americanos (OEA) y la Unión Europea (UE) no validaron el conteo. La repentina subida que tuvo Hernández sobre su opositor Salvador Nasralla cuando la cuenta ya sobrepasaba la mitad de los votos generó desconfianza. También enojo. La oposición se tomó las calles. Honduras fue un caos.

Y todo apunta a que seguirá siéndolo.

¿En realidad se cometió un fraude en la elección presidencial de Honduras? No existe en Honduras la intención de hacer una investigación forense de qué ocurrió hora tras hora desde que se cerraron las urnas el domingo 26 de noviembre a las cinco de la tarde. Incluso desde antes: el presidente Hernández, que votó en su departamento natal Lempira -fronterizo con Chalatenango y Cabañas en El Salvador-, aseguró esa misma mañana que las tropas de su Partido Nacional “estaban listas”. Que, según él, ya tenían seguros alrededor de cien votantes nacionalistas por cada urna.

La fiesta para el Partido Nacional se convirtió en silencio dos horas después del cierre de urnas. En alrededor de cuatro horas, hacia la medianoche del domingo, el opositor Salvador Nasralla, de la Alianza de Oposición, ganaba en el escrutinio preliminar por cinco puntos porcentuales sobre Hernández. El conteo de votos había alcanzado un 57 por ciento del total. Pero se detuvo.

La imagen quedó fotografiada: Nasralla, con ese nivel de actas electorales escrutadas, se daba como ganador de la elección presidencial. Pero el tribunal de Matamoros Batson no daba una declaración de tendencia irreversible. El presidente del tribunal hondureño explicó que el conteo se detuvo porque faltaba que llegaran, de forma física, las actas electorales de los departamentos occidentales de Honduras. Los más lejanos. En donde no se preocuparon por asegurar una transmisión informática, ni siquiera por fax.

Y Matamoros Batson tampoco quería dar el gane virtual a Nasralla porque sin el muestreo mínimo de esos departamentos era aventurado afirmar una tendencia irreversible. Esos departamentos, de hecho, son a los que le apostó en todo momento Hernández. Los departamentos rurales. Focos de sus programas sociales durante su período presidencial desde 2013.

No existen certezas sobre un fraude electoral en Honduras. Pero sí se pueden explicar las razones que tienen miles de hondureños, la OEA y la UE para creer que el proceso electoral tuvo vicios.

Periodistas locales esperan en el Centro de Prensa del Tribunal Supremo Electoral de Honduras, en Tegucigalpa, donde esperan por el conteo oficial para dar a conocer al próximo presidente hondureño. Foto FACTUM/ Archivo

Conteo de votos y tendencias irreversibles

Las elecciones tienen dos tipos de escrutinio: el preliminar y el definitivo. El escrutinio preliminar es el que se desarrolla la noche de la elección, horas después de que se cierran las urnas. Se trata de un conteo incompleto de las actas electorales, pero suficiente para marcar tendencias. El fin del escrutinio preliminar es informativo. Una especie de calmante de las ansiedades de los electores. Una muestra de transparencia del sistema.

El candidato con mayor porcentaje de votos y con una tendencia irreversible, basado en este conteo provisorio, se autoproclama ganador. Sus contendores, conscientes de los números preliminares, aceptan la derrota y saludan al virtual vencedor. Esto sucede sin que haya una declaración final de la autoridad electoral.

El escrutinio más importante y, de forma contradictoria, menos noticioso es el escrutinio definitivo. Es el resultado final, la suma exacta de los votos de todos los participantes. Ocurre días después del escrutinio preliminar. Antes debe superar impugnaciones, si las hay, de los contendientes. La autoridad electoral firma el acta que declara ganador a un candidato basado en el escrutinio definitivo.

En un sentido formal y legal, a un nuevo presidente le colocan la banda o cinta presidencial por el resultado del escrutinio definitivo, no por el aproximado que se tiene la noche de la elección, a la vista de los ciudadanos.

La garantía de una tendencia irreversible en el escrutinio preliminar debe cumplir con un muestreo geográfico. En una elección presidencial, en Honduras, la tendencia se marca cuando se tiene el mínimo de muestras de resultados de los 18 departamentos de este país.

Eugenio Chicas, presidente del Tribunal Supremo Electoral de El Salvador entre 2009 y 2014, compartió su conocimiento sobre la materia para hacer este análisis. Reconoce que no se puede declarar una tendencia irreversible si no existen las muestras de todos los departamentos. Pero en el caso de Honduras, con el 57 por ciento de las actas escrutadas el domingo 26 de noviembre por la noche, “es muy difícil revertir un resultado, sobre todo con cinco puntos de diferencia”.

“Tiene que haber ocurrido algo extraordinario para que (la reversión del resultado a favor de Hernández) ocurriera”, dice Chicas, “técnicamente es irregular esa condición”. El tribunal de Matamoros Batson aseguró en la noche de la elección que el conteo se debía detener, pues no había más actas que contar, y se debía esperar a que llegaran las actas, en físico, al centro de cómputo en Tegucigalpa.

Otro pecado, según Chicas. Si las actas de un departamento no pueden tenerse por medios informáticos, por encontrarse en una gran extensión rural, se hace uso del fax. El fin es tener al menos una muestra mínima de ese departamento para añadirlo al conteo preliminar y poder marcar una tendencia la noche de la elección. El TSE de Matamoros Batson dejó en vilo a Honduras por dos días. Por fin llegaron las actas a Tegucigalpa y fue hasta el miércoles 29 de noviembre que se reanudó el escrutinio. Pero a esa fecha ya se tenían denuncias de la oposición sobre paquetes electorales alterados y el descontento social, con mayor acento en los seguidores del candidato Nasralla, iba en efervescencia.

El escrutinio preliminar prosiguió. Pero fue interrumpido por un apagón informático. Cinco horas más sin resultados. Un nuevo incidente. Una nueva excusa desde el TSE: los servidores se saturaron. Poco creíble para un tribunal que invirtió alrededor de 90 millones de dólares en todo el proceso electoral -incluida la primaria de febrero- y que se jactó de que en unas horas después del cierre de urnas iba a tener los resultados preliminares.

Las cinco horas con el sistema informático caído pasaron. El tribunal recuperó el control y siguió el conteo. Y ocurrió lo que tiene a Honduras sumida en una crisis política: los cinco puntos de ventaja que Nasralla llevaba sobre Hernández empezaron a reducirse desde el miércoles. Poco a poco, el 43 por ciento de las actas que faltaban empezó a mostrar una reversión en los resultados. Cuatro puntos, tres puntos, dos puntos, un punto, décimas de punto… Jueves y Hernández alcanzó a Nasralla. Viernes y Hernández sobrepasó a Nasralla. Estalló la violencia.

La Policía Militar y la Policía Nacional dispersaron las manifestaciones opositoras con gases lacrimógenos, macanas, patadas. Los protestantes, armados con piedras, también respondían a la represión. La escalada de violencia condujo a escenarios en los que sonaron disparos y hubo heridos y muertos. Los seguidores más enardecidos de la Alianza de Oposición dieron fuego a peajes, a alcaldías e incluso intentaron quemar una delegación policial. Los delincuentes, ajenos a la ebullición político-electoral, aprovecharon el río revuelto y saquearon supermercados y comercios de electrodomésticos.

El gobierno ordenó un toque de queda de doce horas durante diez días. La circulación quedó prohibida entre seis de la tarde y seis de la mañana. Las autoridades recibieron facultades especiales para someter a cualquier persona infractora. Una chica residente en Tegucigalpa murió a balazos por la Policía Militar -instituida por el presidente Hernández- por estar en la calle durante el toque de queda. Los llamados de las organizaciones internacionales para evitar la violencia en medio de la crisis política fueron ignorados.

En las horas prohibidas para circular, hondureños en Tegucigalpa, San Pedro Sula y Santa Bárbara salieron a las puertas de sus casas o se congregaban en los barrios para hacer cacerolazos en contra de Hernández. Al grito de Fuera JOH y los cantos de JOH, es pa’ fuera que vas, los opositores, durante el día, llenaron los bulevares más transitados de estas ciudades. Rechazaron a su presidente y también al encargado del Tribunal Electoral. Reclamaron que les robaron. Que se burlaron de su voluntad.

Pero la pregunta seguía latente.

¿Es posible revertir un resultado preliminar del 57 por ciento escrutado con cinco puntos de diferencia? Sí. ¿Hizo bien el TSE en no declarar una tendencia irreversible a favor de Nasralla con esos porcentajes? Sí. ¿Qué falló entonces?

El expresidente del tribunal electoral salvadoreño dice que en la elección presidencial de 2009, entre Rodrigo Ávila de Arena y Mauricio Funes del FMLN, ocurrió una situación delicada. Ávila llevaba ocho departamentos ganados de los catorce. Funes tenía solo cuatro con números a su favor. Empezó a haber presión sobre el tribunal para que declarara tendencia irreversible a favor de Ávila. Pero no se tenían muestras de Usulután ni de San Miguel, dos departamentos con padrones electorales que podían cambiar los resultados. Y así fue. Fue, de hecho, la votación en San Miguel la que dio vuelta a los resultados preliminares y, la misma noche de la elección, el TSE declaró a Funes como el virtual ganador.

Pero el caso de Honduras es distinto. Los departamentos que faltaban por contar no tienen una masa electoral capaz de haberle dado vuelta al resultado preliminar. Eso lo asegura la oposición. Y a la fecha, ninguna autoridad hondureña ha investigado esa posibilidad. El retraso en el conteo preliminar, fuera de las explicaciones de Matamoros Batson que media Honduras rechaza, no tiene justificación. Menos cuando ha ocurrido una extraña -aunque posible- reversión de los resultados. El tribunal electoral hondureño tiene un problema de credibilidad.

Soldados del ejército hondureño con sus fusiles M-16,vigilan el desarrollo de la marcha convocada el pasado domingo 3 de diciembre de 2017.
Foto FACTUM/ Archivo

La desconfianza en el TSE es más profunda

David Matamoros Batson, el presidente del Tribunal Electoral de Honduras, tiene un pasado político ligado al Partido Nacional. El mismo partido del actual presidente Juan Orlando Hernández. Matamoros Batson llegó a ser incluso el secretario general del Nacional entre 2002 y 2004. También fue diputado de este partido político por el departamento de Francisco Morazán en los períodos de 1994-1998 y de 2006-2010. Y en 2009 fue designado como magistrado del TSE.

El TSE hondureño tiene tres magistrados propietarios y un suplente. Rota su presidencia cada año. Por casualidad, Matamoros Batson fue el presidente del tribunal en 2013, cuando fueron las elecciones generales de Honduras y Juan Orlando Hernández ganó la presidencia. Para estas nuevas elecciones de 2017, ha vuelto a ser el presidente del TSE y está a punto de nombrar a su correligionario, una vez más, presidente de Honduras.

El otro magistrado es José Saúl Escobar Andrade, militante del Partido Demócrata Cristiano. Escobar Andrade y Matamoros Batson votaron en diciembre de 2016 -dos contra uno- para que Juan Orlando Hernández buscara la reelección. En Honduras, la Constitución prohíbe la reelección de un presidente. La oposición hondureña reclama que Hernández no debió ni siquiera ser candidato, pero el Congreso -también controlado por el presidente- sacó de la Corte Suprema a los cuatro magistrados que originalmente se habían opuesto a legitimar la reelección. Los nuevos decidieron que la Constitución era inconstitucional para permitir el camino libre de Hernández.

El tercer magistrado es Erick Mauricio Rodríguez Gavarrete, quien fue diputado del Partido Liberal por el departamento de Lempira. El Liberal fue el contendiente del Nacional por décadas en Honduras. Era un bipartidismo de derecha el que imperó por años. Hasta que en 2013 el partido Libertad y Refundación (Libre), de corte izquierdista, desplazó al Liberal y se convirtió en la segunda opción política.

Libre, dentro de la Alianza de Oposición que lleva a Nasralla como candidato, ahora pelea la presidencia nuevamente contra el Nacional. Este es el nuevo mapa político electoral de Honduras. Pero Libre, pese a ser la segunda opción desde 2013, no tiene un magistrado representante en el TSE. Eso, como consecuencia, genera desconfianza en una oposición cada vez más numerosa en Honduras. El Tribunal Electoral tiene un problema de credibilidad.

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La Policía Nacional de Honduras se reincorporó a sus funciones después de protagonizar una huelga por malas condiciones laborales y por obligarlos a ser el primer frente de represión contra las manifestaciones de los opositores que salieron a las calles en las tres semanas siguientes a la elección.

La Alianza de Oposición sigue su causa de recontar todas las actas electorales. Y confrontarlas con las que tienen no solo ellos y el Partido Nacional, sino también las actas del Partido Liberal, que reflejan diferencias en el número de votos con las que tiene el TSE. Las del TSE, según lo mostrado por el candidato del Liberal Luis Zelaya, favorecen con claridad a Juan Orlando Hernández.

La comunidad internacional se mantiene en silencio sobre lo que pasa en los últimos días en Honduras. La misión de observadores de la OEA pasó de dar un informe preliminar tibio a uno más enérgico en cuestión de días: recomendó que si la incertidumbre continúa y los fallos y anomalías en las actas persisten luego del recuento, se deberían encontrar soluciones políticas. Una solución política, que la oposición no niega pero que el Nacional rechaza, es una segunda vuelta electoral para elegir presidente en Honduras.

Las segundas vueltas no están contempladas en la ley electoral hondureña. Pero la oposición reclama que si se desatendió la Constitución para hacer candidato a la reelección a Hernández, ¿qué impide que por acuerdo político se convoque a un mano a mano entre Hernández y Nasralla?

El proceso electoral hondureño de 2017 ya costó la vida a casi una veintena de personas. Ha habido heridos entre seguidores de la oposición y policías. La infraestructura estatal y el comercio han resultado dañados.

El TSE está obligado a emitir una declaratoria de la elección general. Lo tiene que informar al país la semana del 18 al 24 de diciembre de 2017. La advertencia de la oposición, si Matamoros Batson nombra a Hernández como presidente reelecto, es calle y, aunque no lo diga de forma abierta, más violencia.

Más violencia por reclamar por un presunto fraude.

La sospecha de un fraude por falta de credibilidad.

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