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La muerte no fue irme de El Salvador, fue decidir no regresar

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No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Miguel Hernández

Vivir en una ciudad pequeña de México es caminar por calles empedradas rodeadas de casas coloniales con grandes balcones y ventanales que, para el otoño, se ven envueltas en una neblina espesa que baja de a poco de los cerros vecinos. La tarde cae así como de los árboles caen hojas en colores café, anaranjado y amarillo, mientras el viento norte se cuela por cada rendija, recordándome mi infancia en Santa Tecla, cuando terminaban las clases y lo único que importaba era salir a la calle a encumbrar una piscucha. 

Desde que llegué a México, la tradición festiva que más me gusta de todo el año es la de Día de Muertos [Xantolo, Todos los Santos, Fieles Difuntos], en la que se produce una actividad simbólica intensa donde proliferan los ritos indígenas y religiosos en torno a la muerte.

Altares adornan casas, oficinas, locales, restaurantes, parques, plazas. Están formados por muchos elementos, dependiendo de la zona y la tradición de su pueblo: flores, frutas, tamales, pan, un vaso con agua, cigarros, aguardiente, sal, velas, mole, arroz… Esa ofrenda es esencial. El acto de ofrendar mantiene vivo el espíritu de los seres amados que han muerto. El aroma de la flor de cempasúchil rodea los mercados. La luz de las velas de miel te envuelve y la esencia de azahar te llega al paladar al comer el pan de muerto que ves en las panaderías de cada esquina. 

Te emocionás al ver los colores y las destrezas del papel picado y a personas de todas las edades representando a la altiva Catrina (La calavera garbancera). Y de pronto afloran los sabores y olores albergados en mi memoria: el ayote en miel, los tamales de elote, las hojuelas con dulce de panela. Recuerdo a los niños que limpiaban la placa de mi abuelo en el cementerio, las cruces de papel, los arreglos florales con la estampa de la Virgen de Guadalupe, las coronas de ciprés. El ambiente festivo me abraza, pero también me sorprende tanta efusividad, tanto festejo. Y al pensar en la muerte no puedo dejar de pensar en el duelo, en la violencia, en los asesinatos… No puedo dejar de pensar en El Salvador. 

El día de muertos es interminable en El Salvador, donde todos los días hay –por lo menos- un altar, un féretro, un ramo de flores, una corona de ciprés, una veladora, una fotografía, una estampa de la Virgen de Guadalupe, un rosario, una cruz. En El Salvador todos los días hay una madre que busca a sus hijos, una esposa que busca a su esposo, un familiar que busca a otro. En El Salvador no hay fiesta, no hay celebración, sólo queda el duelo, el llanto, el dolor, la desesperanza. 

Cada tanto, alguien me recuerda la Guerra Civil, ya sea en conversaciones familiares, en algunos libros que estoy leyendo, en las redes sociales. Y (casi) todos coinciden con el fin de la Guerra. Leer a Andreas Schedler (En la niebla de la guerra: Los ciudadanos ante la violencia criminal organizada, 2015) y a Stathis Kalyvas (The logic of violence in civil war) que hacen un estudio de la violencia en el crimen organizado y los conflictos civiles, me ayudó a entender cómo sociedades como la salvadoreña viven en una guerra civil permanente. La nueva guerra civil, dicen, cubre una gran gama de posibilidades y no es una sola guerra, sino varias guerras paralelas que influyen en la “selectividad de la violencia”. La discusión sobre la violencia en este tipo de guerras civiles está en la distinción entre violencia selectiva e indiscriminada. La violencia selectiva tiene nombre, apellido; son personales y los enemigos están claramente identificados. Las víctimas de violencia indiscriminada son anónimas. Y las víctimas aleatorias son aquellas que se determinan al azar, por estar en el momento equivocado y en el lugar equivocado. 

“Y al pensar en la muerte no puedo dejar de pensar en el duelo, en la violencia, en los asesinatos. No puedo dejar de pensar en El Salvador”

Las instituciones nos dicen que la violencia criminal es altamente selectiva, que “los criminales” se matan entre sí; y rápidamente caemos en ese lugar común, en ese imaginario donde los que se matan son otros, son aquellos. Schedler dice que “la idea de violencia selectiva implica la noción de que las organizaciones criminales son capaces de detectar y castigar a quienes violen sus códigos informales de comportamiento. Se imagina la justicia de ellos como certera, casi infalible (…) Desde esta perspectiva, los criminales no sólo aparecen como altamente selectivos, sino como perfectamente justos”. ¿No tiene eso cierta ironía? Sin negar ese tipo de violencia, la verdad es que los salvadoreños vivimos en la violencia aleatoria, vivimos en ese momento equivocado, en el lugar equivocado. Los salvadoreños estamos al azar de las instituciones, al azar de los dirigentes políticos, al azar de los grupos criminales. ¿En qué momento nos equivocamos si no elegimos dónde nacer?

Estamos en medio de una guerra irregular donde la mayoría de la violencia recae sobre el ciudadano, sobre individuos desarmados e indefensos. En esas guerras hay más ejecuciones que batallas y el conteo de los asesinatos ha sido la unidad central de medida de esta guerra, explica Kalyvas. A su vez, Andreas Schedler menciona: “La muerte es un mecanismo abstracto e impersonal  y se viste de un eufemismo aséptico: rivalidad delincuencial”.

No puedo negar las cifras, los datos, y aunque son de suma importancia, siempre me dan cierta incomodidad. Las cifras se vuelven tan impersonales, tan estadísticas, tan alejados de la humanidad. No hay rostros, sólo números. ¿Qué es 14.6 muertos diarios? En una persona, ¿qué es ese punto seis? ¿Asesinaron su cabeza? ¿Asesinaron sólo un brazo? Me desconcierta gravemente el uso de esos números, me desconcierta la pérdida de la humanidad, y sobre todo, me desconcierta la normalización de la violencia. Hay una clara diferencia entre normalizar la muerte y normalizar los asesinatos. 

“La verdad es que los salvadoreños vivimos en la violencia aleatoria, vivimos en ese momento equivocado, en el lugar equivocado. Los salvadoreños estamos al azar de las instituciones, al azar de los dirigentes políticos, al azar de los grupos criminales. ¿En qué momento nos equivocamos si no elegimos dónde nacer?”

No sólo los datos nos dan cuenta de los asesinatos. Siguiendo con el análisis de Schedler, cuando medios, policías o ciudadanos clasificamos una muerte como violenta, narramos una historia. ¿Cómo sabemos que el asesinado fue por las pandillas? Nos guiamos por lo que vemos, lo síntomas, por la circunstancia de su muerte, por el escenario. La autoría de un asesinato –por lo menos de manera inmediata- se determina por la observación, por la apariencia. Nos convertimos en jueces ciudadanos y asumimos el papel de crédulos, no preguntamos más y nos llevamos por la premisa de que el asesinato está “relacionado con las pandillas”. Lo cierto es que en el terreno empírico de la violencia todo está revuelto: los motivos, las víctimas, las negociaciones, los ejecutantes. 

Estos son días en el que nos viene un duelo reparador, el que nos hace seguir adelante. Pero, ¿cómo se vive con duelo permanente? El ritual de recordar a los seres queridos queda disminuido y casi negado por completo en una sociedad que vive en un duelo interminable. ¿Cómo recuperarse del dolor de perder a un ser querido cuando mañana me matan a otro, y pasado mañana a otro, y dos días después a otro? ¿Cómo celebrar el ritual de todo Santos, cuando celebrarlo es volver a vivir el dolor de la pérdida, y saber que ese dolor no ha terminado, que ese dolor sigue intacto y que poco podemos hacer para cambiarlo?


*Alexia Ávalos: Salvadoreña. Residente en México. Comunicadora. Maestra en Estudios de la Cultura y la Comunicación por la Universidad Veracruzana. Actualmente trabaja como encargada de comunicaciones del Centro de Estudios de la Cultura y la Comunicación y coordinadora de la Revista Balajú, editada por el mismo centro.

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