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La nueva “docu-novela” del Chapo, por Kate del Castillo

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Netflix estrenó el 20 de octubre el documental producido y protagonizado por la actriz mexicana, Kate del Castillo. La producción aborda el encuentro con Joaquín Chapo Guzmán Loera, otrora líder del poderoso cartel de Sinaloa, y quien hoy espera juicio en Nueva York, luego de que fue detenido tras un encuentro con Del Castillo y el actor estadounidense Sean Penn. Se trata de una serie de tres episodios en los que la actriz —y productora— pone todas las cámaras frente a ella para explicar lo mal que la ha pasado tras su encuentro con el capo.

GIF con imágenes del trailer de Netflix

[Alerta spoiler: la siguiente crítica revela información detallada del documental ‘The day I met El Chapo’, disponible en Netflix]


La factura técnica de “Cuando conocí a El Chapo” es bastante buena. Es un documental muy bien cuidado en lo visual y lo narrativo; escrito de tal forma que la tensión y las revelaciones se suceden a ritmo adecuado para mantener la atención del respetable. Es una trampa.

El engaño es que en realidad no estamos ante un documental, sino ante un producto publicitario cuyo fin último no parece ser otro que utilizar el encuentro entre Del Castillo y el Chapo en la sierra sinaloense para promocionar a la actriz mexicana.

La serie está dividida en tres capítulos. El primero, “Destinados a conocerse”, narra con muchos detalles los pormenores de los encuentros entre Del Castillo y los abogados de Guzmán que propiciaron el viaje a los linderos de las montañas donde el capo se escondía luego de burlar por enésima vez al gobierno mexicano. No hay demasiada novedad en este apartado: ya medios de todo el mundo habían contado el periplo.

Lo que sí hace el primer episodio es dejar bien asentadas las claves narrativas del guion; la más importante: esta es la versión de Kate del Castillo y ella será la protagonista del asunto, no el Chapo, ella. Así, por ejemplo, la secuencia inicial de créditos nos pone casi en el territorio del documental biográfico, gracias a sus collages de fotos de la actriz cuando era niña, adolescente, diva de Televisa…

El primer capítulo juega con la narración paralela de dos vidas, la de Kate y la de Guzmán. Para que la vida del narcotraficante no se coma a la de la actriz en la pantalla, los guionistas —Del Castillo, se entiende— no dudan en rescatar del baúl algunas polémicas que la rodearon en su vida como protagonista de telenovelas.

Del Castillo habla, por ejemplo, de episodios de acoso y violencia sexual protagonizados por ejecutivos de Televisa y de agencias de publicidad relacionados con la televisora mexicana. Es un episodio interesante, sobre todo a la luz del reciente escándalo Weinstein en Hollywood, pero, como otras partes de la serie, pierde relevancia cuando se le entiende parte de un todo que, como apunté, tiene más de publirreportaje que de documental.

La segunda parte es el pleito con Penn. Aquí la serie recrea la versión de Del Castillo sobre cómo Sean Penn, con la promesa de que entre ambos harían una película, le tomó el pelo para que lo llevara hasta el Chapo, y cómo hasta que estaban ya sentados en uno de los escondites del capo en Sinaloa, Penn le avisó a todo el mundo, incluida su supuesta socia, que haría una entrevista para Rolling Stone.

Hasta ahí, de nuevo, cosa leída. Pero también hay entrevistas a personajes que dan nuevas dimensiones a la historia; ese es quizá uno de los grandes aciertos de esta película.

Ahí está, por ejemplo, Andrés Granados, el abogado de Guzmán que facilitó los encuentros, quien frente a la cámara de Del Castillo se convierte en un sustituto bastante cercano a la voz del Chapo. Entendemos que el narcotraficante habla a través del abogado, por eso no deja de ser interesante entender que Granados reitera que los derechos de una eventual película sobre Guzmán Loera siguen siendo de Kate del Castillo, o que entiende que Sean Penn tiene alguna cuota de responsabilidad en la captura del sinaloense.

Y ahí está otro coro variopinto de voces que van amoldando las esquinas al relato omnipresente de la actriz y que terminan, en algunos tramos, incluso rescatando la serie de la ligereza absoluta. Valiosas son, por ejemplo, las voces de Sanjuana Martínez y Diego Osorno, dos periodistas respetados en México, que ponen en contexto todo el tema del narco y sus nefastas consecuencias para el país.

O la de Epigmenio Ibarra, el famoso productor que cubrió la guerra civil salvadoreña y ayudó con su productora (Argos) a revolucionar la industria mexicana de la telenovela, quien dimensiona el lamentable papel de la administración de Enrique Peña Nieto en todo el asunto. Son las voces de Ibarra, por ejemplo, junto a la de Osorno o la del académico John Ackerman, las que dan credibilidad al argumento de que el gobierno de Peña Nieto acosó a Del Castillo para intentar salvarse de la vergüenza internacional que implicó la reunión de dos actores con el narcotraficante más peligroso del mundo, al que se suponía las autoridades estaban buscando sin darse respiro.

Pero es la voz de Kate la que manda, su mensaje. Y ese es que ella es una víctima de todos, de Sean Penn, del gobierno mexicano, y del cartel. Del Castillo adopta varios rostros frente a sus cámaras para contar su versión. Y siempre me queda la sensación, por más que ella se esfuerce, de que estoy viendo una actuación, no el relato que una víctima o una testigo hace de unos hechos.

Esa es la principal trampa de este “documental”: su protagonista es una actriz que está actuando, no una mujer que es actriz y está contando algo que le pasó.

Del Castillo intenta cuidar su puesta en escena. Para los momentos más dramáticos, por la cadencia del relato o por lo que se está contando, escoge un escenario de estudio con iluminación contrastada y una mesa con algunas sillas como única utilería. Desde ahí cuenta, por ejemplo, la mesa en la que compartió tequila con el Chapo y Sean Penn.

A veces, no obstante, el asunto se le sale de control. Pasa, de nuevo, cuando quiere ser protagonista de un documental, pero no deja de ser una actriz o una modelo, como cuando se pasea en su moto Ducati por la costa californiana para terminar posando, pensativa, en una playa rocosa mientras nos explica que todo el asunto la ha dejado seca. Intragable.

El tercer y último episodio es el más complejo. Es ahí donde Kate del Castillo martilla su tesis: ella fue víctima de varios engaños que la han puesto en peligro, de una prensa insidiosa que hizo de todo el asunto un bodrio de mal gusto y de un gobierno que la persigue. Ella es, según esta línea, una mujer que es víctima de la misoginia instalada en la política mexicana y en Hollywood.

Ante la cámara, Epigmenio Ibarra refuerza la tesis, la comparte y la hace suya. Del Castillo, dice, ha vivido el oprobio al que suelen estar destinadas en sociedades machistas las mujeres que desafían al poder político, del entretenimiento o del narco. Y, de nuevo, la voz de Ibarra, que antes también ha cuestionado los fines últimos de la actriz desde que inició sus comunicaciones con el Chapo, dota de sensatez al postulado.

El argumento de la misoginia también termina por debilitarse cuando el centro de la argumentación termina siendo que el gobierno mexicano utilizó el episodio del Chapo para intentar perseguir penalmente a la actriz porque ella fue una de las más vocales —que tampoco es cierto— en criticar a Angélica Rivera, la primera dama de México, que también es actriz, cuando se destapó un escándalo de corrupción que la implica.

Todo, sin embargo, se va al carajo cuando la actriz se compara a sí misma con otras personas que han sufrido por la brutalidad, corrupción o por los negocios criminales en las que están implicadas las autoridades mexicanas a las que Del Castillo acusa de perseguirla. De mal gusto es, por ejemplo, que el documental compare a Kate con las víctimas de la masacre de Ayotzinapa. Una cosa son las penas por las que ha pasado esta actriz y otra los periodistas y estudiantes asesinados en México por desafiar a los poderes políticos y del narco.

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