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La magia de la libertad

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*Esta columna fue escrita luego de que Fernando leyó las columnas de Gloria Dada y de Roberto Valencia.

El Mágico es nosotros. Jorge González forma parte de nuestra cultura y ha sido el embajador más universal de los salvadoreños. Reconocido en la esquina adonde se junta la ambición y la realidad. No será lo que somos los salvadoreños, pero es parte importante de lo que tenemos. No podrá ser el más ejemplar representante del salvadoreñísmo pero no existe otro con su proyección. Jorge González no admite debate, es nuestro y es nosotros. Un ser entrañable, siempre auténtico, genuino. Sin sumar ingredientes ajenos a su persona.

Lo que se puede debatir es la consideración que cada quien le da a la imagen de Jorge González y desde ahí cuestionar cuánto del Mágico le representa a cada quien para luego debatir sobre sí mismo, no sobre Jorge. Un jugador de fútbol es un símbolo nacional. Punto y aparte. Considerarlo el único de nuestros emblemas lleva a seriamente admitir la incapacidad de un país de impulsar su caudal de talento a lugares de relevancia. Este es el mayor fracaso, no Jorge González. No me atrevería a restarle mérito alguno al Mágico por trascender, respetando primero sus prioridades. Tampoco me atrevería a ponerlo como ejemplo, pero siempre a aceptarlo como símbolo.

No es requisito conocer del juego para conocer al Mágico y eso ya habla mucho de su trascendencia. La relevancia de su figura en el ideario nacional es indiscutible. Lo que seguramente es cuestionable es que alguien le considere un semidios. Dudaría seguramente de las condiciones de quien quiera tomarlo como referencia de vida. No es proporcionado condonar los errores en su camino porque estos definen al personaje. Al Mágico se le cuestionan porque sus errores le dejan lejos de una línea de valores de rectitud y comportamiento sano. No porque la nuestra sea una sociedad extremadamente conservadora o para formarla se parta desde la premisa de un juicio social como se plantea.

Jorge González no ha reclamado ser nada de lo que popularmente le hemos otorgado. Ha querido ser un futbolista y, mientras más normal sea en el intento, más cerca está o estuvo de cumplir sus objetivos. Los propios, insisto, no los objetivos de los demás. No es un símbolo nacional. Reconoce no haber respetado al fútbol aunque en el camino contradictorio haya querido honrar al deporte en cada oportunidad que tuvo. Lo jugaba sin ataduras y pretendió siempre hacerlo desde la libertad. Habrá sido quizás esa independencia lo único a lo que se obligó respetar y que le respetaran. No permitió que ningún esquema coartara la posibilidad de jugar al fútbol desde su autonomía.

El Mágico no pidió ser nada más de lo que era. Un jugador de fútbol que buscaba pasarla bien. No sólo con pelota. Un alma libre que trascendió mucho más allá de lo que pudo pensar. Pero menos de lo que quienes le rodearon quisieran. El país del que proviene no ha hecho lo suficiente en muchas áreas de su cultura, para evitar que su trascendencia tenga competencia alguna. Pero nadie le ha debido entregar a Jorge González la tarea de ser un embajador de ese país. Jorge no lo ha reclamado. Se lo han dado los salvadoreños incapaces de encontrar en otras figuras la misma investidura. Nosotros.

Jorge González no representa más que lo que él quiere representar: libertad. Un artista de la pelota. Ha sido exitoso siendo lo que ha querido ser. Fracasan quienes juzgan su vida basándose en medidas que no corresponden. El Mágico será el principal crítico de sus acciones y admitirá no haber vivido por ninguna vía que no sea la de complacer sus propias ambiciones. Fracasan quienes buscan en otros cumplir sus propias aspiraciones. Al Mágico no lo define la noche tanto como tampoco lo definen sus números en el campo. Jugó para ser memorable.

Si como salvadoreños le concediéramos la libertad que representó con una pelota, encontraríamos lo mucho que aún debemos hacer como nación, por alentar el amplio talento de nuestra tierra. Que busquen horizontes que los proyecten y reconocerles el éxito desde su propia medida no la medida aspiracional de los que desde lejos juzgan.

*Fernando Palomo es periodista de la cadena ESPN.
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