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La Magia inagotable del mito

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Esta no es una columna sobre fútbol. No lo digo a modo de disculpa, sino como aclaración para el lector. Yo no sé de fútbol y, para seguir con las aclaraciones, veo este deporte como eso, un deporte, y no como una forma de combatir la violencia (como hacen las instituciones entendidas en la materia) ni como un motivo de guerra a dos bandos que se lucha en España (como hacen las multitudes de entendidos en la materia).

Este es un texto sobre el mito salvadoreño más grande de todos. Mágico, el nombre del héroe. Como en los mitos griegos, el personaje tiene algo de dios y algo de hombre. Esa porción de divinidad es la que hace que nadie, absolutamente nadie que se considere realmente salvadoreño, pueda mirarle con ojos críticos, sin sentir la culpa que provoca el pecado. Y de la porción humana, del mortal Jorge… de ese tampoco se habla. Eso para mí, claro, ha sido una ventaja, pues me han dado espacio para escribir, imagino, al no encontrar a otro hereje de mayor calibre.

Nuestro héroe, como tantos héroes antes que él, nace en hogar humilde. El destino lo lleva a otras latitudes en el mundial del 82, y los europeos descubren su magia. Así llega la oportunidad, así empieza la epopeya. Diversos equipos posan sus ojos sobre el humilde héroe, y finalmente se queda en el Cádiz. Pero este salvadoreño de pura cepa decide que eso que hacía aquí como forma de vida era, en realidad, un hobby. Que no quiere manchar su diversión transformándola en trabajo. Que lo suyo es la juerga, la noche, la diversión. Sí, como si fuera descendiente de Onassis, el party es más fuerte que la responsabilidad de ganarse el pan.

¿Cuántas veces no hemos oído esa famosa frase “Los guanacos son gente trabajadora”? Ahí comienza el mito. Se dice como si fuera una cuestión genética. Y no. Es una cuestión de necesidad. Trabaja el salvadoreño que siente la responsabilidad de mantener a su familia (con la que vive y la otra con la que habla una vez por semana porque vive lejos, sí, en El Salvador). Pero quizá el Mágico consideró que su responsabilidad máxima era ser fiel a su naturaleza juerguista. Miles de salvadoreños migran buscando el sobrevalorado sueño americano, la libertad y la igualdad de oportunidades para lograr el éxito mediante esfuerzo y determinación. En El Salvador, el sueño es otro: el mínimo esfuerzo con logros moderados transformados en anécdotas salpicadas de “si hubiera”. Mejor, incluso, si esos moderados logros los mantienen otros con su esfuerzo y su determinación.

El héroe de nuestra historia nunca llegó a su Ítaca. El hombre real volvió a casa. Seguido por una acusación de violación, rumores de prostitutas y drogas, y una necesidad de dormir demasiado grande para una carrera seria. Ese fracaso –sí, fracaso; y no hablo de dinero sino de realización personal, de hacer lo que estamos llamados a hacer en el mundo– no diluye el mito. Porque el mito tiene al menos dos funciones: justificar una cierta realidad y dar consuelo. Y esta leyenda ofrece ambas: justifica la mediocridad, las aspiraciones banales, el no arriesgarse. Y ofrece consuelo ante la falta de oportunidades que ofrece el país.

El Mágico ofrece a los salvadoreños una aspiración: la trascendencia sin hacer nada más que divertirse, la fama –sin fortuna, pero ¿qué más da? – en ese idilio de noche, mujeres y juego. Vivir mal, salir y volver a malvivir. Porque así se quiere, porque así se decide. No como víctima del destino, sino como quien se burla de la suerte porque es “cachimbón”.

* Gloria Dada es doctora en Psicología.
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