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La cronología del movimiento LGTBQ en San Salvador

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La historia humaniza: le confiere rastros prominentes y definidos a lo que desde lejos parecieran ser rostros homogéneos y sin forma. La historia también exalta: nos permite ver quienes sembraron nuestras semillas y cómo fue que terminamos germinando en este lugar. La historia le da pies y un caminar a nuestros propios pasos. Nos permite ver dónde puede ser que tropezaremos, cuáles son los senderos a evitar y qué no deberíamos de olvidar en el camino.


Para un país que perennemente se envuelve en ciclos de amnesia colectiva es importante recordar o, bien, conocer nuestros inicios. La historia del movimiento de lesbianas, gays, bisexuales y trans (LGBTQ) de San Salvador no empieza con un ladrillazo y un motín como en Stonewall— ni siquiera se empezó a formar sino hasta finales de los noventa. No obstante, tiene su trayectoria, sus hitos, sus desencuentros y sus triunfos, y en vísperas del decimonoveno desfile del orgullo LGBTQ en El Salvador, vale la pena hacer un recuento de los momentos de esta cronología desconocida por la mayoría.

Precursores

Los años del conflicto armado fueron momentos de una vida gay, trans y lésbica vivida a escondidas. Para la población civil con ciertos ingresos en la capital, los hombres gay tenían la opción de frecuentar los saunas, que se dicen existían incluso desde la década de los 1950, mientras que todo el arco iris era bienvenido en Oráculos Discoteca, la primer discoteca LGBTQ en El Salvador, fundada en 1979. Los del estrato popular transitaban La Praviana, reino casi exclusivo de las trans y sus cervecerías que fungían doblemente de burdel. Se conoce que esta zona roja también sirvió como punto de encuentro para «los homosexuales» desde los cincuenta.

Foto de AMATE-El Salvador, Nicolás Rodríguez y Julio Saade.

Foto de AMATE-El Salvador, Nicolás Rodríguez y Julio Saade.

Para las personas que tomaron armas y se atrevieron a expresar sus deseos sexuales transgresivos, la vida no se les hacía nada fácil. Testimonios recopilados por AMATE El Salvador indican que combatientes de la guerrilla, tanto femeninos como masculinos, sufrían acoso, intimidación e incluso expulsión por su orientación sexual.  Los civiles LGBTQ, por supuesto, no estaban exentos de la represión armada: aunque los soldados y policías hayan frecuentado La Praviana en su tiempo libre, existe por lo menos un caso documentado de una desaparición masiva de mujeres trans en los años del conflicto y varias declaraciones de torturas, violaciones y desapariciones de hombres gay y mujeres trans durante este periodo.

Los años ochenta, aparte de abarcar los peores años de una convulsiva lucha armada, también marcaron los inicios de la pandemia del VIH-SIDA en El Salvador. Este virus minó silenciosamente a las comunidades de mujeres trans, hombres gay y hombres que tienen sexo con hombres (HSH), en particular, no solo con los efectos de la enfermedad, sino también a través de la colusión del horrendo estigma y de la falta de información y de medicamentos disponibles en esos momentos.

Los inicios

A pesar de ser la sigla menos visible dentro de las discusiones sobre el tema LGBTQ, las lesbianas fueron las primeras en el país en organizarse explícitamente dentro de un agrupamiento de la diversidad sexual. El colectivo La Media Luna, una red clandestina conformada principalmente por excombatientes guerrilleras, existió como grupo de apoyo y de trabajo político y gestor cultural lesbofeminista entre 1992 y 1994. Organizada como respuesta a la exclusión de las lesbianas dentro del movimiento de mujeres, como de los proyectos políticos de sus excompañeros de lucha, La Media Luna organizó peñas culturales y talleres, y también jugó un papel activo y polémico dentro de varios congresos de mujeres a nivel regional y nacional. Tras su desarticulación, la mayoría de las integrantes de La Media Luna siguieron su trabajo político dentro de la academia y de movimientos políticos, de género y del medioambiente.

A finales de 1992, mismo año que se organiza La Media Luna, se crea FUNDASIDA, la primer organización para la prevención del VIH-SIDA en el país, la cual también sirve como grupo de apoyo para personas seropositivas. Los grupos de hombres gay y mujeres trans que se reunían en este espacio pronto llegaron a la conclusión de que sus necesidades eran distintas a las de la población heterosexual y, por lo tanto, conformaron Entre Amig@s (ahora la Asociación Entre Amigos), la primer organización LGBTQ formalmente constituida, en 1994. Al igual que La Media Luna, Entre Amigos en un inicio llevaba un bajo perfil; para evitar ser identificados, sus voluntarios salían a pegar afiches a medianoche convocando a sus reuniones de apoyo. Sin embargo, rápidamente la organización se convirtió en un portavoz de la Comunidad, denunciando fuertemente a las violaciones de sus derechos humanos y a los graves atropellos contra su seguridad física.

Cabe mencionar que, aunque hubo muy poco traslapo entre las organizaciones de lesbianas y de gays y trans en estos años, sí compartieron un elemento muy importante que aseguró su viabilidad en este contexto precario de la posguerra: el apoyo de grupos de la solidaridad internacional. Estos grupos ayudaron a radicalizar el discurso interno de los grupos LGBT, respaldaron económicamente a ciertos proyectos, pero quizás de mayor trascendencia: ofrecieron visibilizar las acciones de la diversidad sexual y genérica ante la comunidad internacional, representando una clase de protección. Este acompañamiento, junto con la madurez de las organizaciones y del espíritu prometedor del «todo se puede hacer» de los inicios de los noventa, permitió que se organizara la primer marcha del orgullo LGBTQ en junio de 1997.

Foto de AMATE-El Salvador, cortesía de Paty Hernández.

Foto de AMATE-El Salvador, cortesía de Paty Hernández.

La marcha fue coordinada por Entre Amigos, convocando a unas 200 personas que desfilaron desde el Parque Cuscatlán hasta la Plaza Morazán. La marcha fue aplaudida por los vendedores informales al entrar al centro histórico pero ridiculizada y condenada por los medios. «Homosexuales, lesbianas y prostitutas, atravesaron el centro de la capital. Algunos eran cachiporristas travestidos, cuyo paso parecía desfile bufo», se lee en una nota de El Diaro de Hoy de esos momentos. Sin embargo, la marcha marcó un momento importante para la historia LGBT del país, en que representa el primer momento que se comprueba que sí era posible salir a la calle a pleno luz del día expresando abiertamente una identidad diversa.

Consolidaciones

Lastimosamente, la primer marcha del orgullo LGBTQ coincidió con una alarmante ola de violencia contra las mujeres trans, quienes sufrían de ametrallamientos en sus lugares de trabajo en las aceras de la ciudad, o eran secuestradas y luego asesinadas con lujo de barbarie. Este factor, en correlación con la consolidación territorial de las pandillas, principalmente en el centro histórico de la ciudad, marcó el fin de la era de La Praviana y provocó el cierre de Oráculos Discoteca en 1999.

En este mismo periodo, miembros de la Asociación Atlacatl, ONG que se dedica a velar por los derechos de las personas con VIH-SIDA, demandan al Estado salvadoreño, a través de la CIDH en el año 2000, por no importar medicamentos antiretrovirales al país que les garantizarían el derecho a la vida. Esta demanda lleva a la ratificación de la Ley del VIH, la cual incluye provisiones para el acceso al medicamento y en contra de la discriminación de esta población en 2001.

Ante la falta de espacios y como respuesta a tanta pérdida humana de su comunidad, las mujeres trans se empezaron a organizar aparte, muchas desprendiéndose de Entre Amigos para formar sus propias organizaciones. La primera de ellas fue La Asociación para la Libertad Sexual El Nombre de la Rosa, la cual fue denegada su personería jurídica por el Ministerio de Gobernación por ir contraria «a la moral, el orden público y las buenas costumbres». Seguidamente, integrantes de El Nombre de la Rosa fundaron ASPIDH ARCOIRIS en 2005, la primer organización trans con personería jurídica. Le sigue COMCAVIS Trans en 2008, dedicada inicialmente a atender las necesidades de mujeres trans con VIH. Es de notar que ambas entraron en función mucho antes de obtener personería jurídica. Al estilo de un sindicato, se nutrieron de las donaciones de sus propios miembros, la mayoría de ellas trabajadoras del sexo, para alquilar locales y realizar sus labores.

A finales de los 2000, la alcaldía efemelenista de Violeta Menjívar en San Salvador aprobó la Declaración de Derechos Humanos y Diversidad Sexual en 2006 y en 2007 declara el 17 de mayo como Día Municipal contra la Discriminación por Orientación Sexual e Identidad de Género. A pesar de las difíciles condiciones para la organización LGBTQ, los tiempos, por lo menos a nivel político, parecieran estar cambiando en el nuevo milenio.

Estalla el movimiento

 Sin embargo, en la segunda mitad de 2009, el partido PDC propuso una ratificación de los artículos 32, 33 y 34 de la Constitución para limitar el matrimonio a una unión entre «hombre y mujer así nacidos». Aunque los activistas y miembros de la comunidad LGBTQ nunca se habían organizado por aprobar el llamado matrimonio igualitario en el país, el esfuerzo por prohibirlo los hizo brincar en masa. Cientos de personas se movilizaron en contra de la prohibición, llenando las portadas de los periódicos con sus pronunciamientos e imágenes de protestas ondeando la bandera arco iris.

El 2009 en efecto marca un momento trascendental para la historia LGBTQ salvadoreña; muchos activistas lo consideran el año en que verdaderamente se consolida el movimiento. Dos mil personas, aproximadamente, atienden la marcha del orgullo ese año— diez veces más que las marchas de todos los años anteriores .

El Estado no le hace case omiso a la visibilización de las demandas de este colectivo y en el 2010 impulsa la creación de la Secretaría de Inclusión Social, la cual abarca la Dirección de Diversidad Sexual y establece una línea de atención para la población LGBTQ. Además, el presidente Funes ratificó el Decreto 56, el cual prohíbe toda forma de discriminación, específicamente por motivos de identidad de género y orientación sexual, dentro del sector público. Estos hechos marcan la primera vez en la historia del país que la población sexogenéricamente diversa se reconoce dentro del marco legal.

Hoy día

Desde entonces, el tamaño de la marcha del orgullo LGBTQ incrementa unas mil personas cada año, entre ellas más familiares y aliados heterosexuales quienes ya no le temen a ser asociados con esta población. Lo tristemente cierto es que los asesinatos y los agravios contra esta comunidad continúan. Ya han sido asesinadas por lo menos siete mujeres trans en lo que va de este año y después de las marchas, los homicidios de gays y trans siempre ven un aumento.

Sin embargo, las organizaciones que velan por los intereses de la población se han multiplicado y por lo menos hoy en día existe un reconocimiento de la comunidad LGBTQ a nivel discursivo nacional. Funcionarios tanto de la derecha como de la izquierda se han pronunciado a favor de la diversidad sexual y genérica en distintos momentos coyunturales. El año pasado, incluso, un candidato a diputado del PCN se autopromocionó como el funcionario que representaría a la comunidad LGBT dentro de la Asamblea Legislativa (cabe mencionar que el primer funcionario público abiertamente gay fue electo como alcalde de Intipucá en 2009) .

El pleno potencial de esta población se está reconociendo- basta ver la nueva campaña de Digicel para entender que el peso de la comunidad LGBTQ y sus aliados por primera vez se está apreciando fuera del ámbito de los derechos humanos. Sin embargo, esto no quiere decir que el enfoque de derecho por fin se puede dejar a un lado. Por más presencia mediática y política que tenga esta población, su exclusión y estigmatización dentro de la sociedad en general sigue teniendo graves repercusiones para el futuro de la humanidad. Véase la reciente masacre de 49 personas en Orlando para dimensionar qué tan válidos siguen siendo los reclamos de este sector tan fuertemente marginalizado.

Sin entender la historia es casi imposible humanizar y darle cuerpo y cara a los esfuerzos reivindicativos de la diversidad sexual y genérica. El desfile del orgullo LGBTQ, entonces, se puede apreciar no solo como una celebración a todo color, sino también como una oda a la sobrevivencia, a la perseverancia y a la lucha por no ser olvidados; un festejo del triunfo de la vida sobre todo obstáculo estos largos y dolorosos años.

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